La obesidad, un problema médico y político

Son muchas las diferencias que determinan la separación entre los seres humanos y los animales. Indudablemente, una de ellas es el lenguaje, la cual permite a muchos individuos conversar sobre lo que ignoran. Entre las otras desigualdades debo señalar: el hombre es el único animal que masca chicle; el único animal que come y bebe líquido durante la comida; el único mamífero que después de destetado sigue tomando leche y lo peor, el único que bebe leche de otras especies (de vaca); finalmente, es el único animal que padece de obesidad. Ciertamente, existen perros y gatos obesos consecuencia de que fueron domesticados y obligados a consumir la misma dieta de los humanos. Nunca veremos a una leona obesa, dado que le sería imposible correr a alta velocidad para cazar y luego, darle de comer a sus cachorros.

La obesidad es causante de diversas enfermedades como: problemas cardíacos y respiratorios, diabetes, dificultades en el sistema óseo y digestivo, complicaciones en la tensión, entre tantos males. Secuela de este padecimiento es la congestión de los hospitales y las clínicas, dado que el sobre peso se convirtió en un padecimiento de tipo endémico, tanto de niños(as), jóvenes, adultos y personas de la tercena edad.

No cabe duda, la obesidad está vinculada con la mala ingesta de comida. Tal anomalía está relacionada con la penetración de los imperios en América y como consecuencia, en Venezuela. La influencia alimentaria en nuestro país ha pasado, a mi manera de ver, por tres períodos: la conquista y colonización, la influencia francesa y la más reciente, la peor de todas, el nefasto predominio de la glotonería yanqui.

Cuando Cristóbal Colón salió de Puerto de Palos para buscar las Indias Orientales por este lado del Atlántico, lo hizo para andar a la caza del oro de aquella época, es decir las especies (canela, clavo, comino, pimienta…) dado que los otros mares, hacia el occidente, estaban dominados por el monopolio de los ingleses y el de los portugueses. Como se ve, la razón del mal llamado descubrimiento fue netamente comercial y no religiosa. Palmariamente, el inexperto navegante y desconocedor de las cartas de navegación nunca llegó a las Indias Orientales y por mala leche llegó al nuevo mundo. El negocio de la especies nunca se consolidó, pero si el del oro, la plata y el mejor de todos, la apropiación indebida de tierras y de los aborígenes para esclavizar.

Una vez consolidada la conquista comienza la colonización de América y como secuela, la extirpación de la cultura de los pueblos originarios y la imposición a sangre, fuego y religión del modo de vivir de los españoles. Esto incluía la adoración de un nuevo y único dios, una desconocida forma de gobierno, un idioma extraño, una incómoda manera de vestir y sobre todo, un nefasto modo de atiborrarse de comida. Obviamente, era inminente desterrar los alimentos de los pueblos originarios para obligarlos a consumir los producidos en la península ibérica. Era obligante desterrar la cultura de la yuca, el maíz, papa, y los diversos tubérculos, magníficos carbohidratos, para imponer la cultura del trigo. A partir de este momento comienzan a llegar a los puertos de Venezuela toneladas y toneladas de sacos trigo para que los aborígenes y criollos contribuyeran a enriquecer la economía del reino. No sólo los conquistadores trajeron el trigo, también los embutidos, los jamones, las mortadelas, aceite, vinos, leche de vaca, los dañinos postres de harina con azúcar, frituras y diversos alimentos a los que no estaban acostumbrados los aborígenes Venezolanos. Comienza así a brotar los vestigios de la obesidad entre los naturales de estas tierras. Por fortuna, antes de la llegada del opresor, aquellos consumían alimentos muchos más sanos que la comida traída por los imperialistas españoles; nuestros naturales solo ingerían animales de caza (proteínas), yuca, plátano y ocumo (carbohidratos), todos sancochados o asados y las grasas, las propias de los animales cocinados. Con la imposición del coloniaje español, los criollos y sobre todo los mantuanos, se alejan de la cultura del maíz y del casabe y aceptan estoicamente la cultura del trigo. La primera era lo que consumían los “indios rústicos”, la comida de ellos debía ser la misma de la aristocracia, la comida de la nobleza española.

