El calvario de Bolívar en el contexto de la Carta de Jamaica

A comienzos del año 1815 Venezuela mostraba un panorama bastante parecido a un cementerio. Unas 225.000 personas habían fallecido en el transcurso de los dos años anteriores, víctimas de la guerra civil que sufría nuestro país por esos tiempos. Ríos de sangre cubrieron la geografía nacional entonces, razón por la cual todavía podía verse mucha de esa sangre a flor de tierra en caminos, calles, casas abandonadas, iglesias, e igualmente se observaban infinidad de cadaveres regados por doquier, descomponiéndose, sin muchas posibilidades de recibir cristiana sepultura. Por la misma razón, varios miles de personas se encontraban lisiadas, familias completas desaparecidas, viviendas incendiadas, pueblos saqueados, haciendas destruidas, hatos sin ganado, ciudades despobladas, comercio arruinado. No existía una sola familia venezolana de los llanos, región central y del oriente, lugares donde con preferencia se habian desarrollado las batallas, que no hubiese visto desaparecer al menos uno de sus miembros. Por la mortandad generalizada, el terror se había apoderado de la gente, al punto que una importante cantidad prefería vivir escondida en los montes, alejada de pueblos y ciudades. Por todo esto, el país se encontraba devastado y en la más completa pobreza. El panorama era realmente aterrador.

El Libertador Simon Bolívar, por su condición de jefe militar, era uno de los que había sentido toda esta devastación en carne propia. Era él testigo de primera línea de aquellos horrorosos acontecimientos. Muchísimas fueron las ocasiones en que vio caer a su lado alguno de sus moribundos camaradas, atravesado por una de esas terribles lanzas o tasajeado por el filo de un machete. En otras numerosas oportunidades la sangre tibia y pegajosa de algún herido baño su rostro o manchó su uniforme militar. Infinidad de veces sintió muy cercano los gritos de dolor provocados por una de aquellas filosas armas cuando penetraba el cuerpo de un combatiente. Muerte, sufrimiento, terror, destrucción habían sido las constantes en la vida cotidiana de Bolívar en esos años de la guerra venezolana. Tales experiencias, sin embargo, fortalecieron su alma y carácter y le permitieron sobrellevar los horrorosos hechos de la guerra de los cuales había sido protagonista principal.

Sobretodo el año 1814 había resultado fatal para las armas conducidas por el gran caraqueño. El carácter de guerra civil adquirido por el conflicto venezolano no favoreció en nada las fuerzas independentistas y de allí el fracaso de los dos intentos por establecer en nuestro país un orden republicano. El pueblo en armas engrosaba las tropas defensoras del realismo y se batía a favor de esta causa, en contra de sus propios paisanos ubicados del lado libertador. Miles de hombres provenientes de los sectores más oprimidos de la sociedad colonial, integrantes de “las castas” o del “pardaje”, esto es, negros esclavos, indios, zambos, mulatos y canarios, conformaban los ejércitos conducidos por José Tomás Boves, Francisco Tomás Morales, Eusebio Antoñanzas, Francisco Rosete, Nicolás Zuazola, Francisco Javier Cerveris, Antonio Tizcar y Sebastián de la Calzada, verdaderos azotes que ese año 1814 cometieron la más espantosa carnicería en los pueblos y ciudades donde sus tropas entraron triunfantes. Pero eran los odios de clase y de raza, más que sus convicciones realistas lo que causaba la ira de las “castas” en contra de los amos blancos y sus aliados, odios exacerbados por dichos jefes realistas para sumar voluntades a favor de su bando. Y fue por ese odio y deseo de venganza eprimidos que la guerra se convirtió en rebelión popular contra los miembros de esa engreida y poderosa clase mantuana, clase que durante varias centurias cometió toda clase de atropellos y fechorías contra el resto de los pobladores de este territorio.

En el contexto de la guerra esos odios rompieron amarras y la ira popular fijó su mirada en los integrantes del mantuanaje sin respetar mujeres, niños o ancianos, mucho menos tropas y jefes del ejército libertador. Todos fueron tratados como enemigos en una situación de guerra a muerte. La mortandad, en consecuencia, fue espantosa esos meses del terrible año 1814. Un testimonio del propio Libertador, escrito en mayo de ese año, corrobora la caótica situación reinante. “…terribles días estamos atravesando; la sangre corre a torrentes; han desaparecido los tres siglos de cultura, de ilustración y de industria; por todas partes aparecen ruinas de la naturaleza o de la guerra; parece que todos los males se han desencadenado sobre nuestros desgraciados pueblos” (Juan Uslar Pietri. 1972: 129).

