Revolución y Estado

No es posible en la era moderna hablar de política sin hablar del Estado, por supuesto, no es posible hablar de revolución política sin involucrar al Estado. La oposición venezolana consistentemente denuncia al gobierno de Chávez por desmantelar el Estado y ponerlo al servicio de una ideología, como si tal cosa, fuera algo malo y perverso. De hecho, el enfrentamiento político no sería tan radical y puesto en términos de vida o muerte, si no fuera por la acción persistente del gobierno de refundar el Estado. Para la oposición sería más o menos digerible la figura de Chávez como Presidente, si éste se hubiera contentado con hacer un gobierno con inclinación social, pero sin alterar las bases en que se cimienta el Estado. Pero, por supuesto, si esto fuera así, no estaríamos hablando de revolución ni de nada parecido.

La oposición se esfuerza por vender la idea de que el Estado es una entidad separada de los avatares políticos, una entidad por encima del enfrentamiento político, argumentando que el Estado somos todos y está al servicio de toda la sociedad, y por lo tanto, no puede ser apropiado por un grupo político. Es la concepción del Estado como una maquinaria burocrática apolítica casi robótica, destinada a cumplir ciertos roles muy definidos y delimitados. Roles como la seguridad ciudadana, la defensa del país, el cobro de impuestos, la administración de justicia y la construcción de infraestructura y suministro de servicios públicos que el sector privado no esté interesado en proveer.

Siguiendo esta línea argumental, los gobiernos electos transitoriamente no deberían alterar las bases del Estado que nos sirve a todos. Sin embargo, es aquí donde está el engaño, un Estado restringido a las funciones antes descritas no sirve a todos los ciudadanos por igual, dependiendo del dinero que tenga un ciudadano en particular, su relación con la maquinaria estatal puede ser muy distinta. En teoría, todos somos iguales ante la ley, pero como dirá mi padre, hay algunos que son más iguales que otros.

Quienes defienden un Estado de tal naturaleza, tampoco son muy consistentes con su postura de no alterar los fundamentos del mismo, de hecho, siempre han mostrado interés en despojar al Estado de aquellas actividades que pueden involucrar ganancias monetarias para los privados. Es decir, hay una clara posición de achicar al máximo posible el tamaño del Estado, sobre todo en la esfera económica. Es la posición de dar primacía al interés individual sobre el colectivo y sobre el Estado, como representación de ese colectivo, que es un pueblo convertido en nación y organizado en torno a un derecho colectivo.

De todo lo anterior, surge la interrogante acerca de si es posible considerar al Estado como una maquinaria apolítica, un mecanismo burocrático destinado a llevar a cabo un conjunto de actividades rutinarias destinadas a facilitar la vida en sociedad, o más bien, el Estado es la antítesis de eso, una instancia política por excelencia, y como tal, no es y no puede ser neutra en el sentido político, es decir, toma partido en las controversias entre los intereses de los grupos enfrentados al interior de una sociedad. La postura de que el Estado es un ente apolítico que sirve al pueblo en general parte de una falacia muy socorrida, y que consiste en obviar o restar importancia a los enfrentamientos al interior de las sociedades, hablando del pueblo como algo homogéneo, y como una entidad que tiene una personalidad y una conciencia única. Hablar de un pueblo como un conglomerado homogéneo de individuos que comparten una lengua, una bandera, un himno, un territorio, unas costumbres, entre otras cosas, puede servir para la diferenciación y para el enfrentamiento con otros pueblos, pero a mi modo de ver, no sirve para explicar lo que sucede al interior de una sociedad en particular.

