Los docentes venezolanos, eunucos económicos (parte I)

 

"El maestro debe contar con una buena renta, que le asegure una decente subsistencia

y que pueda hacer ahorros para sus enfermedades y para su vejez (…)

no ha de ir al hospital a agravar sus males , ni a casas de misericordia a guardar dieta,

y a que lo saquen al sol para que se seque y pese menos, cuando lo lleven a enterrar".

Simón Rodríguez. 1849.

"Las naciones marchan hacia el término de su grandeza

con el mismo paso con que camina su educación".

Simón Bolívar

La vida en pobrecía que caracteriza a los docentes venezolanos hoy día es un problema reiterado cuyos orígenes se remontan a los tiempos coloniales. De allá viene este asunto, de aquellos siglos cuando desde Madrid los monarcas trataban con mezquindad estos territorios de ultramar, a los cuales entre otras políticas, impusieron la de desentenderse de los gastos inherentes al proceso educativo que tenía lugar en estas colonias americanas. De la educación colonial venezolana se encargaron la iglesia católica y los cabildos, pero de los gastos se encargaron los familiares de los estudiantes, interesados de que sus vástagos cursaran estudios de Primeras Letras y también universitarios. Hoy día continúa esta misma política consistente en maltratar el ejercicio de la actividad docente, por lo cual las personas dedicadas a este oficio, igual que ayer, viven en condiciones socioeconómicas muy deplorables. De manera entonces que el maltrato salarial a los docentes venezolanos es una política colonial reproducida por el Estado Republicano y sus respectivos gobiernos.

En pocas ocasiones en la historia de Venezuela la labor de los docentes ha sido bien remunerada. Destacan como situaciones extraordinarias a este respecto los años comprendidos entre 1960 y 1980, cuando el salario recibido por los profesionales de la educación alcanzaba para vivir dignamente. Pero el resto del tiempo de historia republicana la docencia ha sido una actividad muy mal pagada y, en consecuencia, las personas dedicadas a ejercer este oficio, han tenido que padecer una vida de penurias y sufrimientos.

De manera que es la pobreza el signo distintivo de las condiciones de vida en medio de las cuales se han desenvuelto los maestros y profesores de nuestro país desde que se instaló aquí la primera escuela y la primera universidad. Son varios siglos de maltrato económico los que han tenido que soportar las personas dedicadas a este oficio. Tal maltrato ha sido prodigado por los distintos tipos de gobernantes que han regido los destinos de Venezuela, comenzando con los funcionarios coloniales, continuando con los caudillos militares herederos de las glorias de la guerra de independencia, pasando por los generales de la Revolución Federal, por los andinos del castro-gomecismo, por los gobiernos adecos y copeyanos, hasta terminar ahora con el gobierno encabezado por el presidente obrero Nicolás Maduro. Todos, excepto los años excepcionales señalados antes, como demostraré en el presente escrito, se han comportado de forma mezquina a este respecto. Todos han sido indolentes con los docentes y con la educación. A casi ninguno le ha importado la vida de privaciones materiales y espirituales sufridas por esos venezolanos dedicados a educar a los niños, adolescentes y jóvenes del país. Para muestra allí están a la vista de todos, la mayoría de las edificaciones educativas del país, mal concebidas, mal equipadas, deterioradas muchas de ellas, y allí están también los hombres y mujeres que se encargan de impartir enseñanzas a los niños, adolescentes y jóvenes venezolanos, mal vestidos, mal alimentados, malvivientes.

En los tiempos coloniales venezolanos la situación de la educación pública presentaba un cuadro muy deplorable en todos los aspectos: locales nada apropiados, matrícula reducida, carencia de recursos para enseñar, docentes improvisados y muy mal pagados. Gonzalo Picón Febres, escritor, abogado, docente y diplomático venezolano, refiriéndose a este asunto, nos dejó la siguiente pincelada: "La instrucción pública en Venezuela a fines del siglo XVIII y a principios del XIX, era pobre, deficiente y restringida en grado sumo, por las reservas preventivas que la corona de España siempre tuvo para ilustrar a sus colonias de América, y muy específicamente a Venezuela" (1947). En verdad, la monarquía española fue muy mezquina con esta sección de sus territorios coloniales. No fueron las provincias venezolanas unas comarcas sobre las cuales los monarcas tuvieran alguna preferencia. En ellas no se descubrieran riquezas minerales extraordinarias y por ello los reyes españoles fijaron su atención en las blanquecinas tierras de los andes incaicos y en las áureas planicies del istmo centroamericano, donde la plata y el oro se desparramaba como mar en playa, por cuya razón los reyes hicieron de las ciudades de México y Lima sus preferidas. Las dotaron bien temprano con todo lo mejor que la monarquía podía proporcionar a sus provincias del otro lado del Mar Océano, esto es, de Virreyes, de universidades, imprentas, iglesias, escuelas, libros, bibliotecas, periódicos, seminarios, teatros, carruajes, títulos nobiliarios, además de una numerosa población española ávida de dinero y de prerrogativas.

