El Síndrome de Pulgarcito

Cosas raras están pasando. Hay un comportamiento extraño en el liderazgo de la oposición vernácula. Es, uno de los rasgos más frecuentemente observables en la personalidad del hijo menor de una familia y es que tienen cierta tendencia a buscar pleitos, a crear conflictos, para luego escurrir el bulto porque saben que siempre habrá alguien detrás a quien recurrir para que les proteja, para que les haga las cosas.

Casi fui hijo único. Pasé la niñez y buena parte de la adolescencia reinando sobre mi casa pero, sin tener a quien acudir en caso de enfrentar algún tipo de problema por esa misma circunstancia. Eso me llevó a descubrir las virtudes de la diplomacia, las bondades de la persuasión y el valor de la amistad. Noté desde entonces que los hijos pequeños de las familias tienden a ser pendencieros, a buscar peos generalmente innecesarios, a sabiendas de que su hermano o sus hermanos mayores saldrán en su defensa, a rescatarlos en caso de naufragio.

Rasgo común en la personalidad del cubo –así es como les he oído decir a los apureños a la hora de referirse al hijo pequeño, y que es evidentemente, un anglicismo deformado de cachorro (del inglés cub)-, es el de pensarse intocable puesto que tiene a su disposición y para su custodia una guardia pretoriana representada por sus hermanos mayores y a veces hasta por sus padres, que ven en él al niño indefenso de rostro angelical, que esconde en sus entrañas a un abusivo dictador.

Se podía ver entonces a estos "benjamines" en el salón de clases apropiándose de borradores o sacapuntas sin haberle pedido permiso al dueño, o en el patio de recreo arrebatando las metras de una Troya o mandando lejos una pelotica de goma, simplemente porque les daba la gana y cuando los afectados enojados y ofendidos iban por el truhan, éste corría en búsqueda de sus hermanos mayores para que jodieran al vengador anónimo.

Esto lo corroboré un tiempo después de que naciera mi único hermano. Camorrero como él solo, al carajito le encantaba meterse en todo tipo de problemas chalequeando a los hijos -contemporáneos con él- de nuestros vecinos, lo mismo sucedía en la escuela y cuando alguien lo amenazaba -no me lo contaron, lo escuché-, les respondía: "!Te voy a echar a mi hermano pa’ que te de tus coñazos¡". Realmente empleaba palabras más fuertes aún y que no viene al caso repetir.

Los hermanos menores al igual que los "nuevos líderes de la oposición", aparentemente son personas altamente sociables y gregarias, sin embargo siempre tienen como prioridad sus propios intereses. Se juntan con sus similares -cada uno de ellos con sus respectivos planes personales-, y siempre exigen más y más atención. Habladores, descarados y soberbios, la mayoría de ellos carentes de una verdadera formación, repiten el discurso dictado y aprendido de otras personas, e interpretan el papel que les conviene representar para escalar posiciones.

Esos rapazuelos bravucones cual dirigentes opositores, son hiperactivos y no ponen mucha atención a las cosas que hacen o a las que dicen, por lo que sus mentiras siempre de patas cortas, resisten menos de lo que dura un suspiro en un chinchorro antes de que sean descubiertas. En su prepotencia piensan que el resto de la gente por ser buena es tonta e inocente y que no encontrarán a nadie que se dé cuenta de sus verdaderos propósitos, de sus auténticas intenciones y los desenmascaren.

Estos niños mimados -hijos menores o líderes oposicionistas, da igual-, son personitas que solicitan más atención de la que realmente requieren y cuando no se la dan, tratan de llamar la atención formando un berrinche, haciendo una estruendosa pataleta se encuentren indistintamente en medio de uno de los pasillos del Consejo Federal Legislativo o de cualquier centro comercial, cuando su mami no les complace alguno de sus caprichos entregándoles la presidencia de la república, regalándoles un novedoso juguete, convocando elecciones adelantadas, o simplemente comprándoles un helado.

Acostumbrados a que los demás cedan ante sus deseos, cabecillas de una oposición variopinta o hijos menores de una familia numerosa, suelen ser niños felices y poco complicados, pero basta con que usted o alguien trate de imponerles orden para que de inmediato desaten el diablillo inconforme y envidioso que albergan en su espíritu.

A menudo estas criaturas en su afán protagónico tratan de salirse con la suya a toda costa, no importa que tengan que acusar a sus padres, vender a sus hermanos o quemar sus casas, todo sea por conseguir lo que les da su real gana. Los nenes del hogar no lo piensan dos veces para entregarles la merienda o el país a cualquier bravucón o potencia extranjera -técnicamente es lo mismo-, con tal de alcanzar posiciones a las que no han podido acceder por los votos, por contar con el favor popular.

Como con los hijos pequeños de una familia extensa, en la que existen pocas diferencias ideológicas, entre unos y otros los pseudodirigentes opositores suelen ser hiperquinéticos y se mantienen sobreestimulados por los aplausos y las caricias que les pudieran realizar los medios de comunicación.

En el área del lenguaje emplean una jerga extranjerizante y al hacerlo, usan palabras equivocadas que, por parecidas fonéticamente a otras que si hubieran encajado cómodamente en sus discursos, originan el consiguiente efecto cómico.

Demasiado consentidos por los hermanos mayores o por los gobiernos extranjeros que los apoyan, en gratitud ceden fácilmente a sus demandas. Intentan ser unos verdaderos "pequeños tiranos" pero, a consecuencia de esta ecuación relajada y a que no saben hacer las cosas por sí mismos, a que no saben lo que es luchar y esforzarse para alcanzar lo anhelado, sus financistas siempre los ven como pequeños indefensos e inofensivos que a través del dinero pueden manipular.

Celos aparte, quieren tener todo lo que tienen los demás. Son como Quico el de "El Chavo", si no los dejan imponer sus deseos sabotean. Negarles las chucherías, no premiarlos cuando no se lo merezcan, corregirles cuando sea oportuno, son ofensas que ellos tratarán de cobrarse trayendo consigo a alguien que pelee sus guerras. Ellos son muy jóvenes para morir, muy valiosos para fallecer, muy importantes para ser dejados de lado.

Ya sea por agotamiento, por incumplimiento de sus promesas, por no acatar las órdenes impartidas, por no cumplir con sus deberes, estos muchachos malcriados dejan de ser el centro de atención de los poderosos que se cansan de dilapidar su dinero en fracasados y prefieren buscarse unos nuevos esquiroles. Eso les hace decir que traten de entenderles pero, ¿quién quiere prestarle atención a un grupo de sutes llorones? Entonces comenzarán por sentirse más ignorados que un Testigo de Jehová, para terminar reconociéndose como Príncipes Destronados. Mucha suerte con eso campeones.

De pronto se me vino a la mente una fábula de Charles Perrault que habla acerca de un chipilín, el menor de siete hermanos, no más grande que un pulgar. Pero no, realmente no era de Pulgarcito de quien quería hablar, sino del afán desmedido, de ese síndrome padecido por igual por niños mimados y opositores y que los lleva a anhelar conseguir la mayor cantidad de pulgares hacia arriba -de likes-, que llenen el vacío existente en sus frívolas y tristes vidas, sin importarles realmente para nada el daño que le están produciendo y el que seguramente les ocasionarán a sus semejantes.

 

 

 



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Carlos Pérez Mujica


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