Dentro de una sociedad donde los individuos comparten una misma realidad, pueden darse profundas y muy serias divisiones y conflictos, algunos tan graves que pueden conducir a la escisión y la guerra civil. Es difícil por lo tanto, creer que un Estado pueda atender a todos sus ciudadanos por igual y sustraerse de los conflictos. Más bien, lo que se ha de ver, es al Estado tomando partido por algún bando cuando el enfrentamiento llega al grado de violencia, ahí normalmente, interviene éste con su capacidad legal del uso de la violencia, para como usualmente se dice, imponer el orden. Generalmente, el orden se impone sobre unos y no sobre los otros, por lo tanto, el Estado no actúa de forma imparcial la mayoría de las veces. A modo de ejemplo, hoy en día, en Chile existe una disputa entre los indios mapuches y un grupo de terratenientes por tierras que fueron ancestralmente de los indios, hasta los momentos, el Estado chileno ha actuado represivamente sobre los indígenas y a favor de los terratenientes. Y aquí en Venezuela se ha dado una situación similar con los indígenas de la Sierra de Perijá, pero en este caso, el Estado ha apoyado a los indígenas. Tal como se puede ver, dos Estados, como el chileno y el venezolano, han actuado de forma diferente frente a un problema similar, pero ambos han asumido una posición política frente al problema, pero de distinto signo.

Antes que existiera la noción de Estado, existían los pueblos y estos se encontraban en guerra con otros pueblos, y eran comandados por caudillos militares o religiosos, y al interior de estos pueblos también existía la lucha entre grupos que se llamaban clanes. La ley no era escrita y se basaba en la tradición. La anarquía y la guerra eran una amenaza para la supervivencia, y fue necesario desarrollar el Derecho como un conjunto de normas más o menos estables y con cierta anuencia de los grupos enfrentados, como una forma de resolver conflictos sin llegar en lo posible a la guerra. Por último, el Estado nace como la representación de un pueblo organizado en torno a un Derecho Público. Con la descripción que he hecho, por demás sucinta y simplificada, y por ende, incompleta, no he querido dar una visión acabada de la formación de los estados nacionales, sino más bien, recalcar el hecho de que la aparición del Estado es el resultado del enfrentamiento y la contienda entre grupos con intereses distintos, lo que es el meollo de la política. Por lo tanto, es ilógico pensar que una entidad que ha nacido del fragor de la guerra, del conflicto, y en última instancia, del ejercicio de la política, pueda sustraerse a ella y elevarse por encima de la misma.

¿Como puede abstraerse de la ideología una entidad política?, de hecho no puede, debe estar en el medio de la contienda política, participando en el debate basado en ideas contrapuestas, en confrontaciones discursivas, impregnadas de conceptos que tienen el carácter de verdades universales para quienes las esgrimen.

Una revolución política para ser tal, no puede abandonar el intento por hacer una transformación profunda del Estado, dándole un sentido ideológico a la acción del Estado, en el caso de no realizar tal propósito, la revolución se desfigura y pierde todo sentido. Este es el caso del populismo, una de las formas en que se desfigura una revolución, porque el discurso populista no va acompañado de una acción deliberada y efectiva de transformación de las estructuras del Estado. El populismo ha sido la versión latinoamericana del gatopardismo – las cosas deben cambiar para que permanezcan iguales. Las revoluciones fracasan si no son capaces de transformar el Estado, a modo de ejemplo, la revolución democrática y pacífica de Allende fracasó al no poder cambiar la estructura del Estado chileno, en particular, aquella parte del Estado que detentaba el monopolio de la violencia, las fuerzas armadas.

Y ya que hablamos de fuerzas armadas, parece propicio el momento para analizar el caso venezolano, en el que paradójicamente, la sociedad civil opositora al gobierno manifiesta una preocupación demasiado grande por lo que ellos llaman la ideologización y partidización de las fuerzas armadas. ¿Qué le puede importar a la sociedad civil lo que pasa con las fuerzas armadas? Sin embargo, le importa y mucho. De acuerdo a lo que se escucha normalmente decir a muchos connotados representantes políticos de la oposición., y a algunos chavistas, las fuerzas armadas son las garantes de la democracia, la constitucionalidad y el Estado de Derecho. Debo reconocer que tal cosa me revuelve el estómago, y admitir con honestidad, que sufro de una aversión visceral hacia el mundo militar. Me es difícil entender que una organización basada en la antítesis del ejercicio democrático pueda ser garante de la democracia, y además, me parece una aberración que a un grupúsculo de la sociedad, claro está, armado hasta los dientes, se le conceda la atribución de garantizar el respeto a las instituciones democráticas. El apoliticismo de las fuerzas armadas, como el brazo armado y violento del Estado no es más que un eufemismo. En los momentos decisivos de un enfrentamiento político, están siempre han tomado un bando y han reprimido al otro.

