Pueblos muertos, en vez de Casas Muertas

La vida cotidiana en buena parte de los pueblos y ciudades venezolanas discurre en medio de una notable carencia de espacios apropiados para la práctica y desarrollo de actividades orientadas a satisfacer las necesidades espirituales de sus pobladores. Nos referimos a actividades que pulimenten de verdad el espíritu, que lo refinen, que lo enriquezcan. Hablamos entonces de actividades formativas dirigidas a sensibilizar a las personas para que aprecien y cultiven en su justa medida las creaciones del espíritu. Por tales carencias muchas generaciones de venezolanos completan su trayectoria vital sin haber asistido nunca a un museo, sin disfrutar jamás de una escenificación teatral, de un concierto sinfónico, de un recital poético, de una exposición pictórica, de una presentación dancística, de una proyección cinematográfica en una estupenda sala de cine; sin haber tenido la oportunidad de disfrutar una feria de libros, sin haber estado presente nunca en el bautizo de una revista, un libro, en una conferencia sobre algún tema literario, etc.

Por la misma dejadez y descuido de los responsables de proporcionar al hombre y mujer de la calle tales espacios y actividades, no disponen nuestras poblaciones de lugares destinados para estos fines como bibliotecas, teatros, salas de cine, museos, paseos, librerías, etc. Viaja uno por la totalidad del país, exceptuando Caracas y otras cinco ciudades venezolanas, y a este respecto lo que se nota es penuria absoluta, indigencia total, el desierto completo. En vista de tal pobreza, encontramos en Venezuela a millones de venezolanos que no han vivido la gratificante experiencia que supone trasponer las puertas de esos lugares donde el espíritu se solaza, enriquece y cultiva. Mientras tanto, gobiernos van y gobiernos vienen y nada pasa a este respecto. Olvido total, desidia completa, indiferencia absoluta. Tampoco se oyen voces altisonantes reclamando acciones, respuestas, hechos orientados a corregir estos entuertos que tanto afectan la formación de la subjetividad del venezolano. Hay completa mudez sobre ello, mudez de pueblo y mudez de gobernantes. Para buena parte de estos últimos, los miles de concejales, diputados regionales y nacionales, alcaldes, gobernadores y demás funcionarios, no pasa por su cabeza que tales asuntos constituyan necesidad de los ciudadanos, pues ellos mismos en buena medida los ignoran y hasta desprecian. Sin temor a equivocarnos nos atrevemos a afirmar que muchos de tales servidores públicos no tienen en su casa una biblioteca, ni mucho menos una colección de joyas del Séptimo Arte, lo cual dice mucho acerca de sus enormes carencias para ocupar los puestos que detentan.

Ante las inopias mencionadas ese venezolano común, olvidado aquí y allá, opta por actividades que en vez de pulir el alma la corrompen, la enferman, la extravían. Y tales actividades si es verdad que encuentran oportunidades múltiples para practicarse, pues a este respecto es por demás evidente que las autoridades se han mostrado dadivosos y permisivos. Estos son los casos de las licorerías, instaladas por miles en todos los centros poblados del país, al lado de las escuelas, en las cercanías de un hospital, frente a una iglesia, etc; de las supernumerarias mangas de coleo, donde asisten cada fin de semana miles de venezolanos a observar las demostraciones de fuerza de unos hombres a caballo que se disputan un toro para tumbarlo; de los numerosísimos quioscos para la compra-venta de lotería y para todo tipo de juegos de azar; de las canchas de bolas criollas donde se traga licor a toneladas; de las cantinas y prostíbulos; de los pequeños anfiteatros donde se organizan riñas de gallos y peleas de perros, en los que corre sangre por barriles y generalmente muere uno o ambos contrincantes.

El país en general está floreado de sitios como los nombrados. Centenares de ellos está regados en los pueblos y ciudades venezolanas. Allí malgastan el tiempo millones de personas; son miles de horas que éstas dedican a deformar su alma, a pervertirse, a embrutecerse. Juego y licor es el binomio sobresaliente en todos estos casos. Y es obvio que el derivado formativo natural de tal binomio, de marcada recurrencia, es una personalidad pendenciera, belicosa, ruda, torpe, muy propensa a violentar las normas del buen vivir, a comportarse al margen de la ley.

