Educación y Calidad en tiempos de cambio

Hace solo algunos años el Prof. Cárdenas, ministro de educación del presidente Caldera (en su segundo gobierno), dijo que la educación venezolana era un fraude total. Hoy, a varios años de aquella necrófila declaración vale preguntarse si hemos logrado superar ese estigma. Las políticas educativas emprendidas por el actual gobierno están orientadas hacia dos grandes polos, a saber, hacia la masificación de la educación y hacia la reorientación del sistema educativo bolivariano. Si bien es cierto y válido que la política masificadora ha generado un gran impacto en Venezuela por un incremento sin paralelos en los niveles históricos de escolaridad en el país, también es válido preguntarse si ello redunda en la tan anhelada, añorada y supuestamente perseguida calidad educativa, y digo supuestamente porque pongo en duda que las políticas educativas asumidas lleguen a lograr tal propósito, no porque sean malas sino porque a mi juicio son tímidas, y la timidez política no es un signo de las revoluciones y mucho menos en el plano educativo. Si se continua en esta tímida línea se asumirá lo que dijera Lampedusa en su obra El Gatopardo: «Algo debe cambiar para que todo siga igual».

Desde 1999 hasta hoy la estructura político-educativa sigue siendo la misma, por ello y a propósito de esa situación pregunto: ¿será que con estructuras de sistemas desfasados se pretende asumir políticas educativas que orientan una educación de calidad?, ¿es que acaso el nuevo pero tímido sistema educativo bolivariano responde realmente a esa necesidad urgente de la transformación?, ¿persigue este nuevo sistema un tipo de calidad educativa adaptada a los ya estandarizados parámetros “cualitativos”?. Al analizar el propósito de este debate en su idea original la cosa se problematiza, y se problematiza por cuanto la polisemia del término “calidad educativa” lo complica y porque ello hace que sea interpretado de acuerdo con los intereses de turno.

Para algunos, calidad educativa se reduce simplemente a una cuestión de “buenas” estructuras físicas en las instituciones educativas, para otros se reduce al logro de las competencias plasmadas en el currículo (¡que preparado está ese muchacho!), para otros más se reduce al hecho económico y a la profesionalización del docente, y para algunos otros se reduce a un llamada operatividad del “Estado docente”. Indicadores más, indicadores menos, parece que todo rodea la misma idea. La UNESCO tiene indicadores para “medir” la calidad educativa, así como también los tiene el Ministerio del Poder Popular para la Educación y otros organismos e instituciones a nivel nacional e internacional, los cuales manejan una serie de parámetros para una dizque medición de la calidad. En este orden de ideas surgen nuevas interrogantes: ¿puede medirse la calidad educativa?, ¿quién dice cuáles son los parámetros o indicadores pertinentes para establecer niveles de calidad?, ¿por qué esos y no otros indicadores?, es más, ¿quién o qué legitima la calidad educativa?, ¿quién o qué legitima a los que pretenden legitimar?, ¿cómo sabemos que los saberes escolares siguen siendo pertinentes?, ¿se enseña realmente lo que debe enseñarse?, ¿le encuentran importancia y pertinencia los estudiantes a los saberes en la escuela venezolana?, finalmente es como dice Derridá: “¿quién dice lo que hay que saber o sabe lo que hay que decir?”. ¿Serán acaso la masificación educativa y la mayor inversión en educación valores reales para incrementar los niveles cualitativos de la educación?, ¿existen en Venezuela las condiciones para garantizar un sistema educativo de calidad?, ¿existen las condiciones para garantizar el acceso, ingreso, permanencia y egreso “satisfactorio” de los estudiantes del sistema educativo y su inserción en el mecanismo social de producción?, ¿estamos en igualdad de condiciones e igualdad de oportunidades para ello?. Estas son interrogantes que dejo para la reflexión y que de la reflexión se lleven al debate.

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