El regreso de Zelaya

En 2009, cuando estaban calientes los acontecimientos ocurridos en Honduras y cuando el fervor nublaba las mentes de una gran cantidad de “revolucionarios”, escribí varios artículos que llamaban al análisis crítico de la situación existente y a la búsqueda de la mejor solución del momento, teniendo muy en cuenta la fuerza y las posiciones de los sectores políticos en pugna, tanto dentro como fuera de Honduras. Este enfoque, por supuesto, no significaba en modo alguno la disminución del rechazo al golpe de Estado hondureño, la condena de la represión desencadenada por el bautizado por Chávez como Goriletti ni del llamado a presionar por la restitución del estado de derecho, la democracia y la libertad en el país centroamericano. Rechazamos sí cualquier intervención de fuerzas extranjeras en Honduras con el propósito de restituir al presidente derrocado.

Decíamos que “lo más importante en el futuro hondureño son las elecciones generales a realizarse próximamente. Que las mismas se hagan en condiciones de la mayor libertad posible, con participación equitativa de todos los grupos y tendencias, con total transparencia y supervisión, que impida la realización de un fraude por parte de las clases dominantes y dentro de un clima de libertades democráticas (..) Éste debería ser el centro de las negociaciones y no el empeño (..) de que el Presidente depuesto deba regresar, para gobernar menos de dos meses con quienes lo derrocaron” (1). Como es habitual, en lugar de establecerse una discusión civilizada y argumentada, se produjeron en forma inmediata una serie de insultos y descalificaciones contra mi persona.

Señalamos que debería negociarse la salida de Micheletti y que “una suerte de policía electoral, constituida de común acuerdo por todos los participantes” (1), sustituyera a las fuerzas armadas en la seguridad del evento. La integración del organismo electoral sería modificada por consenso de todas las fuerzas y el proceso sería organizado para no dejar dudas de los resultados. “Distintos organismos internacionales lo supervisarían y le darían su aprobación a los resultados finales producidos” (1). En aquel momento de aislamiento internacional casi total del gobierno golpista, sin apoyo oficial de nadie y donde el mismo Micheletti había llegado a ofrecer su dimisión, la propuesta era perfectamente posible, si se la hubiera asumido seriamente. Algunos acariciaron la posibilidad de intervención de los “cascos azules” de la ONU o llegaron a creer que la OEA podía ser la “punta de lanza de la revolución en los países conservadores y golpistas” (2).

Alguien, en su desesperación, llegó a decir “que el pueblo ya había actuado y, por lo tanto, debería permanecer en su casa mientras Zelaya y el ejército del ALBA se hacían cargo de la situación” (2). Se olvidó que no había ni hay ningún ejército del ALBA y que los pueblos se liberan de acuerdo a la fuerza que alcanzan en sus luchas los sectores de avanzada y no a través de la invasión de fuerzas militares extranjeras. Insistir en el regreso sin condiciones de Zelaya a la Presidencia de Honduras era una cosa, pero creerlo posible era ingenuidad política, como los hechos ocurridos lo dejaron totalmente claro. Pero, lo más importante era saber que si se llegaba a hacer elecciones, como en efecto se hizo a los pocos meses, la situación se transformaría en completamente irreversible a favor de las fuerzas opuestas a Zelaya. El gobierno surgido, a pesar de haberse constituido luego de un golpe de Estado, tendría la legitimidad de haber sido electo y comenzaría a ser reconocido internacionalmente.

En la última reunión Chávez-Santos, en la que estuvo el Presidente Lobo, el mismo que fue electo en esas elecciones que acabamos de señalar, Venezuela declaró su decisión de apoyar sin titubeos el regreso de Honduras a la OEA. Las negociaciones, por supuesto, hacen regresar a Zelaya y constituyen un avance a la situación que existía, pero se perdió la posibilidad de haber competido electoralmente en aquellos momentos de auge político de masas. La situación actual es distinta como ya la habíamos previsto hace dos años.


1. L. Fuenmayor T. La Voz, pp 11, 14-10-2009, Caracas-Guarenas

2. L Fuenmayor T. El Espacio, año 2, segunda etapa, N° 4, pp 4, agosto 2009


La Razón, pp A-6, 12-6-2011, Caracas


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Luis Fuenmayor Toro


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