En la Batalla de la Puerta ocurrida el 14 de junio, enfrentamiento bélico que marcó el comienzo de la derrota definitiva de la Segunda República venezolana, más de mil efectivos del ejército patriota fallecieron. Entre ellos destacan Muñoz Tébar, Pedro Sucre, hermano mayor del Mariscal de Ayacucho, Antonio María Freites, Manuel Aldao y García de Sea. Obligados por esta derrota las tropas republicanas inician un movimiento retrogrado que culminará en diciembre de ese año cuando sean derrotados en Maturín los últimos efectivos del ejército libertador. En este tortuoso trayecto lo que iban dejando atrás los diezmados y atemorisados batallones patriotas era una estela de muertos y de sangre. Y en el caso de los sobrevivientes que no lograban escapar a tiempo, refugiados en caseríos, pueblos y ciudades, era el terror lo que embargaba de ahí en adelante su situación; el terror producido por la cercanía de la muerte venida en las monturas de la caballería realista.

Después de la victoria obtenida en La Puerta Bóves se dirigió con sus tropas hacia Valencia. En el camino pasó por la población de La Cabrera donde mató a cuchillo a los 1.600 efectivos patriotas que defendían el lugar. A la ciudad del Cabriales llegó el día 19 de junio. Ese mismo día la lucha comenzó. Sus defensores habían tenido tiempo para organizar un buen sistema de fortificación y por eso soportaron durante varias semanas las descargas de la artillería y las acometidas de la poderosa caballería realista. Pero faltos de comida y agua, luego de 21 días de sitio, se vieron obligados a rendirse y entregar la plaza. El día 10 de julio entraron Boves y Morales al mando de tres mil efectivos, deseosos de castigar al puñado de valientes que defendieron con bravura la ciudad. Esparcidos en las calles encontraron 70 cadaveres y 180 heridos, además de 174 personas moribundas o fallecidos, en el hospital. Apenas 90 hombres eran los que habían resistido y entregaron sus armas a los vencedores. Todos fueron acuchillados un día después, así como también parte de la población que no había tomado partido en la resistencia.

Luego de Valencia, Boves y sus tropas tomaron rumbo hacia Caracas. Pero en este caso Bolívar había tomado la decisión de evacuar la ciudad y con la mayoría de los pobladores emigró hacia el oriente de Venezuela, buscando aquí la protección de los ejércitos conducidos por Mariño, Piar, Bermúdez y Arismendi. Por esa evacuación a tiempo la mayoría de los caraqueños se libraron de morir en la capital en manos de Boves y sus tropas, cuando estos entraron a la ciudad a mediados de julio. De los que se quedaron muchos murieron, entre ellos don Fernando Ignacio de Ascanio, conde de la Granja, macheteado por el mulato Machado, jefe de una de las columnas del ejército de Boves.

Pero lo que hicieron los emigrados en verdad fue alargar algunos días más su agonía, pues el terrible asturiano se había propuesto aniquilar por completo a los miembros del ejército libertador y a todos los blancos que encontrara a su paso. De allí que a su lugarteniente Morales diera la orden de seguir y liquidar a los emigrados en sus refugios orientales, mientras él tomaba la ruta de los llanos centrales en procura de bestias y tropas nuevas. La primera población atacada por este Morales, el día 14 de julio, fue la Villa de Aragua. Lo acompañaba un ejército integrado por unos 6.000 efectivos. Del lado contrario, la defensa estuvo a cargo de 3.000 hombres jefaturados por Bermúdez y Bolívar. No pudieron estos resistir mucho tiempo los embates de los atacantes. Se impuso la mayoría numérica de los realistas que luego de seis horas de combate obtuvieron una victoria aplastante. La contienda fue espeluznante, la más sangrienta de la guerra de independencia venezolana. Uno de los emigrados de Caracas, testigo de la batalla, nos dejó el siguiente testimonio. “El ejército de asesinos desplegó toda su barbarie y ferocidad. Por todas partes llevaron el asesinato, las violaciones, el incendio y el pillaje. En la población, en los bosques y en el templo donde se refugiaron heridos, mujeres, enfermos, ancianos y niños, la cuchilla de los verdugos se descargó sin compasión. La carnicería fue general, el templo quedó anegado de sangre” (Lecuna, 1960, T.I: 306). Por su parte, José Domingo Díaz, afiebrado escritor realista, relata en términos similares el acontecimiento: “Todo pereció. Sólo en la iglesia parroquial quedaron degolladas más de cuatrocientas personas, hasta sobre los altares. Todo el batallón de Caracas quedó tendido, desde Salias hasta el último soldado”. Murieron esa oportunidad 3.700 efectivos patriotas y algo más de 1.000 realistas. En total 4.700 muertos, todos venezolanos. Los heridos realistas superaron la cifra de 800, muchos de los cuales murieron posteriormente.

