La tragedia del puntofijismo

La tragedia del puntofijismo radicó en haber llegado sin llegar. No ya improvisación, sino falta plena contra el deber de justicia  social, contra la sinceridad que reclamaba el propio pueblo de que formaban parte. En haber usurpado posiciones que no les correspondían por derecho propio. Grupo de ladrones presuntuosos, que buscó el fácil camino de tomar por anticipado los sitios que reclamaban la sistemática de un esfuerzo lento y mejor orientado. Presumir, no en su corriente acepción de vanagloriarse, sino en su soterrada significación de anticipo de la hora, ha sido la tragedia cotidiana, menuda y persistente que ha vivido nuestra patria a todo lo largo de esos cuarenta años de nuestra dolorosa y accidentada historia. La vía del asalto y de la carrera para llegar más rápido a sitios que reclamaban una idoneidad responsable.

El afán desordenado  de hacerse valer, ha sido el mal en todos los órdenes de las actividades emprendidas. Un deseo de llegar antes de tiempo. Llegar por donde sea y como sea. Torcido o recto el camino da lo mismo, siempre que los condujera al deseado fin. Generalizada la teoría del éxito profesada por quienes aconsejaban hacer dinero “honradamente”, pero en todo caso hacer dinero, supeditado al hecho de satisfacer sus ambiciones, los medios de lograrlo, sin procurar en ningún caso de que aquéllos fuesen honrados y cónsonos con la lógica que asegurase su fructífera permanencia. Entrar por la puerta principal o por la trasera, era cosa secundaria. Sólo les importaba llegar como fuese, a la luz del día o al amparo de las sombras protectoras del escalamiento.

Llevados por tentaciones que destruyeron la armonía del juicio y la rectitud de la reflexión, han templado la desesperación del pueblo con la presunción; del cuadro falseado por un pesimismo de las cosas. Como el campesino que, cegado por la magia de presuntos abonos, ordenase recoger a destiempo la cosecha, han arrancado con criminal anticipación los frutos sin madurar.

Ese espantoso complejo, por todos visto en silencio y pocas veces denunciado, han querido tratarlo por medio del examen interno de la palabra que mejor lo califica. Allá  y acá buscaban las causas de nuestros males en el campo de la ciencia, de las letras, de la economía y de la política. Para encerrarlas a todas en un conjunto, en cuya raíz semántica parecía que se ocultase la última ratio de su precipitada y confusa vida de relación con el pueblo.

Dirigentes que no meditaban el valor de sus propios recursos caminaron los opuestos caminos que conducen ora a la desesperación, ora a la presunción. Al pesimismo que nubla los caminos y que lleva a la actitud decadente que define como un “no querer ser uno mismo”, como renuncia al propio esfuerzo de realizarse en función de equilibrio de voluntad y posibilidad; o a la euforia malsana provocada por la falsa confianza en los propios recursos, que hace mirar como ya realizado el esfuerzo con el fin relativo de las aspiraciones. Desprovistos del sentido solidario de cooperación con el pueblo que hiciese fácil el esfuerzo común, han seguido el curso personalista de sus apetitos con un sentido de suficiencia que los ha llevado en lo individual a ser los solos jueces de nuestros actos y los dispensadores de nuestras propias ideas.

Para sostener o rebatir la tesis sobran argumentos en el mundo de la historia adeco-copeyana, pero quizá desde entonces se inculcó en esos politiqueros el afán de hacerlo todo a punta de palabras que suplieran la realidad de actos constructivos. El feudalismo anárquico, del caudillismo que insurge con la exaltación de Betancourt y Caldera, llevó a la disgregación de los grupos que pudieron haber realizado en el campo social una obra perseverante de superación y que hubieran podido crear un tono reflexivo para nuestras tareas como pueblo. La perseverancia del individualismo provocó esa mostrenca actitud que nos llevó a considerar que por la punta de la nariz de esos “lideres” pasaba el meridiano del país.

Causa y efecto en sí  misma, la presunción que se abultaba en todo el discurso, arrancaba de posiciones negativas y provocaban, a la vez, nuevas actitudes que precisaban examinarse en su origen y proyecciones. Por una parte, el pueblo encontraba validos los caminos por falta de sentido responsable de quienes gobernaban. Si aquellos, por caso, a quienes correspondía por mayor experiencia el sitial de la crítica, abandonaban el deber de hacerla, ¿no resulta explicable que en él aposente quien llevado por instinto vocacional y animado por falsa estimativa de sus recursos, se creyera capaz de ejercer el delicado y baldío oficio? Un pueblo que no tenía arquetipos morales, un país donde no había prefigurado la imagen que debía dar forma a nuestro esfuerzo social, invitaba al asalto de las instituciones.

Y como la presunción de funciones y aptitudes seguía una línea sin continuidad geométrica en el plano de lo social y se regía sólo por la falsa apreciación individual, adviene, por consecuencia, en el ordenamiento colectivo una dispareja y anárquica ubicación de valores que conduce, para la efectividad del progreso y que hace las veces de canon regulador. En una sociedad que estaba fundada sobre bases de presunción, vale decir, sobre supuestos valores, sobre líneas que carecían de madurez realística, vivíamos en peligro de que toda creación, careciera de fuerza perviviente.

La anticipación que caracteriza a la obra presuntuosa, condena a ésta, fatalmente, a quedar en la zona de lo inacabado y pasajero. Sin energía para arraigar, sin densidad para lograr una ubicación de permanencia, las aparentes conquistas carecían de la continuidad que les diera fuerza capaz de impulsar en una línea lógica y duradera la marcha del progreso social del pueblo.

¡Gringos Go Home!

Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!

Hasta la victoria siempre y Patria Socialista.

¡Venceremos!

manueltaibo1936@gmail.com



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Manuel Taibo


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