Del país profundo: El antiguo oficio de alfareras entre Margarita y Manicuare

Quisiera empezar esta narración recordando la obra de Juan Manzano y Manzano, historiador español fallecido en Madrid en el año 2004, quien llegó a ser rector de la Universidad de Sevilla y tener muy cerca el Archivo General de Indias, fuente esencial de sus prolongadas investigaciones que lo hacen uno de los más importantes americanistas y estudiosos de Cristóbal Colón, sus aventuras, sus secretos nunca revelados al mundo, pero conocidos hoy gracias al empeño y toda la pasión de este hombre ejemplar que había nacido en Madrid en octubre de 1911.

A través de Juan Manzano y Manzano podemos saber más de Alonso Sánchez de Huelva, el famoso marinero que falleció antes de que Cristóbal Colón hiciera su primer viaje a América, y quien según el propio Inca Garcilaso de la Vega o Fray Bartolomé de las Casas, por citar solo dos nombres de fama entre muchos cronistas de ambos mundos, fue quien le reveló a Colón los secretos de la ruta para llegar desde aquellos mares fríos a estas cálidas aguas del nuevo continente. Más allá del debate sobre el tema, difícil de aclarar, de lo que no hay duda es del visible orgullo por el hijo prenauta en la región obunense de España. Allí, en ese eje de Andalucía estuve en distintas ocasiones (sería entre 2007 y 2008), cuando apoyamos el proyecto de la primera Casa de Venezuela en Beas, conducido por el incansable Carlo Armas y vi la estatua, la calle y el parque en homenaje a este Alonso Sánchez de Huelva en su tierra natal y particularmente me fijé en las características del comportamiento del pueblo andaluz al que nos parecemos tanto en el oriente venezolano, que no en vano llegó a bautizarse desde Cumaná como la Nueva Andalucía.

Traigo a la memoria a Huelva al citar a Juan Manzano y Manzano, por el interesante significado que se guarda entre los llamados secretos de Cristóbal Colón y sobre los que abunda el historiador español, quien estudia además otros casos de particular importancia para nosotros en Venezuela, como lo es el contenido de este libro publicado en 1972, “Colón descubrió América del Sur en 1494”, que nos pone a pensar si fue realmente en ese año y no en 1498, cuando llegaron los primeros “navegaos” a lo que es hoy el estado Nueva Esparta y si pudo ser cierto que se desprendieran hacia acá, en una travesía que siempre se ocultó, supuestamente cuatro o cinco (carabelas) de los diecisiete buques que debieron zarpar de Cádiz un 25 de septiembre de 1493.

Se estima que sería entre diciembre de 1493 y marzo de 1494, cuando por supuesta enfermedad Cristóbal Colón suspende la redacción de su diario en medio de aquella fiebre por encontrar la imaginaria isla de Cipango donde nacía el oro, convencido de que estaba en un lugar de Asia llamado Las Indias, en el punto más alto del globo terráqueo que para él tenía forma de pera y era semejante al paraíso. Apasionantes los detalles de tales secretos que todavía son desconocidos para la gran mayoría de nuestra gente, como el caso citado de esta otra fecha del encuentro (es un tercer tramo de su segundo viaje) con la desembocadura del Orinoco, Guayana, Trinidad, Paria, y por supuesto, entre muchas islas, nuestra isla de Cubagua, donde recogió perlas en gran cantidad, ocultándole a los reyes de España la magnitud de tal hallazgo.

Sería el inicio de una larga historia de corrupción y saqueo desde esta “tierra de gracia”. El espacio no me permite avanzar sobre el tema, porque lo que decidí ofrecer en esta entrega es otro asunto que imagino vieron los primeros “navegaos” y que ha tenido continuidad en el oriente venezolano, a pesar del exterminio de la nación guaiquerí iniciada por Colón el citado año o en otra fecha demostrable: se trata del oficio de pueblo de la alfarería, y sobre el cual en entregas anteriores he relatado casos de la región occidental, como el de Francisca Rodríguez, la alfarera de la península de Paraguaná y la Niña Teodora Torrealba de Yay en zona larense.

En esta otra parte del país, Nueva Esparta, todavía hoy se clasifica a los habitantes locales entre “guaiqueríes rajaos”, “guaiqueríes” y “navegaos”, por eso hago referencia en el párrafo anterior a “los primeros navegaos”, que supuestamente al comenzar el año 1494 dieron nacimiento a la esclavitud en el oriente venezolano, a la imposición de otra lengua y otra religión entre los pueblos de guaiqueríes, a la desaparición forzada de sus hombres y mujeres y especialmente de sus shamanes, aunque se afirma que hasta 1956 vivió el último de ellos, conocido como el Piache Manote (Eustaquio Salazar).