Completada esta carnicería Morales cogió rumbo a Barcelona y el día 20 de agosto entró a la ciudad, donde continuó aquella horrorosa carnicería ejecutada sobre las personas que no lograron escapar a tiempo. Le trajeron los refugiados encontrados en los alrededores y de inmediato dio la oden de ajusticiarlos. “A proporción que iban llegando los grupos a su presencia, eran destinados a la muerte (…) en el silencio de la noche eran sacados del Principal y conducidos a las orillas del río Neverí, en donde eran lanceados y arrojados a las aguas” (Javier Yanez. 1949: 16). Muchas personas, sin embargo, salvaron su pellejo porque huyeron detrás de Bolívar, Bermúdez, Mariño o Ribas, siguiendo la ruta de Cumaná, Maturín o Carúpano; otras salieron del país hacia alguna isla cercana.

Mientras tanto Boves venía desde Calabozo a la cabeza de un ejército de 6.000 miembros, con el propósito de completar en oriente la sangrienta tarea. Pasó por la población de Santa Ana y alli ordenó degüello general. Más de 500 muertos fue el resultado de esta escabechina, cuyas víctimas fueron en su mayoría niños y mujeres. “La soldadesca embriagada, los semisalvajes caribes mandados por Diegote, sin freno de ninguna especie, se entregaron a los más torpes y vergonzosos desórdenes (…) A las ocho de la mañana reúnen los caribes una pila de cadáveres en la plaza y le dan fuego, arden también las casas y todo se reduce a ceniza. Siguen por quince días el degüello y el incendio” (José Romero Bastardo. 1885: 203).

Siguió hacia Barcelona donde no contento con la matanza ejecutada por las tropas de Morales se ensañó contra el reducido grupo de vecinos que aun quedaba en la población. De estos, fueron asesinados cincuenta la misma noche de la llegada del verdugo y sus cuerpos fueron lanzados al Neverí. Al día siguiente podía verse el mácabro espectáculo de los deudos montados en canoas recogiendo cadaveres.

Le tocó el turno entonces a Cumaná, lugar donde se encontraban refugiados muchos caraqueños venidos en la migración. A mediados de octubre estaba la mesnada realista y su jefe Boves a las puertas de la ciudad, dispuestos a asaltarla, pero se les interponía Piar y sus tropas. No obstante poco pudieron hacer estos para defenderla. La resistencia apenas duró unas horas. Fueron sobrepasados por la caballería “Bovera” ante lo cual Piar huyó con unas pocos efectivos hacia Carúpano. Cumaná quedó así a merced del sanguinario asturiano y el 16 de este mes entraron las tropas victoriosas con la orden de asesinar todo ser vivo que encontraran. “Dio Boves orden a la tropa para que entraran en la ciudad y matasen cuantos hombres se encontraban como así se ejecutó, y después de estar aquella reducida, entrando varios a caballo dentro de la iglesia parroquial, buscando a los que en ella se habían refugiado para matarlos, como lo realizaron por más de quinientos” (Boletín de la Academia de Historia, nro. 71: 585). Murieron miles y toda clase de personas. Recién nacidos, ancianos, mujeres embaradas, más de cuarenta músicos emigrados de Caracas, entre los cuales estaba Juan José Landaeta; algunos hermanos de Antonio José de Sucre. La matanza, violaciones de mujeres y saqueos duraron varios días. No se respetaron los templos cristianos. De aquí se robaron joyas, vasijas, ornamentos y hasta los vestidos de las sagradas imágenes. La destrucción fue total. De acuerdo con Llamozas unas ocho mil personas fueron asesinadas esos días de octubre. Luego de la retirada de Bóves faltaban brazos para enterrar a los muertos y asistir a los heridos y enfermos que dejó la carnicería.

