¿Cómo jodieron al 'tovarich' Napoleón?

“Sin la casualidad, muy mística sería la historia” diría varias décadas luego de Waterloo, el eminente científico y revolucionario camarada Carlos Marx. Tal vez y no lo se, Napoleón no tenía una buena formación filosófica y política, pero sí era un genio de la guerra. Y como todo excelente general estratega de combate y de batalla, algo de locura debió tener para ser tan intrépido, calculador, maniobrero y táctico. Pero nadie es siempre, por muy genio que sea, profetizador de las casualidades, lo cual hace que no pueda adivinarlas incluso ni con pocas horas de anticipación a que se produzcan para evitarlas o saber aprovecharlas al máximo para su causa. Precisamente, una casualidad le vino a jugar una mala pasada al genio: la lluvia y una nube que atravesó el cielo en vía contraria a la estación, le hicieron decaer su estado de ánimo. Puede ser que un estratega, antes de una batalla, esté ligando que llueva para mejor movilizar sus tropas porque algo sabe que el adversario -por el número de su maquinaria pesada- se verá en dificultades para desplazarse, pero esa casualidad no dependerá jamás de su voluntad sino de las contradicciones que existen en la propia naturaleza, Podría un estratega escoger, para mejor movilizar sus fuerzas, un terreno donde el invierno sea inclemente desde la mañana hasta la otra mañana, pero eso le brinda a su adversario la posibilidad de determinar con tiemnpo si presenta o no en esas condiciones su combate, y ya eso no sería un factor de azar. Este sería precisamente si ese día no lloviese.

 Dicen algunos analistas y críticos de la guerra, del arte militar y, particularmente, de las andanzas guerreras del genio Napoleón, que si la batalla se hubiese producido si el sol hubiera asomado temprano su gigantesco brillo amarillento, la victoria del emperador hubiese sido inobjetable en unas dos o tres horas antes que los prusianos hubieran hecho presencia en el campo de batalla. La lluvia que refrescó a las tropas británicas y esa nube -tal vez maldita para Napoleón- que obnubiló la visión del emperador, permitieron en poco tiempo sellar el destino de un mundo. Si nada es eterno tampoco lo puede ser para un genio de la guerra ganar todas las batallas y combates que en una larga carrera se le presenten por delante. En Rusia, el pueblo ruso le había dado una lección cuando se decide éste a que los impostores no le ganen su causa. El azar no siempre se pone de lado del genio. No pocas veces la imperiosa necesidad de un nuevo curso en la historia conforma, en plena conchupancia con las casualidades, las reglas de juego que resultan contrarias a los planes de la decadencia. Napoleón ya no representava progreso para el género humano.

 Dicen que el plan de batalla elaborado por el emperador era una obra maestra. Lo narra Víctor Hugo de la siguiente manera: “Ir derecho al centro de la línea aliada, hacer un claro en el enemigo, dividirlo en dos, empujar la mitad británica hacia Hal y la mitad prusiana hacia Tongres, hacer de Wellington y de Blucher dos trozos, apoderarse de Mont-Saint-Jean, tomar Bruselas, arrojar al alemán al Rin, y al mar al inglés. Todo esto para Napoleón entraba en el plan de esta batalla. Después ya vería lo que había que hacer”. No pocas veces un mismo genio llega a tomar las apariencias por realidades, y es cuando más castiga la casualidad al genio que no sabe respetarla ni aprovecharla.

 Víctor Hugo, sin ser un genio del arte militar pero sí de la literatura historiada, sostiene que quien quiera tener una idea exacta de la batalla de Waterloo no tiene más que imaginarse la primera letra del alfabeto, en nuestro castellano, la A: “La pierna izquierda es el camino de Nivelles; la pierna derecha el camino de Genappe; el palo transversal de la A es el camino bajo de Ohain a Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint-Jean: allí está Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont: allí está Reille con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Bella Alianza: allí está Napoleón. Un poco más abajo del punto donde el palo transversal de la A encuentra y corta la pierna derecha, es la Haie-Sainte. En medio de este palo está precisamente el punto donde se dijo la palabra final de la batalla. Allí se ha colocado el león, símbolo involuntario del supremo heroísmo de la Guardia imperial. El triángulo comprendido en el vértice de la A entre las dos piernas y el palo transversal, es la llanura de Mont-Saint-Jean. La disputa de esa llanura fue toda la batalla. Las alas de ambos ejércitos se extienden a derecha e izquierda de los dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlon da frente a Picton, y Reille da frente a Hill. Detrás de la punta de la A, tras la llanura de Mont-Saint-Jean, está la selva de Soignes. En cuanto a la llanura en sí misma, figúrese el lector un vasto terreno ondulante; cada pliegue domina al que le sigue, y todas las ondulaciones suben hacia Mont-Saint-Jean, y van a dar a la selva...”

