Donald J. Trump: ¿cuestionamiento al viejo establishment o parodia de la praxis política?

Montado y a todo galope en el caballo de la exacerbación de las emociones y los bajos instintos de amplios sectores de la sociedad estadounidense y haciendo de la post-verdad el más atractivo argumento, Donald J. Trump (n. 1946) es un sisma catártico que trastoca los cimientos del sistema político norteamericano y los intereses creados de las dinastías que, al menos desde la década de los sesenta, controlan el amasiato entre los poderes políticos, empresariales, militares, cinematográficos y comunicacionales. De ahí el demencial, difamatorio y persistente ataque mediático al que es sometido, al menos desde el año 2015.

Ello no significa que el señor Trump y la élite e intereses creados que representa, sean antisistémicos, bondadosos, ingenuos o algo parecido a todo lo contrario de los preceptos morales. Es de señalar que en la construcción del poder, intereses son intereses y las luchas entre facciones de las distintas élites y plutocracias pueden alcanzar un tono despiadado y hasta preñado de odio, difamación y calumnia. Más lo es cuando se trata del control del imperio y del capitalismo, ni más ni menos.

Narcicista, loco, racista, simplón, depravado, populista, megalómano, supremacista, infantil, tonto, estúpido, antipático, xenófobo, arrogante, mentiroso, falto de empatía, fascista americano, salvaje, incoherente, contradictorio, islamófobo, demagogo, violento, egocéntrico, impulsivo, misógino, acosador, incompetente, payaso, ignorante, pintoresco, homo hostilis, son solo algunos calificativos utilizados por los voceros y representantes de las castas y dinastías beneficiarias del complejo militar/bancario/tecnocientífico/financiero/cinematográfico/comunicacional, para denostar a Donald Trump. Más allá de que esos posibles rasgos caricaturescos, frívolos, demoniacos y malvados de su personalidad sean ciertos o falsos, cabe reflexionar sobre las causas de ese odio atraído –como ningún otro líder– por el mandatario estadounidense.

Por su parte, lo observado en el señor Trump es una especie de teatralidad de la locura y de fingida trivialización de lo público, con la finalidad de posicionarse ante los medios de difusión y ante un electorado ávido de liderazgos cercanos a su propia idiosincrasia. De ahí que dicha teatralidad sea planificada como mecanismo efectivo de comunicación política para conectar con las masas a partir de la polarización, un discurso estridente, de un "nosotros" inventado y de enemigos también inventados (migrantes hispanos o musulmanes; armamento nuclear en norcorea o Irán; déficit comercial con China; "los chinos se llevaron nuestras fábricas y robaron nuestros empleos"; "el virus chino"). Conflicto/dificultades con la verdad/escándalo/medios de difusión/atención masiva, forman una quinteta indisoluble en su relación con la ciudadanía y, sobre todo, con sus bases electorales.

En ese sentido, desde la primera campaña electoral pretendió presentarse no como un político convencional, sino como alguien alejado del establishment de Washington. Por lo que era necesario "drenar el pantano" (drain the swamp) y desmantelar los intereses creados de los aliados a las dinastías Bush y Clinton.

Más allá de las rebatingas entre facciones de las élites políticas y de las plutocracias, cabe mostrar una mirada de más largo aliento para comprender el fenómeno político protagonizado por el señor Trump.

En principio, cuando menos desde la década de los setenta del siglo XX, los Estados Unidos son una potencia languideciente, cuyo declive les hace perder la hegemonía del sistema mundial. Primero Japón durante las décadas de los setenta y ochenta, eventualmente la conformación de la Unión Europea, y el ascenso de China durante las últimas dos décadas, cuestionaron la hegemonía norteamericana, y hacen pensar en una probable sucesión hegemónica en el contexto de multipolares relaciones económicas y políticas internacionales, en las cuales despuntan naciones como Rusia, la India y la misma China.

