En Venezuela acaba de ser derrotado el conformismo, antitesis de lo
revolucionario y sinónimo de espíritu conservador. Como “reforma” también es un
contrario de “revolución”, la supuesta “derrota” del referendo no debe ser leída
como un triunfo de las fuerzas de la oposición sino, más bien, como la victoria
del poder popular sobre la inercia de la nomenclatura más leguleya, triste y
parasitaria. Estamos ante un nuevo
equilibrio político: se agotó el sofisma que reza “hay que darle poder al
pueblo”; el pueblo no existe sino en tanto es el poder mismo, poder originario y
constituyente, siempre. El 2 de diciembre no es más que un 13 de abril dentro
del campo revolucionario.
No encontramos también ante en una situación difícil, por ello
debemos alegrarnos. Lo que acaba de ocurrir es muestra de que las revoluciones
ni se decretan ni, mucho menos, se regalan desde la burocracia. También ha
quedado claro que el chavismo incondicional no puede darse el lujo de prescindir
de los sujetos, individuales y colectivos, que realmente se ejercen en la
práctica de las cosas, y cuyo apoyo al proceso no es ni pasional ni clientelar
sino político, en el supremo sentido de la palabra.
Nada que se de sin lucha es digno de un espíritu rebelde. Sólo el
alma mediocre o conservadora piensa que los problemas reales se resuelven con
enunciados formales. Sabemos que un soldado como el Presidente estará de acuerdo
con esto.
Si la reforma hubiese pasado, nosotros ocuparíamos un falso trono.
Tenemos ahora la oportunidad de luchar, cada uno de nosotros, por un destino
digno y común y de ejecutar una verdadera soberanía colectiva que sobrepase las
trampas del cesarismo socialista de viejo cuño.
La revolución se hace entre todos o no se hace. El poder no se
pide, se ejerce.
Si comprendemos las cifras que dio el CNE nos daremos cuenta que
fue el chavismo más crítico y consciente el que se manifestó el 2 de diciembre.
Esto más que llamar a la reflexión de los salones debe llevarnos a una
aceleración de la acción emancipadora, fortaleciendo las redes populares,
sacudiendo las altas esferas de la burocracia zalamera, profundizando las
fuerzas productoras, movilizado a la gente sin chantajes clientelares, buscando
de nuevo la pluralidad de la lucha, olvidándonos del PSUV y haciendo resurgir un
nuevo “polo patriótico”, plural, protagónico y eficaz.
El aprendizaje que nos tiene que dejar el falso “fracaso” de la
reforma constitucional planteada por el presidente Chávez, es que estuvimos a
punto de un grave revés contra-constituyente que afortunadamente
no pasó. Porque en el fondo, no se trataba de otra cosa que de un nuevo
revisionismo, o mejor dicho reformismo, con respecto a las fuerzas
constitutivas de nuestra sociedad. La forma ridícula en como se manejó el asunto
de la votación, ya sea en uno o dos bloques, encubría el filamento temático que
urdía toda la reforma y que sólo tenía que ver con la reafirmación de un
grotesco aparato burocrático que prefiguraba la visión bolivariana del
socialismo como mera redistribución
autoritaria de la renta petrolera. Siendo la mayor tajada de esta renta para el Estado, una gran
parte para la clase de los viejos oligarcas matrimoniados con los nuevos ricos
“rojos rojitos” y una migaja para el poder popular, tutelado, como si fuese un
niño o un cretino, por la cada vez más chapucera y monstruosa
“institucionalidad” estatal. La
verdadera esencia del socialismo del siglo XXI se anticipaba en la “forma y en
el fondo” de la reforma como muy poco socialista y muy alejada de este siglo.
De un modo innecesariamente ridículo, vemos que, con este proceder
atorrante, se les dio la razón a los sectores más pertinaces del adefesio
capitalista que luchan al lado del nuevo orden mundial expoliador y tiránico.