En la Capitanía General de Venezuela, por el contrario, un territorio con mucho cacao, pero sin oro ni plata, estos signos de progreso arribaron muy tarde y en muy poca cantidad. Francisco de Miranda se dio cuenta bien temprano de esa desgana con que era tratado este territorio por el gobierno peninsular. "La España, decía, sólo se acuerda de nosotros para imponernos tributos, para enviarnos un enjambre de tiranos que nos insulten y despojen de nuestros bienes, para ahogar nuestra industria, para prohibir nuestro comercio, para entorpecer nuestra instrucción y para perseguir todos los talentos del país".(América espera. 1982; 260). Tal desinterés se reflejó en la materia educativa. Apenas una Universidad (1721), una imprenta (1808) y una escuela pública de Primeras Letras existieron en Venezuela en los trescientos años de dominio español. Esta última estuvo situada en Caracas y era regentada por un maestro principal y un maestro subalterno. Existieron otras escuelas ciertamente, la mayoría adscritas a una orden religiosa. En 1515 se fundó una de estas escuelas en Cumaná y luego otra en la ciudad de Coro. Más tarde se fundaron muchas en otras partes de Venezuela. Aquí se enseñaban nociones de latín, mucho catecismo, algo de gramática y poco de aritmética. El propósito fundamental de estas escuelas era la formación de un determinado número de religiosos para que se ocuparan de impartir la doctrina católica en los diferentes poblados indígenas que se iban formando en Venezuela a medida que avanzaba el proceso de colonización. Eran estas por tanto escuelas de adoctrinamiento. Aquí aprendían los alumnos a ser buenos vasallos, buenos cristianos y buenos productores. Adorar a Dios, ser sumisos al Rey y a las autoridades, además de venerar al Santo Papa eran los pilares del proceso educativo en estas escuelas. Los docentes eran clérigos en su totalidad y los gastos para su sostenimiento eran asumidos por la propia iglesia. Hubo otras escuelas particulares autorizadas por la municipalidad. Estas enseñaban a leer, escribir y contar únicamente a los niños blancos de la vecindad, a los hijos de españoles. El resto, las personas de color estaban excluidas de asistir al aula de clase. Los niños y jóvenes pardos, mestizos, zambos, mulatos y negros no tenían acceso a la educación formal, lo que dio lugar a una muy baja matrícula estudiantil, a que muy pocas personas en Venezuela aprendieran a leer, escribir y contar.

Los regentes de estas escuelas algunas veces buscaban apoyo oficial, pero la mayoría de las veces estas gestiones no lograban su cometido. Se veían obligados entonces los pobres maestros a conformarse con los pagos que hacían los familiares de los alumnos, que por ser también muy pobres en su mayoría no podían aportar dinero en cantidad suficiente como para mantener en buenas condiciones el local de la escuela ni para pagar al maestro un buen sueldo. El aula de clase donde se impartían las enseñanzas era generalmente una de las habitaciones de la residencia del maestro, persona ésta que regularmente era un artesano de la ciudad y apenas sabía leer y escribir. Estos maestros podían ser el zapatero del pueblo, el carnicero, el barbero, el carpintero, el alarife u otra persona cualquiera que por manejar algunas habilidades y herramientas, y requerir de ingresos adicionales, abrazaba esta otra tarea, que en aquella sociedad colonial carecía de valor y reconocimiento social. El ilustre maestro Andrés Bello, cuya labor docente no tuvo lugar en tierras venezolanas, pero conoció de cerca esas escuelas caraqueñas y a los maestros de entonces, refiriéndose a estos nos dice: "eran personas de la más baja esfera, de ninguna instrucción, y que la más de las veces abrazaban esta profesión (la más importante de todas) para procurarse una subsistencia escasa". (Citado por Ángel Grisanti. La instrucción pública en Venezuela. 1933;46). Por su parte, uno de estos improvisados maestros, don Simón de Vasauri, nos legó la siguiente vivencia de lo que por esos tiempos significaba el ejercicio de la docencia. Dice Visauri en comunicación dirigida a las autoridades municipales caraqueñas: "Estando en esta ciudad de Santiago de León, hace unos diez días que yo puse en esta ciudad una escuela para enseñar a leer y escribir y contar, y por haber poca gente en esta ciudad y acudir pocos muchachos a ser enseñados, y la mitad de los que acuden son pobres y no pueden pagarme, y los enseño entonces por amor a Dios, por cuya razón yo no puedo sustentarme usando dicho oficio de maestro con lo que los muchachos me pagan, y esta ciudad obtiene notable provecho por la labor que desempeño pues enseño a leer, escribir y contar, les digo a vuestras mercedes que si no me hacen merced de asignarme algún salario para ayudarme con mi sustento, atento que yo no puedo sustentarme sólo con lo que los muchachos me dan, pues son muy pobres, les advierto que no continuaré ejerciendo tal oficio de maestro". (Guillermo Morón. Historia de Venezuela. 1971; 340).

