Simón Bolívar y el nuevo antiimperialismo*


El periodista argentino Carlos Pagni, del diario La Nación, tuvo la reveladora ocurrencia de "descubrir" quince años después, que Simón Bolívar anda de moda de la mano de Hugo Chávez. Ya era hora.

No sólo llegó tarde, es que se vio obligado a armar un galimatías ideológico para ahuyentar el "cuco" que más le atormenta a Washington y sus escribidores latinoamericanos: Que Bolívar y el "bolivarianismo" actual es la forma ideológica que adoptó el tradicional anti imperialismo latinoamericano. Y que es Chávez, hasta ahora, el responsable de tamaño desafío hemisférico.

Por eso acude a un gastado recurso: identificar artificialmente la figura de Bolívar y Chávez con la de algunos antiguos dictadores militares venezolanos que reivindicaron al principal héroe nacional. Vargas Llosa llega más lejos y lo asimila con Trujillo.

¿No es sospechoso que el articulista Pagni mienta al decir que el dictador venezolano que más reivindicó a Bolívar fue Juan Vicente Gómez, a quien le importaba medio pepino porque casi llegó a creerse superior?
En realidad fueron tres generales que el autor ignora: Eleazar López Contreras (1936-1941), el sucesor del "Benemérito". Luego, los generales Isaías Medina Angarita (1941-1945) y Marcos Pérez Jiménez (1948-1958). Basta comparar la cantidad de Decretos y Resoluciones de los tres últimos con los emitidos por el primero: 174 a 31, en menos de un tercio del tiempo que gobernó Gómez. (Historia Constitucional de Venezuela, Caracas, Archivo General, A.R.G., 1974).

Pero en los tres casos la vindicación de Bolívar tuvo un sentido exactamente opuesto al que le dio Hugo Chávez en sus años de conspiración (1975-1992), de rebelión (1992-1998) y de gobierno (1999-1913). Pagni es capaz de creer que la Sociedad de las Naciones tuvo alguna fe bolivariana porque su reunión de Berlín, en 1923, se hizo en nombre de "las ideas universales anfictiónicas del libertador Simón Bolívar". Es capaz.

Más grave es ignorar el rol de José Antonio Páez, el primer presidente constitucional de Venezuela, héroe militar al lado de Bolívar, pasado al bando reaccionario de La Cosiatta en la lucha fratricida de 1827-1830 que condujo a la disolución de la Gran Colombia y la degeneración, decadencia y retroceso de las Repúblicas recién nacidas.
Ese retroceso incluyó a varios de sus principales personajes. Páez fue, quizá, el peor, pero hubo Santander en Bogotá o Cornelio Saavedra en Argentina, entre otros que compusieron el arco del retroceso termidoriano de la revolución.
Páez ordenó en 1842 la repatriación de los restos de El Libertador desde Santa Marta a Caracas, pero al no explicar este hecho en su objetivo y contexto, Pagni lo convierte en una trampa al servicio de su único propósito: demonizar a Chávez como el continuador de Páez, saltando por encima de Ezequiel Zamora, nada más y nada menos.

Pagni no alcanza a entender que para el Presidente José Antonio Páez, los restos de Bolívar encerrados en un Panteón de Caracas, tuvo el mismo sentido reaccionario que le dio Stalin a la momificación del cadáver de Lenin en 1924 en su espantoso Mausoleo de Moscú: mitificarlo, alienarlo y vaciarlo de contenido. Como toda estatua. No es el único caso. "Expropiación simbólica", llamaría Walter Benjamín a esa mala costumbre de opresores.
O sea: estamos ante exactamente lo opuesto a lo que afirma el autor del diario La Nación: En 1842, con Páez, no nació el "bolivarianismo": murió.

El ideario bolivariano, concentrado en la unidad del capitalismo naciente en Latinoamérica y su atisbo precursor de antiimperialismo cuando mandó al zipote la Doctrina Monroe, las tentaciones imperiales de Brasil y de cualquier dominio colonial (incluso el británico), fue suspendido entre 1830 y 1999. El historiador cubano Francisco Pividal definió eso como "pensamiento precursor del antiimperialismo" en su libro homónimo.

Aquel "bolivarianismo" de salón fue el responsable ideológico de que haya fracasado el proyecto de nación sudamericana y que hayamos heredado siglo y medio de atraso económico, institucional, cultural y de fragmentación semicolonial como el que le gustaría a los pequeños caciques de Santa Cruz de la Sierra, en Bolvia. Es el mismo "bolivarianismo" estatizado que usaron para gobernar nueve presidentes "democráticos" venezolanos desde 1958 hasta 1999.

¿Sabía el editorialista que nunca en más de siglo y medio los venezolanos leyeron tanto y en tan variadas versiones, a veces opuestas y controversiales, sobre Simón Bolívar, sus contemporáneos y las generaciones de revolucionarios que los sucedieron durante el siglo XX?
Él dirá ¿y a mi qué me importa?
Cierto, es que él sólo soporta un Bolívar de mármol para un pueblo de piedra.
Pues allí radica la diferencia del bolivarianismo que se puso de moda en los últimos años. Renació en Venezuela con una rebelión social y militar entre 1989 y 1992, que el año 2002 evidenció un dato que no es del agrado del autor: la identificación no era sólo de Chávez, es de la mayoría de un pueblo que utiliza a Simón Bolívar como combustible ideológico de sus transformaciones sociales y políticas. Y peor para Pagni: el bolivarianismo se extendió como la nueva versión del anti imperialismo latinoamericano. Ha podido adoptar la forma de artiguismo, zapatismo, sandinismo, o elevarse con próceres como San Martín, Martí, Hidalgo o Morazán. Para ello hacían falta las vivencias revolucionarias vividas por los venezolanos entre 1989 y 2002.

