Fascismo, Neofascismo y Neotelevisión en Venezuela

Un conjunto de condiciones objetivas —socio-políticas, étnicas, económicas pero también científico-técnicas— se combinaron en Europa en las décadas del 30 y 40 del pasado siglo, viabilizando la aparición —y rápida expansión— del totalitarismo conservador de derechas, oficialmente conocido como nazismo-fascismo.

El fenómeno fascista consiguió caldo de cultivo en el surgimiento de un puñado de líderes carismáticos, de pensamiento y conducta fanático-xenófoba, que facilitaron la vertiginosa implantación de un sistema terrorista, soportado en un eficientísimo aparato de propaganda y movilización de masas, convenientemente aceitado en la maquinaria del “partido único”.

Se me hace sugestivo sondear sucintamente aquí cómo no pocas de estas notas distintivas de lo que fue un fenómeno básicamente europeo, ocurrido hace más de 60 años, haya venido a la sordina refigurándose —y tomando carta de ciudadanía ante nuestros propios ojos en Venezuela y buena parte de Latinoamérica— ahora primordialmente activado por grandes grupos trasnacionales en confabulación con sus respectivos socios locales.

Unos y otros, actores traducen imaginarios y praxis capitalistas, no fortuitamente soportados por los principales medios comerciales de comunicación, información y entretenimiento del país.

Revisemos, a grandes rasgos, algunos de los principales principios en que se soportó el fascismo histórico europeo, para ver luego cuán semejantemente han venido comportándose ciertos actores y sectores recalcitrantemente pro-capitalistas, en complicidad con los mal llamados “medios de comunicación privados” en Venezuela.

Como ya ha sido visto por un conjunto de pensadores políticos, tanto el fenómeno nazi alemán como el fascista italiano, en el plano ideológico se concretaron básicamente por:

1) Convertir al Estado-nación en una entidad esencialmente totalitaria. Esto es, en un Estado que centralizó y controló severamente todos los aspectos jurídicos, políticos, culturales y socioeconómicos.

2) No tolerar casi ninguna manifestación de oposición.

3) Conculcar o intentar conculcar sistemáticamente el Estado de derecho.

4) Instaurar un monopolio propagandístico.

5) Controlar y poner a su servicio (y al servicio de una industria armamentista de ansias terrófagas) la economía de una manera férrea.

6) Exaltar a un sujeto como el líder mesiánico del pueblo, en cuya figura el pueblo podía descargar sus ansiedades, proyectar sus temores y engañar a las masas, justificando y haciendo ver como ley natural las groseras diferencias socio-económicas.

7) Crear una iconografía engañosa, demonizada y ubicua de los enemigos.

8) Reforzar la figura de un líder como articulador de una comunidad, como coartada para el expansionismo y la eliminación de culturas diferentes (judíos, gitanos, polacos, soviéticos, etc.).

9) Atraer sectores del proletariado para mediatizarlos, corromperlos, depravarlos y, en definitiva, aniquilarlos.

10) Promover un estado de pánico sistemático, y un clima constante de guerra, violencia y terror apenas sus intereses entraban en riesgo de ser afectados.

Si a ver vamos, mutatis mutandis esto es lo que han venido haciendo las elites políticas en Venezuela, como amable servicio a las trasnacionales, en connivencia, por supuesto, con el aparato mediático-propagandístico alienador.

Esto puede condensarse, siguiendo punto por punto, la misma secuencia arriba señalada, en:

1) Postrar al Estado–nación, forzándolo a privatizar (desnacionalizar) las contadas industrias rentables, mientras se instaba a que el Estado auxiliara, favoreciera o subvencionara a importantes empresas (privadas) improductivas y se lo convenciera de sustentar la infraestructura de servicios clave para facilitar y perpetuar los dividendos del gran capital.

2) Educar a los cuerpos policiales y a las Fuerzas Armadas en la tesis cuya máxima educativa puede condensarse en la praxis “progresista” de “disparar primero y preguntar después” tal como aleccionaba un tal Rómulo Betancourt.

3) Copar a todos los poderes públicos del Estado con “cuadros medios” fáciles de dominar/ chantajear: sujetos ignorantes y pícaros, adeptos a dinero fácil, las bacanales y los negociados.

4) Renunciar la función distributiva, educativa y politizadora del Estado —y de la sociedad en su conjunto—, y sumirlo en la voracidad publicitaria, catalizadora del individualismo, la egolatría, el capitalismo trasnacional y el de sus mercenarios nacionales.

