¿Por qué incineran el libro Verde Gadhafi?

La incineración o cremación de libros es una tarea reaccionaria y repugnable tan vieja como las plumas de aves para escribir. Creo, no lo sé bien, un medio de televisión venezolano que no es de propiedad privada, ha dedicado importante espacio de tiempo para que un especialista explique o exponga sus conocimientos sobre la materia a la audiencia. Cremar o incinerar libros ha sido una práctica de una concepción muy oscura de la antihistoria. Al camarada Galileo, la Inquisición, le hizo abjurar de sus conocimientos científicos y de la “herejía copérnica” en beneficio de la teología, pero, sin embargo, ni.los obispos de la Iglesia ni el Ser Supremo lograron que la Tierra dejara de girar alrededor del Sol. Calvino, en nombre de Dios, quemó al científico Servet, pero aun así no pudo evitar que la sangre circulara por los pulmones como contribución importante al campo de la fisiología durante el siglo XVI.

 Muchos científicos fueron perseguidos y aun en este tiempo de dominio de la globalización capitalista salvaje son acosados por sus estudios y aportes al campo de las ciencias y de la tecnología. No se conoce con exactitud cuántos textos científicos o tecnológicos permanecen en secretos, porque de llevarlos ampliamente a la práctica social serían fuerzas productivas beneficiadoras del desarrollo económicosocial, pero eso chocaría abiertamente contra el espíritu de explotación clasista en el mundo, lo que no le conviene al imperialismo que continúa sustentándose en la supremacía de la ley del desarrollo desigual en perjuicio de la ley del desarrollo combinado.

Las guerras no sólo son crueles por las muertes y destrucciones que generan sino, igualmente, a veces fomentan brutalidades donde el bochorno se enmascara de un supuesto odio de clase que n0o va más allá del espíritu individual o de grupo para acometer actos que son incompatibles con el conocimiento. La invasión de Estados Unidos y sus aliados a Irak ha costado la pérdida de siglos de luces, de conocimientos, porque fueron tan bárbaros los soldados y mandos impostores que cremaron casi todo el legado (por lo menos escrito y expresado en otras artes) de todas las manifestaciones culturales del pasado que contribuyeron a forjar futuro en el mundo árabe y más allá de sus fronteras. La quema de los libros de Rousseau (en tiempo del colonialismo español en Latinoamérica) se quedó insignificante ante tanta monstruosidad cometida por el imperialismo capitalista en Irak en la primera década del siglo XXI.

 Famoso fue el juico a los comunistas en Colonia en tiempo de dominio del capitalismo. El “Manifiesto Comunista” había salido a la luz pública en 1848, llamado el año loco por las grandes convulsiones revolucionarias producidas en Europa y que, lamentablemente por factores históricos reales que no dependen de las voluntades del proletariado, no cristalizaron a favor de la revolución socialista. El proletariado algo había aprendido. Recién comenzaba a tener ideología propia. Los comunistas se habían convertido, para el capitalismo, en duendes que martillaban día y noche la cabeza de los amos del capital, de los expropiadores de la riqueza ajena, de los explotadores del proletariado, de los opresores de la mayoría de la sociedad. Los nombres de Marx y Engels empezaban a penetrar –como fuego de Diablo- los oídos de la burguesía y –como voz de esperanza redentora- en la conciencia del proletariado europeo. Toda la filosofía de viejo y nuevo tiempo sentiría el resplandor y los aletazos de una dialéctica puesta a caminar con los pies hacia abajo y la cabeza hacia arriba. El incremento de las contradicciones de clases daba bofetadas a aquellos ideólogos que habían comenzado a soñar con la perpetuidad del capitalismo. Los proletarios, y de eso la burguesía no se había dado de cuenta todavía, no tienen fronteras ni nada que perder, salvo las cadenas que los oprime y, en cambio, tienen todo un mundo que ganar con su revolución porque nacen preñado de ese ideal redentor.

Una teoría que prende en la conciencia de las masas, se hace práctica social”, había dicho Marx y, seguramente, era la pesadilla que no dejaba dormir a la burguesía que de tanto tiempo invertir en contar su riqueza, se asustó de perderla un día para que fuera a caer en manos de los productores verdaderos de la misma. “Los comunistas le están echando demasiado leña al fuego”, seguramente, era el Diablo en persona visto por los ojos de la burguesía, y ésta, atea en cosas de capital y mercancía invoca a su Dios-dinero para que le haga sus milagros con el uso de las armas de la muerte. De allí nació, creo y sin haberlo leído y sin que nadie me lo diga, la imperiosa necesidad de hacerle un juicio a los comunistas que se conoce en la historia como “El proceso de Colonia”, que se realizó entre el 4 de octubre y el 12 de noviembre de 1852 contra once militantes de la Liga de los Comunistas, acusados de alta traición sin más indicios o pruebas que unos falsos documentos y testimonios. ¿Para qué necesitan los fiscales y jueces de los tribunales, muro jurídico de defensa de los intereses del capitalismo, pruebas para juzgar y condenar comunistas que piensan y luchan por el socialismo? Siete fueron condenados a pagar cárcel de 3 a 6 años. La literatura comunista se había convertido en un fantasma peligroso que conspiraba o se insurreccionaba o se convulsionaba contra la creída eternidad del capitalismo y sus sagrados fetiches.