El viejo cuento entre "democracia" y "dictadura"


Esto nos lleva a lo segundo que no soportan los Pagni del continente, y los de Europa, como la cancillera alemana Merkel, Aznar, Vargas Llosa, Serbín. Es que el conflicto en Venezuela no es entre "democracia" y "dictadura", como si fueron categorías puras, sino entre una democracia superior de mayorías politizadas, movilizadas y organizadas en instituciones propias –que puja por constituirse– y la otra: la democracia de papel que gobierna en nombre de un Bolívar de mármol –y que sobrevive como "el peso de los muertos en el cerebro de los vivos"–.
En medio de ese conflicto de escala histórica, es inevitable que surjan proyectos bonapartistas, tentaciones individuales y múltiples contradicciones entre el movimiento social, el aparato estatal, los pactos de gobierno, el rol del líder y la sistemática presión de Estados Unidos. Mucho más complejo que la simpleza analítica del autor.

Nadie, salvo los personajes "envasados al vacío" de Pagni y Vargas Llosa, pueden ser ajenos a un proceso tan vivo. Los errores, defectos o tentaciones individuales no son "males de sangre" de los líderes, jefes o personalidades. Al revés, emergen de su rol político central en este cuadro de tensa situación objetiva, donde la subjetividad del líder se subordina y la expresa. La tentación "Bonapartista" en el concepto de Marx, Gramsci y Trotsky, o "Cesarista democrática" en el de Vallenilla Lanz, no nacen ni viven solas y inmaculadas, sino en relación contradictoria y dinámica con las fuerzas revolucionarias internas, las presiones enemigas externas y la dinámica política internacional.
Ese dilema complejo entre el personaje central, la masa y el poder, estudiado con lucidez por Maquiavelo, Plejanov, Gramsci y por algunos autores de hoy como el francés Ives Zakar y el argentino Thénon, lo tiene Chávez y lo tendrán todos los que asuman responsabilidades dirigentes en la historia.

El secreto no es que exista, sino en cómo se resuelve. Una salida positiva sería a través de la democratización del poder hacia abajo en los organismo autónomos del pueblo como lo indican variadas experiencias históricas; la otra, es la concentración del poder hacia arriba, que conducirá a una centralizalización en pequeños cenáculos y en su eje personal, el líder. Esa es una de las más importantes lecciones del siglo XX.

Galimatías

Como la verdad histórica no ayuda al autor, acude a algunos datos –inconexos y sin explicación dinámica– para convertirlos en artimañas y fuegos de artificio para lectores ávidos de amor por el American of way life.
Por ejemplo, el ya aburrido cuento de que Marx habló mal de Bolívar en un breve folleto que le encargó la Biblioteca Británica a cambio de unas libras con las que alimentó a su carenciada familia ese mes. Ni fue el primer ni fue el último error intelectual de Marx (que también adolecía de debilidades humanas), que lo llevó a escribir sobre un personaje y unas guerras que conocía poco, muy poco. Su principal fuente fue el cuento que le había contado el monárquico Barón de Humboldt. ¿Acaso Marx, o cualquier otro u otra grande de la historia, se define por algunos errores o defectos personales? Un análisis serio los subordina a su obra general. Aquí el método hace la diferencia en el estudio del personaje y su obra y determina la ética para explicarla en el terreno de la política o del periodismo.
La otra pequeña verdad del autor es que Chávez mantiene "relaciones mediúnicas" con su héroe tutelar. Entérese: no sólo con Bolívar, también con su bisabuelo Maisanta a quien invocó en la rebelión de 1992 y en el Referéndum de 2004.

¿Sabía usted señor Pagni que Reagan las tuvo con los fantasmas de su logia secreta envangelista ultramontana? Como las tuvieron con las suyas Allende (que era maestre masón), Rómulo Betancourt (que fumaba el tabaco), Neville Chanberlain, Lincoln, Willson, Churchil y hasta el adusto general francés Charles de Gaulle?. Si Carlos Menem consultaba espiritistas baratas, por qué carajo no puede el mulato de Caracas invocar héroes nacionales de su incumbencia cultural.

Como no alcanzan las medias verdades –que siempre se convierten en mentiras– el autor acude a una falacia del tamaño de su imaginación: ". Asegura que hay un "protectorado venezolano sobre Evo Morales -quien dispuso un despacho en su palacio presidencial para el embajador de Caracas- podría estar predeterminado en la creación de Bolivia". ¡Dios mío! Harry Potter se haría hincha de Pagni.

Excepto este periodista del diario La Nación, de Buenos Aires, cualquiera sabe que la Embajada venezolana en La Paz queda en la Av. Arce, esquina Campos, Edificio Illimani 2678, pisos 4 y 5.
¿Y quien dijo que la verdad importa?

*Publicado en Revista 23, suplemento ContraEditorial, Buenos Aires, 26 de junio de 2008.


modestoguerrero@gmail.com


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Modesto Emilio Guerrero

Periodista venezolano radicado en Argentina. Autor del libro ¿Quién inventó a Chávez?. Director de mercosuryvenezuela.com.

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