Cito dos ejemplos, la fe en la Virgen de El Valle y en el Santísimo Cristo del Buen Viaje que está en Pampatar y que fueron sustituyendo en el tiempo las creencias y vínculos con otras deidades de pasadas generaciones, sin embargo, aun queda huella de lo que ha sido parte de una herencia indígena, expresada de manera particular en la alfarería, “pueblo de olleros” se llamaría a la aldea guaiquerí del valle de Arimacoa, conocido hoy como El Cercado, donde se sigue haciendo la loza. Nuestro admirado Miguel Acosta Saignes visitó el lugar en el año 1963 y durante una semana documentó el proceso de fabricación de la cerámica en la casa de la señora Andrea Córdova, dedicándole una abundante relación fotográfica a la morfología de la cerámica de El Cercado, los instrumentos para su elaboración y el proceso de quema.

Yo no conocí a Andrea Córdova, pero si tuve la dicha de estar cerca de Felipa Domínguez en los años setenta. Entre muchas loceras fui comprendiendo paso a paso este oficio de mujeres (“guaiqueríes rajadas”) y observé pocas variantes en relación a las anotaciones de Acosta Saignes. Llegué a ver a Felipa en su faena de fabricar aripos, bateas, platos, de todo la vi hacer con el barro. “Yo aprendí con mi mamá Romana Rodríguez, éramos cuatro, quedamos yo y una hermana mía, Olimpia que a veces hace la loza. Yo me llamo Felipa Domínguez y he vivido de esto y de mas nada”, me dijo aquella vez.

“El barro hay que saber prepararlo, hay que amasarlo mucho, y cuando da forma. ya está bueno para hacer la loza. Primero se hace el fondo y después se van pegando pedacitos por pedacitos, se van levantando y así se va completando, alisando, limpiando, hasta que está bonita y se echa a quemar. Ese es un barro de muchas clases, colorao, negro, blanco, se mezclan esas tierras para hacer un solo barro fuerte y para que la loza pueda salir buena. Esta tierra yo la busco en el Cerro de la Cruz, en el Norte, en Santa Fe, de allí siempre se ha sacado este barro, pero hay que buscarlo un poquito más arriba, porque los ricos de aquí nos han querido quitar el cerro”.

Felipa Domínguez tendía la loza escarbando en la tierra y la cubría de leña, sobre cada capa de leña una capa de loza y sobre cada capa de loza una capa de leña. Fuego y buen viento serían los otros ingredientes del proceso, siendo los mejores tiempos los de cuaresma, porque al entrar la lluvia no se podía quemar lo suficiente. Entre El Maco y La Vecindad estaban los montes donde se buscaba el guayacán, el olivo, el guatapanare, el guatacare, el guíchere, como se nombran aquí,“los palos que arden”, es decir, la buena leña.

TAMBIEN EN MANICUARE ESTA LA HERENCIA GUAIQUERÍ

No solo Margarita, que era Paraguachoa, fue asiento de los guaiqueríes, también las islas de Coche y de Cubagua, así como una parte de la tierra firme oriental, y de manera específica la península de Araya, donde destacan en grado máximo las alfareras que mantienen vivo ese legado de antiguos pobladores indígenas, reconociéndose a los manicuarenses (tras sucesivas oleadas migratorias entre la cuenca amazónica, el río Orinoco y el mar Caribe) como portadores excepcionales de conocimientos afianzados en el territorio actual desde hace siglos. Una hermosa mujer de 90 años, entre las tanta que conocí desde 1975 en mi querido rincón azul de Manicuare me narró desde sus vivencias el significado de esta sabiduría de pueblo. En los últimos meses de su larga vida, sentada y con el barro extendido sobre viejas gaveras de refrescos, ella seguía amasando vasijas, dándole rienda suelta a la creatividad, a pesar de sus frecuentes dolencias en la espalda, en la cintura lastimada por el paso del tiempo. Allí todos la conocían como María Manuela Patiño y había compuesto estos versos:

“Cuando yo estuve casada con mi primer marido, José Eusebio Vera, la familia de él no me quería porque yo trabajaba la loza. Yo tenía 19 años y compuse estos versos.