En segundo término, el evidente hartazgo de amplios sectores de la sociedad estadounidense ante las largas, ineficaces y costosas campañas militares de los últimos setenta años. El derroche financiero, político y hasta moral de la sociedad y el Estado de esa nación, solo condujeron a precipitar el agrietamiento de la hegemonía norteamericana y a afianzar poderes militares locales/nacionales que le desafían en múltiples regiones del mundo. Esta economía de guerra, durante varios periodos de la historia contemporánea es sinónimo de crisis fiscal para los Estados Unidos (el endeudamiento público asciende a 21 billones de dólares hacia 2019; algo así como el 107% de su PIB). De ahí el discurso antibelicista del señor Trump y el paulatino retiro de tropas norteamericanas en Afganistán, Irak y otros frentes bélicos. Decisión a contracorriente de los halcones del Pentágono; ávidos de sangre, muerte y jugosos contratos militares con el sector privado, en aras de preparar una eventual guerra con China, Rusia o Corea del Norte, o una invasión a Venezuela o Irán.

En tercer término, evidencia el agotamiento del globalismo y de la libertad individual –y su consustancial fundamentalismo de mercado– como ideologías aperturistas en todos los frentes (desindustrialización, comercio internacional, mercados de capital, migración, flujos simbólico/culturales, etc.) de sociedades como los Estados Unidos. De casi 20 millones de estadounidenses empleados en la industria hacia finales de la década de los setenta, hacia el 2017 solo se empleaban en esa actividad económica alrededor de 12 millones y medio de ciudadanos. Esta desindustrialización se explica por el impulso dado desde las décadas de los setenta y ochenta al sistema de la manufactura flexible y a la dispersión de la cadena de valor que le es consustancial, en aras de reducir los costes de producción a partir –pese a la resistencia de las empresas tradicionales estadounidenses– de la microelectrónica y demás avances tecnológicos aplicados a las máquinas herramientas. La misma política monetaria contraccionista y anti-inflacionaria de principios de la década de los ochenta, que se tradujo en un incremento de la tasa de interés, sobrevaluó el dólar y atrajo capitales al país, pero –a su vez– precipitó las exportaciones manufactureras a la baja. La financiarización de finales de los ochenta y los años noventa (los llamados the roaring nineties), también hizo lo suyo en esta erosión de la industrialización a través de prácticas como la "economía de casino", ingeniería financiera, la contabilidad creativa y el capitalismo de amiguetes.

El proteccionismo, el nativismo y el neoaislacionismo pregonado por el señor Trump responden, en parte, a este abandono del estadounidense promedio y reducido a la orfandad laboral por el creciente desempleo propiciado desde el desmonte interno de la política industrial y el creciente aperturismo. La tradicional clase media estadounidense fue abandonada a su suerte durante las cuatro décadas previas, y el señor Trump logró contactar con esas sentidas necesidades sociales de mujeres y hombres caucásicos, conservadores, tradicionalistas, radicados en el medio rural y en estados como los del cinturón del acero, cuya situación socioeconómica tendió a la incertidumbre y la pauperización, especialmente con la crisis inmobiliario/financiera del 2008/2009. El caduco establishment de Washington no logró dar respuestas sólidas a ello. De ahí el "Make america great again" y "America first", como lemas del señor Trump. De ahí también su cercanía a las élites industriales y su distancia con el lobby financiero, que dominó durante los últimos cuarenta años.

Más allá de las explicaciones macroeconómicas –insuficientes por sí mismas–, en cuarto término –y tal como lo referimos en distintas ediciones de esta columna–, la crisis ideológica del liberalismo suscitada desde 1968, devino en un malestar en la política y con la política (https://bit.ly/2ZKkZgg); en una incapacidad de esta praxis para resolver los problemas más apremiantes de los ciudadanos. Se trata de una crisis civilizatoria (https://bit.ly/2OdSmBL) con resortes culturales, sentimentales, cívicos y emocionales, que siembra en los ciudadanos la sensación de expectativas frustradas, necesidades sentidas y sin eco en los pasillos de las oficinas de Washington, y de abandono por parte de las élites políticas tradicionales. El resto lo hizo la despolitización de la sociedad, el destierro del pensamiento utópico (https://bit.ly/30kbnsV), y la crisis de legitimidad ideológica del capitalismo.

