F-16, Kalashnikov y la Squadra Azzurra

Lejos quiero estar, a millones de kilómetros, de defender, aupar, contribuir o argumentar algo a favor del aumento en los gastos militares. En Venezuela o en cualquier país del planeta. Desde que mi hermano Pedro, que en paz descanse, estuvo a punto de ir preso por criticar la compra de los aviones F-16, por allá en la época de Luis Herrera, mi relación con las armas es, al menos, cautelosa. Pedro firmó y publicó un remitido con el pseudónimo de Beltrán Calma en el que se decía que con la compra de los 24 aviones F-16 se consolidaba la violación a la soberanía del país, debido a la existencia de una base militar norteamericana. Por orden del Presidente refranero y comedor de torontos, debían ser procesados él y su compañera Teresa Ovalles, responsables de la publicación del remitido, porque lo dicho era un delito contra la Fuerza Armada. En el vespertino El Mundo titularon: “De Altagracia de Orituco el autor del remitido contra los F-16”. Veinte años después el Presidente Chávez ha anunciado la necesidad de comprar otros aviones de combate llamados Sukhoi-30, debido a que el gobierno de Estados Unidos se niega a vender repuestos y a hacerle mantenimiento a los sofisticados aviones.

Esta compradera de armas puso en alerta nada más y nada menos que a los gringos. Los máximos guerreros del planeta. Dijo Sean McCormack, uno de los voceros del Departamento de Estado (parece tener miles y vocean cualquier cosa), que “Estados Unidos tratará de influir en la decisión de Rusia de vender fusiles Kalashnikov a Venezuela. Las Fuerzas Armadas venezolanas están sobredimensionadas para un país de su tamaño y la naturaleza de las amenazas que presenta la región”.

Alertaba al principio sobre mi negación natural a argumentar a favor de la compra de armas. Tampoco es mi intención competir con Walter Martínez en cuanto a conocimientos bélicos. Pero, como todo, hay sus excepciones. Nunca imaginé, por ejemplo, que me convertiría en hincha estadounidense. Y eso lo logró la fanaticada de la Squadra Azzurra en Venezuela. Y el juego rudo y cazagüiros de los italianos. Lamenté que Estados Unidos no le ganara a Italia. Cosas de fanáticos.

Pero volvamos a la verdadera guerra. El vocero número 2.000 del Departamento de Estado tiene el caradurismo de quejarse de una supuesta carrera armamentista venezolana. El vocero número 2.000 del país más guerrero, asesino, genocida, armamentista y cínico del planeta se pregunta qué va a hacer Venezuela con una fábrica de fusiles AK-103, “si ya compró 100 mil, no estoy muy seguro de para qué necesitan la fábrica”. Upps.

¿Se hace el idiota? ¿De qué no está muy seguro? ¿De la necesidad de no comprarle ni una pistola de agua a su jefe? ¿De que somos un país soberano? ¿De que con un enemigo como su jefe, vale la pena apertrecharse? ¡Dios! ¿Qué dije? Pero es que la vocería del Departamento de Estado suele irritarme. Por lo general son jovencitos y catires. Gringuitos. Se paran ahí, muy seguros, frente a representantes de las agencias de noticias, que comunican sus intemperancias al mundo de manera expedita. Y el mundo en demasiadas ocasiones se ha preguntado atónito, cuántas muertes costará la última declaración (de guerra). En Venezuela suelen responderle a estos yuppies del terror, porque casi todos los días nos tiran una perlita. Es una guerra verbal de alta intensidad. Entre Bush, la Rice y los voceros bonitos e incontables, el gobierno de Chávez tiene para entretenerse y practicar.

Y es que las inseguridades del vocero número 2.000, Sean McCormack, continuarán obligándome a argumentar a favor de lo que no quiero ni para mi país ni para el mundo. Pero no hay remedio. ¡Me hubiesen visto el sábado aplaudiendo al equipo gringo!



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Mercedes Chacín


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