En torno a "América Latina a la hora del lumpencapitalismo" de Jorge Beinstein. El pragmatismo en la era del lumpencapitalismo

Este artículo (http://www.aporrea.org/actualidad/a225042.html) es de lectura obligatoria para todos quienes queremos interpretar el mundo actual para poder transformarlo. Es posible que objetemos algunos detalles del análisis y la prospección o las propuestas finales, pero el mérito indiscutible del escrito (aparte de trascender las miles de trivialidades de llenan a "Aporrea" a veces), es que plantea varios problemas fundamentales en este momento: a) una caracterización de la actual etapa del capitalismo global, en la cual se plantea la paradoja de, por un lado, un sistema en plena decadencia, y por el otro, la recuperación del poderío norteamericano en nuestro continente , b) una problematización del análisis de la derecha latinoamericana, más allá del supuesto "retorno del neoliberalismo" o "el retorno neoconservador", frases cómodas, para salir del paso ante la amenaza, c) el planteamiento de un balance de lo que él llama "progresismo latinoamericano" y otros han llamado "neopopulismo" o incluso "nueva izquierda latinoamericana". Igualmente el texto sugiere una interpretación de la historia de la revolución en el continente, y ofrece una visión más ajustada de lo que otros analistas han despachado con la idea de un "cierre de ciclo histórico". Pero este elogio al análisis de Beinstein es lo que motiva las siguientes reflexiones críticas.

  1. LA ACTUAL ETAPA DEL CAPITALISMO

Ya en otros textos (sobre todo, en los ensayos reunidos con el título de "Comunismo o nada", por la editorial "Trinchera" en 2014), el economista argentino Jorge Beinstein había adelantado su caracterización de la actual etapa del capitalismo mundial. En ella destacan las notas de a) decadencia, b) lumpencapitalismo, c) tanatos-capitalismo, d) independencia y dominación definitiva del capital financiero sobre el capital productivo.

La decadencia del capitalismo (a veces, Beinstein llega a usar la denominación "civilización capitalista", con lo cual le da una connotación antropológica al referente) es patente desde el momento en que definitivamente no logra superar sus crisis cíclicas, típicas y necesarias por las periódicas sobreproducciones y recesiones, ni siquiera mediante lo que los economistas llaman "onda Kondratiev". Estas últimas se han observado en otros períodos, y son ciclos más prolongados, asociados a la incorporación de nuevos paradigmas tecnoproductivos (el motor de vapor, el motor de explosión interna, la electricidad, la microelectrónica), que permiten abrir un nuevo sector industrial de punta, de mayor productividad y rentabilidad (los ferrocarriles, los automóviles la Internet), la cual posibilita, a mediano plazo, una recuperación del sistema en su totalidad. Para Beinstein, la prolongación de la crisis de sobreproducción y retiro de capitales del sector productivo (que habría comenzado hacia finales de los 90), muestra una profundización de los rasgos seniles del sistema en su totalidad. Esta caída no se salva ni siquiera con los expedientes históricos de las guerras y la innovación tecnológica (el avance de las fuerzas productivas, característica del modo de producción, identificada por el propio Marx).

Esta incapacidad de superar su crisis, profundizada además por el estallido de la burbuja de 2008, cuando se derrumbaron los gigantes financieros de Wall Street, es sólo el aspecto económico de la decadencia. Esto va a acompañado por la decadencia del poderío norteamericano, caída que es, a la vez, política y económica, indicado por la incapacidad de influir en decisiones políticas importantes, gestos de autonomía de áreas enteras (Latinoamerica en la década pasada, por ejemplo) y, además, la emergencia de las referencias de China Y Rusia, y el resto de los BRICS.

La crisis ecológica (el calentamiento global indetenible, que trae mayores riesgos, que se retroalimentan con la crisis del área de los seguros, por ejemplo), agrega un aspecto civilizatorio a la situación. No se trata ya solamente de que el modo de producción capitalista alcanzó un punto de inflexión en el decrecimiento de su tasa de ganancia general, como previó Marx, sino que ha puesto en peligro la supervivencia misma de la especie humana, lo cual le da un toque antropológico amplio a la lucha anticapitalista, más allá del filo proletario que tenía todavía con el marxismo. El llamado ético a la responsabilidad ante el peligro en que se encuentra la Humanidad, trasciende motivos de clase para buscar superar el sistema imperante.