En lo que respecta a la única escuela pública de Caracas, ésta fue fundada en 1592, En los primeros años del siglo XVII un maestro en esta escuela cobraba 50 pesos al año. Más adelante se incrementó a 100 y luego, en 1791, cuando Simón Rodríguez ganó la licencia de maestro su remuneración mensual era de 15 pesos mensuales y de 180 al año, una cantidad que apenas alcanzaba para alimentarse con frugalidad. Mientras tanto, para el alquiler de la casa donde funcionaba la escuela se destinaban 750 pesos anuales. Para pagar el sueldo fijo del Capitán General de Venezuela se destinaban 700 pesos fijos al mes y 8400 anuales; algunos funcionarios de la Intendencia de Hacienda como el Administrador General y el Oficial Interventor obtenían sueldos de 2000 y 800 pesos respectivamente; y uno de los grandes mantuanos de entonces, el marqués Sebastián Rodríguez del Toro, tenía una renta anual de 30.000 pesos. Guillermo Pelgrón, Director y maestro en esta escuela a partir del año 1778, describe con muy lúcidos colores la humillante pobreza por la que pasaba. En carta del año 1809, dirigida a las autoridades municipales, quejándose de la "amarga suerte que me oprime" expresa lo siguiente: "Ejerzo el actual empleo de Preceptor de la Escuela Pública desde 1778. Si Vuestra Señoría vuelve la vista a los años pasados verá a un hombre joven sacrificar lo más precioso de su edad en el servicio público (…) lo verá al cabo de treinta y un años firme aun en la intención de sacrificarse en la educación pública, y en fin le verá Vuestra Señoría que al cabo de una época tan dilatada, después de unos servicios tan recomendables, se ve reducido a la inopia más vergonzosa, sólo enumero por mi haber los tristes 16 pesos con 5 y ½ reales que la ciudad me proporciona al mes. Lo cierto es que el hambre, la desnudez, la miseria y todos los males que engendran estos enemigos del reposo humano abaten mi espíritu en términos que sólo la religión puede tranquilizarme" (Memorias de Guillermo Pelgrón. Caracas, junio, 1989. Citado por: Gustavo Adolfo Ruiz, 1992).

Buscando salir de las privaciones sufridas por las personas que en Venezuela abrazaban el ejercicio de la labor docente fue que don Simón Rodríguez se fue de nuestro territorio en 1797 para no regresar jamás. Se residenció en Europa varios años, hasta que en 1823 regresó a América "para venir a encontrarme con Bolívar, no para que me protegiese, sino para que hiciera valer mis ideas a favor de la causa. Estas ideas eran y serán siempre: emprender una educación popular, para dar ser a la República imaginaria que rueda en libros y en los Congresos. (Carta de Simón Rodríguez al general Francisco de Paula Otero, 10 de marzo de 1852). Cómo sabemos el maestro del Libertador murió en 1854, en absoluta orfandad y pobreza en Amotape, un pueblito apartado del litoral peruano, luego de andar itinerante por América del Sur, ensayando proyectos educativos rechazados continuamente por los gobiernos de esas repúblicas que él y su discípulo ayudaron a levantar.

