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Hoy, Álvaro Uribe, reelecto con el 62% del electorado colombiano, esta acorralado, prisionero de sus decisiones

Es preocupante para los vecinos la implosión existente del régimen carismático de Álvaro Uribe en Colombia. No se niega que este caudillo fue capaz de llenar el vacío dejado por unos partidos tradicionales ineptos para resolver los graves problemas generados por una violencia generalizada, ejercida por múltiples actores competitivos entre sí: fuerzas irregulares rebeldes; fuerzas paramilitares financiadas por una clase propietaria enseñoreada en el gobierno del Estado, asociadas con un aparato militar pretoriano, dependiente de una potencia extranjera; y, mafias delictivas armadas transnacionalizadas. Todo, dentro de un país con una población con graves problemas sociales, derivados de una extrema desigualdad en la distribución de los valores, particularmente económicos, sujeta a una continua coerción por parte de estos actores violentos. También ha sido irrefutable su habilidad para armonizar las relaciones exteriores colombianas con un vecindario que resintió los efectos de su conducta, y conformar una alianza sólida con los EEUU y sus aliados mundiales.

Su éxito estuvo en la adopción de una política clara que asumió la praxis conservadora depredadora, tendente a mantener la sociedad jerarquizada derivada de la preeminencia de la cultura del capitalismo-industrial. Un hecho que implicó la asociación cercana con las clases privilegiadas y el aparato de fuerza institucionalizado y el no convencional que, con apoyo externo, defendían sus intereses, conjuntamente con el inicio de una represión violenta contra los rebeldes y las bandas delictivas globalizadas. El resultado inmediato fue: la aniquilación de las mafias nacionales con la transferencia de sus capacidades a las de otros países, particularmente a México; el repliegue de las fuerzas irregulares rebeldes; la conversión del Estado en un protectorado extranjero usado para los fines estratégicos regionales del poder imperial; y, el dominio territorial de los espacios dedicados a la producción moderna, con el consiguiente mejoramiento del producto interno. Se alivió, de alguna manera, en estos espacios que albergan la mayoría de la población, las presiones coercitivas de rebeldes y delincuentes. Un hecho que le permitió lograr la reelección con un 62% del electorado.

No obstante, en la coalición constituida dominante afloraron las ambiciones por maximizar las ganancias de los factores que la han integrado, dentro de los cuales, los claros perdedores han sido los paramilitares. Y es este sector el detonante de la implosión. Un hecho que permitió la recomposición de la oposición política y armada que ha reiniciado una ofensiva que hoy acorrala al gobierno carismático. Hay la amenaza de revivir el cuadro previo, incluyendo la conflictividad externa con su vecindad, específicamente con Ecuador. De modo que hoy Uribe es prisionero de sus decisiones que lo incapacitan para lograr su sueño de una Colombia moderna y liberal.


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Alberto Müller Rojas


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