Despotismos, activismos y nuevos medios para la propaganda y la comunicación

Un conjunto de condiciones objetivas —socio-políticas, étnicas, económicas pero también científico-técnicas— se combinaron en Europa en las décadas del 30 y 40 del pasado siglo, viabilizando la aparición —y rápida expansión— del totalitarismo conservador de derechas, oficialmente conocido como nazismo-fascismo.

El fenómeno fascista consiguió caldo de cultivo en el surgimiento de un puñado de líderes carismáticos, de pensamiento y conducta fanático-xenófoba, que facilitaron la vertiginosa implantación de un sistema terrorista, soportado en un eficientísimo aparato de propaganda y movilización de masas, convenientemente aceitado en la maquinaria del “partido único”.

Se me hace sugestivo sondear sucintamente aquí cómo no pocas de estas notas distintivas de lo que fue un fenómeno básicamente europeo, ocurrido hace más de 60 años, haya venido a la sordina refigurándose —y tomando carta de ciudadanía ante nuestros propios ojos en Venezuela y buena parte de Latinoamérica— ahora primordialmente activado por grandes grupos trasnacionales en confabulación con sus respectivos socios políticos locales.

Unos y otros, actores traducen imaginarios y praxis capitalistas, no fortuitamente soportados por los principales medios comerciales de comunicación, información y entretenimiento del país.

Revisemos, a grandes rasgos, algunos de los principales principios en que se soportó el fascismo histórico europeo, para ver luego cuán semejantemente han venido comportándose ciertos actores y sectores recalcitrantemente pro-capitalistas, en complicidad con los mal llamados “medios de comunicación privados” en Venezuela.

Como ya ha sido visto por un conjunto de pensadores políticos, tanto el fenómeno nazi alemán como el fascista italiano, en el plano ideológico se concretaron básicamente por:

1) Convertir al Estado-nación en una entidad esencialmente totalitaria. Esto es, en un Estado que centralizó y controló severamente todos los aspectos jurídicos, políticos, culturales y socioeconómicos.

2) No tolerar casi ninguna manifestación de oposición.

3) Conculcar o intentar conculcar sistemáticamente el Estado de derecho.

4) Instaurar un monopolio propagandístico.

5) Controlar y poner a su servicio (y al servicio de una industria armamentista de ansias terrófagas) la economía de una manera férrea.

6) Exaltar a un sujeto como el líder mesiánico del pueblo, en cuya figura el pueblo podía descargar sus ansiedades, proyectar sus temores y engañar a las masas, justificando y haciendo ver como ley natural las groseras diferencias socio-económicas.

7) Crear una iconografía engañosa, demonizada y ubicua de los enemigos.

8) Reforzar la figura de un líder como articulador de una comunidad, como coartada para el expansionismo y la eliminación de culturas diferentes (judíos, gitanos, polacos, soviéticos, etc.).

9) Atraer sectores del proletariado para mediatizarlos, corromperlos, depravarlos y, en definitiva, aniquilarlos.

10) Promover un estado de pánico sistemático, y un clima constante de guerra, violencia y terror apenas sus intereses entraban en riesgo de ser afectados.

Si a ver vamos, mutatis mutandis esto es lo que han venido haciendo las elites políticas en Venezuela, como amable servicio a las trasnacionales, en connivencia, por supuesto, con el aparato mediático-propagandístico alienador.

Esto puede condensarse, siguiendo punto por punto, la misma secuencia arriba señalada, en:

1) Postrar al Estado–nación, forzándolo a privatizar (desnacionalizar) las contadas industrias rentables, mientras se instaba a que el Estado auxiliara, favoreciera o subvencionara a importantes empresas (privadas) improductivas y se lo convenciera de sustentar la infraestructura de servicios clave para facilitar y perpetuar los dividendos del gran capital.

2) Educar a los cuerpos policiales y a las Fuerzas Armadas en la tesis cuya máxima educativa puede condensarse en la praxis “progresista” de “disparar primero y preguntar después” tal como aleccionaba un tal Rómulo Betancourt.

3) Copar a todos los poderes públicos del Estado con “cuadros medios” fáciles de dominar/ chantajear: sujetos ignorantes y pícaros, adeptos a dinero fácil, las bacanales y los negociados.

4) Renunciar la función distributiva, educativa y politizadora del Estado —y de la sociedad en su conjunto—, y sumirlo en la voracidad publicitaria, catalizadora del individualismo, la egolatría, el capitalismo trasnacional y el de sus mercenarios nacionales.