¿Cómo hacerles cerrar ahora la boca, a todos los jóvenes gazmoños del
conservadurismo liberal? Torpemente, sin necesidad alguna, en un callejón oscuro se ha colocado la
revolución. Pero este escollo también es un aprendizaje y un
espolón.
El poder constituyente es la fuerza de lo político para cambiar una
realidad materialmente injusta y no sólo formalmente inconveniente. El poder
creador o constituyente del pueblo no está atado de manos con respecto a las
formas jurídicas; son, al contrario, las formas jurídicas –incluyendo la
Constitución Nacional– las que están absolutamente sometidas y condicionadas, en
tanto son mera articulación formal del poder derivado, al poder originario de la
voluntad del soberano nacional. Es por esto que más que un contrasentido, es una
infamia el afirmar que la constitución no permitía que se votara por separado
cada artículo o, al menos, por bloques coherentes de artículos, arguyendo, para
este inconfesable fin, falacias del tipo “no se puede porque es
inconstitucional”; cuando el origen de la constitución del 99 es ella misma
“inconstitucional”, puesto que fue una creación de la autonomía constituyente del pueblo
venezolano y no del articulado de la derogada Carta del 68. Ahora, por ejemplo, los trabajadores
independientes no tendrán su justo fondo de pensión ni los trabajadores
dependientes la reducción de la jornada laboral por una práctica chantajista y
poco justa de invocar a la voluntad del soberano.
En fin, sin necesidad alguna nos hemos puesto en una posición de
debilidad. Ahora las fuerzas contrarrevolucionarias va a arreciar y esto nos
obligará a darle una nueva forma a la revolución que transcienda el uso
exacerbado del televisor (al fin y al cabo un simple electrodoméstico), la
monopolización de la subjetividad revolucionaria por parte del Presidente, el
borregismo y la pasividad del pueblo con respecto al liderazgo que el mismo se
da y, sobre todo, la falta de trabajo y la flojera de pensar, actuar e innovar
por sí mismo, esperando que toda idea posible venga de Miraflores. Estamos ante
un punto de inflexión: o el socialismo del siglo XXI lo creamos todos en la
realidad y no en la mera formalidad legal o sucumbiremos “por ahora” ante el
conformismo generalizado en que nos encontramos actualmente. Revolución es, de
nuevo, lo contrario de reforma y ningún referendo es capaz de cambiar esta
inexorable verdad.
En vez de porfiar en un proyecto constitucional, lo que se debe
hacer es trabar en dos frentes para
construir un socialismo auténtico, es decir, sin prediseñarlo, como fue el caso
de la “reforma”, de un modo puramente formal y espurio:
1) Activar de nuevo el poder constituyente, pero no para llamar a
una nueva asamblea y cambiar las leyes, sino, más bien, para transformar
prácticas sociales, creando nuevas formas orgánicas de sujetos colectivos. Esto
permitirá producir no una mera institucionalidad legal, sino una máquina que
precipite una nueva configuración orgánica de la sociedad. Ya hay experiencias,
muchas de ellas abandonadas, como los círculos bolivarianos, las Ubes, las
cooperativas que junto a empresas y corporaciones, privadas o públicas, vayan
prefigurando nuevas formas de apropiación del capital y de autonomía económica.
Todo esto con la protección y el apoyo del Estado, pero sin su infantilízate
patrocinio.
2) A la vez, es indispensable renovar los cuadros del aparato de
Estado, plagado de corrupción, mafias, ineficiencias y mediocridad, para hacerlo
maleable a las transformaciones sociales. Todo esto se puede hacer en el marco
de nuestra constitución actual. Lo que hace falta es una voluntad de acero y no
más leyes de papel.
Una vez que la sociedad vaya cambiando, se podrá cambiar las normas
jurídicas que se adapten a esa nueva sociedad. Primero hay que trasformar lo
real, después lo legal. Lo contrario no sólo es impostura, sino como
presenciamos el 2 de diciembre, fiasco, zozobra y decepciones innecesarias.
ekbufalo@gmail.com