Televisión venezolana, enfermeras bonitas y concesiones a lo Mc Donalds

Vivimos en la era de la televisión. Una sola toma de una enfermera bonita ayudando a un anciano a
salir de una sala dice más que todas las estadísticas sanitarias.

Margaret Thatcher

Ex-primer ministro británica

 


TELEVISIÓN Y LUCHA DE CLASES

Ver televisión hoy en Venezuela y, por extensión en América Latina, es comprobar de inmediato que la televisión dominante es esencialmente la televisión de las clases dominantes.

Ya lo vieron Marx y Engels en La ideología alemana: las ideas de la clase dominante son en toda época las ideas dominantes. Porque así como la clase dominante posee los instrumentos de producción material, posee también los de producción intelectual: academias, editoriales, escuelas. En su impetuoso afán hacia la concentración absoluta, el capital no sólo absorbe medios de producción industrial, comercial, financiera: acumula asimismo aparatos económicos, políticos, ideológicos hasta sujetar todas las expresiones de civilizaciones heterogéneas a un solo monopolio que blande la verdad. Por ello en Venezuela, como en cualquier otra parte del planeta neo-mercantilizado, el gran capital acapara la gran mayoría de los medios de comunicación.

Pero, si bien está medianamente clara la relación entre superestructura simbólica-cultural agenciada (por y desde) la televisión comercial y el esquema de dominación y subyugación de grandes conglomerados sometidos por décadas a la inopia y el sub-desarrollo, no parece estar muy claro que las conclusiones espumadas por Marx en el siglo XIX sean hoy aplicables para nuestro contexto concreto, y menos en el recuadro más lisamente simbólico-televisivo.

¿Qué es, qué cara tiene, a qué refiere, y cómo se distingue (y combate) hoy día, en Venezuela, en Latinoamérica y el Caribe una clase dominante, mayoritariamente con el dominio de los principales medios de comunicación, información y producción de contenidos de “ficción”?

En 1852 Marx escribía en carta a J. Weydemeyer: "Lo que yo he aportado de nuevo (en lo que respecta a clases sociales) ha sido demostrar: 1] que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción; 2] que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3] que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases" (Marx, Obras escogidas, II, p. 456).

Si cruzamos entonces la variable de la mutación de la industria simbólico-televisual comercial de nuestros días (compactada hoy en el desafiante del fenómeno de la multimedia) con variables tales como 1) la fase histórica de la producción por la que atravesamos, 2) la orientación (o no) hacia una dictadura del proletariado; 3) y la imaginable dirección hacia una abolición (o no) de todas las clases; si hacemos un ejercicio sencillo de cruce de estas variables, resulta claro que si una función cumple la televisión hoy en nuestros contexto este es precisamente la de escamotear en la tele-culebra de las nueve de la noche o el noticiero de las 11, la ilusión de que pudiera ser posible cambiar la injusta lógica reinante de una sociedad cada día más campechanamente seducida por los signos de pertenencia y adscripción innatos a las clases dominantes.

Pero si bien Marx creo que no logra sospechar los impresionantes poderes de expansión de una falsa conciencia (vía hertziana), en su conocido libro La ideología alemana, Marx sí ve claro que:

1) "Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres son reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias”.

Por eso mismo:

2) “La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en la cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico”.

Y en consecuencia, concluye que:

3) “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como del individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia."

Así, Marx y Engels concluyen e incluyen en la redacción del Manifiesto del Partido Comunista ya en 1847, que el tránsito de una sociedad hacia otra no clausura necesariamente las rémoras que caracterizaron a una época precedente cuando afirman que: “La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase”.

Ver televisión, así, como cualquier práctica que ejerce el hombre en una sociedad dada, es, además, una practica histórica, soportada en una forma particular, única de situarse este en el mundo. Ver televisión, leer televisión, disfrutar televisión, analizar televisión son procesos que se operan desde un conjunto de condicionamientos y variables culturales que hacen de esta simple acción una praxis simultáneamente socio-económica, cultural, histórica y, en última instancia, una praxis decididamente política.