Así, mientras las cifras de pobreza en América latina conocían su record histórico durante las dos décadas de cabalgata del neoliberalismo, un cuajado grupo de mil millonarios latinoamericanos floreció en la región. Para 1987 los mil-millonarios en América Latina eran apenas 5. Pero para 1990 ya habían crecido a 8. A 20, en 1991, y a 41 para el año 2000. El guarismo de mil-millonarios se multiplicó por ocho mientras la pobreza crítica se desenganchaba al doble o al triple. Desde luego, sin excepción, todos estos mil-millonarios acuñaron su “bien habida” fortuna por el atajo de adquirir empresas públicas a precios de gallina flaca, y venderlas o revaluarlas poco después, a valores de mercado.

Y mientras se hinchaban las diferencias sociales entre los cientos de millones de empobrecidos y el distinguido aunque microscópico staff de mil millonarios, como bien lo señala Pablo González Casanova, este fue (y sigue en su mayoría siendo) el papel de buena parte de los intelectuales en la región:

“…los científicos sociales se enfrentan a mistificaciones colosales ante las que muestran una complacencia o complicidad que hace de ellos coautores del neoliberalismo y sus variadísimas formas de mentir, fantasear, falsificar la traducción por los intelectuales del más monstruoso proyecto histórico del capitalismo a un proyecto aceptable para las masas, con medidas que aquellos avalan y éstas no entienden en su contenido real sino largos años después, es un proceso que el verdadero sociólogo tiene que denunciar, desestructurar y someter a una teoría explícita capaz de construir alternativas con las mayorías y para ellas.”

5) Alinear las variables micro y macro-económicas del país a los intereses imperiales y los de sus dirigentes-empresarios de turno. Comenzando por endeudar al país con el FMI, el BM, el BID y, en general, con la gran banca trasnacional para subyugar luego la política económica nacional a los predicamentos neoliberales.

6) Tomando lección de los costos no calculados de los “desvíos” megalómanos del nazismo y el fascismo históricos, el gran capital mundial se planteó suplantar en latinoamérica el fervor hacia un líder nacionalista/mesiánico, por el apego —cuasi-devoción— hacia un nuevo sujeto neofascista-colectivo. Dicho nuevo actor fue afectuosamente bautizado como “fuerzas vivas” del país. Y tras su manto se montó el establo de los grandes intereses. Como era de esperar, tal frankenstein corporativo fue convenientemente respaldado en el plano simbólico por toda un enjambre de funcionarios del consenso e intelectuales. Sujetos todos apertrechados de cortesías, conducta palaciega y respuesta “comprensiva” frente a los dislates, imprudencias y despropósitos del gobierno de turno. El objetivo de fondo de este Neo-Hitler corporativo siguió siendo el mismo que durante el fascismo europeo: justificar y naturalizar la opresión, el estado sistemático de sitio, y la miseria generalizada, activando diferentes, pero muy eficaces mecanismos para culpabilizar a las víctimas de “su propia miseria”, enrostrándoles epítetos descalificatorios sobre su congénita estupidez y barbarie.

7) La política fascista de representación de la iconografía facciosa y demonizada de los enemigos fascista fue simplemente reorientada. Los enemigos ya no serían sefarditas, gitanos, polacos o soviéticos, sino naturalmente, los “pobres”. O los defensores de pobres, esto es, los líderes populares y los dirigentes de izquierda. De aquí mi tesis de que lo que se desencadenó contra estos sectores en América Latina primordialmente entre las décadas del 60 y el 80 no fue un simple desmadre del caudillismo conservador-militar latinoamericano decimonónico. Fue, por el contrario, una aclimatación capitalista del holocausto europeo, ahora instituido por el club neofascista-capitalista internacional en combinación con sus cofrades locales.

A la representación político-mediática de los sujetos y sectores populares empobrecidos como “peligrosos”, “flojos” y “tramposos” le fue por tanto adicionada la representación mediática de los sectores progresistas e izquierdistas. El resultado era de esperar: los activistas de los movimientos populares e izquierdistas fueron sistemáticamente acusados, perseguidos y acosados con el argumento de ser peligrosos agentes internacionales, “desestabilizadores del orden”, “aprendices de terroristas”, “malhechores comunes”, y hasta “comedores de niños”.