Lamentablemente nuestros aborígenes precolombinos, por múltiples circunstancias, no lograron conformar una variada gastronomía como la de los pueblos incas, aztecas, mayas, entre tantos pueblos centro y suramericanos. Pero evidentemente era una alimentación sana, sin los vicios traídos por el conquistador y luego el colonizador. Los hombres y mujeres de nuestros pueblos originarios no debieron ser obesos, primero porque caminaban grandes extensiones para buscar sus alimentos y segundo, porque en su dieta no incluían frituras, ni harinas, ni leche de vaca, tampoco dulces y mucha menos cerveza y tampoco vino.

La clase media y la oligarquía venezolana siempre fue faramallera y se dejó influenciar, a mediados del siglo XIX, por la gastronomía francesa que dominaba las cortes europeas. Así vemos como en los banquetes de los nobles hidalgos se engullían platos hasta que los linajudos quedaban hartos de comidas. En una misma cena se consumían aves de caza, aves de corral, productos del mar, panes a montón, salsas de todo tipo cuyos componentes principales eran la harina y la mantequilla y al final, el consabido postre. No ingerían vegetales. Eso sí, cada plato debía ser acompañado por un tipo de vino especial; finalmente nunca podía faltar el café y el licor, por lo general un coñac. De esta bazofia alimentaria es que nuestros oligarcas y nuestra clase media se copiaron como el modelo a seguir en un banquete de bodas, cumpleaños, primera comunión, bautizo, velorio y cualquier vaina que se pueda celebrar. Una manera de demostrar a sus amistades su exuberante riqueza. De estas celebraciones los restaurantes se copiaron los tres platos que los mesoneros ofrecen a sus comensales, acompañado con un vino de cosecha, más postre y licor. Con razón entre los miembros de la clase media y clase media alta existen tantos obesos. Nuestro aborígenes eran más sabios, con un solo plato de comida bastaba para mantenerse sano y delgado.

Hemos visto las dos nefastas influencias en nuestra gastronomía que desde hace tiempo dejó de ser venezolana. A partir del siglo veinte, con la llegada de las compañías petroleras el pueblo venezolano recibe el perverso influjo del concepto de comida, según el modelo yanqui. Aparecen las hamburguesas, las gaseosas, la comida congelada y la procesada, los jugos de pote con sobredosis de azúcar, los perros calientes, la comida empaquetada en papel de aluminio colmada de sal (tostitos, doritos, platanitos, yuquita…) y sobre todo, la diversidad de comida considerada como comida chatarra o basura.

Como soy un escribidor sin oficio hice ciertos cálculos interesantes: una persona que se trague una cocacola diaria (300 ml y 30 g de azúcar) al final del año habrá ingerido 110 litros del pernicioso líquido y 11 kg de azúcar. Un niño que devore una hamburguesa diaria (150 g), al final de diciembre se habrá hartado 54 kg, distribuido, una parte en harina y otra con carne cargada de colesterol. Veamos otro cálculo modesto: un individuo(ua) que devore frituras, cerveza, vino, harinas, gaseosas, entre toda la comida que produce sobrepeso, al final de quince años habrá engullido más de ¡dos toneladas y media! de comida insana. Como se ve, el problema de la obesidad también es un problema político, tal como lo está enfrentado el gobierno del presidente MM. Por lo general, los padres desconocen el valor nutricional de los alimentos y por lo tanto, el gobierno está obligado a informarle la mejor combinación de los alimentos. Es importante vigilar las cantinas escolares para evitar la venta en tales recintos de productos perjudiciales para la salud de los niños(as) y jóvenes. Niños sanos, en el futuro se convertirán en adultos sin achaques.

El imperio avasalla, su único problema es ganar dinero sin importarle un carajo la salud de las personas. Por eso publicita, a través de diversos medios de comunicación de masa, bazofias empaquetadas, líquidos envasados, comistrajos enlatados, chucherías, productos para adelgazar y medicinas para que la ingesta abundante de comida no le caiga mal al consumidor.

Todo lo anterior es producto de una reflexión, después de la lectura del interesante libro “La gran fórmula” de la investigadora nutricional venezolana Alejandra Coll, una estudiosa preocupada por el sobre peso de los niños(as) y jóvenes de Venezuela.

Este escribidor vago y sin oficio continúa colgando algunos cuentos en; notengodios.blogspot.es Puedes visitarlo amigo lector


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Enoc Sánchez


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