Así, mientras las cifras de pobreza en América latina conocían su record histórico durante las dos décadas de cabalgata del neoliberalismo, un cuajado grupo de mil millonarios latinoamericanos floreció en la región. Para 1987 los mil-millonarios en América Latina eran apenas 5. Pero para 1990 ya habían crecido a 8. A 20, en 1991, y a 41 para el año 2000. LaEl numero de mil-millonarios se multiplicó por ocho mientras la pobreza critica se desataba. Desde luego, sin excepción, todos estos mil-millonarios acuñaron su “bien habida” fortuna por el atajo de adquirir empresas públicas a precios de gallina flaca, y venderlas o revaluarlas poco después, a valores de mercado.

Y mientras se hinchaban las diferencias sociales entre los cientos de millones de empobrecidos y el distinguido aunque microscópico staff de mil millonarios, como bien lo señala Pablo González Casanova, este fue (y sigue en su mayoría siendo) el papel de buena parte de los intelectuales en la región:

“…los científicos sociales se enfrentan a mistificaciones colosales ante las que muestran una complacencia o complicidad que hace de ellos coautores del neoliberalismo y sus variadísimas formas de mentir, fantasear, falsificar la traducción por los intelectuales del más monstruoso proyecto histórico del capitalismo a un proyecto aceptable para las masas, con medidas que aquellos avalan y éstas no entienden en su contenido real sino largos años después, es un proceso que el verdadero sociólogo tiene que denunciar, desestructurar y someter a una teoría explícita capaz de construir alternativas con las mayorías y para ellas.”

5) Alinear las variables micro y macro-económicas del país a los intereses imperiales y los de sus dirigentes-empresarios de turno. Comenzando por endeudar al país con el FMI, el BM, el BID y, en general, con la gran banca trasnacional para subyugar luego la política económica nacional a los predicamentos neoliberales.

6) Tomando lección de los costos no calculados de los “desvíos” megalómanos del nazismo y el fascismo históricos, el gran capital mundial se planteó suplantar en latinoamérica el fervor hacia un líder nacionalista/mesiánico, por el apego —cuasi-devoción— hacia un nuevo sujeto neofascista-colectivo. Dicho nuevo actor fue afectuosamente bautizado como “fuerzas vivas” del país. Y tras su manto se montó el establo de los grandes intereses. Como era de esperar, tal frankenstein corporativo fue convenientemente respaldado en el plano simbólico por toda un enjambre de funcionarios del consenso e intelectuales. Sujetos todos apertrechados de cortesías, conducta palaciega y respuesta “comprensiva” frente a los dislates, imprudencias y despropósitos del gobierno de turno. El objetivo de fondo de este Neo-Hitler corporativo siguió siendo el mismo que durante el fascismo europeo: justificar y naturalizar la opresión, el estado sistemático de sitio, y la miseria generalizada, activando diferentes, pero muy eficaces mecanismos para culpabilizar a las víctimas de “su propia miseria”, enrostrándoles epítetos descalificatorios sobre su congénita sandez y barbarie.

7) La política fascista de representación de la iconografía facciosa y demonizada de los enemigos fascista fue simplemente reorientada. Los enemigos ya no serían sefarditas, gitanos, polacos o soviéticos, sino naturalmente, los “pobres”. O los defensores de pobres, esto es, los líderes populares y dirigentes de izquierda. De aquí mi tesis de que lo que se desencadenó contra estos sectores en América Latina primordialmente entre las décadas del 60 y el 80 no fue un simple desmadre del caudillismo conservador-militar latinoamericano decimonónico. Fue, por el contrario, una aclimatación capitalista del holocausto europeo, ahora instituido por el club neofascista-capitalista internacional en combinación con sus cofrades locales.

A la representación político-mediática de los sujetos y sectores populares empobrecidos como “peligrosos”, “flojos” y “tramposos” le fue por tanto adicionada la representación mediática de los sectores progresistas e izquierdistas. El resultado era de esperar: los activistas de los movimientos populares e izquierdistas fueron sistemáticamente acusados, perseguidos y acosados con el argumento de ser peligrosos agentes internacionales, “desestabilizadores del orden”, “aprendices de terroristas”, “malhechores comunes”, y hasta “comedores de niños”.

