Guerra y Paz

Propio de fanáticos guerreristas, como Hitler, es la certeza de que “Al comenzar y dirigir una guerra no es el derecho lo que importa, sino la victoria”.

Típico de imperios e imperialismos de toda casta es su arte de manosear y amordazar gobiernos y Pueblos apelando al adagio de Sun Tzu: “El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar”.

Muy del paladar de xenófobos y racistas y nobles europeos como lo fue, por ejemplo, Elliot Gould, es creer que: “Cualquier guerra entre europeos es una guerra civil”.

Bueno para pragmáticos e irónicos como Marco Tulio Cicerón es que el dinero y sólo el dinero “es el nervio de la guerra”.

Distintivo, no obstante, de sensatos, como lo fue Jannette Franklin es juzgar que “no se puede ganar una guerra como tampoco se puede ganar un terremoto”.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano” no se cansaba de repetir el genial novelista Henry Miller.

Pues, como bien lo indicaba Guglielmo Ferrero: “la guerra deja ardua herencia de guerras”.

“De la paz se debe esperar todo, de la guerra nada más que desastre” juzgaba Simón Bolívar. Muy consciente sin embargo de que la peor de las guerras es esa silenciosa que gusta y estila imponer por siglos todo colonialismo a sus vasallos.

La no-violencia es la fuerza que nace de la Verdad. Por ello la no-violencia es una meta hacia la cual debe dirigirse la humanidad entera opinaba Mohandas Gandhi. No obstante, al igual que Bolívar, Gandhi entendió —y murió defendiendo esta verdad— que la peor y más cruenta guerra es siempre aquella resistencia por todos los medios que no se libra decididamente contra una potencia colonialista, racista, genocida. Por más apertrechada, criminal y sádica que dicha potencia sea.

delgadoluiss@gmail.com


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Luis Delgado Arria


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