 Alrededor de las cuatro de la tarde las fuerzas inglesas dan pasos hacia atrás. Los obuses y las balas de los franceses cubrían con sus encendidos el escenario. Wellington sigue retrocediendo. El genio, el emperador, inflamado su pecho de grandeza y de invencible, exclama: “¡Principio de retirada!”. La alegría de Napoleón en Waterloo contrastaba con aquel extraño estado de ánimo que lo llevó a la victoria en Austerlitz. Dice Víctor Hugo, que todos los predestinados célebres tienen estas contradicciones. ¿Acaso no la tuvieron Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Bolívar, San Martín, Zapata, Martí, Robespierre, Martin Luther King, Ghandi...? ¿Acaso no las han tenido Nuyen Giap, Mandela, Fidel...?

 “César ríe, Pompeyo llorará” comentaban los combatientes de la legión Fulminante. Dice Víctor Hugo que en Waterloo, Pompeyo no llorará; pero lo cierto es que César reía. Este, era Napoleón. El genio creía que la cita de la batalla lucía en las condiciones más perfectas para la victoria. Napoleón, el genio de las artes militares, se había equivocado para siempre. El destino no le deparaba un triunfo, sino un revés definitivo en la historia. Al emperador burlarse de la realidad, la dialéctica se burlaba de él. El genio había dicho, refiriéndose a Wellington: “Ese inglesillo necesita una lección”. Napoleón, por efecto de informes de dos desertores belgas de que los ingleses querían la batalla, había dicho: “¡Me alegro!. Más quiero derrotarlos que hacerlos retroceder”. Ya sentado en una silla rústica y tendido el mapa sobre la mesa, el genio dijo: “¡Bonito tablero!”

 Las fuerzas del emperador se habían quedado sin víveres, estaban trasnochadas y se desplazaban entre el agua y el charco y con hambre. Aun así el genio le dijo a Ney: “Tenemos noventa y nueve probabilidades contra una”. Sin duda, el genio estaba ya fuera de la lógica militar. Y más se burlaban de Wellington, diciendo Soult que el baile era hoy, es decir, el día de la batalla satirizando al inglés que antes había sido invitado a un baile en Bruselas en la casa de la duquesa de Somerset. Ney le dijo al emperador: “Wellington no será bastante necio para esperar a vuestra majestad”. Fleury de Chaboulon decía que el carácter del emperador era un humor festivo, mientras que Gourgaud expresaba que decía con frecuencia chistes más bien caprichosos que ingeniosos. El emperador va a su sitio de observación desde donde aspira contemplar su victoria.

 No fue todo luz para el genio. La lluvia y la nube le pusieron justo la sombra necesaria para que no hubiera resplandor donde el genio lo requería para que su plan de batalla fuera efectivo y eficiente. La tiniebla oscureció lo que de luz necesitaba el imperio para imponer sus razones de autocracia y de genialidad el hombre. Napoleón esperaba que el sol despertase a tiempo y secase la tierra para lanzar al ataque toda su artillería. La mañana corría y seguía oliendo a tierra mojada y eso iba contra los planes del emperador. Los ingleses también estaban en confusión, vivían la incertidumbre como el hambriento que no está seguro de encontrar alimentos en el almacén de producción. Las cartas estaban echadas: ninguno de los dos ejércitos, destinados a jugar un rol de importancia capital en el devenir, por lo menos, de Europa en lo más inmediato de su historia, podía retirarse del campo sin dar la batalla, estuviese o no la tierra mojada. A las once y treinta y cinco minuto de una mañana extraña sonó el primer cañonazo. El general inglés Colville, miró su reloj y esa era la hora del inicio de la gran batalla.

