Periodistas versus empleados

Como parte fatal de la impertinente revolución que hoy se desparrama, libérrima (como la verdolaga) por todo el territorio nacional, Venezuela asiste hoy a un fenómeno particularmente excitante.

Está proliferando un raro, un inaudito, un inusitado, un casi anómalo neo-periodismo ejercido por sospechosos sujetos que “según respetables fuentes” no estudiaron, no aprendieron ni mucho menos se ilustraron en las sagaces y sutiles industrias del periodismo.

Al igual que protestaron (y aún protestan) ciertos galenos nativos, posiblemente acomodados cuando se acarreó a un grupo de galenos cubanos para meterlos donde a no pocos les daba cuidado (o vómito) entrar, pues a algunos periodistas les ha parecido “de lo último” y por lo demás “balurdísimo” que algunos “mequetrefes y ociosos de otras carreras y oficios” estén necia e irresponsablemente incursionando en su terrenal.

Esto es, en su cortijo suyo de ellos de su propia acreditada y amable exclusividad.

Zapatero a sus zapatos… y periodista a su periódico, es el lema que empuñan muchos con voz resuelta, apisonada de persuasión y espontaneidad.

Entiéndase así el por qué del despelote criollo:

El “bochinche” aquel que harto atrás nos había señalado el señor aquel que apellidaban Miranda, pues ese bochinchito o guirigay se está queriendo apoderar ahora de un terreno por algo celosamente reservado a la corte de “los periodistas”

“Si tenemos a los remendones adornando edificios y a los trovadores consignando noticias, no va ser remoto el día en que un día de estos amanezcamos con los fruteros tomando por asalto las clínicas y hospitales.

Y, en gesto de adhesión, a los buhoneros aderezándose tiendas de comestibles, droguerías y supermercados”.

¡El mundo está al revés!

¡El mundo está al revés!,

¡El mundo está al revés!

Esto (se dice) unos mascullan, y otros airean más bien a boca de jarro.

Y así van, entonando así esta guisa de “aladas palabras” por recovecos, pórticos y paraninfos de emisoras de radio, cine, televisión (y afines), periodistas muy enjundiosos, todos ellos muy profesionales y licenciados el peliagudo “arte” de comunicar.

Y de tanto repiquetearlo parece que están logrando su cometido.

En efecto, para no pocos políticos (bolivarianos y de la oposición) y ciudadanos de a pie, el día del periodista no es el de quienes efectivamente hacen periodismo sino la jornada egregia de unos empedrados en prestigio denominados: PERIODISTAS.

O, mejor dicho, de unos licenciados en comunicación por ventura (de las trasnacionales) empleados por los poderosos medios de comunicación.

Se entiende: son mayoría.

Y el negocio de los políticos es cultivar los sinfines y las generalidades.

Pero ahí les va una pregunta a los políticos y demás estrategas.

¿Son precisamente estos empleados de medios, estos “institucionalistas del periodismo” quienes están mayoritaria (y más efusivamente) construyendo el tejido de mensajes alternativos con los que se ha ido tejiendo esta todavía imperfecta, inconclusa y dificultosa revolución?

¿O serán más bien otros, muchas veces carentes de títulos y demás cremas?

Según rezan varios diccionarios especializados, periodismo es la actividad de recolectar y publicar información relativa a la actualidad.

Y muy especialmente la información sobre sucesos de crucial importancia para los colectivos.

Esa información se comunica a la gente por medio de “medios”, que no otra cosa que actividades de servicio público para que los ciudadanos puedan responder más fácil (e inteligentemente) en favor de sus propios intereses.

Pero, si comunicar es el servicio de “poner en común” aquello que a todos vitalmente nos concierne, mal puede ser coto de unos señores y señoras que (al menos en su mayoría) estudian para ser empleados de otros señores y señoras, que no estudian periodismo (ni tienen, al menos legalmente por qué hacerlo), esto es: los propietarios, los patrones, los amos de los medios.

Hoy existe periodismo gráfico (escrito), oral (radio), audiovisual (televisión) y multimedia (Internet).

En cada uno tenemos, por un lado, los empleados profesionalizados, contratados por los grandes medios.

Y, por el otro, los libres hacedores de nuevos mensajes, de una nueva comunicación.

Vale decir: de los nuevos medios.

Trabajadores y trabajadoras muchas veces “voluntarios”, “amateurs”, “part times” o, cuando más, provisoriamente contratados “a tiempo parcial”.

Está bien; son lo que llaman: “amateurs”.

Pero en lo que sí son profesionales es que a la hora de la chiquita, estos “amateurs dan muestras de contar con una mística a prueba de balas.

Aporrea y Venezuelanalysis son dos muestras colectivas de este tipo de arrestos.

De este tipo de “amateurismo”.

Bill Kovach y Tom Rosentiel son dos periodistas y expertos en comunicación que durante años se han dedicado a esclarecer la misión de lo los periodistas.

  1. La primera obligación del periodista es la verdad.
  2. Su primera lealtad es hacia los ciudadanos.
  3. Su esencia es la disciplina de la verificación.
  4. Sus profesionales deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan.
  5. Debe servir como un vigilante independiente del poder.
  6. Debe otorgar tribuna a las críticas públicas y al compromiso.
  7. Ha de forzarse en hacer de lo importante algo interesante y oportuno.
  8. Debe seguir las noticias de forma a la vez exhaustiva y proporcionada.
  9. Sus profesionales deben tener derecho a ejercer lo que les dicte su conciencia.

¿Cuántos periodistas 100% licenciados en periodismo pueden decir sin ruborizarse que ejercen y pueden cultivar libérrimamente su oficio (es decir, cada uno de estos preceptos) sin verse obstaculizados por los verdaderos dueños de lo público, esto es de las corporaciones que alteran a su conveniencia todo aquello que día a dia nos permite tomar decisiones conscientes; esto es, del hueso de lo que se comunica?

Tristemente, el día del periodista sigue siendo en Venezuela y en el mundo mayoritariamente el dia de los empleaditos y empleaditas acorralados por las poderosas y manipuladoras industrias del periodismo.

¿Es esto lo que hoy mismo celebramos?



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Luis Delgado Arria


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