8) El líder articulador de la comunidad nazi fue, desde luego, sustituido por un aterciopelado eufemismo: la democracia representativa y, en varios casos, por una supuesta alternabilidad en el poder de dos facciones que periodo tras periodo negociaban el mismo guión de gobierno. Se pensó: Si los pueblos tenían la alternativa de elegir quinquenio tras quinquenio a sus propios centinelas y corruptores, ¿cómo iban salir a protestar luego las medidas antidemocráticas y socio-políticamente regresivas emprendidas por sus propios líderes republicanamente electos? Asimismo, la coartada del expansionismo geográfico fascista, fue sustituida por un expansionismo por etapas, del gran capital. Y la sistemática eliminación de culturas diferentes fascista (holocausto), por la paulatina pero tenaz eliminación de culturas no alineadas con el capitalismo (políticas hambreadoras del pueblo, impuestos regresivos, leyes inconstitucionales como la ley de vagos y maleantes, permisividad hacia la penetración de la industria de la droga en especial en los sectores populares, etc.) todas políticas que poco más, poco menos, proliferaron durante las dictaduras militares o dicta-blandas en dicho periodo.

9) Aunque no siempre todos los administradores de la política social en América Latina atrajeron a los sectores del proletariado ni consiguieron mediatizarlos del todo, hasta pervertirlos, corromperlos y, finalmente, destruirlos, hay que reconocer que el saldo final de la “política de ajustes” resulta desolador. Tal como lo señaló hace casi una década el investigador Alejandro Moreno Olmedo, el modelo minimalista y tecnocrático de programas sociales, como, por ejemplo, los de capacitación técnica para jóvenes excluidos de la educación básica, aplicado en Venezuela y en buena parte de América Latina, más allá de la buena voluntad de sus administradores locales, al parecer cumplió muy bien el cometido de hacer naufragar a los jóvenes en su proyecto de integración a la sociedad, trasladando la responsabilidad de dicho fracaso a su auto-valoración. Como lo vio Gramsci hace años, la segmentación de una educación para ricos, otra para clase media y una ultima dirigida a sectores populares no traduce otra cosa que la instauración de un proyecto político de clara diferenciación y fraccionamiento social conforme a criterios de “raza” o “clase social”.

El desenganche de la política social de la política económica y de la política-política, por así decirlo, operó en la región un vasto y eficacísimo efecto desmovilizador y de refuerzo de la “desesperanza aprendida”. Una política introyectada por unas elites con pretensiones y conductas “arias” trasnacionales y latinoamericanas sobre los extensos pero acorralados sectores populares. Se explica así por qué la política social de los 80 y 90 los bautizó como población “objetivo”, sectores “marginales”, “desocupados” o “excluidos”. La política de contención de los sectores populares buscó —y obtuvo las más de las veces— su objetivo marginalizador. El efecto numérico de esta política lo sintetiza el destacado doctor en ciencias sociales argentino Atilio Borón cuando cuantifica la suma de “caídos durante la política de ajustes de los periodos eufemísticamente apellidados por la CEPAL como par de décadas perdidas” para efectos del desarrollo. La cantidad de muertos de hambre, violencia o enfermedades prevenibles en Latinoamérica, según Borón, durante el periodo es equivalente al lanzamiento de dos bombas atómicas, similares a las lanzadas en 1945 por el Harry Truman sobre Nagasaki e Hiroshima.

10) Por último, para confirmar si hubo o no una política fascista de “promover un estado de pánico metódico, y un clima persistente de guerra, violencia y terror cuando los intereses del gran capital internacional y sus socios internos se ven en riesgo”, hoy día en Venezuela bastaría con encender el aparato de televisión, y sintonizar cualquiera de los noticieros o programas de opinión ahora devenidos “info-entertaiment” de casi cualquier operadora televisual privada, como Globovisión, Televén o RCTV.

Como era de esperar, ahora estos medios salen a vociferar luchas en pro de la “libertad de expresión” (una libertad de expresión muy interesante, desde luego, no ya de los ciudadanos sino de los grandes consorcios mediáticos trasnacionales). Pero rara vez reclamaron estos medios la imposición de “políticas” o “medidas de ajuste”, como eufemísticamente se denominaron las políticas de postración económica, social y cultural de lo por la época se estiló apodar en ciertas zonas acomodadas “la pobrecía”. Al menos que se sepa, ninguno de estos medios fustigó con el mismo fervor que lo hace ahora contra el gobierno de Chávez las sistemáticas políticas de exterminio empleadas por las dictaduras “cívico-militares” de varia ralea en América Latina por más de dos décadas.