 La historia le interpuso otra casualidad en el camino del emperador Napoleón Bonaparte, un Hougomont, un sitio fúnebre para unos -los vencidos- y para los otros -los vencedores-. Hougomont fue un castillo donde las fuerzas británicas de Wellington, al mando de Cooke, hicieron que las tropas del emperador dieran su primer tropezón, estrellándose las divisiones de Guilleminot, Foy y Bachelu al mando de Jerónimo, hermano del emperador. El objetivo del emperador no se logró: conducir a Wellington hacia Hougomont y hacerlo inclinar hacia el lado izquierdo. No pudieron el ataque del genio al centro del adversario ni la precipitación de la brigada Quiot sobre Haie-Sainte ni tampoco el ataque de Ney contra el ala izquierda inglesa (apoyada en Papelotte), lograr que se hiciera el desplazamiento del contrincante como estaba previsto en el plan del emperador. Sin embargo, las fuerzas del genio ocuparon a Papelotte y Haie-Sainte. Ni la brigada Bauduin ni la brigada Soye pudieron romper la inexpugnable defensa inglesa de Hougomont. Dice Víctor Hugo, analizando el combate en Hougomont, que “... los franceses, acosados a tiros por todas partes, desde lo alto de los graneros, detrás de las paredes, desde el fondo de las cuevas, por todas las ventanas, por todas las lumbreras, por todas las hendiduras de las piedras, reunieron y llevaron fajinas, y pusieron fuego a los muros y a los hombres; la metralla tuvo por réplica el incendio”.

 En la guerra, especialmente en el fragor ardoroso de un combate o de una batalla, nada resulta profetizado de un minuto hacia otro minuto. Lo impredecible, lo que no se es capaz de comprenderse en un momento determinado se convierte en lo posible, y mientras el adversario afectado empieza a comprender esa realidad, ya son varios los pasos de avance que ha obtenido el bando 'milagroso'. Los soldados ingleses inexpertos, los bisoños, creídos por algunos como incapaces de hazañas de altísimo heroísmo, fueron otra sorpresa para el genio francés y del mundo de la guerra. Cuando se creía que atacarían o responderían como lo hacen esas filas o columnas de soldados que van como carne de cañón a la muerte, se desenvolvieron como guerrilla, y ésta ya había producido demoledores golpes al emperador cuando invadió y ocupó a España en la primera década del siglo XIX. Dice Víctor Hugo, que “... el soldado en guerrilla, entregado en cierto modo a sí mismo, llega a ser, por decirlo así, su propio general...”. El mismo Wellington quedó, por momento, desconcertado de la inspiración y la bravura de sus propios bisoños que hicieron la 'magia' del detalle glorioso en la batalla de Waterloo.

 En una batalla, de la estatura de Waterloo para Europa o como la de Ayacucho para Latinoamérica, se produce siempre una dosis de tempestad, que como lo describe Víctor Hugo, se trata del: quid obscurum, quid divinum (algo oscuro, algo divino). Agrega el eminente literato: “Cada historiador traza en cierto modo los perfiles que le agradan en esta confusión. Cualquiera que sea la combinación, el choque de las masas armadas tiene incalculables reflujos; en la acción, los dos planes de ambos jefes penetran uno en otro y se desfiguran mutuamente. La línea de batalla flota y serpentea como un hilo, los rastros de sangre corren ilógicamente, los frentes de los ejércitos ondean, los regimientos entran o salen formando cabos o golfos; todos esos escollos se renuevan continuamente unos tras otros; al sitio donde estaba la infantería llega la artillería; donde se hallaba la artillería se ve ahora la caballería; los batallones son columnas de humo. Miramos a un punto donde se nos figuraba ver alguna cosa, buscámosla con la vista y ya ha desaparecido; los claros mudan de sitio, los pliegues sombríos avanzan y retroceden; una especie de viento del sepulcro impulsa, arrolla, dilata y dispersa toda esa trágica muchedumbre. La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto, no un día. Para pintar una batalla se necesita uno de esos pintores poderosos que tenga algo del caos en su pincel; Rembrant vale más que Van der Meulen. Van der Meulen, exacto a las doce, miente a las tres. La geometría engaña; sólo el huracán es verdadero. Esto es lo que da a Folard el derecho a contradecir a Polibio. Añadamos que hay siempre cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza y se divide en imnumerables pormenores que, según la expresión de Napoleón mismo, <<pertenecen más a la biografía de los regimientos que a la historia del ejército>>. El historiador en este caso tiene el derecho evidente de resumen. Sólo puede apoderarse de los rasgos principales de la lucha, y no le es dado a ningún narrador, por concienzudo que sea, fijar absolutamente la forma de esa nube horrible que se llama una batalla”.