8) El líder articulador de la comunidad nazi fue, desde luego, sustituido por un aterciopelado eufemismo: la democracia representativa y, en varios casos, por una supuesta alternabilidad en el poder de dos facciones que periodo tras periodo negociaban el mismo guión de gobierno. Se pensó: Si los pueblos tenían la alternativa de elegir quinquenio tras quinquenio a sus propios centinelas y corruptores, ¿cómo iban salir a protestar luego las medidas antidemocráticas y socio-políticamente regresivas emprendidas por sus propios líderes republicanamente electos? Asimismo, la coartada del expansionismo geográfico fascista, fue sustituida por un expansionismo por etapas, del gran capital. Y la sistemática eliminación de culturas diferentes fascista (holocausto), por la paulatina pero tenaz eliminación de culturas no alineadas con el capitalismo (políticas hambreadoras del pueblo, impuestos regresivos, leyes inconstitucionales como la ley de vagos y maleantes, permisividad hacia la penetración de la industria de la droga en especial en los sectores populares, etc.) todas políticas que poco más, poco menos, proliferaron durante las dictaduras militares o dicta-blandas en el periodo.

9) Aunque no siempre todos los administradores de la política social en América Latina atrajeron a los sectores del proletariado ni consiguieron mediatizarlos del todo, hasta pervertirlos, corromperlos y, finalmente, destruirlos, hay que reconocer que el saldo final de la “política de ajustes” resulta desolador. Tal como lo señaló hace casi una década el investigador Alejandro Moreno Olmedo, el modelo minimalista y tecnocrático de programas sociales, como, por ejemplo, los de capacitación técnica para jóvenes excluidos de la educación básica, aplicado en Venezuela y en buena parte de América Latina, más allá de la buena voluntad de sus administradores locales, al parecer cumplió muy bien el cometido de hacer naufragar a los jóvenes en su proyecto de integración a la sociedad, trasladando la responsabilidad de dicho fracaso a su auto-valoración. Como lo vio Gramsci hace años, la segmentación de una educación para ricos, otra para clase media y una ultima dirigida a sectores populares no traduce otra cosa que la instauración de un proyecto político de clara diferenciación y fraccionamiento social conforme a criterios de “raza” o “clase social”.

El desenganche de la política social de la política económica y de la política-política, por así decirlo, operó en la región un vasto y eficacísimo efecto desmovilizador y de refuerzo de la “desesperanza aprendida”. Una política introyectada por unas elites con pretensiones y conductas “arias” trasnacionales y latinoamericanas sobre los extensos pero acorralados sectores populares. Se explica así por qué la política social de los 80 y 90 los bautizó como población “objetivo”, sectores “marginales”, “desocupados” o “excluidos”. La política de contención de los sectores populares buscó —y obtuvo las más de las veces— su objetivo marginalizador. El efecto numérico de esta política lo sintetiza el destacado doctor en ciencias sociales argentino Atilio Borón cuando cuantifica la suma de “caídos durante la política de ajustes de los periodos eufemísticamente apellidados por la CEPAL como par de décadas perdidas” para efectos del desarrollo. La cantidad de muertos de hambre, violencia o enfermedades prevenibles en Latinoamérica, según Borón, durante el periodo es equivalente al lanzamiento de tres bombas atómicas, similares a las lanzadas en 1945 por el Harry Truman en Nagasaki e Hiroshima.

10) Por último, para confirmar si hubo o no una política fascista de “promover un estado de pánico metódico, y un clima persistente de guerra, violencia y terror cuando los intereses del gran capital internacional y sus socios internos se ven en riesgo”, hoy día en Venezuela bastaría con encender el aparato de televisión, y sintonizar cualquiera de los noticieros o programas de opinión ahora devenidos “info-entertaiment” de casi cualquier operadora televisual privada, como Globovisión, Televén o RCTV.

Como era de esperar, ahora estos medios salen a vociferar luchas en pro de la “libertad de expresión” (una libertad de expresión muy interesante, desde luego, no ya de los ciudadanos sino de los grandes consorcios mediáticos trasnacionales). Pero rara vez reclamaron estos medios la imposición de “políticas” o “medidas de ajuste”, como eufemísticamente se denominaron las políticas de postración económica, social y cultural de lo por la época se estiló apodar en ciertas zonas acomodadas “la pobrecía”. Al menos que se sepa, ninguno de estos medios fustigó con el mismo fervor que lo hace ahora contra el gobierno de Chávez las sistemáticas políticas de exterminio empleadas por las dictaduras “cívico-militares” de varia ralea en América Latina por más de dos décadas.