En quinto término, la cultura de lo políticamente correcto entró en crisis a la par de las élites políticas tradicionales. Con el señor Trump, el imperio se muestra al desnudo en sus filias y sus fobias. Si algo es de agradecer al mandatario, es la actitud de fuera máscaras respecto al sentir de las élites que se auto-reprimen en sus declaraciones ante los medios masivos de difusión (sobre todo respecto a temas como los migrantes y la deportación de los indocumentados, la vecindad mexicana, las pretensiones bélicas, entre otros). Ese discurso de lo políticamente correcto fue apoyado por los medios de difusión tradicionales a lo largo del siglo XX, y suscitó una crisis mediática tras forjarse liderazgos como el de Trump en espacios públicos como el dado por las redes sociodigitales, lejos de los estándares de ese discurso y de las prácticas de la prensa convencional. Twitter es la principal tribuna pública del señor Trump y, sin filtros ni intermediarios, contacta con sus masas de seguidores. Esto, en sí, es una ruptura con los cánones convencionales de la comunicación política. Con ello, fracasó el paradigma convencional de la información/comunicación; especialmente porque sus pronósticos no se cumplieron y subestimaron a este nuevo personaje como posible cisma político/cultural.

Guardando las proporciones y la tentación de las comparaciones, al igual que Andrew Jackson (Presidente de los Estados Unidos entre 1829 y 1837), el señor Trump alcanzó el poder político enfrentado con las élites políticas tradicionales y prometiendo combatir su corrupción e intrigas. Ambos incitaron la idea de devolver el poder al pueblo, tras cuestionar las formas tradicionales de hacer política en su país. Como outsider de la clase política, el señor Trump aprovechó los resquicios e inercias de una sociedad que se retrotrae sobre sí misma ante el miedo que despiertan los flujos globales de distinto tipo. Capitalizó el miedo de los White Anglo-Saxon Protestant (WASP), así como de los migrantes latinos documentados que miran en riesgo el estatus y confort alcanzado en décadas previas. Ganó la urgencia de centrarse en los problemas nacionales, más allá del irrestricto y belicoso expansionismo norteamericano.

Además de todo lo referido en los párrafos anteriores, orientados a comprender –mínimamente– un fenómeno político contemporáneo, cabe preguntarse ¿quiénes están detrás del señor Trump y cuáles son los intereses creados que reivindica? El señor Trump no se convirtió en mandatario solo por gracia de la insurrección conservadora y silenciosa del electorado estadounidense. Las facciones de las élites políticas y empresariales que le apoyan, no solo en Estados Unidos, sino más allá de sus fronteras, tienen nombre y apellido.

Más allá de su tono demencial teatralizado, existen fuerzas socioeconómicas poderosas que le patrocinaron y apoyan. Las élites empresariales industriales –ligadas también a la energía, los servicios y la construcción– desplazadas del control del patrón de acumulación por la euforia de la financiarización y las tecnologías de la información y la comunicación (la llamada high tech), encabezan la trinchera en aras de recuperar los espacios perdidos y esperar con ansias la reducción de impuestos que pesan en sus estados contables, así como la inversión pública en infraestructura básica y la aplicación de aranceles comerciales. Los grupos radicales y ultraconservadores de la alt right (o derecha alternativa como el llamado Tea Party Movement o medios alternativos como Breitbart News), las iglesias evangelistas y entidades como la Asociación Nacional del Rifle tampoco pueden pasar desapercibidos. Corporaciones petroleras como la Koch Industries (la fortuna de esta familia es la tercera mayor en el país), dotadas de importante financiamiento y de un discurso antiestatista y negacionista que cuestiona el Obamacare, los impuestos al capital, el cambio climático y las regulaciones ambientales. La conexión rusa y china tampoco puede desdeñarse entre estas fuerzas que apoyan el proyecto de Trump en aras de conformar un nuevo paradigma geopolítico que haga eco del cuestionamiento a la política exterior convencional –la expansionista y la del "caos controlado"– pregonada por los Estados Unidos desde 1945. Principalmente, las oligarquías ruso/judías –con sus organizaciones criminales– provenientes de las antiguas repúblicas de la Unión Soviética. También importante es el apoyo de Goldman Sachs (cuyas mayores acciones están en manos de The Vanguard Group, en tanto gestor de fondos de inversión), la City londinense, la Casa Windsor, la Casa Rothschild (con Wilbur Ross como su representante financista, pero que juegan en varios bandos), amplios sectores conservadores del Vaticano, y de las rancias aristocracias europeas marginadas durante las últimas décadas por la euforia europeísta y globalista. Los centros financieros y empresariales de Hong Kong y Singapur, como ejes del blanqueo de dinero proveniente del crimen organizado, también se cuentan entre los patrocinadores del Señor Trump.