 A las cuatro de la tarde del 18 de junio las circunstancias, aun cuando la casualidad le había jugado una mala pasada al emperador, eran adversas a las fuerzas inglesas. El príncipe de Orange gritaba a los holando-belgas: ¡No retrocedáis nunca!. El general inglés Picton había muerto en un punto en que en otro los ingleses se apoderaban de la bandera francesa del regimiento 105 en línea. Hill trataba de apoyar su espalda en Wellington. A éste le quedaban dos puntos de apoyo: Hougomont (que ya estaba incendiado) y la Haie-Sainte (ya había sido ocupada). De los tres mil cuarenta y dos hombres que la defendían, sólo quedaban treinta y siete combatientes y cinco oficiales. Víctor Hugo narra ese hecho de la siguiente manera: “Un sargento de guardias inglesas, el primer boxeador de Inglaterra, reputado como invulnerable por sus compañeros, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring había sido desalojado de su posición; Alten había sido acuchillado. Se habían perdido muchas banderas, una de la división de Alten y otra del batallón Lunebourg que llevaba el príncipe de la familia de Deux-Ponts. Los escoceses grises ya no existían, los corpulentos dragones de Ponsonby habían sido desplazados. Esta valiente caballería había sido arrollada por los lanceros de Bro y los coraceros de Travers; de mil doscientos caballos, sólo quedaban seiscientos; de los tres teniente coroneles, dos se hallaban tendidos en tierra; Hamilton herido y Mater muerto. Ponsonby había caído atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh también. Las divisiones quinta y sexta estaban destruidas”.

 Wellington resistía en el centro, en la meseta de Mont-Saint-Jean. Este es reforzado. Se ordena que Hill y Chassé, vengan en su auxilio. Los ingleses habían preparado, desde el punto de vista de la ingeniería y de la táctica de la guerra, tan magistralmente los alrededores de Mont-Saint-Jean, que Haxo, el enviado por el emperador a observar el campo para determinar su ataque, ni siquiera se percató de los estratagemas donde estaban apostadas las piezas de artillería. El emperador recibió un informe que no existían obstáculos, salvo dos barricadas situadas en defensa de los caminos de Nivelles y de Genappe.

 Napoleón ataca y las balas viajan como truenos anunciando una lluvia torrencial. Wellington montado en su caballo permanece delante del molino viejo de Mont-Saint-Jean. Le preguntan: “¿Qué hacer?”. Responde: “Hacer lo que yo”. Ordena a Clinton: “Permanecer aquí hasta perder el último hombre”. De pronto se escucha el grito de Wellington a sus antiguos camaradas de Vitoria, de Talavera y de Salamanca: “Boys!, ¿pensáis acaso huir? ¡Acordaos de la vieja Inglaterra!”.

 Un genio de la guerra se acostumbra, es parte de su dosis de 'lucura', a comtemplar y meditar en pleno ardor de la batalla. Nada lo desespera, porque siempre cree en la posibilidad del triunfo aun en las peores condiciones de la adversidad. Para eso es genio. Napoleón era de esos cuya mirada no se extravía ni se la deja turbar por las numerosas cantidades de soldados de sus filas que vayan callendo en la batalla. Dice Víctor Hugo, que Napoleón “... no hacía nunca guarismo por guarismo, la suma dolorosa de los pormenores; los guarismos le importaban poco, con tal que diesen este total: victoria. Si el principio salía mal, no se alarmaba por esto, porque se creía dueño y poseedor del fin; sabía esperar poniéndose como fuera de la cuestión, y trataba al destino de igual a igual. Parecía decir a la suerte. <<No te atreverías>>”. Sin embargo, el destino no trató a Napoleón de igual a igual en Waterloo.