Pero la decadencia va incluso más allá de una insuperable recesión, la pérdida de influencia política del imperialismo norteamericano y el incremento del peligro para la especie humana. La decadencia del capitalismo también es global, total, por cuanto esa dominación del sector financiero global sobre cualquier otra fracción burguesa mundial, lleva a su fusión con el capital ilegítimo de la Delincuencia Global Organizada (narcotráfico, tráfico de personas o de órganos, prostitución), y la mutación delictiva que se hace masiva con procesos concomitantes, como la privatización de las guerras (empresas de mercenarios), la sustitución de ciertas modalidades de estrategias imperiales de dominación (intervención directa, invasión, establecimiento de gobiernos títeres), por otras que Beinstein acierta en llamar "estrategias de rapiña": desguace de estados-naciones (Libia, Afganistán, Irak), saqueo sin control, promoción de grupos fundamentalistas que terminan dirigiendo sus acciones hacia el centro del sistema (el Estado Islámico). Al frente de toda esta mutación, se encuentra una nueva fracción dominante a nivel mundial: la lumpenburguesía, la llama Beinstein.

Esta caracterización adquiere sentido si se la contrasta con otras épocas y otras tantas etapas de la burguesía. Ha pasado mucha agua bajo los puentes desde aquella burguesía que revolucionaba sistemáticamente las fuerzas productivas durante el siglo XIX, y que Marx elogiaba implícitamente en análisis como el del "Manifiesto Comunista". Ni siquiera es ya la burguesía imperialista (monopolista, con dominio financiero) de los tiempos de la Primera y Segunda Guerra Mundiales, analizada por Lenin. Después de hacerse global, agrupada en los cinco grandes monopolios de los que habló Samir Amín (monopolio tecnológico, financiero, armamentista, de los recursos naturales y de los medios de comunicación), hegemonizada por la fracción financiera, pasó a ser ya algo más y algo peor: es una clase delictiva, saqueadora, irresponsable, destructiva. Por ello, Beinstein habla de "tanatos-capitalismo": capitalismo de muerte.

Pero hay una nota importantísima. Ya la política, e incluso la ideología, correspondiente a este capitalismo decadente no es el neoliberalismo. Beinstein habla de "nihilismo", y en algunos párrafos de "postmoderna". Más allá de que el economista argentino exprese unos prejuicios muy discutibles hacia Nietszche y los teóricos de la postmodernidad, apreciamos que aquí Beinstein se refiere más bien al talante pragmático y, principalmente, amoral de este "nuevo" capitalismo. Esto es notable por la intervención del estado para salvar a los gigantes financieros en 2008: se saltó el dogma neoliberal en función de usar los recursos de los contribuyentes para inyectar billones de dólares a los insaciables banqueros, e incluso se llegó a algunas nacionalizaciones. Todo, incluso los dogmas neoliberales, puede servir o no, en función de sostener el gran poder de las finanzas internacionales. Ya el proceso de decadencia de los estados nacionales (incluido el propio Estados Unidos) era un proceso advertido desde los 80 y 90. Con los estados, entra en decadencia cualquier nacionalismo. Ahora asistimos a una universalización del desmontaje de las ideologías políticas, tal y como se implementaron en el siglo XX (ejemplo de esto es el comunismo capitalista de China). Y, más allá de esto, incluso se llega a la instrumentalización de las creencias religiosas, como es el caso de la promoción, estímulo y aprovisionamiento de grupos fundamentalistas.

En la configuración de este nuevo bloque global en el poder, hay contribuciones latinoamericanas, y aquí es donde se hace pertinente la problematización que hace Beinstein de la actual derecha de nuestro patio.

  1. LA "NUEVA DERECHA" LATINOAMERICANA Y EL NEOFASCISMO NORTEAMERICANO

Beinstein señala: "Ahora las derechas latinoamericanas van ocupando las posiciones perdidas y consolidan las preservadas , pero ya no son aquellas viejas camarillas neoliberales optimistas de los años 1990, han ido mutando a través de un complejo proceso económico, social y cultural que las ha convertido en componentes de lumpenburguesías nihilistas embarcadas en la ola global del capitalismo parasitario". Esa "mutación", a nivel económico, tiene que ver con aventuras financieras globales, involucramiento en negocios ilícitos e inversiones saqueadoras como la "megaminería" y, en general, la "rapiña".