Esta es básicamente la preocupación de la oposición, no que la fuerza armada pierda su apoliticismo que nunca lo ha tenido, sino que deje de ser una alternativa para acabar con el gobierno del Presidente Chávez, y peor aún, se convierta en un soporte del gobierno, ahí está el meollo del asunto.

Los pasos que ha dado este gobierno desde sus inicios han implicado una revolución en proceso, partiendo por el cambio de la Constitución, como se dice por ahí, el Derecho no engendra revoluciones, pero las revoluciones si dan lugar a un nuevo Estado de Derecho, pasó con la Revolución Francesa y con la Rusa.

La oposición sabe que un proceso revolucionario que da lugar a un nuevo Estado de Derecho, más aún, si se da por la vía democrática, es un proceso que puede ser de muy largo plazo. Ahí está el centro de la cuestión en materia de tiempos políticos, el gobierno de Chávez juega en el largo plazo, la oposición se ve forzada a hacerlo en el corto plazo y a cometer aventuras mal calculadas, errores y apresuramientos.

La transformación de un Estado como el venezolano no es cosa fácil, un Estado que paulatinamente fue burocratizándose, llenándose de una masa de funcionarios indolentes, si no todos, muchos si. Funcionarios de carrera, que veían pasar gobiernos adecos y copeyanos uno tras otro, y permanecían en sus puestos haciendo el mismo trabajo tedioso de siempre, es un conglomerado de personas muy poco proclives al cambio verdadero, y en todo caso, muy escépticos al discurso del cambio, y créanme que es algo que vivo a diario o más bien que lo sufro. He allí un reto impresionante para la revolución, un reto que se ha venido sorteando a través de las misiones, como el mecanismo más idóneo para obtener resultados en el corto tiempo. Así como también, el asignar nuevas y crecientes responsabilidades a PDVSA en las más diversas áreas. Si bien es cierto, que en el corto plazo puede haber sido esto correcto, no luce práctico ni factible mantener dos aparatos estatales paralelos a perpetuidad, y debemos decirlo con claridad, esto sólo ha sido posible por la bendición de precios altos del petróleo. En el largo plazo, no es práctico mantener una estructura de barrio adentro por un lado con la infraestructura de salud del Ministerio de Sanidad, lo mismo en lo educativo. Área en la cual, las misiones han ido a la masificación de la enseñanza, pero donde la calidad deja mucho que desear, claro, yo prefiero algo de educación para todos, aunque no de la mejor calidad, a nada. Pero, en algún momento las líneas deberán cruzarse, las misiones deberán institucionalizarse, más no burocratizarse, y la cantidad deberá combinarse con la calidad.

En última instancia, el llamado de la oposición venezolana a que el gobierno deje de politizar el Estado es un esfuerzo en vano, en el momento que el gobierno deje de hacerlo, la revolución se habrá estancado o habrá desaparecido. La historia nos muestra algunos ejemplos como el caso de la Revolución Rusa, ésta se extingue cuando el Estado Ruso se burocratiza y los dirigentes políticos de la propia revolución desaparecen (incluso físicamente) o se exilian y son reemplazados por una nueva clase, la de los burócratas, y el Estado Soviético se convierte en una maquinaria apolítica, y los discursos de la clase dirigente sólo producen bostezos. Mientras, se tenga la sensación de que vivimos una crisis política, la revolución estará viva, cuando ya no se tenga dicha sensación, la revolución estará en peligro, o simplemente se habrá extinguido. La revolución chilena con vino tinto y empanadas vivió y llenó de colores los cielos sureños en los tres años más convulsionados de la historia política del país, cuando la convulsión cesó, vino la paz de los cementerios, la paz en los noticieros, y el silencio que acompaña la paz, el silencio de los muertos, el silencio de la censura, en una palabra el silencio de la política.

htorresn@gmail.com


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Hernán Luis Torres Núñez


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