Así, resulta cuando menos curioso, por no decir paradójico que buena parte de estas diez notas características del ideario fascista y neofascista (que constituyen precisamente la antítesis del ideario político bolivariano), formen ahora parte medular del repertorio ideológico-propagandístico con que la oposición local e internacional comúnmente embiste contra el denominado proceso bolivariano. La habilidosa operación de inversión de políticas que aplica el neoliberalismo hacia un modelo de gestión pública radicalmente diferente da una idea de la eficacia —parcial pero poderosa— de la claridad ideologizante de esta maquinaria económica, política y publicitaria de las derechas.


EFECTO POSTRAUMÁTICO Y REFIGURACIÓN DE UNA COMUNIDAD POLÍTICA VÍA TELEVISUAL

Puede así decirse sin caer en exageración que los pueblos de Latinoamérica han sido sometidos durante siglos a un estado de violencia sistemática que ha generado modalidades particulares de identidad, autoestima, voluntad de resistencia e intuición táctica para olfatear a tiempo las escasas coyunturas para la rebeldía y el alzamiento. Habría, sin embargo, que revisar y sopesar los efectos postraumáticos que sobre los venezolanos de a pie han impactado a los efectos de una refiguración política efectiva.

A propósito de un análisis sobre la situación psíquica de la población en tiempos post-franquistas, el académico español José Maria Ruiz Vargas sostiene que cuando la magnitud de la violencia ha desbordado la capacidad de los sujetos para luchar o escapar:

“…todo el sistema de autodefensa queda desmantelado, roto, fragmentado, sin control, y la persona (o sujeto colectivo) se siente invadida por el miedo, el horror y un sentimiento insoportable de indefensión. El sistema de autoprotección seguirá respondiendo, pero de forma desorganizada, a partir de ahora, con un funcionamiento dislocado y disfuncional de cada uno de sus componentes, y de un modo exagerado durante mucho tiempo después de que el peligro haya terminado”

Resulta evidente. Como pueblos tenemos marcada a fuego la experiencia de la colonización/ dominación. Sólo que, al día de hoy, esta opresión no tiene sello de corona española cuanto sabor a Hollywood. ¿Será por eso que resulta tan efectiva la cancioncita esa tenebrosa de Tiburón que entona el canal noticioso de televisión Globovisión cuando a cada tanto ensaya activar la sensación colectiva de pánico? La alusión es la de una sesión de pesca o caza. Y el sujeto popular lo ha internalizado: el atrapado, el cazado va a ser precisamente él. O ella. El medio alecciona así claramente a sus ciudadanos. Y queda claro cómo la televisión, la neo-televisión y, más recientemente, la pos-televisión hacen juego a la misma política de intimidación y vigilancia con que ya desde la conquista el imperio ibérico se armó para amedrentar a los oriundos revoltosos. Esto es, para que asimilaran las prácticas e instituciones comedidas y serviciales a sus respectivos centros imperiales.


POLÍTICAS TELEVISUALES Y TELEVISUALIDAD DE LA POLÍTICA

Estudiar la televisión, ver la televisión, escudriñar la televisión como la tribuna desde la que se visibilizan —y hegemonizan o no— gran parte de los duelos políticos y ciudadanos nos pone en alerta no sólo sobre los fenómenos, las tendencias en ciernes y casos inéditos (y merecedores de investigación) tales como lo son Aló Presidente, Alò Ciudadano o La Hojilla, en Venezuela, por citar sólo tres de los más ostensibles. Como diría Ignacio Ramonet, también nos contacta con la dimensión oscurantista de la visibilidad en tanto que casi que único mecanismo para dotar de discernimiento —y régimen de verdad— a una realidad dada; y a la simbolización hertziana de esta.