El tribunal inquisitorial estaba integrado -¡ojo con esto!- por seis miembros de la nobleza prusiana, cuatro magnates de la economía prusiana y dos funcionarios de la administración prusiana. ¡Imparcialidad!, a la vista. Ese tribunal sólo tenía en mente su mecanismo de venganza jurídica contra el enemigo que quería despojarlo de lo que le era más sagrado: la propiedad, la familia, la religión, el orden, el gobierno y la ley. No había pruebas para juzgar y condenar, pero juzgaron y condenaron a los comunistas. Pero para que no se viera el juicio o proceso de Colonia como la expresión más burda del derecho burgués, se condenó a siete y cuatro fueron absueltos.

¿Cuáles fueron las pruebas? Engels lo dice: “Ni un solo nombre bautismal correspondía a la realidad, ni un apellido estaba correctamente escrito y ni una palabra de las atribuidas a una u otra persona tenía visos de haber sido pronunciadas por ella…”. Para el gobierno, en la Prusia de antes como en la Alemania después, ferviente creyente y predicador de que una mentira varias veces repetidas se convierte en una verdad evangélica, lo importante era ejemplarizar con el terror a los comunistas. El Tribunal tomaba como verdad procesal y hasta verdadera todo embuste de los testigos o documentos falsos. Por ejemplo: atribuían discursos en un determinado lugar y a la misma hora a unos camaradas que estaban lejísimos del escenario señalado cuando se sabe que la burguesía no cree en la invisibilidad de los fenómenos sociales; un obrero prácticamente analfabeto fue acusado de ser, nada más y nada menos, el secretario de actas de las reuniones de los “conspiradores” comunistas; y otras sandeces que para el carácter de bazofia del derecho burgués son suficientes para condenar a un comunista. Todo había sucedido, según el gobierno prusiano, en Londres, desde donde se quería a distancia derrocar al prusianismo bonapartista. Fueron tan burdas las maniobras, tan absurdas las mentiras que el mismo tribunal prusiano y los mismos testigos se vieron en la obligación de confesar que todo era falso, pero lo que es falso en un tribunal honesto en el de una Inquisición, resulta una prueba irrefutable para la condenación del acusado. Si lo pela el chingo debe agarrarlo el sin nariz. Incluso, hubo hasta falsificación de la letra de Marx, pero desenmascarada la ignominia fluían o flotaban de ese mar negrusco nuevos y falsos testimonios para que se condenara a los comunistas en Colonia. Cualquier equilibrado y buen argumento en defensa de los acusados era tenido como una “prueba” del complot contra el gobierno prusiano. Contra la literatura comunista se unieron los sabios filisteos, los sectarios sueltos, acusando a los comunistas despectivamente de cabezas locas y exaltadas contra el orden capitalista establecido.

Lo que desconocen, muchas veces, los jueces burgueses es que el destino les hace una mala jugada. El doctor Hermann Becker, juzgado en Colonia luego fue alcalde de la misma, el doctor J. J. Klein, después fue concejal de Colonia. Lo insólito de los jueces burgueses es que juzgaron al gran poeta Ferdinand Freiligrath, porque sus poesías eran una terrible arma de combate ideológico contra las penurias y atrocidades del capitalismo.

¡Ojo!, en este tiempo en que las crisis del capitalismo lo conducen al atolladero sin salida y le auguran su sepultura, ponerse a cremar o incinerar libros, para repetir la historia del libro negro de Colonia, es como colocar la parte más filosa de la espada en el cuello de los inquisidores.

Bueno, lo cierto es que los opositores al gobierno de Gadhafi, en su ira contra éste, han llegado a la felonía de cremar o incinerar el libro Verde, porque éste recoge el pensamiento del líder libio. Sin embargo, esos mismos árabes islámicos amenazan con terrorismo y poner a Estados Unidos patas arriba si les creman o incineran el Corán. La religión es una ideología como el libro Verde representa una ideología. Cremar o incinerar esos textos no es una forma política ni religiosa racional de combatir ni una ni otra ideología.