No era muy diferente la situación que se presentaba con los catedráticos universitarios. También estos estaban sometidos a salarios paupérrimos, sólo que algunos de ellos pertenecían a la privilegiada clase de los mantuanos por cuya razón no sufrían las penurias de aquellos compañeros suyos cuyo sustento provenía exclusivamente del ejercicio docente. El salario de estos catedráticos era pagado con recursos obtenidos de distintas fuentes, bien de donaciones proporcionadas por particulares, de los diezmos eclesiásticos entregados por los sacerdotes, y de la matrícula pagada por cada uno de los estudiantes. Los sueldos percibidos por los catedráticos universitarios desde la fecha de inicio de actividades académicas, en 1725, hasta los años de la guerra de independencia fluctuaron entre 100 y 200 pesos anuales. Luego, con la reforma de los estatutos universitarios en 1827 y el establecimiento de la normativa republicana, los salarios de los catedráticos fueron mejorados y empezaron a recibir unos 350 pesos. Al comienzo, en 1725, el docente de Latinidad y Retórica recibía 150 pesos por su labor, al igual que el de Filosofía; los de Teología de Prima, de Vísperas y de Moral, 100 pesos; el de Prima de Cánones, 150; el de Instituta, 120; y el de Música o Canto Llano, 50 pesos. (Ildefonso Leal. 2013; 105). Casi cien años después, en 1813, la situación de los sueldos se mantenía casi igual. Veamos: en teología de Vísperas se pagaban 200 pesos; en Moral Práctica, 200 pesos; en sagrados Cánones, 200 pesos; Prima de Medicina, 150 pesos; Filosofía del Clérigo, 200 pesos; Elocuencia, 210 pesos; Latinidad de Menores, 200; y Letras, 100 pesos. (Ildefonso Leal. 2013; 108).

Para tener una idea de la capacidad adquisitiva de los docentes observemos los precios de algunos productos del país en esos años finales del siglo XVIII. Una arroba de carne (12 kilos) valía 3 pesos; una mula, 25 pesos; un par de zapatos, 2 pesos; un caballo, 20 pesos; una res, 6 pesos; una silla de mesa de cuero y madera, un peso; una pieza de cuero de res, 4 pesos. Los artículos traídos de España eran mucho más caros. Estos eran los casos del vino, de la harina de trigo, del vinagre, del aceite de oliva, del pan, el vestuario, artículos de quincallería y utensilios de cocina, además de los libros. Por ejemplo, el libro La Poética de Ignacio de Luzán valía 3 pesos, y el Teatro Crítico Universal de Benito Jerónimo Feijoo 4 pesos (Ildefonso Leal. 1979; 78). Visto tales precios y tales sueldos era esperable que los docentes se atrevieran algunas veces a manifestar su insatisfacción por los bajos inngresos percibidos. Esto ocurrió, por ejemplo durante el mes de marzo del año 1808, cuando un grupo de catedráticos, integrado por los doctores Alejandro Echezuría, Juan Antonio de Rojas, francisco Correa y el maestro José María Terreros se conjuntaron y elevaron una protesta por este asunto de los salarios. Ese día reclamaron que se les premiara con alguna recompensa "que cuando no sea igual a sus referidos servicios al menos alivie sus grandes y penosas tareas". Se preguntaban en esa misma oportunidad en tono sarcástico: "¿Podrá creerse un crimen, que un cuerpo de tantas luces, consienta, tolere y sufra que unos miembros tan vivos y de tanta utilidad al Estado, así en el orden eclesiástico como el político, cuáles son sus catedráticos, hayan de disfrutar una recompensa que por la escasez se hace inferior a la de un particular mayordomo, a la de un humilde artesano y aun a la del más triste jornalero?" (Arch. Univ. Libro 72. En Leal Ildefonso. 2013; 110).

Si bien la cátedra universitaria pagaba también unos sueldos muy menguados, los profesionales de entonces buscaban ejercerla por el prestigio y las prerrogativas que la sociedad le concedía a tal profesión. Gozaban los profesores universitarios de gran reconocimiento por parte del resto de la población, se les respetaba y quería; disfrutaban de privilegios legales; en los eventos sociales ocupaban los mejores sitios; ante los tribunales se les consideraba inocentes, la sociedad los tenía como personas virtuosas, dignas, íntegras, etc. Por estos aspectos, más que por los beneficios económicos, fue que la cátedra en la Universidad de Caracas se presentaba como una labor atractiva. En este caso era el prestigio social, pero en el caso de los maestros de escuela era el simple interés crematístico, la búsqueda de unos pesos adicionales, que ayudaran al oficiante de maestro en sus gastos diarios, el motivo para dedicarse a la enseñanza en las aulas. (Continuará).



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Sigfrido Lanz Delgado


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