Pero una cosa es forjar una televisión puramente replicadora de un evento o discurso social, o una televisión novedosa o alternativa —en términos de formas o contenidos—, y otra cosa muy distinta es hacer una TV progresista / revolucionaria. ¿Dónde termina la una y comienza la otra? Esta no es, en lo absoluto, una cuestión fácil. Pero conviene comenzar a hacérsela, a hacérnosla. No hay respuestas sin preguntas. Lo que equivale a decir que hay que convocar a una batería permanente de debates, de discusiones, de diálogos sobre el tema. La sociedad de los ministerios, el episcopado y los sindicatos, han discutido larga, pausada y persistentemente sobre este asunto: la educación. Pero poco o casi nada se ventila el verdadero hegemon educativo, informativo y comunicacional del presente y el futuro: la televisión. Esto por no ahondar en la importancia creciente que perfila la televisión para mediar conflictos relacionados con la administración de justicia o la activación de una contraloría social de avanzada, por ejemplo. No infrecuentemente se oye esta lindeza. “la economía es un tema tan importante que no conviene dejársela del todo a los economistas”. Análogamente, creo yo, deberíamos repartir la responsabilidad de quienes hacen gobierno en el intrincado recuadro de la televisión. Pero no es el caso. Las grandes decisiones, mutaciones, programaciones de la televisión no son un tema de la sociedad. Ha sido, es y parece que va a seguir siendo por mucho tiempo un tema de (y para) especialistas. Y, sobre todo, especialistas internacionales, para más tripa, las más de las veces. Una sola pregunta en este punto: ¿Puede ser esta una avenida televisual, cultural, socio-políticamente revolucionaria?

Hacer televisión revolucionaria así, me parece que no puede ser algo burbujeado del sombrero de una junta directiva de canal. Menos, de un recetario hervido de donde salen gran parte de los recetarios periodísticos: de la tradición del ejercicio del automatismo reporteril. Hacer, construir, innovar, parir una televisión revolucionaria supone, de entrada, sacar el tema de los lugares comunes y de la representación, para situarlo en situación de debate y en debate constante. De altercado creativo. De ágora participativa/ protagónica. Comenzando, desde luego, por el tinglado de sujetos que facturan día a día la experiencia de hacer televisión: periodistas y directores, sonidistas y actores, actrices y coordinadores, ejecutivos y maquilladores, anclas y guionistas, por mencionar sólo a algunos de ellos. Luego puede pensarse en incorporar a teóricos de la sociedad, de la educación, de la justicia y de los medios. Pero ya se habrá comenzado, que es lo importante. Lo clave. De allí el papel central de la reflexión en este punto al que creo hemos llegado en Venezuela. Debatir, profundizar y experimentar qué es y qué debería ser para nosotros la televisión y, en general, los medios, se me hace cosa clave. Sobre todo para el avance y movimiento dialéctico de nuestro proceso hacia una revolución permanente, una revolución de la creación de nuestra nueva imagen como colectivo nacional.

La televisión es pues, cada vez más, el foro en cuyas graderías se construye (o echa abajo) la viabilidad de un proyecto de país. Cualquiera que este fuere. Obviamente, la televisión no es el país, tal como lo creyeron o quisieron hacer creer algunos. La televisión es una pieza del espinoso rompecabezas nacional. Una pieza que ayuda a crear hegemonías pero que no es, no puede ser, la hegemonía en sí misma.

Tal como enunciamos fugazmente en la primera parte de este escrito, la televisión dominante hoy en el planeta es una televisión individualista-capitalista de horma nazi/fascista. Es una televisión de estrellas y personalidades más que de personas. Una televisión regida por juntas directivas, y gestionada por presidentes o vicepresidentes más que por equipos o mancomunidades de trabajo. Ayudar a suprimir este monopolio representa entonces uno de los primeros, más aun, claves desafíos. Hacer televisión de cuño revolucionario, primero que nada, reclama conocer —y seguir de muy cerca— las prácticas mediante las cuales el nacimiento y expansión del pensamiento y de la praxis nazi-fascista se hizo socialmente posible, devino justificable y alcanzó a ser digerible. Naturalmente, este debate nos lleva a discutir forzosamente qué es (o qué debe ser) el hombre. ¿Qué es (o debería ser) el televidente/ ciudadano? Y, en consecuencia, ¿qué es lo que se quiere hacer de él? ¿O con él? Porque una cosa es hacer televisión para (vender, o convencer, o hegemonizar); y otra muy distinta es hacer televisión para politizar, para que la sociedad desde su interior mismo se reinvente, se re-cree, se rehaga y se potencie a sí misma. Esto es, para catalizar en los sujetos la necesidad de una nueva praxis desde la cual repensar(se) y rehacer(se) para la libertad y para la emancipación permanente. Pensar lo no pensado, enseñar lo no aprendido, ser lo no sido hasta ahora, este es el desafío revolucionario a que nos llama Gramsci. El fin último así es dotar de sentido y de praxis constituyente un mundo de relaciones entre humanos que hasta ahora no existía ni como posibilidad. O lo que ya potencialmente existía pero no ha sido efectivamente catalizado para el cambio radical y definitivo en los planos individual y colectivo.