De modo que esa derecha (Beinstein habla de Capriles en el caso Venezuela; pero tal vez sea más representativo López o María Machado) no representa una simple restauración. Incluso, sus líderes ven con desprecio a los representantes más conspicuos de ese posible retorno, como serían los adecos o los copeyanos. La nueva derecha latinoamericana está asociada con una "marea contrarrevolucionaria", que incorpora racismo, gorilismo, anticomunismo (y antiprogresismo) visceral, antinacionalismo. Aquí cabe una referencia a ese fenómeno neofascista norteamericano llamado Donald Trump, de quien Beinstein poco nos dice, aunque tiene que ver muchísimo con su análisis. Porque si la situación global es "paradójica" porque en ella coincide, por una parte, una tendencia a la decadencia del poderío norteamericano, con una recuperación de sus aliados (o un debilitamiento importante de sus adversarios) en América Latina; esto brinda un contexto donde luce inteligible una opción como la de Trump. El representa política e ideológicamente el revanchismo de derecha del "populacho" norteamericano, castigado por la crisis, y que encuentra en el inmigrante (latino o islámico) su enemigo, construido por un discurso de odio y desprecio racista, y en la arrogancia imperial, una compensación a su sentido declive internacional.

¿En qué punto convergen estas dos fracciones de la "nueva derecha", por un lado, la latinoamericana, que viene a la carga contra el "progresismo latinoamericano" (asumamos mientras tanto el término de Beinstein), y el neofascismo racista y revanchista imperial de Trump?

Una primera precisión: no a toda la derecha imperial le conviene un discurso y una política como la que propone Trump. Incluso, ha habido declaraciones de jerarcas militares norteamericanos contra el empresario. Además, Hillary Clinton representa mejor, a todas luces, intereses como los del lobby israelí, y el manejo de los conflictos sociales en el territorio norteamericano (migración, empleo, problemas de salud y educación, etc.). Es decir, todavía cabe pensar en la obstaculización del acceso al poder de Trump que (temerían los "Think Tank" gringos) agudizaría ese descontento sistémico que evidenció el discurso socialdemócrata de Sanders y, con ello, la posibilidad de una cierta ingobernabilidad interna en los EEUU, peligrosísima en momentos de decadencia global.

Otra precisión: la fragmentación de la oposición venezolana (por ejemplo) no es simplemente expresión de aspiraciones personales banales; sino de diferencias estratégicas importantes. Se trata de que todo el modelo rentista de acumulación de capitales, a cuya sombra creció el conjunto de la burguesía venezolana contemporánea, y que continúa con el chavismo (hasta dar pie a la formación de una ya evidente "boliburguesía") requiere una reformulación; pero ello nunca llegará a un cambio de base, es decir, la superación de ese mismo rentismo. La lucha de intereses clasistas en Venezuela tiene que ver con la distribución de la renta petrolera, en el marco de un esquema de gobernabilidad, más o menos repetido desde el postgomecismo, agudizado por AD y COPEI y llevado al paroxismo clientelar por el chavismo. Ello confronta a cualquier dirigente (de derecha o chavista) con la cuestión de cómo manejar asuntos tan delicados como las fuerzas armadas (fortaleza chavista a la hora de negociar una entrega de gobierno o nuevas fuentes de renta, como se vio en la reciente creación de la empresa militar de servicios petroleros y mineros) y la reacción de la base popular (la cual, a estas alturas, no es factible simplemente aplastar con una represión al estilo pinochetista).

En este nivel de análisis, el político e ideológico, es donde quizás hay más elementos discutibles en el análisis de Beinstein. Sobre todo, a nivel filosófico, cuando asocia la falta de escrúpulos (morales, políticos, ideológicos) del tanato-capitalismo, con el nihilismo y el postmodernismo, y no con el pragmatismo. Pero, además, en este aspecto sentimos un tanto superficial el análisis, que en lo económico y algo en lo político, nos había parecido tan brillante y acertado, cuando aborda la cuestión de la posibilidad de la revolución, con los mismos instrumentos conceptuales de los sesenta y setenta.