Pero todavía no estaba satisfecha la horda asesina con las fechorías cometidas por los suyos. Era que no habían podido capturar a ninguno de los jefes fundamentales del bando independentista, sobre todo al más destacado, Simón Bolívar. Por tanto, tenían que continuar con su empresa arrasadora, aun faltaba para completarla. De allí que enfilara la tropa hacia el extremo oriental de Venezuela, a sabiendas que en estos lugares estaban refugiados los generales patriotas Ribas, Piar y Bermúdez, así como otra proporción de los emigrados caraqueños.

Fue a Morales a quien le tocó el encargo de someter a Maturín, defendida por Bermúdez y Manuel Sedeño. El 7 de septiembre se presentó con su numerosa tropa ante la plaza. Lo acompañaban unos 6.500 efectivos, mientras que en la ciudad se parapetaban menos de 2.000 hombres pretendiendo defenderla. Durante varios días hubo simples escaramuzas pero el día 12 se enfrascaron los contendientes de manera definitiva. Esta vez la victoria fue para los independentistas, no obstante, al culminar las acciones, los muertos se contaron por miles de bando y bando. No fue éste, sin ambargo, un triunfo definitivo pues el territorio venezolano en ese momento estaba en su mayoría en manos realistas y contaban sus jefes con mucha fuerza y recursos ante los diezmados y dispersos batallones enemigos. Por esto fue que después de esta derrota, Morales pudo reorganizar rápidamente su ejército y continuar la lucha. Además, pronto se le uniría Bóves que venía Cumaná. El día 27 de noviembre se juntaron ambos jefes en la meseta de Úrica donde algunos días después enfrentarían al ejército conducido por Bermúdez, Ribas y José Tadeo Monagas. El 5 de diciembre tuvo lugar el encuentro. Los realistas sumaban unos 6.000 efectivos, mientras que los independentistas no llegaban a 4.000. Allí murieron la mayoría de estos al sufrir una aplastante derrota, pero también murió el terrible asturiano cruzado por la lanza de Pedro Zaraza.

La muerte de Boves, sin embargo, no se tradujo en desbandada de sus hombres pues de inmediato, Morales tomó el mando con la misma ferocidad de su antecesor. Y se dirigió entonces hacia Maturín a cobrarse la afrenta de la derrota sufrida días atrás en esa ciudad. Aquí se encontraban los escapados de Urica, Ribas y Bermúdez, con un reducido número de tropas. El día 10 arribó Morales y su gente y al día siguiente comenzó la ofensiva. A mediodía ya estaba decidida la batalla a favor de los atacantes. Fue ésta la última gran confrontación de la guera civil que se libraba en Venezuela. “El fuego y el hierro acabaron allí por entonces a la rebelión de Venezuela. Allí perecieron muchas de las principales familias, desde sus cabezas hasta sus esclavos” (José Domingo Díaz). Con esta derrota todo estaba perdido en Venezuela ese año. Muertos, heridos y lisiados era lo que quedaba de las tropas libertadoras. Ahora la opción que tenían al frente los jefes era esconderse o huir del territorio. De estos, el primer capturado por los españoles fue el valiente general José Félix Ribas. Venía huyendo luego de la derrota sufrida en Maturín. Pensaba llegar a Barquisimeto donde esperaba sumarse al grupo de Rafael Urdaneta. Pero no pudo alcanzar su cometido. El 15 de enero sus captores le cortaron la cabeza en Tucupido y desmembraron su cuerpo.

Pero a diferencia del malogrado Ribas muchos de los jefes libertadores lograron fugarse del país. Simón Bolívar fue uno de ellos, pero antes de salir sufrió ataques de sus propios compañeros de armas, quienes lo culparon de las derrotas sufridas. Incluso fue apresado en una oportunidad por el propio Ribas y en otra sufrió amenaza de linchamiento por parte de Piar. Salió para Cartagena los primeros días de septiembre. Iba apesadumbrado a causa de las divisiones patriotas y en razón de la falta de apoyo popular para con la empresa de independencia.