Desde hace años diversos estudios reportan que la televisión es apropiada por las mayorías como una opinión (de peso) de un miembro más de la familia. La TV es un familiar educado, informado y con sobrada capacidad para aleccionar y entretener a grandes y chicos. La televisión es pues, autoridad. Es familiaridad. Es intimidad con lo público y lo privado. Por eso, ver televisión es también verse a sí mismo. Como individualidad. Pero, sobre todo, como apertura a la socialidad. Vale decir, como mediación del colectivo. Hacer televisión es, por ello, en buena medida, representar y vislumbrar el hombre y la mujer, estética, argumental y socio-políticamente aceptables y apreciables. Así, muy a pesar de sus miserias, la televisión tiene el poder para rescatar trozos de pasado, modelar aspectos del presente y prefigurar imágenes de y para la hechura del futuro.

Pero la televisión es también una máquina desde la que se pueden fabricar visiones, relatos, apariencias, perspectivas de país. Y contingencias para forjar aquello por lo que se podrá trabajar y hasta dar la vida. Parece clave entonces orillar interrogaciones como éstas. ¿Qué tipo de hombre (y de televidente) es necesario para lidiar con una sociedad posmo cuyos humores fascistas/ mercantilistas cada día más marchan hacia un darwinismo social sin precedentes? Asistimos a un canibalismo social que principia justo en el punto en que alguien (individual o colectivo) se convence a sí mismo de que él (o ella) es efectivamente superior al otro, a eso que llamábamos mis anticuados compañeros de seminario “el prójimo”. La experiencia fascista lo demuestra.

Por esa ruta, más temprano que tarde se llega al convencimiento de que el otro es un ser dúctil, complaciente, manipulable, obediente. Y como resulta, llega un punto en que se concluye: el otro, el oprimido popular, el incauto televidente que compra Lavansàn porque la TV se lo mete por los ajos, es un ser intrínsecamente inferior, políticamente maleable, cerebralmente averiado. Fue esta y no otra la conclusión que durante años compartieron el CEN de AD y la junta directiva de Ars Publicidad: que el pueblo llano, el ingenuote Juan Binba de siempre cada cinco años va a darle a un hatajo de auto-nombrados “cirujanos mediático-políticos” el cheque aquél en nevado tono que rezaba: “permítanos pensar por usted”.

En el medio televisivo existe una conseja ampliamente propagada: “en televisión mientras más sencillo, mejor”. Es increíble lo hondo que ha calado este falso silogismo entre profesionales de la comunicación. Pocos se paran a pensar que la televisión no es, ha sido nunca y menos ahora, un juego de niños. La televisión como medio de comunicación y de alineación dominante es la correa de transmisión dominante de un conjunto de mensajes ataviados de proyectos y, naturalmente, de intereses dominantes. Hacer televisión y no preguntarse para quién se trabaja es así parecido a trabajar en la banca y no pasearse por la pregunta de a quién(es) se enriquece y para qué propósitos se lo(s) ceba.

Antonio Gramsci está de moda. Citémoslo entonces: Gramsci decía que los nuevos filósofos son quienes dirigen y operan para determinados fines los medios de comunicación.

Usar un medio no se reduce así (como interesadamente nos lo hicieron creer algunas ¿escuelas de periodismo? a empuñar un micrófono entre las manos mientras embelesadamente se agitaba la cabellera y se zarandeaba hollywoodianamente la más fresca sonrisa. Las preguntas del para qué y el cómo cada vez más conciernen así a todos quienes usamos, actuamos, o de algún modo participamos en algún medio.

Oír y, sobre todo, hacer radio; leer y, sobre todo hacer prensa, ver y, sobre todo, hacer televisión, dar y, sobre todo, pedir una opinión por Internet de una manera maquinal, irreflexiva, acrítica es así, por ende, asumir una posición política. Es hacer filosofía. Es hacer política. Es hacer sociedad.

O cuando menos, es hacer un tipo de filosofía. Apostar por un modo de política. Y, en definitiva, postular y apoyar un tipo determinado de sociedad. Para nosotros y, tal vez, para nuestros hijos.

Es tomar (y de qué manera) posición.

delgadoluiss@gmail.com


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Luis Delgado Arria


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