Imaginémonos, por un instante, a revolucionarios encendidos o exaltados, producto de la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, cremar o incinerar los textos de Hegel, alegando que su filosofía es idealista y nunca pasó de cierta objetividad en el estudio de las leyes que rigen el mundo. Imaginémonos a los mismos camaradas cremar o incinerar los textos económicos de Adam Smith y de David Ricardo, argumentando que sólo enseñan nociones de la economía que sirve de apoyo a los burgueses para explotar al proletariado. Imaginémonos a unos comunistas desesperados cremando o incinerando los textos de Fourier, Sait-Simon y Roberto Owen, invocando que no llegaron a entender correctamente la esencia del socialismo científico. Seria una monstruosidad de intelectualoides repugnables y reprochables. ¿Qué sería el marxismo si esa falacia hubiese sucedido?

Al Diablo, que se sepa, jamás se le ha ocurrido cremar o incinerar en el Infierno las Sagradas Escrituras, porque siempre ha alegado que interpretándolas correctamente conoce mejor a Dios y le resulta la mejor táctica de combatirlo. Como el Diablo nunca ha escrito nada y su texto de cabecera es la Divina Comedia de Dante, a Dios tampoco se le ha ocurrido cremar o incinerar la obra que puso muy en alto a la poesía italiana ny que, en cierta manera, desenmascara la felonía del Diablo.

Si algún régimen político  es tan perverso y tan atroz es el nazismo, y éste tiene, necesariamente, una ideología que lo sustenta. El camarada psicoanalista Wilhelm Reich, valiéndose de las exposiciones teóricas de Hitler, llegó a la conclusión que éste no sólo padecía de un serio trastorno mental, sino que la alternativa nazista que le ofrecía a la sociedad alemana y al mundo era un grave peligro indispensable combatir y derrotar antes que triunfara. Ni siquiera los comunistas alemanes le pararon bola y todo el mundo sabe lo que sucedió después de la victoria de Hitler como Canciller del Tercer Reich. Sin embargo, jamás salió de la boca de Wilhelm Reich alguna recomendación de que cremaran o incineraran el libro “Mi Lucha” de Hitler. ¿Cómo se podría conocer una teoría y con cuál método combatirla eficazmente si se creman o se incineran los textos que la contienen?

Pinochet, ordenó cremar las poesías de Neruda, pero jamás pudo evitar que se hicieran mucho más populares que antes. Medio planeta se interesó en la poesía del camarada Neruda, aunque ya físicamente había sido víctima de la persecución del bonapartismo encabezado por Pinochet y su selecta pléyade de generales mentalmente desequilibrados.

¡Ha vuelto la moda: cremar el libro Verde de Gadhafi! Islámicos radicales han perseguido, bajo amenaza de muerte, a escritores y caricaturistas considerados como herejes por escribir y dibujar a Mahoma desde un punto de vista que los primeros no comparten. Sin embargo, ¡cosa curiosa!, le echan fuego parejo al libro Verde de un árabe e islámico como Gadhafi. A esos islámicos les gusta hacer lo que no les gusta le hagan a ellos. ¿Qué significado tendría para los islámicos quemar los textos del sionismo? ¿Qué conocerían de ese ideal político-económico que se está apoderando de la mente de los más grandes ricos de este planeta? ¿Quién los estimula para cometer tal tropelía contra la literatura? Nietzsche, fue un radical reaccionario, pero no ha dejado de ser un valor para la literatura por el contenido de sus obras. Si un marxista propusiera la quema de sus libros sería, en la práctica, un radical anticomunista y en la conciencia, un nazista.

¿Qué es lo malo que contiene el libro Verde que grupos islámicos libios lo hayan quemado?

No comparto ninguna visión religiosa ni sobre el mundo ni sobre el ser humano, aunque respeto las existentes. Quienes hayan tenido oportunidad de leer el libro Verde de Gadhafi encontrarán cosas muy interesantes de gran vigencia política mientras exista lucha de clases; y otras, para no hablar de varias, muy utópicas por su dosis de concepción anárquica de la vida.

En el libro Verde Gadhafi expresa que ninguna representación debe sustituir al pueblo; que la Asamblea Parlamentaria debe ser el gobierno en ausencia del pueblo; que Las asamblea parlamentarias son falsificaciones de la democracia; que el pueblo no puede ser sustituido por nadie; que la representación es una impostura; que el sistema de partido hace abortar la democracia; quien tome partido comete una traición; que el partido representa sólo a una fracción del pueblo, mientras que la sociedad popular es indivisible; que el partido gobierna en representación del pueblo pero lo correcto es no sustituir al pueblo; que no existe democracia sin congresos populares; que deben existir Comités en todas partes; la democracia es el control del pueblo por el pueblo; que quien produce consume; que deben haber socios y no asalariados; que en la necesidad radica la libertad; que la vivienda es para quien la habita; que el hogar debe ser servido por sus dueños.