Y María Manuela /no era rencorosa/ a ella la tachaban/ porque hacía la loza./
Y María Manuela/ella fue oficiosa/ desde muy pequeña/ aprendió la loza./

“Yo siempre me pongo a cantar esos versos. José Eusebio Vera, teniendo 36 años y yo 19, se casó conmigo y tuvimos a ese hijo Angel Rafael Vera, nos casamos un 28 de diciembre, día malo, inocentemente trabajando yo la loza compré mis cositas para casarme y no pasamos juntos más de 2 años, porque José Eusebio recibió un mal en el Golfo de Cariaco, le atacó una enfermedad que duró 5 meses y murió. El salió en su barco a vender la loza que yo hacía. Se embarcó en “El Manzanares” con su carga de loza y cuando regresó del Golfo, cayó enfermo, desde ese momento se metió en una hamaca, decía que tenía un poco de palometas en la cabeza, amanecía un día gordo y otro día flaco, así hasta que murió, no valió remedio ninguno. Murió y yo seguí trabajado la loza.”

MARIA MANUELA PATIÑO ES LA QUE SABE ALIÑAR BIEN EL BARRO.

“Yo aprendí de mi tía Petra que vivía aquí al lado, en Manicuare, aquí en esta península de Araya yo la ayudaba a sacar y cargar el barro. De un cerro que le dicen El Barrero se saca una greda muy buena que además sirve para soldar. Primeramente uno tiene que sacar ese barro, cargarlo en su cabeza, yo volaba para buscarlo y recogía todos los tiesticos de la loza que se rompía. Para hacer la loza hay que combinar varios tipos de tierra, se echa la greda azul y el macho que es un barro más menudo, más amarillo, se echa otro que se consigue en Laguna Grande y se echa el grano que también es de color amarillo, todo eso se mezcla, se pisa, hay que pisarlo, hay que cernirlo y se amasa, después que se orea, que está duro, se raspa con una concha o con un cuchillo viejo, se raspa esa loza cuando ya está dura y se alisa con un guarataro, una piedra, o bien se le da con una tusa, entonces el barro se aliña, aquí dicen que María Manuela Patiño es la que sabe aliñar bien el barro, aliñar significa tapar las sendas de la pieza, entonces después se seca, cuando hay buen sol se le da un baño de charco blanco y después dos baños de charco rosado antes de meterla a quemar.”

PARA ECHARLE CANDELA AL VIENTO.

“Se hace lo que puede ser el horno, uno pone concha de coco abajo, después leña, después loza. Así hasta que la leña se lleva a la altura de un metro, entre tendidas de leña y tendidas de loza, para echarle candela al viento, ese viento si es noroeste entra por la boca del arroyo y le echamos candela, y si es norte le echamos candela por el monte, y si es brisa le echamos candela por el lado de arriba, esos son los 3 vientos de este mar para que levante la llama. Las mujeres nos reuníamos a quemar y a aguantar candela, palanqueras se llamaban a las que quemaban, se usaba una palanca o un maguey para sacar la loza del horno y se les pagaba cinco reales. Todo esto por aquí por Manicuare eran mujeres en cantidad que hacían la loza. Yo me puse a contar y eran 60 mujeres que hacían la loza, toditas se murieron y eso se acabó, yo fui la única que quedó y me vi obligada a quemarme las pestañas. En enero, en febrero, en marzo, que eran los mejores tiempos para quemar yo no tenía descanso, era quemando palo de brasil, de guatapanare, de cuica. Allí en los cuicales, a la orilla de esas aguas salobres íbamos a buscar esa leña.”

LAS CAZUELAS TAMBIÉN SIRVEN PARA ALARGAR LA VIDA.

“De todas partes vienen a encargarme la loza y esa loza sirve para todo, hasta para hacer remedio, fíjese que en estos días yo hice una cazuela para una señora que vino de Cariaco y esa cazuela fue para meter a la hija que parió, echarle vituallas, hacer un sancocho y convidar a todos los niños a una fiesta. En la cazuela meten a la hembrita que acaba de nacer, la sacan y allí mismo hacen el sancocho, eso es para que la niña se goce, crezca viva, porque la madre que prepara el remedio ha tenido 3 hijos y los 3 se le han muerto, por eso digo que las cazuelas también sirven para alargar la vida. Ya le digo, para todo sirve la loza, yo sigo quemando, y aunque tengo la mente completa, no puedo mas con la cintura, a mí la cintura me mata cada vez que me pongo a quemar, será porque ya cumplí 90 años.”

María Manuela Patiño en Manicuare
Credito: Rafael Salvatore




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Benito Irady

Benito Irady. Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas

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