ARQUEO-TELEVISIÓN Y CAVERNA PLATÓNICA

Pero la tendencia notoriamente clasista, racista, patriarcal, banal y neo-colonial que cruza nuestra programación televisiva de hoy día no sólo podemos verla en los programas fictivos erróneamente tildados de “dramáticos”. Esta misma propensión se hace incluso más evidente una vez rastreamos un poco el envoltorio de formatos y contenidos de noticiarios y programas de entrevistas de corte más propiamente político.

Así, los noticiarios y entrevistas “a personalidades” hechos (en Venezuela y en buena parte de Latinoamérica) a cargo de sociedades mercantiles no rara vez familiares, común es que se brinden a encubrir su verdadero ideal de ciudadanía, de sociedad civil, de país y de proyecto continental. Todo ello tras una ofensiva municionada en el costal de la ramplonería conceptual y ética. Y melindrosamente ataviada de eufemismos estéticos, aliños de chicas y galanes, operados más a la medida de sus intereses comerciales que de sus ideales solamente estéticos.

Así las cosas, desastres cotidianos de corte carcelario, comunitario, económico o ecológico (diligentemente planificados, impulsados y manipulados por el sistema neoliberal) son congruente y sistemáticamente exhibidos noche a noche como evidencia de la ineptitud de la clase política de turno, tenazmente presentada como indolente, prehistórica, iletrada, petulante y haragana.

Desde luego que el sobredicho salvajismo es referido sólo cuando quien maneja las naciones no es un Berlusconi latinoamericano, non plus ultra de las principales cadenas mediáticas de cada país.

De bulto queda así historiar la afición de nuestra “industria televisiva” en su devoción por las técnicas de terrorismo mediático (como las que hemos resistido durante periodos de complot político no hace mucho vividos en Venezuela).

Los síntomas de una programación reincidentemente manipulada, presente en la mayoría de los canales comerciales, no son así ni los únicos ni los más característicos agentes que los poderes del capital ponen en previsión de cualquier asomo o barrunto revolucionario, del cuño que fuere.

ANTROPOLOGÍA TELEVISUAL O EL NOVÍSIMO LEGADO DE LEVI STRAUSS

Pero la manipulación televisual no se instala solo en el espacio más evidente de la programación. Así, no pocos de los segmentos explícitamente mercadeados como “no políticos” o “ideológicos”, como es el caso de los presuntamente “juveniles”, “educativos” y/o “científicos”, (como los dedicados al estudio biologicista de la naturaleza o los consagrados a la historia de las antiguas civilizaciones precolombinas), aparecen hoy tozuda y notoriamente traspasados por el ideologema de la superioridad implícita de la cultura dominante.

Según este ideologema son justamente las culturas (norteamericana o europea) las cultural y científicamente capaces de re-descubrir (para nosotros los latinoamericanos) los secretos más recónditos de nuestras culturas ancestrales, y la importancia de conservar nuestra fauna, flora, historia, costumbres y tradiciones.

De tanto ver programas como estos, ya comienza a hacérsenos casi natural y entretenido observar por televisión a un puñado de pseudos-científicos norteamericanos (y/o europeos), literalmente facilitándonos lecciones a los naturales (aborígenes del presente) sobre los ardides técnicos con que nuestros antepasados (primordialmente incas, aztecas o mayas) lograron erigir sus moradas, templos, monumentos y caminos.

Esta neo-antropología televisada nos aclara cómo, lo que para nosotros los suramericanos han constituido atolladeros y misterios milenarios, para un diminuto puñado de supuestos científicos, cientistas sociales y productores de televisión extranjeros formados en los centros hegemónicos de poder no representan sino meros crucigramas, aficiones o entretenimientos relativamente sencillos de responder.