El establishment cuestionado por –y que miran como un riesgo a– Donald J. Trump es el de los voraces especuladores globales avecindados en Wall Street– adictos a jugar con el dinero y encabezados por George Soros–; las tecnocracias de Washington (centradas en torno a las dinastías Bush y Clinton, y apuntaladas con Henry Kissinger, James Carter y Barak Obama); las agencias de inteligencia y las posturas belicistas que miran con buenos ojos una guerra contra China y Rusia; los tecnócratas del sistema multilateral de organismos internacionales y de agencias aliadas como la OTAN; los medios masivos de difusión que manipulan la opinión pública (CNN, CNBC, The New York Times, The Washington Post); las fundaciones filantrópicas (Open Society Foundations, Bill & Melinda Gates Foundation, The Rockefeller Foundation) y los think tank’s globalistas; los tecnólogos del Sillicon Valley (Apple, Google, Amazon, Twitter, Facebook); los terroristas financiados y los traficantes de drogas controlados desde las agencias de inteligencia como la CIA y la DEA; y los vendedores de fantasías de Hollywood, que entronizan a la guerra y a las drogas como estilo de vida. No menos importante es el gobierno tras el trono ejercido por entidades privadas como el Club Bilderberg y la Comisión Trilateral patrocinadas por la familia Rockefeller.

Se trata de dos modelos de capitalismo que colisionan y se repelen mutuamente. De un lado, representado por los primeros, un modelo neoaislacionista y nacionalista que privilegia la industria tradicional, la economía fosilizada o de los hidrocarburos, la base material de la economía y la comercialización a gran escala de las armas y metales preciosos como los diamantes, el oro y la plata. El otro extremo, representado por los segundos, un modelo globalista, ultra-liberal y bancario/financiero fundamentado en la economía de guerra, las llamadas "energías verdes o limpias", la especulación y en el control de la Reserva Federal y del patrón monetario del petrodólar. Aunque con matices y variantes, ambos modelos se extienden a otras naciones que replican esta pugna entre modelos (des)civilizatorios.

Entre esas distintas facciones de las élites se bifurca la lucha por el control del imperio, más allá de una relación costo/beneficio. Nada bien haría una nación subdesarrollada y frágil como México y su prensa y comentocracia entreguistas y desinformadas en posicionarse ante ese escenario, argumentando que cualquier otro líder –que no sea Trump– sería mejor para los intereses nacionales. Pues en las luchas por el control del mundo, no existen buenos ni malos, sino solo intereses creados que imponen cursos de acción sin miramientos hacia vecinos débiles y desfondados en sus instituciones. México no es –ni de lejos– relevante en esas luchas geopolíticas y geoeconómicas. Sin ánimo de restar relevancia al contexto internacional y a la urgencia de su análisis atinado, preocuparse y ocuparse en los problemas propios –que no son pocos–, sería más fructífero que seguir el guión difamador de la resentida y revanchista prensa estadounidense, que se dará vuelo en tiempos electorales inciertos.



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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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