Así, resulta cuando menos curioso, por no decir paradójico que buena parte de estas diez notas características del ideario fascista y neofascista (que constituyen precisamente la antítesis del ideario político bolivariano), formen ahora parte medular del repertorio ideológico-propagandístico con que la oposición local e internacional comúnmente embiste contra el denominado proceso bolivariano. La habilidosa operación de inversión de políticas que aplica el neoliberalismo hacia un modelo de gestión pública radicalmente diferente da una idea de la eficacia —parcial pero poderosa— de la claridad ideologizante de esta maquinaria económica, política y publicitaria de las derechas.


EFECTO POSTRAUMÁTICO Y REFIGURACIÓN DE UNA COMUNIDAD POLÍTICA VÍA TELEVISUAL

Puede así decirse sin caer en exageración que los pueblos de Latinoamérica han sido sometidos durante siglos a un estado de violencia sistemática que ha generado modalidades particulares de identidad, autoestima, voluntad de resistencia e intuición táctica para olfatear a tiempo las escasas coyunturas para la rebeldía y el alzamiento. Habría, sin embargo, que revisar y sopesar los efectos postraumáticos que sobre los venezolanos de a pie han impactado a los efectos de una refiguración política efectiva.

A propósito de un análisis sobre la situación psíquica de la población en tiempos posfranquistas, el académico español José Maria Ruiz Vargas sostiene que cuando la magnitud de la violencia ha desbordado la capacidad de los sujetos para luchar o escapar:

“…todo el sistema de autodefensa queda desmantelado, roto, fragmentado, sin control, y la persona (o sujeto colectivo) se siente invadida por el miedo, el horror y un sentimiento insoportable de indefensión. El sistema de autoprotección seguirá respondiendo, pero de forma desorganizada, a partir de ahora, con un funcionamiento dislocado y disfuncional de cada uno de sus componentes, y de un modo exagerado durante mucho tiempo después de que el peligro haya terminado”

Resulta evidente. Como pueblos tenemos marcada a fuego la experiencia de la colonización/ dominación. Sólo que, al día de hoy, esta opresión no tiene sello de corona española cuanto sabor a Hollywood. ¿Será por eso que resulta tan efectiva la cancioncita esa tenebrosa de Tiburón que entona el canal noticioso de televisión Globovisión cuando a cada tanto ensaya activar la sensación colectiva de pánico? La alusión es la de una sesión de pesca o caza. Y el sujeto popular lo ha internalizado: el atrapado, el cazado va a ser precisamente él. O ella. El medio alecciona así claramente a sus ciudadanos. Y queda claro cómo la televisión, la neo-televisión y, más recientemente, la pos-televisión hacen juego a la misma política de intimidación y vigilancia con que ya desde la conquista el imperio ibérico se armó para amedrentar a los oriundos revoltosos. Esto es, para que asimilaran las prácticas e instituciones comedidas y serviciales a sus respectivos centros imperiales.


NEOTELEVISION, PASATISMO Y NEOPOLITICA TELEVISUAL

La neo-televisión alternativa y, más aun, la TV con aspiraciones de ser catalizadora de revolución encara en Venezuela un conjunto de importantes desafíos difíciles aunque viables de encarar. Formulo, de entrada, estos cuatro:

1. Fruto de la vertiginosa evolución de la neo-televisión, la cultura como macrogénero legítimo de validez universal ha perdido casi toda relevancia. Una de las particularidades de la nueva dicción neo-televisiva es la hegemonía casi total del espectáculo soportado en la soberanía del raiting. Por ende, una televisión cuyo objetivo central sea politizar la escena pública —en lugar de puramente distraer/ entretener—, va a requerir de un formidable, firme y persistente esfuerzo en múltiples planos: el creativo, el directivo, el de planificación, el investigativo, el de producción y el de post-producción. Es claro, si bien la neotelevisión ha nacido —y es— una industria cuyos códigos estéticos y argumentales, estilos, prácticas y lugares comunes y han nacido al calor (y al servicio) de la plusvalía económica y simbólica, muy poco se ha trillado sobre la valencia y tesitura socio-económica, política y culturalmente revolucionaria de una nueva televisión puesta al servicio de esta otro modelo de sociedad. Aspectos y dimensiones tales como orientación editorial general, naturaleza de la programación según perfiles de audiencia, monitoreo de audiencia y estudio de las mutaciones perceptivas de la video-política y de los nuevos sub-géneros o variantes de reality show políticos con que busca captar audiencia la competencia, son fundamentales para hacer (para forjar) una televisión realmente progresista —y medianamente efectiva en el plano mediático. Ojalá me equivoque, pero las estadísticas de audiencia ya reflejan que de poco va a servir la no renovación de señales radioeléctricas asignadas a consorcios privados (para adjudicárselas a estaciones estatales) si no se acompaña dicha medida progresista con una coherente, seria y sistemática política de investigación sobre y para la calidad y eficacia de una televisión realmente revolucionaria. Esto es, politizadora, reveladora de posibilidades para el cambio, estética, agenciadora de nuevos valores y rescatadora de los valores ancestrales. Una televisión desacralizadora, educativa, activadora y contralora de la gestión publica, pero que, al mismo tiempo, compita en términos de capital visual y ritmo cinematográfico con las propuestas de la televisión privada/ alienante.


2. Un problema central lo introduce el fenómeno de proliferación creciente de antenas privadas (cada vez más económicas y con mayor alcance y definición), con una mayoría de canales privados que religiosamente llevan a los hogares un paquete cada vez más competitivo de información, opinión y entretenimiento, desde formatos argumentativos y visualmente sexy. Debemos preguntarnos cómo competir con estos monstruos desde las limitaciones gerenciales, funcionales y presupuestarias de las cadenas de televisión estatales. ¿Cómo pedirle a un televidente que sintonice un canal estatal cuyas noticias provienen de facsímiles tardíos pescados de las principales cadenas internacionales competidoras cuyas mismas fuentes pueden ser consultadas mediante un simple y sencillísimo movimiento de zapping? Medios internacionales compiten a muerte, vía investigación de mercados, por actualizar y “refrescar” los formatos industriales, ejes argumentativos y giros estéticos para encauzar la sociedad que les conviene a sus intereses. Al igual que en cualquier otro terreno con inversión en tecnologías de punta, no hay futuro posible sin investigación y desarrollo en las variables claves que hacen competitiva la actividad.

Para muestra un botón. Berlusconi, el potentado italiano, implantó hace años en Milán el canal Telemilano. Poco después, ya como efecto de esa experiencia, fundó el canal Telecinco, hoy día emblema de la privatización y símbolo inequívoco de la ascensión al poder del nuevo modelo de ciudadano exitoso: el yuppie. El reino de los spots publicitarios en todas las emisiones funda una TV comercial fuertemente dominada por el espectáculo adictivo o incluso, la misma información ahora espectacularizada.

Es un dato empírico: La dimensión intelectual de la TV comercial declina precipitadamente en favor de una codificación insípida, trivial y valorativamente retrógrada. Pero, no obstante su frivolidad, este tipo de televisión va deviniendo la televisión dominante, la moda dominante, el consumidor dominante, el ciudadano dominante. Y los nuevos códigos televisuales van paulatinamente cristalizándose como los signos inequívocos —e indiscutidos— de lo que es —y seguirá siempre siendo— calidad de televisión, calidad de espectáculo, calidad de representación. Por tanto, si las audiencias hoy se “alfabetizan” y, más aun, se “educan” en la lógica, ritmo, valores y estética de una televisión epiléptica, pildoresca y fiduciarisa del irrealiy show, la televisión alternativa va a tener entonces que luchar, ensayar e investigar mucho —y tal vez infructuosamente por años—para procurar desarraigar tal paradigma devenido dominante en los gustos y esquemas de comprensión del ciudadano-audiencia-masa. O, más grave aun, la televisión alternativa va a tener que plegarse, conformándose con producir grageas conjeturalmente “progresistas” de información y opinión, pero ineludiblemente aderezados de facundias acaso verbosas y anacrónicas almidonadas de mero entretenimiento.