Resulta al menos chocante que sean precisamente estas mismas culturas (norteamericana y europea) que en forma metódica han asolado más del 80% de sus bosques, ríos, lagos, llanuras; y en el caso de la sociedad estadounidense, que han desmantelado adrede sus previamente sitiadas reservaciones indígenas, sobrevivientes a la conquista del Lejano Oeste, las mismas que aparezcan ahora orondas y campantes en nuestros canales privados de televisión, inquiriendo surtirnos de didácticas prédicas científicas, antropológicas, morales y ecologistas.

La plusvalía ideológica, como diría Ludovico Silva, que edifica esta operación lógico-televisual no es otra que la de la enfatizar la importancia impagable de seguir contando con la “ayuda civilizada” de los países desarrollados, mercadeándonos así la eficacia y utilidad de perpetuar nuestra postración y dependencia al tótem de la ciencia europeo-usamericana.

De representaciones televisuales como éstas, el tele-espectador promedio termina desde luego certificando que son justamente estas presuntas “culturas superiores” las que tienen en su mano el apresto, la sensibilidad cultural y el discernimiento científico para ayudarnos a nosotros (los primitivos latino-americanos, africanos y asiáticos) a salir de nuestro largo, doloroso e injustificable atraso histórico, hijo de nuestra sospechosa afición por la flojera, la dejadez y la barbarie.

El objetivo, desde luego, que subyace a este tipo de representación busca empotrarnos bien duro (y de una vez por todas) en nuestros duros cerebelos un vestigio de culpa y minusvalía por el despilfarro consuetudinario e irresponsable de nuestros propios recursos. Y administrarnos así el menosprecio de nuestros recursos humanos y naturales, dejándonos muy en claro la moraleja de nuestra inferioridad tecno-científica (y política) para solventar por propia mano nuestras propias situaciones y calamidades.

Basta a la sazón encender la televisión abierta en horario infantil, juvenil y de todo público para constatar que buena parte de los enlatados de la televisión “educativa” y/o “cultural” concebida y facturada en los países desarrollados más que una televisión que versa sobre América Latina, es una televisión premeditadamente facturada por los centros más industrializados para representar displicente y despreciativamente a América Latina y al resto del mundo proletarizado.

Luego, más que una televisión de ellos, sobre nosotros, es una televisión de ellos para ellos. Una TV para satisfacer su interés de ratificarse como centros del mundo mientras nos comunican a nosotros el lugar de encadenados, de dependientes, de subordinados a su modelo (único) de vida, erudición, ciencia y progreso.

MACDONALIZACIÓN DE CEREBROS, IMAGINARIOS Y CULTURAS

El Mac Donalds televisivo hecho enlatado gráfico-conceptual no postula así lisamente una oferta desprendida y filantrópica, como se dice, graciosamente servida para nuestro sano entretenimiento, solaz e impulso cultural. Al contrario, es una televisión de ellos para vender, celebrar, (y eternizar sobre nosotros) su hegemonía y por tanto, la vigencia imperturbable de su cultura, su aparataje tecnológico-simbólico y su modelo civilizatorio.

La conclusión obvia es que para seguir contando con el apoyo europeo-norteamericano para el desarrollo es provechoso (por no decir imperioso para todos) seguir jugando su juego, (y por consiguiente, apostando a sus intereses), que por retruque patriarcal también terminaría siendo concomitante con los nuestros.

La Ford Motors acuñó (e impuesto con relativo éxito en EEUU) hace años el falso silogismo de que: “Lo que es bueno para la Ford , es también bueno para los Estados Unidos”. Glosando esta falacia lógica, la representación televisiva producida por EEUU y en menor grado por Europa, parece buscar remachar este razonamiento para Latinoamérica y el tercer mundo: “Lo que es bueno para los intereses de EEUU (y de Europa) es consonantemente bueno para Latinoamérica y para el resto de los países del hemisferio”.

Este tipo de operaciones ideológicas contribuye a explicarnos porqué persiste la estupenda imagen de EEUU y, en general, del capitalismo criminal incluso entre vastos sectores poblacionales precisamente víctimas de las mismas políticas discriminatorias y regresivas adornadas de supuesta filantropía.