Ciertamente, en esos elementos se aprecian varias contradicciones, porque si es una traición el ser militante de un partido, el marxismo no valdría un comino para los revolucionarios o comunistas, ya que éstos consideran al partido político de vanguardia clasista un factor fundamental en la lucha de clases y la experiencia histórica lo ha demostrado de esa manera. Seguramente la representación es una impostura, pero sin ella no es posible concebir un Estado que sea capaz de adelantar las políticas para hacer real una determinada concepción de mundo y del ser humano. Se aprecia una dosis de anarquía en ese ideal de Gadhafi, pero, sin embargo, otros elementos son de mucho interés su estudio en función de valorar si son aplicables o no a las condiciones de países subdesarrollados en transición del capitalismo al socialismo.

Pero en el libro Verde hay elementos de pensamiento que valen la pena destacar y tomar en consideración, por lo menos, por casi todos los Estados del planeta. El libro Verde contiene una defensa muy racional de la mujer y del niño que el capitalismo salvaje no comparte.

De la primera dice lo siguiente: “… no es que la mujer trabaje o deje de trabar, pues esto sería un planteamiento material despreciable, el trabajo debe ser proporcionado por la sociedad a todos sus miembros capacitados y necesitados, sean hombres o mujeres. Pero para que cada uno trabaje en aquello que mas adecuado resulte, sin verse obligado a realizar bajo coacción aquello que no le resulte adecuado”. En verdad, eso es una utopía para el capitalismo, pero es el sentido revolucionario y humano de la lucha por la liberación de la mujer ante las ataduras que el modo de producción capitalista y el hombre mismo le han impuesto en dos sentidos de explotación: en el trabajo productivo y en el hogar.

Y sobre el segundo y más de la primera nos dice: “Que los niños se vean obligados a atravesar circunstancias de trabajo correspondiente a adultos, es una injusticia y una dictadura. Que la mujer se vea obligada a atravesar circunstancias de trabajo correspondiente a los hombres, es también una injusticia y una dictadura”. ¿Acaso eso es mentira? ¿Es o no una denuncia contundente contra un capitalismo salvaje que quiere perpetuar su bárbaro régimen de explotación al hombre en la misma proporción que lo hace sobre la mujer y el niño? ¿No es eso, realmente, una injusticia y una dictadura de clase sustentando un sistema de esclavitud social?

Y el libro Verde hace otra denuncia digna de tomar en cuenta: “Todas las sociedades consideran a la mujer ahora como un bien de consumo, sin mas, en Oriente se le considera como objeto de placer, apto para la compra y la venta, y en Occidente no se la considera como mujer”. Supongamos que el libro Verde se equivoca al pluralizar, porque incluye a todos los seres humanos (los anticapitalistas y capitalistas, los socialistas y antisocialistas, los comunistas y los anticomunistas, a los que luchan por la liberación de la mujer y a los que comparten las políticas de oprimirla y explotarla) pero, en todo caso: ¿no existe una gran dosis de verdad en lo dicho por Gadhafi? Incluso, éste, independiente de lo que ahora se le acusa como represivo o no sé de qué cosas más, ha luchado durante años para hacer valer muchos derechos de la mujer en Libia y siempre ha tropezado con obstáculos establecidos por el hombre, porque en esa nación se consultan las políticas del Estado con las organizaciones populares y son éstas, en muchos casos, las que imponen el comportamiento social en una nación donde persisten aún las tribus y las etnias.

Por supuesto, para finalizar, ninguna revolución proletaria debe asumir como doctrina, para su lucha de clases y su programa de transformación económicosocial, el libro Verde de Gadhafi para sustituir al marxismo, pero en nada se justificaría que proclame la cremación o incineración de ese interesante libro que recoge una forma de pensamiento mucho más avanzados que los textos clásicos del capitalismo imperialista pragmático y, por lo demás, una antítesis al libro racista de Hitler, fundamento ideológico del nazismo: “Mi Lucha”.

Bueno, cada cabeza es un mundo, pero demasiado pequeño ante las grandes realidades que hacen marchar la el género humano o la historia aunque pocos o muchos se propongan cremar o incinerar libros, novelas, cuentos, poesías canciones, obras de arte, textos científicos y hasta al ser humano mismo. Quienes recurren al método de quemar un libro para combatir una posición política determinada, sea individual o colectiva, lo que hacen es demostrar un odio irascible, incompatible con las fuentes del conocimiento y con los mismos derecho y deber del ser humano de poseer acceso al conocimiento.



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Freddy Yépez


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