Esta tendencia se cristaliza puesto que los ejecutivos de cuenta de los canales privados —o de los públicos alfabetizados en esos canales privados— arguyen que: “eso es lo que pide el público”. En efecto, la RAI italiana, de cara a los éxitos comerciales de la televisora de Berloscuni, aclimató su programación en cuanto a estilo y transmisiones de 24 horas seguidas de emisión. Justamente el modelo de neo-televisión que están remedando Globovisión y otros canales privados en Venezuela. Al igual que lo que plantea Foucault de la “medicina” que devino “clínica” como resultado de la aplicación reglada de una rutina fácil de enseñar y repetir, la televisión asimismo ha devenido “práctica ciega”. Conocimiento que no ve. Origen y síntoma a la vez de todas las ilusiones. Foucault habla de la “vida sorda de la clínica”. En nuestro caso habría que hablar de la práctica mecánica, irreflexiva, maquinal de la praxis televisiva. Un fenómeno que, por lo menos hasta ahora, se cumple tanto en la televisión privada como en la oficial venezolana. En uno y otro caso avasalla el imperativo de “confeccionar parrillas”, “dar tubazos”. Priva pocas veces, ciertamente, la aventura de “pensar la televisión”, “hacer televisión”. Gramsci pensaba que: “pensar no es pensar lo pensado. Pensar es pensar lo que hasta ahora no ha sido pensado”. Llevándolo al ámbito de la televisión, hacerla seria desmontarla, diseccionarla, innovarla. Hacer de la industria de la televisión la experiencias de la televisión ciudadana, formativa, descralizadora. En una palabra, crítica. Pero, a diferencia de esto tenemos hoy, asistimos a una praxis televisiva orgullosa de su ceguera, presuntuosa de su sordera. Una televisión que se ufana de seguir haciendo lo que siempre. Lo cual no sería de suyo malo. Por supuesto, si ello fuera el resultado de una mínima aventura investigación-acción.


3. La nueva televisión comercial (y un segmento de la estatal) entonces están apostando por magnetizar la atención y ganar la fidelidad del televidente mediante una apuesta cada vez más atrevida en favor de una representación de cuño circense. Esto es, una televisión cuyo objetivo vertebral es el disfrute. Véase bien: el goce, no la información, no la verdad, no la realidad. Y un universo televisivo cardinalmente escapista, diletante y superficial es, lamentablemente, algo muy distinto de la televisión que seguramente queremos. De la experiencia televisual que necesitamos. Muy a pesar de todos los (denodados y, de seguro, bien intencionados) esfuerzos, lo que tenemos como pantalla estatal dista mucho de llegar a ser una televisión alternativa, una televisión liberadora, una televisión catalizadora de procesos de cambio político, social y personal de los sujetos. Asistimos, presenciamos y cuando más detectamos —pero no justipreciamos— las fuertes mutaciones que introducen la aparición del telecomando, el video-grabador, el videocam, el home video, el mejoramiento de la definición del color y, en parte, los nuevos medios todavía en fase de desarrollo como el satélite, la TV interactiva y el ordenador aplicado a la TV. Las tecnologías de punta televisuales además generan contenidos, formas de ver, de jugar —y además, de socializar. La inercia de una televisión estatal hasta ahora bastante (aunque interesantemente) ligada a la experiencia de la producción y recepción de la radio, mientras tanto sigue dictando la pauta.


4. Muchos de los dispositivos antes referidos están favoreciendo no sólo en Venezuela sino en el mundo entero la rápida americanización del consumo para la mente que construye la caja boba que denominamos televisión. ¿Quién mide las secuelas de esto en términos de pérdida o quebranto de la identidad, especialmente entre nuestras nuevas generaciones? Desde los años 80, asistimos a una fuerte homologación del lenguaje televisivo y a la preeminencia del macrogénero del espectáculo, hasta el extremo de devenir en una progresiva espectacularización de la información, la opinión e, incluso, la política y la cultura. Cabe entonces preguntarse ¿qué valores sociales, éticos y políticos impactan sobre los encéfalos de nuestros niños y niñas, figuras iconizadas como Britney Spears, Hanna Montana o la neo-rubia Shakira ahora gestual, idiomática, artefactual y mercadotécnicamente norteamericanizada? Puedo apostar a que la usa-americanización de la máxima figura pop latinoamericana del momento no es simplemente producto del puro azar.


POLÍTICAS TELEVISUALES Y TELEVISUALIDAD DE LA POLÍTICA

Estudiar la televisión, ver la televisión, escudriñar la televisión como la tribuna desde la que se visibilizan —y hegemonizan o no— gran parte de los duelos políticos y ciudadanos nos pone en alerta no sólo sobre los fenómenos, las tendencias en ciernes y casos inéditos (y merecedores de investigación) tales como lo son Aló Presidente, Alò Ciudadano o La Hojilla, en Venezuela, por citar sólo tres de los más ostensibles. Como diría Ignacio Ramonet, también nos contacta con la dimensión oscurantista de la visibilidad en tanto que casi que único mecanismo para dotar de discernimiento —y régimen de verdad— a una realidad dada; y a la simbolización hertziana de esta.