Desde luego, la ideología tiene terreno fértil en una estructura de clases en las que no sólo persiste la falsa conciencia de clase impulsados por los desclasados de siempre. Marx sostenía, además, que durante los acontecimientos históricos que condujeron al golpe de Luis Bonaparte en 1851, el proletariado y la burguesía actuaron de manera productiva y progresista, mientras que el lumpen-proletariado se había evidenciado improductivo y retrógrado. De acuerdo con Marx, el lumpen-proletariado no percibía ningún beneficio en participar en la revolución, y hasta tendría motivos para preservar la estructura de clases ya que los miembros del lumpen-proletariado dependían directa o indirectamente de la burguesía y de la aristocracia para su supervivencia.

Es posible (y conveniente) identificar así una casta no sólo de neo-burgueses que se atribuyen la defensa de los medios mal llamados de comunicación en la mayoría de nuestros países. Cabe también distinguir una franja de lumpen-proletarios pertenecientes a las clases baja, media-baja y media-media para quienes, básicamente (por razones comerciales y/o de empleo), conviene apadrinar el estatus quo de la estructura oligopólica de la industria televisiva así como el injusto repartimiento radioeléctrica imperante.

Así las cosas, salvo contadas excepciones, este es el tipo de representación televisual que hoy por hoy tenemos:

  • Una televisión que reúne en el consumo mientras fractura en la solidaridad y la praxis revolucionaria.
  • Una televisión que ameniza shows tipo circense, al tiempo que invisibiliza (y por tanto disipa) movilizaciones colectivas en defensa de luchas anticoloniales, de liberación, y por reivindicaciones y derechos.
  • Una televisión que adrede entremezcla (y confunde) lo estratégico con lo banal, y lo nacional con lo universal exotizante.
  • Una televisión que deliberadamente envilece y disipa la historia nacional y regional en una sucesión epiléptica de escenas aisladas, intrascendentes e inconexas.
  • Una televisión adictiva.
  • Una televisión racista y machista.
  • Una televisión neo-colonialista.
  • Una televisión que se regodea en la minusvalía de individuos y de colectivos (principalmente del tercer mundo) al tiempo que ejemplifica y celebra la implícita superioridad intelectiva, tecno-científica y, últimamente, hasta para-psicológica europeo-norteamericana.
  • Una televisión ramplona, chabacana, insípida, frívola, calculadamente facturada para desarraigar todo asomo vernáculo y por tanto, subversivo de pensar y actuar a favor de proyectos de participación, nacionalismo y liberación.
  • Una televisión superabundantemente anecdótica, hija de un mundo naturalmente injusto, indescifrable, individualista, y en lo absoluto atenta a las soluciones estructurales de los grandes problemas contemporáneos de las mayorías.
  • Una televisión ideológicamente postmo, es decir, valorativamente desesperanzada, raquítica de ideas y vacía de salidas al desaire hiper-capitalista.
  • Una televisión que ubica la importancia de nuestros países (y de nuestro continente) en el pasado remoto y perdido, facilitando imponer de nuevo la rancia idea de la imposibilidad de que hoy estemos en capacidad de concebir (y poner en práctica) soluciones socio-económicas, políticas y geopolíticas propias. Se proyecta remachar con ello nuestra “endémica minoría de edad” enfatizando la necesidad de un nuevo protectorado (cultural, tecnológico, político y económico), de nuestros países hacia aquellos países predestinadamente “desarrollados”.
  • Una televisión que nos bombardea una y otra vez (y desde distintos formatos) mensajes sobre cómo los sujetos (blancos, norteamericanos o europeos, o los suramericanos culturalmente blanqueados hasta devenir idénticos a los norteamericanos o europeos), cómo este sujeto blanco sabe y maneja con soltura eso que el indio, negro o mestizo ignora, o constitutivamente en la vida alcanzará a conocer.
  • Una televisión que postula la utilidad de desarrollar una ética profesional flexible, dúctil y contemporizadora con los poderes del gran capital. Todo a cambio de ser más visible que célebre. Al precio que sea. Aunque lograrlo exija hincarse a diario ante los ejecutivos y demás regentes del canal. Trepar es cuestión de contemporizar con los amigos, familiares y apadrinados de los empresarios, los amos, los propietarios (con todas sus letras) del canal.