 El retroceso de Wellintgton le había hecho creer al emperador que bastaba con una persecución férrea y compacta para la victoria total. Se atrevió, por tanta confianza en sí mismo, a enviar un correo a todo galope a París anunciando su triunfo. Tal vez, Lacoste, su guía y enemigo que llevaba atado, sí estaba seguro de la derrota del emperador. Lo mejor del ejército francés, cantando el himno “Valemos por la salvación del imperio”, en columna cerrada, se desplegó en dos hileras entre la calzada de Genappe y Frischemont para ocuparse de la segunda línea de batalla sabiamente diseñada por el genio. Víctor Hugo narra la peripecia de ese glorioso cuerpo, de la siguiente manera: “Toda esa caballería, con los sables desenvainados, con sus flotantes banderines, dando al viento los ecos de las trompetas, formada en columna por divisiones, bajó con un mismo movimiento, y como un solo hombre, con la precisión de un ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Bella-Alianza; se internó en el fondo temible donde habían caído ya tantos hombres, desapareció entre nubes de humo; después, salió de esta sombra, volvió aparecer por el otro lado del valle, siempre compacta y unida, y salió al trote largo, atravesando una nube de metralla que llovía sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont-Saint-Jean. Subían graves, amenazadores, imperturbables aquellos hombres, y en los intervalos del fuego de fusilería y artillería, oíase el colosal ruido que hacían marchando los caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la división Wathier iba a la derecha, y la división Delord, a la izquierda. Creíase ver de lejos adelantarse hacia la cresta de la meseta dos inmensas culebras de acero. Esto atrevesó la batalla como un prodigio...”. 

 Los ingleses los esperaban en silencio. Tres mil soldados gritando “¡Viva el emperador!, asomaron sus cabezas blandiendo los sables. El destino tenía reservada la hondonada de Ohain a la izquierda de los ingleses y a la derecha de los franceses. Los caballos se empujaban unos a otros; los que trataban de esquivar el barranco, se encabristaban y se levantaban en dos patas y caían sobre las grupas, hacían volar por los aires a los jinetes y todos iban derecho al despeñadero. Así las selectas tropas para derrotar a las inglesas, eran derrotadas por sus propios caballos. Casi la tercera parte de la brigada de Dubois cayó al abismo. Aquí comenzó la derrota inevitable para el emperador y sus fuerzas. Esa hondonada no había sido observada por el genio de la guerra, y tuvo por caro pagar ese error de visión para su estrategia de batalla.

 Comenzaron a tronar los cañones y las balas de los ingleses aniquilaron a los coraceros en la meseta de Mont-Saint-Jean. Ya la batalla no la podía decidir la intrepidez y el coraje de los diesmados, porque el número de sus bajas los iba dejando sin fuerzas físicas para responder. Atacaban los franceses y los ingleses se mostraban inalterables. Por eso dice Víctor Hugo, que hay “... momentos en las batallas en que el estado del alma endurece al hombre hasta el extremo de cambiar al soldado en estatua, y en que toda esta carne se vuelve granito”. Los ingleses fueron atacados por todos los flancos de batalla. Los ingleses no se movían. La primera fila recibía, rodilla en tierra y disparando, al enemigo; y la segunda fila, los aniquilaba. Los coraceros franceses seguían avanzando y de ¡pronto! se encontraban en medio de las murallas de fuerzas inglesas, y éstas disparaban a boca de jarro llenando de más muertes el campo de batalla. Narra Víctor Hugo esos instantes, diciendo: “De ahí una deformidad de heridas, que tal vez no se ha visto en otra ocasión. Mermados los cuadros por esta caballería delirante, se estrechaban sin retroceder. Inagotables en metralla, se vereficaba la explosión en el centro mismo de los acometedores. La forma de este combate era monstruosa: los cuadros no eran ya batallones, eran cráteres; los coraceros no eran ya caballería, eran una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por una nube; la lava combatía al rayo”. Ya no era posible que cada soldado francés pudiera valer diez soldados ingleses. Se repliegan los batallones hannoverianos. Wellington se percata de ello y piensa en la caballería. El genio, no se dio cuenta de ello, y allí cometió el error más grave de la batalla. Los coraceros son atacados por delante y por detrás, por cada uno de sus lados con caballería e infantería inglesas y, aun así, respondían a todo los valerosos guardias dragones. Víctor Hugo describe ese instante, de la siguiente manera: “Ya no fue una batalla, fue una sombra, una furia, una ira vertiginosa en que se confundían las almas y el valor, un huracán de espadas flameantes. En un momento los mil cuatrocientos guardias dragones no fueron más que ochocientos. Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió con los lanceros y los cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de Mont-Saint-Jean fue tomada, perdida y vuelta a tomar. Los coraceros dejaban la caballería para volver a la infantería, o por mejor decir, toda aquella formidable confusión de combatientes se cogían uno a otro por el cuello sin soltarse. Los cuadros permanecían aún de pie. Hubo doce asaltos. A Ney le mataron cuatro caballos que sucesivamente montó. La mitad de los coraceros quedó en la meseta. La lucha duró dos horas”.