Pero una cosa es forjar una televisión puramente replicadora de un evento o discurso social, o una televisión novedosa o alternativa —en términos de formas o contenidos—, y otra cosa muy distinta es hacer una TV progresista / revolucionaria. ¿Dónde termina la una y comienza la otra? Esta no es, en lo absoluto, una cuestión fácil. Pero conviene comenzar a hacérsela, a hacérnosla. No hay respuestas sin preguntas. Lo que equivale a decir que hay que convocar a una batería permanente de debates, de discusiones, de diálogos sobre el tema. La sociedad de los ministerios, el episcopado y los sindicatos, han discutido larga, pausada y persistentemente sobre este asunto: la educación. Pero poco o casi nada se ventila el verdadero hegemon educativo, informativo y comunicacional del presente y el futuro: la televisión. Esto por no ahondar en la importancia creciente que perfila la televisión para mediar conflictos relacionados con la administración de justicia o la activación de una contraloría social de avanzada, por ejemplo. No infrecuentemente se oye esta lindeza. “la economía es un tema tan importante que no conviene dejársela del todo a los economistas”. Análogamente, creo yo, deberíamos repartir la responsabilidad de quienes hacen gobierno en el intrincado recuadro de la televisión. Pero no es el caso. Las grandes decisiones, mutaciones, programaciones de la televisión no son un tema de la sociedad. Ha sido, es y parece que va a seguir siendo por mucho tiempo un tema de (y para) especialistas. Y, sobre todo, especialistas internacionales, para más tripa, las más de las veces. Una sola pregunta en este punto: ¿Puede ser esta una avenida televisual, cultural, socio-políticamente revolucionaria?

Hacer televisión revolucionaria así, me parece que no puede ser algo burbujeado del sombrero de una junta directiva de canal. Menos, de un recetario burbujeado de donde salen gran parte de los recetarios periodísticos: de la tradición del ejercicio del automatismo reporteril. Hacer, construir, innovar, parir una televisión revolucionaria supone, de entrada, sacar el tema de los lugares comunes y de la representación, para situarlo en situación de debate. De altercado creativo. De ágora participativa/ protagónica. Comenzando, desde luego, por el tinglado de sujetos que facturan día a día la experiencia de hacer televisión: periodistas y directores, sonidistas y actores, actrices y coordinadores, ejecutivos y maquilladores, anclas y guionistas, por mencionar sólo a algunos. Luego puede pensarse en incorporar a críticos y teóricos de la sociedad, de la educación, de la justicia y de los medios. Pe

ro ya se habrá comenzado, que es lo importante. Lo clave. De allí el papel central de la reflexión en este punto al que creo hemos llegado en Venezuela. Debatir, profundizar y experimentar qué es y qué debería ser para nosotros la televisión y en general, los medios, se me hace cosa clave. Sobre todo para el avance y movimiento dialéctico de nuestro proceso hacia una revolución permanente, una revolución de la creación de nuestra nueva imagen como colectivo nacional.

La televisión es pues, cada vez más, el foro en cuyas graderías se construye (o echa abajo) la viabilidad de un proyecto de país. Cualquiera que este fuere. Obviamente, la televisión no es el país, tal como lo creyeron o quisieron hacer creer algunos. La televisión es una pieza del peliagudo rompecabezas nacional.

Pero, tal como formulamos fugazmente en la primera parte de este escrito, la televisión dominante hoy en el planeta es una televisión individualista-capitalista de horma nazi/fascista. Es una televisión de estrellas y personalidades más que de personas. Una televisión de juntas directivas, de presidentes o vicepresidentes más que de equipos o mancomunidades de trabajo. Por eso mismo hacer televisión de cuño revolucionario, primero que nada, exige conocer —y seguir de muy cerca— las prácticas mediante las cuales el nacimiento y expansión del pensamiento y de la praxis nazi-fascista se hizo posible y socialmente justificable y digerible. Naturalmente, este debate nos lleva a discutir forzosamente qué es (o qué debe ser) el hombre. ¿Qué es (o debería ser) el televidente/ ciudadano? Y, en consecuencia, ¿qué es lo que se quiere hacer de él? ¿O con él? Porque un cosa es hacer televisión para (vender, o convencer, o hegemonizar); y otra muy distinta es hacer televisión para politizar, para que la sociedad se rehaga, se reinvente, se re-cree a sí misma. Esto es, para permitirle pensar, hacer y difundir lo no pensado ni difundido hasta ahora. Y para dotar de sentido y de praxis aquello que hasta ahora no existía ni como posibilidad. O lo que ya existía pero no ha sido entrevisto, visibilizado como catalizador de y para el cambio.