CON LO MÍO, MÍO, MÍO, CON LO MÍO NO SE META…

Esta balada agreste que popularizó la recia cantante llanera venezolana Cristina Maica bien pudiera ser el leit motiv de cierta clase muy adicta a solicitar y granjear concesiones de gobiernos sépticos y pusilánimes cuando no se le renueva lo que ellos ya asumen como derecho natural. Si Betancourt, Pérez, Ciliberto o Lusinchi se la dio (la concesión televisiva gratuita por 30 años), que el que arre se la bendiga para siempre, parece ser su designio natural.

Por eso, cuando un señorón de estos le asesta la mano a una aquiescencia televisiva, el sólo apelativo de “televisión de servicio público” le mueve más al carcajeo que a la sorpresa.

Pero es que un canal de televisión comercial no es un negocio cualquiera. Es un espejo en el que suelen (y según ellos mismos deben) mirarse el resto de los consorcios mercantiles. Desde el gran consorcio bursátil hasta el más bizantino estudio de diseño gráfico. Ser impuesto así de la orden de “talento joven” suele terminar con una tarea de favores, venias y absoluciones a los amigos, familiares, conocidos y apadrinados de los neo-rancheros y los mayordomos de estos medios.

Confrontamos una televisión-herramienta de lo que el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Martín Van Creveld distinguió en 1991 como Guerra de Cuarta Generación. Esto es una transformación de la guerra en términos radicalmente distintos a los que había manejado la teoría de Clausewitz. Van Creveld predijo que en un futuro cercano las bases militares serían suplantadas por escondites y depósitos, y que el control de la gente se desplazaría hacia los medios capaces de infundir angustia y terror mediante avanzadas de propaganda.

En dos platos, gran parte (y a veces la mayoría) de lo que nuestra televisión latinoamericana cotidiana e interesadamente nos predica no es sino esta sencilla lección: cómo subestimarnos, y negarnos, mientras, por otro lado, nos enseña a admirar y a afirmar culturas, sistemas jurídico-políticos y socio-económicos ajenos, racistas, patriarcales, y neo-coloniales. Además de contemplar el rédito de operaciones mediático-psicológicas calculadamente emplazadas para aprovechar social, política y militarmente el ambiente terrorista que el mismo sistema de diversas formas patrocina.

La televisión es el medio ideal para inculcarnos no sólo que deberíamos ser fieles amantes “american way of life”. No. Lo que nos vende es que deberíamos defender con nuestra vida si es preciso) ese sueño, ese ideal, esa arcadia de bienestar que EEUU y/o Europa construyeron con constancia, trabajo y lealtad a su patria. Nada se dice del latrocinio histórico con que se erigió ese “estado de bienestar” a costa de latinoamericanos, africanos y asiáticos.

La televisión es así el medio perfecto para activar una “Ofensiva Psicológica” de gran escala (o Guerra Sin Fusiles). Esto es, el uso proyectado de la propaganda y de la acción psicológica para inducir conductas y alcanzar objetivos de control social, político o militar, sin requerir el cruento uso de la armas. Por eso resulta tan capital hoy día para el Imperio defender a sus socios locales, usufructuarios de concesiones gratuitas (pero intocables) de radio y/o televisión.

Pero como en toda guerra que se respete, su fin último no es otro que controlar, asimilar o en última instancia, aniquilar al enemigo. Día a día, durante 24 horas, un ejército invisible se mueve, apuntando a la cabeza de radiodifusores y televidentes: no manipula tanques, cazas ni sumergibles. Usa información. Información desmenuzada, direccionada y manipulada, discursiva, por medio de imágenes, metáforas y titulares.


