¿A qué juega Francia?

François Hollande dijo, ante una población aturdida y en estado de shock, que los atentados de París han metido a Francia en guerra. Pero esa afirmación no es del todo cierta, Francia lleva en guerra muchos, muchos años. Participó como nadie en la guerra contra Libia, orquestó una guerra internacional para adueñarse de los recursos de Mali, participó en la guerra de Irak y ahora es un actor fundamental de la guerra contra Siria. Probablemente, lo que el señor Hollande quiso decir es que las guerras de Francia han llegado a suelo galo. Y no, no se trata de una simple cuestión de matiz, tampoco hay que justificar una acción execrable. Es cuestión, simplemente, de aplicar el universal principio de acción y reacción a unos hechos concretos que están fuertemente ligados entre sí. Pero claro, reconocer esta relación supondría tanto como admitir parte de culpa en lo sucedido. De ahí la necesidad de aparentar sorpresa y extrañeza ante un pueblo asustado, dolorido y atontado con tanto mantra marsellés.

Donde sí ha puesto el punto de mira decididamente el presidente de la República Francesa ha sido en Siria. Da igual que los terroristas sean franceses o belgas, da igual que las armas hayan sido compradas en el vecino país; da igual que el Daesh naciera en Irak por los «errores» de Estados Unidos y sus aliados contra Sadam Hussein; el que el pasaporte sirio hallado en el lugar de los crímenes sea falso también parecer ser lo de menos (por cierto ¿quién lo puso allí?)…

Pero tampoco es que sea una gran novedad, no es la primera vez que Francia dirige su artillería contra Siria. De hecho no ha estado haciendo otra cosa durante el último lustro. ¿Qué ha cambiado pues desde el preciso momento de los atentados de París? En teoría, se trata de un giro copernicano, o eso quieren hacernos creer. La República gala pasaría así de ser el más firme opositor de Bashar el Assad a luchar en su bando, incluso contra los designios explícitos de Estados Unidos, Israel y la mayoría de los países del Golfo. Ha cambiado incluso la política hacia Rusia, abriendo una brecha en la estrategia del aislamiento y las sanciones al coordinar con el Kremlin sus acciones bélicas, en un reconocimiento público de la inutilidad de los ataques suavespracticados por la coalición encabezada por Estados Unidos.

Hollande tiene que exhibir firmeza ante su opinión pública. Siempre se afirma que los socialistas europeos no son buenos para tiempos de guerra porque suelen ser débiles ante los daños colaterales y más escrupulosos con las normas del derecho internacional. Al menos ese es uno de sus sambenitos más comunes, aunque diste mucho de ser cierto a tenor de muchas de la intervenciones que han practicado durante los últimos años miembros selectos de la socialdemocracia del viejo continente. Sea como fuere, el presidente francés está haciendo gala de unos desmesurados deseos de venganza, aún proporcionado a los autores materiales de los atentados victorias tales como anular muchas de las garantías constitucionales de la República. ¿Es que acaso no sirve la democracia para combatir al terrorismo? —parecen estar diciendo en la Asamblea de París.

Es posible que cerrar el paso a la derecha más extrema francesa sea otro objetivo de este tipo de políticas en el frente interno. Donde no está tan clara la agenda francesa es en política exterior. Es difícil creer que haya renunciado, así como así, a seguir usando al terrorismo para derrocar a Assad. Francia lleva armando a los terroristas directa e indirectamente muchos años, también suministra armas a países del Golfo que luego acababan en manos, bien de al Qaeda, bien del Daesh. Así ha sido incluso reconocido por el propio Hollande, aunque su ministro de exteriores, Laurent Fabius, fue mucho más lejos, alabando en público en una conferencia internacional a al Qaeda, a quien Occidente fracasó en presentar como rebeldes moderados y por quien nuestros líderes y medios corporativos pusieron el grito en el cielo cuando Rusia decidió bombardearlos a la par que al autodenominado Estado Islámico.

Existe la posibilidad de que Francia no haya tenido más remedio que coordinarse con Rusia para lanzar sus ataques por causa del apagón en las comunicaciones, en los radares, etc., inducido con novedosas técnicas de guerra electrónica en buena parte de Siria. Pero al Kremlin le interesa también compartir gastos bélicos con una superpotencia como Francia y presentar una victoria política de calibre al resto del mundo, principalmente frente al inútil bloque liderado por Estados Unidos. Pero de ahí a convertirse en aliados hay un enorme trecho. Las posturas de ambas coaliciones aún parecen irreconciliables y es poco probable que la República gala pueda mediar libremente. Así las cosas, es preferible sentarse a esperar qué sucede de verdad. Da la impresión de que hay mucho más entre bambalinas que aún no ha salido a la luz pública de lo que conocemos o creemos conocer.



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