Detrás dejaba Bolívar un verdadero camposanto. En Venezuela, los sobrevivientes del conflicto, tuvieron que improvisar cementerios en cualquier lugar dada la enorme cantidad de muertos provocados por la guerra civil. Los cadaveres eran enterrados sin ninguna ceremonia previa, y muchos ni siquiera recibieron cristiana sepultura. Por la inmensa mortandad la población del país se redujo drásticamente ese sólo año, siendo el sector joven el que más se resintió. El realista José Manuel Oropeza describía la situación de Venezuela, ese año 1814, en los siguientes términos: “No hay ya provincias; las poblaciones de millares de almas han quedado reducidas, unas a centenares, otras a decenas, y de otras no quedan más que los vestigios de que allí vivieron racionales (…) los caminos y ciudades cubiertos de cadaveres insepultos, abrasadas las poblaciones, familias enteras que ya no existen sino en la memoria, y tal vez sin más delito que haber tenido una rica fortuna de que vivir honradamente” (Correo del Orinoco 27-VI-1818: 1).

La guerra, en las condiciones en que se había desarrollado, proporcionó sus correspondientes lecciones militares y políticas a Bolívar. La principal lección aprendida era que debía intentar hacer entender a los sectores humildes del pueblo venezolano que esa era una guerra de liberación nacional, que como tal, de salir victoriosa, comportaba, por un lado, la liberación de la patria y, por otro lado, la conquista de las libertades individuales para todos los habitantes de nuestro país. De no lograrse tal entendimiento la guerra continuaría desarrollándose como guerra civil y en esas condiciones el bando realista seguiría triunfando, gracias al apoyo que le brindaban los propios venezolanos. Y ese mismo año 1814, en medio de la debacle militar, Bolívar empezó a actuar para darle vuelta a este fenómeno. Escribió entonces en Carupano un documento donde da cuenta del problema, y en el que se refleja también la patética situación emocional del héroe caraqueño por esos días. Lo escribió el 7 de septiembre, un día antes de embarcarse para salir de Venezuela, agobiado por las derrotas y por las rencillas internas. Dijo allí: “Nuestros vencedores han sido nuestros hermanos (…) que por una inconcebible demencia han tomado las armas para destruir a sus libertadores… (estos) y no los españoles han desgarrado nuestro seno, derramado nuestra sangre, incendiado nuestros hogares; (esa) masa de los pueblos, descarriada por el fanatismo religioso y seducida por el incentivo de la anarquía, (es la que) ha desplomado el edificio de nuestra gloria”.

Sin embargo, la dificil situación de esos días no desalentaba a nuestro héroe. No pasaba por su mente la idea de abandonar la empresa emancipadora. Abandonaba Venezuela momentáneamente. Iba para Cartagena en busca de apoyo militar. Pero antes de partir ponunció una frase reveladora de su ferrea voluntad de continuar la lucha: “Yo os juro que Libertador o muerto”, dijo. Algunos años después haría honor a su palabra, luego que, gracias a iniciativas suyas y a cambios en la situación internacional, las condiciones de la guerra se alteraron y colocaron la balanza del conflicto a favor del bando patriota.

Y salió Bolívar para Cartagena, una ciudad neogranadina donde esperaba, de parte de sus amigos y camaradas, cobijo y apoyo para continuar su empresa guerrera. Pero esta vez la situación aquí no presentaba perspectivas favorables a sus planes y esperanzas. La realidad neogranadina en este momento no era nada promisoria, pues el territorio se encontraba fragmentado en tres grandes porciones, cada uno con un gobierno diferente. Por un lado estaban los centralistas, reunidos alrededor del gobierno de las Provincias Unidas, presidido por Camilo Torres e integrado por las ciudades de Cartagena, Antioquia, el Chocó, Casanare, Neiva, Popayán, Pamplona, el Socorro, y Tunja, que fungía de Capital. Por otro lado estaba Cundinamarca que se mantenía separada de la unión, con un gobierno aparte, con sede en Santa Fe de Bogotá, presidido por Antonio Nariño. Y además, existía una gran extensión del territorio, conformado por Quito, Guayaquil, Cuenca, Loja, Río Hacha, Santa Marta, Panamá y Veraguas que permanecía en manos españolas.