Cualquier coincidencia con la conducta soliviantadora e impúdica de muchos medios comerciales en Venezuela en medio de los hechos del paro petrolero en Venezuela o la deposición y secuestro del presidente Chávez, son mera coincidencia. Desde luego, los nuevos soldados de esta nueva modalidad de combate no se tuvieron que desplazar en tanques por las calles. Tan sólo manoseaban, fregaban, jorungaban la visibilidad noticiosa desde las butacas de cuero de las señoriales plantas privadas de televisión.

SECUELAS DE ESTE TSUNAMI REPRESENTACIONAL

Es sabido: la representación es el proceso mediante el cual la vida se hace historia. Mueve por ello a preocupación que los discursos y paradigmas que estamos hoy internalizando los latinoamericanos sobre el mundo y sobre nosotros mismos, principal pero no únicamente vía televisión, sea el de una historia en la que aparecemos tecnológica, científica y simbólicamente derrotados.

Prácticamente todos los proyectos de re-pensamiento de una neo-televisión se encuentran por ello alineados con las retóricas y la rearticulación de los intereses del capital. Es por esto clave el éxito, lo cual llama al re-pensamiento constante, de proyectos nacionales, regionales o globales de televisión alternativa como pudieran llegar a ser un día Telesur, ANTV o Tves. Y este reto no es sòlo de los directivos u operadores de estos canales: es de todos. Por eso no ayuda silenciar las fallas o los desvíos. Hacer una nueva televisión requiere de hacerla mientras se hace y reconstruye una nueva sociedad. Una sociedad que la interpele, que la requiera, que la castigue incluso con la crítica en lugar de con el directo subterfugio del zapping.

Tanto como es preciso que la televisión oficial y de servicio público en Venezuela (y en general de Latinoamérica) trascienda el paradigma primordialmente promocionista de la acción de gobierno, para apostar más resueltamente por una televisión alternativa, crítica, desacralizadora, vigilante del poder, pacifista, anti-hegemónica, anticolonial, anticapitalista, etc.

Una nueva y hasta inédita experiencia televisual. Participativa, protagónica, humanista, dialógica, democrática, atenta y crítica hacia los extravíos estético-valorativos hacia los que suele despeñarse la televisión hegemónica en su empeño por ponerse del lado del lucro o de los extravíos del poder. Dispositivos favoritos de las más varias raleas de amos, caporales y rabadanes del primer mundo.

El reto que está planteado entonces es forjar una representación televisual y discursivo-simbólica merced a la cual podamos hacer de la vida historia, e inscripción de una neo-épica realista y operable con qué construir (a pulso) un nuevo horizonte nuestro de futuro.

O, parafraseando a Ortega y Gasset, edificar el proceso por medio del cual la vida deja de ser mera biología, fisiología, histología, para descubrirse vida. Experiencia vital en tanto biografía personal, familiar, comunal, regional, nacional, continental.

Vida como biografía, no tanto de y hacia una imagen de progreso foránea que va desmoronándose, sino como una vida que apueste y se edifique como praxis cotidiana de y hacia la transformación, la emancipación, la liberación.

Gran parte de los enlatados hollywodienses (y sus clones criollos, que los hay) afortunadamente nos instruyen a diario sobre cómo naturalizar (cómo hacer ver como totalmente normal) que un conjunto de seres humanos se habitúen, ablanden y hasta enorgullezcan de ser masa, montón, verduras acríticas, y dichosamente conformes de llevar unas vidas social, política y hasta íntimamente insípidas. Una épica de la medianía es su única y más rogada receta.

Así, más allá de los varios y meritorios esfuerzos por facturar una televisión alternativa, participativa y comunitaria, en nuestro caso todavía hoy en Venezuela tenemos tristemente que convenir con Groucho Marx, cuando, puro en mano, rastrillaba en referencia a la industria de la pantalla chica:

“Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me encierro en otra habitación y leo un libro”.



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Luis Delgado Arria


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