En este aspecto, cabe indicar (sujeto a desarrollos en otros textos): a) el movimiento de ideas que se llamó "posmodernismo" desde los 80, no es idéntico (aunque sí contemporáneo) al del neoliberalismo; efectivamente (como indicó Fred Jameson), es una lógica cultural propia del capitalismo tardío, pero no es la ideología de esa lumpenburguesía de la que habla Beinstein; b) en todo caso, el postmodernismo (de fuerte influencia nietzscheana, efectivamente) sí tiene algo de nihilismo, en el sentido de disolver cualquier discurso fundacionalista (es decir, basado en valores de pretensiones universales, como podrían ser los derechos humanos, pero también la democracia liberal y, por supuesto, el marxismo); pero ello no es un rasgo unilateral de los representantes del capitalismo, sino de todos los actores de la época (por ejemplo, el PC chino). Es decir, es una lógica cultural de toda una época (Jameson, otra vez); C) el postmodernismo derivó, ya en los 90, hacia la generalización de los enfoques pragmáticos (Rorty, por ejemplo), que resuelve el nihilismo en una consideración cuasi exclusiva de las ventajas y beneficios inmediatos y de consumo, de los regímenes políticos, sociales y económicos. Es en ese ambiente ideológico pragmático, donde puede aceptarse, sin mayor problema, la integración de capitales financieros lícitos con los "ilícitos", rasgo que Beinstein ubica como esencial al lumpencapitalismo.

Si acordamos en este rasgo cultural general, podemos entender que las expresiones más odiosas del tanato-capitalismo sólo se harían presentes, no como un desarrollo necesario, inevitable, fatal, de este momento de revancha de las derechas, sino como una opción pragmática, limitada, relativa, que muy bien puede intercambiarse con formas "mixtas" (de nuevo, el caso chino); pero pragmáticamente eficaces para los fines de acumulación de capital, así sea de "rapiña".

¿Eso significa que la nueva derecha latinoamericana no es fundamentalista en el sentido neoliberal? ¿Acaso no responden lealmente a los intereses del gran capital financiero, como es el caso de la postura de Macri en relación a los capitales buitres de Argentina? La respuesta afirmativa a la segunda pregunta, no está en contradicción con la negación de la primera. De nuevo: la lógica cultural, ideológica, de esta época es el pragmatismo. Esa derecha recalcitrante puede ser removida por las mismas fuerzas que lo llevaron al poder, si no resuelve eficazmente los problemas de acumulación y gobernabilidad implicados.

La nueva derecha en Venezuela, por ejemplo, es un saco de gatos, porque reúne distintos enfoques ideológicos y políticos. Es un ramillete de opciones: desde la socialdemocracia, hasta un neofascismo "light" (y hasta "heavy", dado el caso). Ganará los favores del jefe norteamericano si logra resultados tangibles y contables. Nada más.

  1. LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA EN SU LABERINTO PRAGMATICO

Si el ambiente pragmático es el contexto cultural ideológico de época, de la derecha, también lo ha sido de la "izquierda".

En términos muy generales, coincidimos con el balance general que hace Beinstein de lo que él llama "el progresismo latinoamericano". Efectivamente, éste surgió como respuesta popular al neoliberalismo aplicado en las últimas décadas del siglo XX en el continente; actuó principalmente como un redistribuidor de las riquezas nacionales; no emprendieron transformaciones más "de fondo" en las estructuras sociales de sus respectivos países. Pero sí señalamos que los juicios de Beinstein, aún están marcados por cierto marxismo leninismo fundacional, que le impide apreciar ciertos rasgos particulares, lo cual lo lleva a interpretar las "indecisiones" de los conductores del proceso, como si fuera solamente un problema de capacidad o hasta de moral.

Resulta que esta es una izquierda post-guerra fría y, hasta cierto punto, post-marxista. Tuvo una forma específica de entrar en una época globalmente postmoderna, devenida en pragmática. De hecho, analistas como Boaventura de Souza Santos, entre otros, resaltaban positivamente la habilidad que había mostrado esa izquierda, de no detenerse en diatribas doctrinarias (reforma o revolución, formas organizativas, etc.), para lograr el avance unificado de los movimientos sociales de los afectados por los paquetes neoliberales de los 90. Esa habilidad fue, especialmente, pragmática.