Desde hace años diversos estudios reportan que la televisión es apropiada por las mayorías como una opinión (de peso) de un miembro más de la familia. La TV es un familiar educado, informado y con sobrada capacidad para entretener a grandes y chicos. La televisión es pues, autoridad. Es familiaridad. Es intimidad con lo público y lo privado. Por eso, ver televisión es también verse a sí mismo. Como individualidad. Pero, sobre todo, como apertura a la socialidad. Vale decir, como mediación del colectivo. Hacer televisión es, por ello, en buena medida, representar y vislumbrar el hombre y la mujer, estética, argumental y socio-políticamente aceptables y apreciables. Muy a pesar de sus miserias, la televisión tiene el poder para rescatar trozos de pasado, modelar aspectos del presente y prefigurar imágenes de y para la hechura del futuro.

Pero la televisión es también una máquina desde la que se pueden fabricar visiones, relatos, apariencias, perspectivas de país. Y contingencias para forjar aquello por lo que se podrá trabajar y hasta dar la vida. Parece clave entonces orillar interrogaciones como éstas. ¿Qué tipo de hombre (y de televidente) es necesario para lidiar con una sociedad posmo cuyos humores fascistas/ mercantilistas cada día más marchan hacia un darwinismo social sin precedentes? Asistimos a un canibalismo social que principia justo en el punto en que alguien (individual o colectivo) se convence a sí mismo de que él (o ella) es efectivamente superior al otro, a eso que llamábamos mis anticuados compañeros de seminario “el prójimo”. La experiencia fascista lo demuestra. Por esa ruta, más temprano que tarde se llega al convencimiento de que el otro es un ser dúctil, manipulable y obediente. Y como resulta, llega un punto en que se concluye: el otro, el oprimido popular, el televidente que compra Lavansàn porque la TV se lo mete por los ajos, es un ser intrínsecamente inferior, políticamente maleable, cerebralmente averiado. Fue esta y no otra la conclusión que durante años compartieron el CEN de AD y la junta directiva de Ars Publicidad: que el pueblo llano, el juanbinba cada cinco años va a darle a un hatajo de auto-nombrados “cirujanos mediático-políticos” el cheque aquél en nevado tono, además endosado con la indicación: “les permitimos pensar por nosotros.”

Allí radica el peligro: en creer que no se puede reproducir la misma historia. Que el pueblo ese llano que metódicamente sintoniza la telenovela cursilona de las 9, que cada fin de semana sella su cuadrito de 5 y 6 mientras ruega suertes a santa Rita, y que religiosamente importa el lavansàn cada fin de semana, no se va a percatar un día cualquiera de estos, de las agilidades éticas, las alevosías publicitarias, las comisarías publicitarias y los espontáneos y resueltos saltos de talanquera de clase de “compañeros” y “compañeras” demasiado ostentosos como para alcanzar envolverlos rapiditico con una camisola carmesí.

Precisamente por eso --y no sólo a mí-- me parece cardinal enseriarnos un poco. Y emplazar a hacer, a protagonizar, a ensayar una experiencia de reflexión y de hechura televisiva penetrantemente participativa, protagónica y, sobre todo, ética. No deberíamos caer nuevamente en la hipótesis de que se puede invitar a hacer una experiencia política efectivamente revolucionaria sin el concurso de una praxis ético-televisual colectiva, decorosa e ideológicamente posicionada. No vaya a ser que algún día vaya a salir algún colegio electoral un día de estos tarareando aquella casi ilustre ronda:

“si te vas, si te vas, si te marchas
mi cielo se hará gris

si te vas, si te vas, ya no tienes
que venir por mi

si te vas, si te vas, y me cambias
por esa bruja, pedazo de cuero

no vuelvas nunca más
que no estaré aquí”


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Luis Delgado Arria


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