 Los ingleses pierden bastante fuerza, y contaron con la 'divina providencia' de que los coraceros habían sido debilitados antes en la cañada. Wellington, confundido pero admirado de la proeza de sus tropas y oficiales, exclamaba en voz baja: “¡Sublime!”. El emperador se hallaba en una granja de la Bella-Alianza. El jefe inglés se convence que está perdiendo la batalla aun cuando el azar no había favorecido los planes del emperador. Kempt envía por auxilio y Wellingtton responde: ”No lo hay. ¡Que muera en su puesto!”. Como una ironía atrevesada en un momento crucial de la historia de una batalla, Ney, al mismo tiempo, planteaba auxilio de infantería al emperador. Este respondía: “¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque ¿Quiere que la haga yo?

 A las cinco de la tarde Wellington mira su reloj, observa bien su alrededor y exclama: “¡Blucher o la noche!”. El emperador espera la llegada de Grouchy y quien se aparece es Blucher, la salvación para las fuerzas de Wellington. Bulow aparece por la parte baja de Plancenoit. Dijo el general prusiano Muffling que si Blucher se hubiese tardado una hora en llegar al campo de batalla, no hubiese encontrado de pie a Wellington. Este tenía la batalla perdida. Un poco antes de las cinco Blucher, enterado de los riesgos que estaba corriendo el ejército de Wellington, le dijo a Bulow: “Es preciso dar aire al ejército inglés”. Casi de inmediato comenzó una lluvia de balas incluso hasta en la parte de atrás del emperador. Al cielo nublado, a eso de las ocho de la tarde, lo extinguió un resplandor de sol. Cada batallón francés de la Guardia llevaba al frente a un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret iban junto a sus soldados buscando la victoria para el emperador. Wellington mira y grita: “¡De pie, guardias, y buena puntería!”. Truenan las metrallas y empieza la carnicería. La guardia francesa pareció escuchar un “¡Sálvese quien pueda!”. Ya no se escuchaba ningún “¡Viva el emperador!”

 Víctor Hugo narra ese momento trágico, diciendo: “Aterrado Ney de estupor, pero grande con toda la altivez de la muerte aceptada, se ofrecía a todos los golpes en aquella tormenta. Allí murió el quinto caballo que montaba. Empapado en sudor, los ojos echando chispas, los labios echando espuma, el uniforme desabotonado, una de sus charreteras medio cortada por el sablazo de un guardia de a caballo, con su placa de la grande águila magullada por una bala, lleno de sangre, de fango, magnífico, con una espada rota en la mano, decía: <<¡Venid a ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!>> Pero en vano; no murió. Estaba furioso e indignado. Dirigió a Drouet de Erlon esta pregunta: <<¿No te haces matar?>> En medio de toda aquella artillería que destrozaba a un puñado de hombres, gritó: <<¡No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas estas balas inglesas entrasen en mi pecho!>> ¡Infeliz, estabas reservado para las balas francesas!”

 El ejército francés se declara en desbandada, se dispersa. Ney corre tras los soldados, los increpa, los insulta, y nada logra para que regresen y den el frente en la batalla. Los soldados siguen huyendo y gritan: ¡Viva el mariscal Ney!”, pero huyen, ya no quieren seguir combatiendo en esa tormenta de confusión. Dice Víctor Hugo que la peor de las matanzas es la de la derrota. El genio hace una muralla con su guardia para contener el despelote y la fuga. Todo le resulta en vano. Los franceses retroceden. Cae muerto Guyot al frente de los escuadrones del emperador. El genio persigue a los fugitivos y los arenga, los estrecha, los amenaza pero les suplica. Dice Víctor Hugo, que “... todas las bocas que gritaban por la mañana viva el emperador permanecen abiertas, pero apenas lo conocen”. La caballería prusiana aniquila todo cuanto se le enfrente o encuentre en su ataque. Los jinetes franceses escapan a caballo; se producen asesinatos imposibles de averiguar sus autores en ese momento de tragedia y de luto militar. Ya casi todo estaba perdido para el genio y emperador.

