Para una revolución de la juventud

 
 La juventud en su lucha cotidiana está signada por elementos culturales que cimientan su representación simbólica desde la carga política, social y económica, porque como leí en el prólogo de un libro de César Rengifo a favor de la juventud, “toda revolución social tiene su origen en lo cultural”. Para poner en cuestión el papel de los jóvenes en la deconstrucción del sistema capitalista, el cual como dice Roberto Regalado “está en su etapa de senilidad”, -estoy convencida de ello-, es necesario analizar ciertas particularidades a la luz de la categoría social.

Orlando Borrego Díaz en el primer capítulo de su libro: “rumbo al socialismo” tituló: “la revolución no es un lecho de rosas”, refiriéndose a la lucha contra el nuevo orden mundial que EE, UU busca imponer con altivo uso de su corpus armamentista y aparataje mediático. De este primer texto, tomamos un criterio que ha consideración de los intelectuales e investigadores y del propio Chávez, ha tambaleado cualquier intento de asalto al sistema neoliberal que aún reina en los países latinoamericanos y es el determinismo, puesto que incluso ejercido por la juventud, alejada del pensamiento crítico se han tomado posiciones poco o nada vinculadas con la real praxis transformadora que incluye en sí misma un significante y un significado que pueda trascender los discursos del “evangelismo político” de hoy (JH) o la labia populista.

La forma en que en el tejido social se percibe a la juventud es un tema de discusión honda, pues ésta parece estar preocupada por organizar mítines políticos al unísono con las coyunturas, perdiendo de vista la fundamental tarea de significar más allá de la elocuencia y aplicando el principio de “responsabilidad discursiva”: la causa revolucionaria.

Así como Marx, -según Estanislao Zuleta- ha desarrollado toda una crítica teórica sobre el capitalismo, es necesario que la juventud de vanguardia asuma su propia depuración para que en el seno de las contradicciones, logre establecer códigos semiológicos en la sociedad que muestren una nueva dinámica de juventud histórica tal como lo proclamaron los jóvenes de Córdoba “a los hombres libres de sud América”:

“La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones”. (Argentina, 1918).

Todo éste andamiaje filosófico construido en el seno de una rebelión reformista, ha marcado un discurso y una simbología de “hacer” por la patria, o lo que es lo mismo, de esa praxis contra todo pragmatismo.

No es pretensión que quienes asuman el papel de vanguardia se conviertan en doctos líderes absolutistas, al contrario, en estos tiempos líquidos, como atribuye Zygmunt Bauman a la modernidad, es necesaria la anhelada transición mediante la utopía de hacer libres a los hombres y mujeres que cambiarán el mundo.

Este contexto histórico supone y exige mayor participación de la juventud, a diario se observa cómo es la industria cultural el canal para seguir sumando más mentes de la sumisión a su fatua estructura.

En la universidad y otros espacios de producción intelectual, se cuestiona por doquier la necesidad de romper el estatus quo, pero no se actúa, tal como dice la vieja frase del: me preocupe pero no me ocupo.

La transformación cultural –no busco sonar fundamentalista- se adviene como la forma más auténtica de construir posibilidades de cambio ante el brutal desenlace del neoliberalismo. La proposición en la que subyace éste artículo, es que juventud pueda ser capaz de ir edificando mediantes prácticas sociales colectivistas las alternativas de construcción social socialista con énfasis en superar la compleja lógica del capitalismo.

No se debe ser ingenuo a la hora de emitir análisis críticos en asuntos que están estrechamente vinculados con éste sistema férreo. Hannah Arendt en 1969 escribió un libro “sobre la violencia”, donde explicó los signos en evidencia acerca de la política que luego fueron re-semantizados por las clases dominantes, para anatematizar esta arista que revela los fenómenos vividos incluso en el seno de las rebeliones jóvenes que son en esencia, políticas. La alemana también tiene un libro, “sobre la revolución”, donde vale reflexionar acerca de nuestro papel protagónicos, fines y medios para alcanzar el estado de transición real que estamos empujando.

El desafío final, es echar andar la revolución de la juventud en pleno siglo XXI, con condiciones a favor y en contra que no deberían condicionar el proceso sociohistórico que nos corresponde vivir porque al fin y al cabo, la revolución nos llama a vencer no a pactar.



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Magaly Valdez

Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Estudiante de Educación en la Universidad Central de Venezuela. Docente asesora de la Mision Sucre. Poeta.

 magalyvaldez@gmail.com      @magaly_valdez

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