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En Los Ángeles, la Cumbre de Biden y la Cumbre de los Pueblos

Desconectada del continente y carente de atractivo. Así algunos importantes medios norteamericanos y internacionales juzgan la administración Biden y la decisión de excluir a los tres países del «eje del mal» de la Cumbre de las Américas, que se realizará en Los Ángeles del 8 al 10 de junio: Cuba, Venezuela y Nicaragua. ¿El pretexto? «Falta de democracia». Lea y entienda: falta de esa «democracia» que le gusta a Washington, es decir, la «democracia» neocolonial. La «democracia» de los batallones ucranianos, que Biden defiende con bombas y que le gustaría «exportar» a Rusia.

Los otros, los que consideran al socialismo el único modelo apto para construir un mundo de “paz con justicia social” no tienen la “legitimidad” para participar en una cumbre cuyo lema es: “Construyendo un futuro sustentable, resiliente y equitativo”. Tan creíble como la invitación de los zorros a una conferencia sobre un «gallinero seguro». Pero que así sea. Estamos en el campo de la democracia burguesa, que oculta su verdadera naturaleza bajo el manto de conceptos vacíos, hasta que la lucha de clases desenmascara su hipocresía.

Una máscara que cruje hasta por dentro, considerando las rencillas entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado, preocupados por la «crisis de la cumbre» de la que se acusan mutuamente. La decisión, de hecho, puso de manifiesto muchas más fracturas de las esperadas incluso entre gobiernos latinoamericanos leales a Washington, que no se apresuraron a apoyar la exclusión de los tres países imputados. A pocos días del inicio, los presidentes que han garantizado su presencia son menos de la mitad.

El mexicano, Manuel López Obrador, jefe del segundo país más grande de América Latina y principal socio comercial de Estados Unidos, fue el primero en alzar la voz contra la exclusión, catalizando el descontento en una comunidad hemisférica ahora incómoda en el papel de «patio trasero» estadounidense. Amlo pidió a su homólogo argentino, Alberto Fernández, asistir a la cumbre para llevar la voz de la Celac, la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, que incluye a todos los países del continente excepto EE.UU. y Canadá, y que ha cuestionado abiertamente el papel de la Oea y de Almagro, nefasto para la región, y la política criminal de las «sanciones».

La gestión de Biden, que no mostró una discontinuidad sustancial con la anterior en materia de política exterior en el continente, sin embargo, no parece advertir su pérdida de hegemonía, tanto en el terreno económico como en el ideológico. En los últimos veinte años, la participación de América del Norte en el comercio exterior latinoamericano se ha reducido en un 20%. Hoy, China representa el 20% de las ventas de importación y el 12% de las exportaciones, y ya se ha convertido en el mayor socio comercial del continente.

La Ruta de la Seda, solo en 2020, registró 17.000 millones de dólares en inversiones directas y un volumen de préstamos para la región equivalente a 137.000 millones. En este contexto, los Estados Unidos solo continúan oponiéndo una actitud de «guerra fría», pero son incapaces de ofrecer alternativas. Un ejemplo indicativo es el nombramiento forzoso de un presidente norteamericano al frente del Banco Interamericano de Desarrollo (Bid), que interrumpió una costumbre histórica, sin traer las ventajas prometidas.

Biden ha escogido como sede de la cumbre la ciudad de Los Ángeles, símbolo de la diversidad étnica, racial y cultural existente en Estados Unidos, la ciudad con más inmigrantes latinoamericanos, con la esperanza de obtener más apoyo de la comunidad migrante más próspera en los Estados Unidos. Sin embargo, haber propuesto en la agenda de la cumbre “el crecimiento económico, el calentamiento global y la respuesta a la pandemia del Covid-19” no sirvió para ocultar la realidad concreta. En una ciudad plagada de desempleados y mendigos, y de personas que pierden sus casas por no poder pagar el alquiler durante la pandemia, “se recortan los subsidios, pero se gastan más de $15 millones para garantizar la seguridad de los amigos de Biden”.

Esta es la denuncia de más de 200 organizaciones populares, que darán vida a la Cumbre de los Pueblos por la Democracia, del 6 al 10 de junio. La verdadera democracia, dicen, es inclusiva, mientras se escenifica en Los Ángeles la «cumbre de la exclusión»: el desfile de empresarios y políticos locales que lucran con el sufrimiento de los pueblos. Una reunión de la que se ha excluído países donde los últimos tienen palabra y poder, y presidentes que se preocupan por la integración regional sin asimetrías.

 Una cumbre en la que no habrá voz de indígenas, mujeres, afrodescendientes, trabajadores mal pagados y precarios que, durante la pandemia, aumentaron las ganancias de las grandes multinacionales de la web y de los envíos a domicilio. Sujetos a los que los gastos militares para alimentar el conflicto en Ucrania les parecen «una vergüenza», ya los que ya no les atrae el recurso a la «unidad nacional» en defensa de la «democracia».

 “Ellos nos representarán en Los Ángeles”, dijo el presidente Maduro durante el encuentro internacional del Alba-TCP que tuvo lugar en Cuba y que unió todas las voces contrarias a la “cumbre de la exclusión”. La cumbre paralela por la verdadera democracia recuerda así a aquella Cumbre de los Pueblos celebrada los días 4 y 5 de noviembre de 2005 en paralelo a la Cumbre de las Américas, en Mar del Plata. Un hecho que marcó el inicio del proyecto de emancipación de la Patria Grande en el Siglo XXI.

“ALCA, ALCA, al Carajo”, fue la frase de Chávez, pronunciada en la Cumbre de los Pueblos, que resumió la derrota diplomática del Tratado del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsado por Estados Unidos con el apoyo de Canadá y sus aliados en la región. Y aún hoy -dijo el capitán Diosdado Cabello en su programa Con el mazo dando – pese a que algunos presidentes “en su tibieza de toda la vida” ceden a las presiones de la Casa Blanca, “vuelven a soplar vientos de cambio en el continente”.

Tomado de Resumenlatinoamericano.org



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