A poco de llegar Bolívar a Cartagena, el gobierno de las Provincias Unidas le dio la orden de someter a la rebelde Santa Fe e integrarla a la confederación. Y Bolívar no tuvo otra opción que cumplir la tarea a plena satisfacción, no sin que se derramara mucha sangre en las acciones de guerra acometidas para este fin. Unos trescientos muertos y otros tantos heridos fue el saldo trágico dejado por el enfrentamiento ocurrido entre los días 10 y 12 de octubre de 1815. La ciudad capituló este último día, por cuya victoria el poder ejecutivo otorgó a Bolívar el grado de capitán general de los Ejércitos de la República. A partir de entonces se desató contra el caraqueño una campaña de intriga y descalificaciones, promovidas por el general Manuel del Castillo, jefe militar del gobierno de Cartagena, y por su hermano José María del Castillo, miembro del poder ejecutivo. Ambos se negaban a aceptar la jefatura militar de Bolívar. Lo acusaban de ser el responsable de las derrotas sufridas por el ejército libertador en Venezuela y se negaban a subordinarse a la jefatura del caraqueño. En vista de tales desavenencias y para evitar enfrentamientos internos de mayor envergadura, Bolívar decidió renunciar al mando militar conferido y a separarse de la Nueva Granada. A comienzos del mes de mayo entregó su cargo y el día 9 se embarcó en el bergantín de guerra inglés la Descubierta con rumbo a la isla de Jamaica, colonia inglesa.

Por esos mismos días debió recibir Bolívar la funesta noticia de la arribada a Venezuela de la tenebrosa expedición de Pablo Morillo. Tal acontecimiento venía a trastocar cualquier plan salido de la cabeza del caraqueño referente al futuro de la guerra libertadora venezolana. Era este un hecho por demás inesperado y desalentador. Lo que traía Morillo consigo era una poderosa escuadra integrada por sesenta y cinco buques principales de transporte y otros de menor calado, escoltados por el navío San Pedro de Alcántara de 74 cañones, más 16.000 efectivos militares. Su misión, ordenada por el recién restituido rey español Fernando VII, era aniquilar todos los focos de rebelión emancipadora existentes en territorio latinoamericano, comenzando por Venezuela, lugar donde la guerra se hacía con mayor ferocidad. Tan extraordinaria expedición reconquistadora, la mejor pertrechada y la más numerosa jamás enviada por la monarquía ibérica a tierras americanas, la despachaba el rey Fernando, en un momento cuando a España le iba muy bien en materia militar, pues así como le ganaba en su territorio peninsular la guerra al ejército francés, le ganaba también la guerra a los independentistas de aquí de América. Y así victorioso, enaltecido, todopoderoso, se proponía el recién llegado monarca acabar de una vez y para siempre con los sediciosos y rebeldes libertadores americanos que le trastornaban el ejercicio de su reinado y sus planes de restituir el imperio español. La arribada a las costas venezolanas de la expedición pacificadora, ocurrida el día 3 de abril, tendrá un impacto directo en la evolución de la guerra, pues la presencia de los efectivos españoles trastocará la composición social de los ejércitos enfrentados y trastocará también la naturaleza del conflicto. Por tales alteraciones la guerra social llegará a su fin este año 1815, al mismo tiempo que se iniciará la guerra de liberación nacional propiamente dicha.

De manera que cuando Bolívar desembarca en Kingston, Jamaica, el 14 de mayo, no tenía ningún motivo material para estar optimista respecto al futuro desenlace de la guerra en Venezuela. Ninguna noticia de este tipo era alentadora en ese momento. Dejaba atrás en su patria un país devastado, ahora sometido a un ejército invasor, el mismo que había contribuido en Europa a ganarle la guerra a los franceses, país que ostentaba el más aguerrido de los ejércitos existentes en ese continente en ese momento. También en la Nueva Granada dejaba un país dividido por la sedición interna, enfrascado en rencillas insustanciales, pronto a ser rendido por las fuerzas del “Pacificador” ibérico. Por otro lado, en el plano internacional, las monarquías europeas se unificaban para crear una poderosa alianza de las espadas, dispuestas a defender su sistema de colonias americanas. Tampoco se avizoraban apoyos externos para la causa de la libertad suramericana. Ni en Europa ni en los Estados Unidos de Norteamerica esa causa gozaba de respaldo por parte de algún gobierno. No se avizoraba, según vemos, ninguna noticia positiva que avivara los ánimos del Libertador. Tal era el difícil contexto que abrazaba la vida suya entonces.

