Poder comunal

Un domingo de marzo en el Mercado de Puerto Píritu a las 9,30 a.m.

“Señor, ¿como tiene el pollo?” – A 7000 – responde mientras acaricia con su mirada la nutrida cola de compradores.

“Pero, ¿acaso no está regulado a 4550?” – Serán los Del Corral, estos son a 7000 –

“Pero compatriota…” – Si no te gusta, cómpralo en otra parte que estoy muy ocupado – “Esa no es manera, insisto en que debe respetar la ley…”

– Tú como que vas a comer sardina hoy…– dice mientras intenta entregar una bolsa con tres pichones a quien finalmente decide sumarse al reclamo.

– Yo lo compro caro, les muestro la factura…– “Mira no nos vengas con cuentos que cada pollo supera el cuarto de kilo en grasa y pellejo, otro tanto de agua que le agregan al sacarle los interiores, lo pesas congelado en una balanza trampeada y ¿También quieres 2500 bolos de sobreprecio?”– ¡3000! – Afirma una señora advirtiendo que los chiquiticos como aquel mueren de peste y su venta está prohibida por Sanidad.

Dos agentes municipales intentan replegarse cuando alguien les grita: “¡Epa no se vayan, este especulador tiene que cumplir...!” Pretenden evadir su responsabilidad alegando que debe hacerse la denuncia en el OMDECU, que el cuerpo no tiene competencia ni dispone de efectivos suficientes.

“Claro, si están apostados en casa de los chinos haciendo vigilancia privada… Paralizan la venta hasta tanto se haga presente la autoridad competente ¡o lo hacemos nosotros!” dijo el otro.

La mirada de los funcionarios delataba convicción en que esta vez no sería fácil escurrir el bulto. Un vecino parado justo en frente del gavilán pollero que ríe en actitud burlona, dice: “Señoras y señores, el comité extraordinario de contraloría social pasará de inmediato a garantizar fiel cumplimiento del precio establecido.” – ¿Y quienes son esos?– “Nosotros mismos abuela. ¡Necesitamos voluntarios para conformar las comisiones encargadas de levantar el acta respectiva, impedir la salida del camión y si es necesario, vender el producto al precio estipulado!” El público se organizó en segundos, la cara del especulador era un poema – Vds. no me pu-pu-eden quitar el po-po-pollo, ¡Nne-ne-negro! ¡Pre-pre-nde el camión que nos vamos!

Cuando se vio con la cochina ahorcada y el juego trancado, solicitó protección policial con gesto autoritario que develaba algún tipo de acuerdo entre ellos. Ni modo, esta vez la efervescencia impediría la omisión. Mágicamente, apareció protección al consumidor ordenando la venta al precio debido.

Se acordó dar carácter permanente al comité accidental, para ejercer la contraloría en el lugar más caro y especulativo de Puerto Píritu.

Quedó pendiente el agua y la grasa excesiva, combatir la especulación en otros productos, exigir revisión a las balanzas del mercado y mejora de condiciones sanitarias en el asqueroso lugar. Pero esa mañana, los consumidores del pequeño puerto mostraron el músculo del poder comunal a la usura y sus cómplices.


cordovatofano@hotmail.com


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Daniel Córdova


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