Lo que tenemos entonces, según vemos, es un país patas arriba, esto es, un país que en lugar de bibliotecas, librerías, museos, cines, teatros, tiene licorerías, loterías, galleras, mangas de coleo, quioscos, discotecas, canchas de bolas, en fin, tugurios a granel. Un completo desaguisado nacional nos ocurre al respecto, a la vista de Tirios y Troyanos. Sus efectos son a todas luces catastróficos para la sociedad venezolana, pues lo que ocurre en tales sitios marcha en línea contraria a un país que aspire a hacer de sus habitantes unos ciudadanos de bien.

Para enfrentar tan ignominiosa y torcida situación, aquí descrita, es recomendable seguir el ejemplo del exitoso Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, creado por el Maestro José Antonio Abreu. Ésta es una extraordinaria escuela de formación de ciudadanos ejemplares, que puede replicarse en otros ámbitos de la vida nacional. Procédase a ello en los próximos meses para proporcionar a los venezolanos otras oportunidades formativas y recreativas. Échense a andar otros programas con el mismo ímpetu, con la misma constancia, con la misma pasión, con todo el apoyo económico necesario, con los mismos criterios de excelencia aplicados en esa extraordinaria experiencia del Sistema de Orquestas, que tantos beneficios ha generado en nuestro país. Ejecutemos esos otros proyectos de alto impacto en la población del país. Creemos, por ejemplo, el Sistema Nacional de Lectores y Escritores, así como también el Sistema Nacional de Bibliotecas Venezolanas; fúndese igualmente el Sistema Nacional de Salas de Cine; el Sistema Nacional de Artistas Plásticos; el Sistema Nacional de Museos y el Sistema Nacional de Teatro, entre otros. Que no quede el más pequeño rincón del país sin la presencia de cada uno de estos sistemas. Tendríamos a la vuelta de pocos meses, a millones de venezolanos dedicados a causas nobles, sublimes, ejemplares, bondadosas. Estamos hablando de millones de venezolanos aplicados a la pintura, al teatro, al cine, al canto, a la escultura, a la poesía, a la lectura y la escritura. Así si es verdad que estaría ejecutándose en nuestro país una inmensa revolución cultural y ciudadana, una revolución de verdad, pues se estaría hundiendo el diente allí en la parte más sensible y delicada de la persona, en su subjetividad, en su espiritualidad, en su alma, que constituye el núcleo constitutivo del ser humano. No se espere mucho para ello. Estos sistemas se pueden constituir en un excelente acicate para ayudar a Venezuela a salir de la situación de marasmo en que se encuentra hoy. Manos a estas obras para ver florecer un mejor país en los próximos años.

La vida es sueño, escribió Pedro Calderón de la Barca, reconocido dramaturgo Español del siglo XVII. Entonces debemos soñar siempre, además, soñar es un poderoso motivo para despertar en la madrugada y darse cuenta que vale la pena vivir. También puede ocurrir que dichos sueños encuentren un buen interlocutor, capaz de sujetarlos, hacer causa común con ellos y llevarlos a feliz término. Ojalá ocurra esto con este sueño expuesto aquí. En verdad ya basta que los venezolanos nos contentemos con cualquier cosa, con lo que salga, con lo más poquito, con el día a día, que aceptemos las cosas según vayan ocurriendo. Pensemos y hagamos como nuestro Padre de la Patria, Simón Bolívar, que pensó y actúo en grande, más allá de lontananza, por encima del horizonte común. Fue Bolívar un gran soñador. Construyó repúblicas donde antes hubo colonias; inventó ciudadanos donde antes existieron súbditos; instituyó libertades donde antes hubo esclavitudes. Bolívar entonces ha de ser nuestro referente siempre, y sus ejecutorias, nuestro ejemplo a seguir.



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Sigfrido Lanz Delgado


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