Pero a pesar de ser tan aciaga la situación material del futuro libertador de América del Sur, ello no arredraba su voluntad inquebrantable de continuar la lucha. La fuerza de su espíritu no mermó en medio de aquellas circunstancias adversas. El calvario por el que había pasado esos últimos meses de vida no fue razón que provocara la más mínima mengua a su empeño por la emancipación americana. Y de esa voluntad granítica así como de su convicción triunfadora, va a dar prueba en los meses siguientes en la propia Jamaica, donde el gobierno de la isla se negó a brindarle los auxilios solicitados por él para la causa libertadora americana, y en Haití, donde el reciente gobierno de la república libre brindó cuantiosos recursos materiales a favor de tal empresa.

En la Carta de Jamaica, publicada el día 6 de septiembre, revela Bolívar su estado de ánimo en ese momento. En esas páginas se manifiesta el pensamiento de un hombre a quien la adversidad no impide pensar con profundidad y escribir con elegancia. Es un hombre cuyo pensamiento se muestra capaz de volar alto hasta remontarse a las próximas edades de la historia americana. No es un hombre embargado por el pesimismo ni por la tristeza; tampoco da evidencias de sentirse derrotado. Al contrario, en este documento refleja Bolívar mucho optimismo respecto al futuro de América. En el mismo observamos, en primer lugar, al inquieto guerrero muy seguro del triunfo que ha de venir en los próximos años. Afirma en tal sentido: “El velo se ha rasgado, ya hemos visto la luz (…) se han roto las cadenas; ya hemos sido libres (pero) nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por tanto, la América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria”. En segundo lugar, encontramos al historiador que revisa el pasado para justificar los actos del presente. Dice Bolívar a este respecto: “Tres siglos hace que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón (…) Los americanos en el sistema español que está en vigor, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes (…) Estábamos ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del Gobierno y administración del Estado. Jamás eramos virreyes, ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares, sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aun comerciantes”. En tercer lugar, identificamos al político capaz de profetizar la conformación de repúblicas latinoamericanas gobernadas por hombres de la gran patria. Según Bolívar, obtenido el triunfo definitivo sobre los españoles, Venezuela se unirá con la Nueva Granada para formar una sóla nación que se llamará Colombia. Su gobierno será republicano con un poder ejecutivo fuerte, un senado hereditario y un cuerpo legislativo de libre elección; en Buenos Aires se constituirá una república con un gobierno central en el que los militares ocuparán papel sobresaliente; en centroamérica se conformará una asociación donde en algún momento se erigirá la capital del mundo; en Chile, por las costumbres virtuosas de sus habitantes, gozarán estos de las dulces y justas instituciones republicanas; en el territorio peruano, dada la existencia allí de los dos grandes enemigos de la justicia y la libertad como son el oro y a esclavitud, será difícil levantar una república; cuanto más, se conseguirá aquí la independencia. Y en cuarto lugar, apreciamos al estadista de pensamiento integracionista, al doctrinario de la gran patria latinoamericana, a cuyo respecto manifestó: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse (…) ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo”.

Como vemos entonces, en la Carta de Jamaica, muy a pesar del calvario sufrido a lo largo de los últimos catorce meses de existencia, contados a partir de la derrota sufrida en La Puerta, en junio del año 1814, topamos con un Bolívar henchido de optimismo, empecinado en continuar batallando por la independencia de América; topamos con el genial conductor de tropas decidido a vencer, con el guerrero de voluntad emancipadora inquebrantable. Faltaba, sin embargo, para lograr un diseño militar definitivamente favorable al bando emancipador, una condición muy importante: la unión. Cierto, decía el mismo Bolívar: “la unión es lo que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración (…) es la unión lo que puede ponernos en actitud de expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre”. Y muy pronto comenzarían a concretarse los esfuerzos en pos de esta unión. Algunos meses más tarde, en el año 1816, estando en Haití primero, y luego en Margarita, Bolívar será reconocido, por el resto de la oficialidad republicana, como jefe supremo del Ejército Libertador. Se unificaba así en su persona el mando de todas las tropas emancipadoras. Fue éste un paso demasiado importante a favor de la unión de los ejércitos de la independencia venezolana. Vendrían a poco otros logros en la misma dirección así como también los grandes y definitivos triunfos por la libertad de Venezuela y del resto del continente.



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Sigfrido Lanz Delgado


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