Cómo los apagones le cambiaron la vida a los Zulianos

Credito: Panorama

15-04-19.-Gustavo Chacín, de 54 años, no imaginó que tras cuatro décadas viviendo en Maracaibo, ciudad a la que emigró en busca de mejor vida, volvería a aquellos tiempos de oscurana en los que debía dormir fuera de la casa para tomar fresco meciéndose en una hamaca, allá por 1970, cuando vivía en la zona rural del antiguo Distrito Mara, área sin servicio de electricidad para aquel entonces.

Su lamento manifiesta no solo las calamidades por fallas de la electricidad a causa de los recientes mega apagones que asolan al país, sino también las secuelas que los mismos acarrean como falta de agua y comida, que son las que pegan más fuerte a él y a su familia.

“Siento que hemos retrocedido más de 40 años en el tiempo con estos apagones. Aparte de volver a dormir por largas noches fuera de la casa para agarrar fresco, he vuelto a preparar ‘mechurrios’ para alumbrarnos en esta oscuridad como lo hizo mi padre cuando yo era un niño. No imaginé jamás que esos tiempos volverían”, comentó Chacín.

La escasez de agua también le hace rememorar a Chacín las extenuantes jornadas vespertinas que pasaba para “carretear” el líquido vital de un pozo artesano hasta su casa ayudando a los padres todos los días en su natal Mara.

“Es como regresar al pasado. Lo que estoy viviendo hoy, ya lo viví en esa época cuando todavía éramos un país rural, otro ejemplo de que con esta crisis hemos retrocedido a esa época de atraso”, resaltó.

Con este retrato de su infancia Gustavo hace alusión a la extrema crisis por escasez de agua que padece el pueblo zuliano, y venezolano en general, desde finales del año pasado acrecentado al máximo desde principios del mes pasado.

Como Chacín, muchos marabinos han tenido que modificar su modo de vida para “surfear” las calamidades acaecidas por la crisis de electricidad intensificada con los mega apagones, que comenzaron el 7 de marzo y que, a más de un mes, no cesan de importunarlos.

“La vida se ha vuelto un laberinto de calamidades. Desde que amanece, si pudiste dormir, tienes que pensar en cómo afrontarás el día para buscar agua y comida. Si tienes carro, conseguir gasolina, es otro dolor de cabeza”, apunta Juan Céspedes, comerciante de la Curva de Molina.

Tirso Molina, jubilado del Ministerio de Educación, refleja con vigor el sufrimiento de todos aquellos que dependen de la pensión para cubrir algunas de sus necesidades.

“El problema de la luz ha complicado más la cosa. Tenía casi dos semanas tratando de retirar dos meses acumulados en el banco hasta que ayer, luego de varios intentos, saqué 18.000. Me fui a desayunar y los gasté en cuatro empanadas, un batido de lechoza y una porción de queso. Me di ese gusto”, comenta aludiendo a la aceleración de la inflación en estos días de apagones.

Agrega: “Ahora me toca repetir la faena para sacar los otros 18.000 porque pasa que si hay luz, se cae el sistema, cuando hay luz y sistema, no hay cobres y uno pierde el día y hasta 5.000 bolívares en pasaje cada vez que lo intentas”, acotó.

Las consecuencias por estas calamidades influyen, directa o indirectamente, en todos los aspectos de la vida de cualquier persona bajo sus efectos. El desgaste físico es evidente en cada ambiente social, familiar y de trabajo y los rostros abatidos reflejan estados de ánimo en decadencia.

“Todos los días el ánimo amanece por el suelo. Busco un motivo para levantarme a continuar la lucha con buen espíritu, pero no lo consigo. No puedo ver noticias, no tengo internet para navegar y las comunicaciones continúan fatales. Todo es un caos. Sin embargo logro ponerme de pie y al rato de comenzar la faena se me olvida tanto problema. No puedo dejarme llevar por la depresión pues tengo hijos que mantener”, relató Irma Castellano, maestra de la escuela Fe y Alegría del sector La Rinconada al oeste de Maracaibo.

Irma también tuvo que olvidarse de su entretenimiento favorito: las telenovelas. “No he podido volver a ver la novela de las 9 al acostarme en la noche. Eso era algo religioso para mí. Me quitaba el estrés de tanto bregar en el día, me relajaba y me ayudaba en el descanso. Todo eso lo perdí con los apagones”, comentó.

Igual sucede con el resto de la familia. Agrega que sus hijos ya no pueden ver sus series y programas favoritos en la TV. En las noches sin luz, que son casi todos los días, sentarse a charlar en el frente de las casas hasta que llegue el sueño tardío se ha vuelto rutina. Después, a acostarse en el suelo o en la hamaca a esperar, a veces sin esperanzas, que llegue la electricidad.

“Imagínate como han cambiado las cosas que los muchachos han vuelto a volar petacas, jugar al escondido y pelotica de goma. Con tantas horas sin clase y sin televisión, jugar es una buena y sana alternativa para ello, aunque la razón no sea justa”, reflexiona la educadora.

Comenta que maquillarse, para ir a trabajar, pasó de simple rutina a odisea pues sin luz, “no me veo en el espejo y, para hacerlo mal, mejor me voy natural. Si puedo me retoco al llegar al liceo, aunque como suele pasar últimamente, no vale la pena pues casi siempre me regresan por falta de agua y luz”, agrega.

Señala que cuando hay clases muchos alumnos cuentan sus historias sobre lo bueno o malo que pasó en su familia durante el apagón. “Uno contó que la abuela se tropezó en medio de la oscuridad con el mueble de la sala, se cayó y se fracturó el fémur. La llevaron al hospital y se regresaron porque no la atendieron en ninguno. Aguantó el dolor hasta que amaneció y la llevaron otra vez”, relata.

Y continúa: “Otro dijo que aprendió cómo hacer una lámpara de kerosene y explicó el proceso. Muchos lo intentarían al llegar a sus hogares. Otro contó que su mamá tiene ‘ojeras’ pues le pega mucho las malas noches y no puede dormir sin aire ni ventilador”.

Y así, al igual que las historias de Gustavo e Irma, miles son los relatos que pueden contar los zulianos sobre cómo la crisis eléctrica les ha cambiado la vida. Sumergidos en la oscuridad, muchos a merced de la inseguridad, pasan noches completas en vela ´para levantarse a trabajar al otro día con el cuerpo desencajado por falta de descanso.

Algunos pasarán el día concentrados en las ocupaciones alteradas por la crisis. Al concluir, deseosos de volver al hogar a descansar, caerán en cuenta que les espera otra noche sin luz o, en el mejor de los casos, con cuatro o cinco horas de servicio en los momentos que más lo necesitan completo.


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La fuente original de este documento es:
panorama (https://www.panorama.com.ve/ciudad/Como-los-apagones-le-cambiaron-la-vida-a-los-Zulianos-20190412-0060.html)



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