La felicidad social como consecuencia de una revolución en la agricultura

¿Con cuáles indicadores medimos nuestra agricultura y sus efectos en la población rural? ¿Se ha derrumbado la producción agrícola nacional? ¿Cuál es la naturaleza de los cambios sociales consecuencias de una revolución en la agricultura? ¿Es éste el último año malo de la producción agrícola nacional?

Preguntas y más preguntas. Estamos atrapados en la cultura del pesimismo que venimos cultivando en Venezuela desde hace mucho tiempo; nos hace dudar de todo, nos hace trabajar sobre supuestos a veces absurdos. Antes que el pesimismo prospere y se consolide, debemos interpretar, buscar explicaciones a algunos fenómenos que nos pueden preocupar, y la agricultura es uno de estos.

Hay que salir del pesimismo, proponer con base y defender una revolución en la agricultura, o estaremos siempre a riesgo de tildar la gestión política en este sector como un fracaso.

En el caso particular de la agricultura quien ose hablar sobre sus resultados debe nutrirse de datos, por cierto, no siempre fáciles de obtener, pero existen. El punto de partida es que la agricultura no es una bagatela; es posiblemente el aspecto más significativo en la mayor parte de la existencia de nuestra patria como República, e incluso antes.

Las profundas contradicciones surgidas a partir del incremento de la producción petrolera sumergieron a la agricultura en una crisis aguda, entre otras razones, por el marcado abandono del campo. Fue una competencia desleal por los territorios, y los que no entraron directamente a las empresas petroleras como mano de obra, se fueron a buscar oportunidades de trabajo generadas por la renta. En la actualidad, si alguien investiga a profundidad, podría demostrar que la población urbana del país tiene en tres generaciones su pasado rural.

Eso explica parte del fenómeno de una actividad disminuida. Vinieron a las ciudades para no regresar, o al menos ese es el pensamiento pesimista dominante. La reforma agraria de 1961 solamente logró la desmovilización política de la masa campesina, pero no logró detener el éxodo ni incentivar la producción sobre ese remanente de población que conocía las duras faenas del campo.

Tal ha sido el éxodo, que actualmente menos del 7 % de la población ocupa los territorios típicamente rurales, y solo ampliando la base de población hasta diez mil habitantes para catalogar lo rural, la cifra podría aproximarse al 15 % del total de la población venezolana. Eso en términos demográficos son aproximadamente 350 mil familias campesinas, que apenas disponen del 20 % de la tierra cultivable.

El Estado no ha podido fomentar una vuelta al territorio rural, porque en esas desequilibradas relaciones ciudad-campo, ni las personas que se forman para trabajar en el desarrollo agrícola tienen facilidades para acceder a la tierra.

Todos esos descalabros históricos condujeron a otros procesos contraproducentes, como fue acumulación de la tierra en pocas manos, la disminución de la superficie sembrada por habitante de 2750 a menos de 800 m2 por habitante, y una inercia productiva colectivizada que apenas produce el 55 % de la energía y de la proteína promedio necesaria para un cabal funcionamiento del organismo. Y además, al momento de recibir el país, el Comandante Eterno se percató que la población rural venezolana estaba plagada de los peores de los males, la pobreza y la exclusión.

En algunas reuniones con colegas y camaradas preocupados por el desempeño de la agricultura y de la situación de la población rural, hemos revisado algunos conceptos fundamentales del proyecto político revolucionario, bolivariano y chavista, aquello de la mayor suma de felicidad posible.

Coincidimos que la felicidad es un estado de bienestar cuantificable. Fue así como partimos de la necesidad de montar a la felicidad en los territorios rurales un conjunto de indicadores que permitan construir un índice de felicidad social, en la concepción socialista del desarrollo de estos territorios. Así, analizamos algunas variables siempre importantes como el ingreso, la educación, algunas que forman parte del Índice de Desarrollo Humano (IDH), pero también hablamos de medir percepciones sobre la vida, sobre el grado de satisfacción de los habitantes de los territorios rurales.

Fue entonces cuando llegó a mis manos un libro editado por Embrapa (Brassil) en el año 2002 sobre “Los impactos del cambio tecnológico en el sector agrícola sobre la economía brasileña” en el cual se parte de la premisa que los cambios que se inducen en la economía rural a veces pasan desapercibidos por los economistas y los gobernantes, y por esto, la magnitud de los cambios en materia de inclusión, dinámicas sociales, desarrollo humano, calidad de vida, deben ser objeto de estudios de largo plazo.

En nuestros análisis ese largo plazo ya comenzó en Venezuela. Llevamos 14 años trabajando el tema de la inclusión y el sector rural ha sido debidamente tratado. Solo que a diferencia de Brasil, no disponemos de los datos que nos permitan conformar un Índice de Felicidad Social en las poblaciones rurales sobre las cuales debe descansar la mayor parte del proyecto de una revolución en la agricultura.

Las cifras que muestra el estudio son relevantes como ejemplos, hubo poblaciones que por efecto de los programas agrícolas duplicaron su índice de felicidad social.

El programa de gobierno de Lula para los años que le correspondió dirigir los destinos de ese gran país se llamó “Vida digna en el campo” que se corresponde, en parte, a lo que nosotros hemos definido como la revolución en la agricultura.

Hoy la prensa reseña la creación de un Viceministerio del Poder Popular para la Felicidad Social, su éxito está en que vaya al grano, a medir la intensidad de los cambios que inducen las misiones y los programas de gobierno. Por si sólo esa entidad novedosa sería poco sin el apoyo del Instituto Nacional de Estadística (INE) y menos si para la agricultura y el sector rural no se establecen sus indicadores y se calculan sus índices.

Solo así resolveremos ese pesimismo que nos embarga cada vez que hablamos de agricultura…. Hay que salir de aquella sentencia fatalista y sin evidencias que dice: este es el último año malo de la agricultura…

mmora170@yahoo.com


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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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