Es propio de ese pragmatismo (y postmodernidad, entendida como no-fundacionalista), esa capacidad de mezcla de tradiciones de lucha, de ideologemas procedentes de las más diversas fuentes históricas, desde el guevarismo de inspiración cubano, hasta la teología de la liberación, pasando por las estrategias democráticas y pacíficas de la experiencia chilena y el eurocomunismo, llegando a la integración de movimientos sociales, más allá de una formación partidista de fuerte componente doctrinario, y, sobre todo, el rol esencial de líderes carismáticos (Chávez, por supuesto, pero también Lula, Evo, Kirchner). Fue pragmática también su ejecutoria de gobierno, centrada en el aprovechamiento del boom de las commodities en la primera década del siglo XXI, para la redistribución social. Fue pragmático, igualmente, el aprovechamiento del descentramiento de la geopolítica mundial, con la irrupción de China y Rusia, para esbozar nuevos "bloques de poder", el de la integración latinoamericana. Y, finalmente, es pragmático (y de lado y lado) el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

  1. ALGUNAS CONCLUSIONES

La izquierda en general (no sólo la latinoamericana) todavía razona con categorías y lógicas propias de otros momentos históricos. Es hora de que el marxismo se asuma como una hermenéutica, es decir, una interpretación que, eventualmente, nos sirve para la aplicación en la praxis y la transformación. Esto significa saberse histórica también, es decir, requerida de constantes revisiones para adecuarlas a las cambiantes situaciones históricas.

Todavía muchos compañeros piensan como si no hubiera ocurrido nada en los 90. Me refiero, por supuesto, al derrumbe del Bloque Socialista, pero sobre todo, a la entrada en una lógica cultural nueva, que ya se anunciaba cuando en los 80 se puso en cuestión todas las promesas de la modernidad, allá en los centros académicos de Europa y Estados Unidos; pero también aquí, con el surgimiento de nuevos pensamientos que trascendían las imposiciones del PCUS desde los 30 (Mariátegui) y, especialmente, desde los 70.

Efectivamente, estamos en un momento decadente y delictivo del capital global, en el cual el capital financiero, reinante en todo el territorio del planeta, asfixia las posibilidades productivas e innovadoras del sistema, llevándolo a un estancamiento y la creación de un peligro para toda la Humanidad: la crisis ecológica. Estamos en la era del tanatos-capitalismo, del dominio de la lumpenburguesía. La lógica cultural del capitalismo tardío de los 80 y 90, el postmodernismo y, luego, el nihilismo, derivó en la hegemonía universal del pragmatismo, en el cual vinieron a desembocar todas las políticas, incluso las que provenían de la tradición marxista (y marxista-leninista). Esto implica que todos los valores fundacionales éticos y políticos (derechos humanos, nacionalismo, democracia, etc.) se han "disipado en el aire" (Marx) o son utilizados como simples instrumentos de manipulación sin escrúpulos de grupos y masas. A la cabeza de ese tanatos-capitalismo, se encuentra una lumpenburguesía global, a la cual confluyen sus peones y aliados de todo el mundo, incluida por supuesto, América Latina.

Las posibilidades de hacer frente a esta decadencia y a este peligro global para toda la especie humana, ya no se hallan en el "todavía-no" (el Principio Esperanza blochiano), o las potencialidades contradictorias del propio modo de producción capitalista, como lo vislumbró el marxismo clásico al identificar en el proletariado, como fuerza productiva hecha por el mismo sistema y como última clase explotada de la historia, como el "enterrador del capital". El peligro que representa este tanatos-capitalismo es para toda la Humanidad, y su enfrentamiento y la construcción de alternativas, debiera ser motivada por una responsabilidad ineludible para con las tres Patrias: la Nación, la Región (América Latina) y el Planeta.

Asumir que esa responsabilidad puede ser asumida desde cualquier posición, es una forma de resolver y superar éticamente al pragmatismo, como ambiente cultural ideológico de la época. Puede que haya otros caminos (ecosocialismo, clasismo, nacionalismo, cristianismo liberador, equidad de género y sexodiversos, etc.), pero otra idea básica en esta época es la noción de la diversidad, que sustituirá al anacrónico monolitismo (y monismo) de la época moderna, que ya, desde hace década, hemos dejado atrás.

 

 



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Jesús Puerta


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