 Los franceses hacen un nuevo intento en recuperar Genappe, y a la primera descarga del enemigo, huyeron y su comandante Lobau es hecho prisionero. Blucher da orden de aniquilamiento total de los franceses. El general Duhesme se rinde y entrega su espada a un húsar. Este, miserable y mercenario de la guerra, con la misma espada asesina al prisionero. También los vencidos y rendidos fueron asesinados fuera de combate. Blucher, se deshonró por esos crímenes de lesa humanidad, dice Víctor Hugo. A las nueve de la noche sólo un cuadro combatía, por los franceses, bajo el mando de Cambonne en la parte baja de la meseta de Mont-Saint-Jean. Las descargas inglesas iban reduciendo cada vez más al cuadro de soldados franceses. Hubo un momento de espanto de los vivos ingleses al ver el espectáculo sombrío de tantos cadáveres y de tanto coraje derramado por la soldadesca de la madre Francia. Hubo silencio de la artillería inglesa, pero estaba cargando de nuevo. Cuentan que un oficial inglés gritó: “¡Rendíos, valientes franceses!”. Cambronne y que contestó: “¡Mierda!”.

 Cuenta Víctor Hugo que el hombre que ganó la batalla de Waterloo, “... no fue Napoleón derrotado; no fue Wellington replegándose a las cuatro, desesperado a las cinco; no fue Blucher que no combatió: el hombre que ganó la batalla de Waterloo, fue Cambronne...”, porque fulminar “... con tal palabra el trueno que os mata, es vencer”. Cambronne inventó la palabra Waterloo como Rouget de l'Isle inventó La Marsellesa, dice Víctor Hugo. Las legiones francesas expiraron en Mont-Saint-Jean bajo el fuego de las metrallas enemigas luego de Cambronne haber pronunciado su frase.

 Los muertos parecían incontables para los vivos. El agua y la sangre se mezclaron como si ese fuese el destino de la vida del soldado en la muerte dictada por el azar de la lluvia. El genio, sólo el genio porque el término emperador quedó sepultado en la derrota francesa, “... sombrío, pensativo, siniestro que llevado hasta allí por la corriente de la derrota, acababa de echar pie a tierra, había pasado por el brazo la brida de su caballo y con la mirada extraviada regresaba solo a Waterloo... intentaba aún ir adelante, sonámbulo inmenso de aquel sueño desvanecido” (Víctor Hugo). Dice este ilustre literato, que “A veces una batalla perdida es un progreso conquistado. Cuanta menos gloria, más libertad. El tambor calla, y la razón toma la palabra”. Waterloo, fue un cambio de vestimenta de Europa a costilla de Francia, pero su espíritu capitalista siguió siendo su apetito. Tal vez lo que le imponía la realidad y, especialmente, el azar, al genio era en esa incertidumbre: saber contenerse. Dijo Víctor Hugo: “Era ya tiempo de que este hombre inmenso cayera”. Y cayó en Waterloo. Este no fue una batalla, fue el cambio de frente del universo, según el ilustre literato.

Notas:

 Van der Meulen: pintor especializado en paisajes y escenas de batallas.

 Folard: escritor de temas militares.

 Polibio: historiador griego.

 Ney: Duque, príncipe y mariscal de Francia. Murió fusilado en París el 7 de diciembre de 1815 y or eso dijo Víctor Hugo que estaba reservada su muerte a las balas de Francia.

 Cambronne: comandó una división de la Vieja Guardia de Napoleón. Dicen que en Francia se buscó la verdad sobre si dijo “Waterloo” o no. Según un sobreviviente sostiene que los ingleses hicieron dos intimidaciones: a la primera Cambronne y que respondió “La Guardia muere, pero no se rinde”; y en la segunda pronunció palabras malsonantes que el veterano no recordó.

 Blucher: mariscal prusiano, quien lleno de odio de venganza hizo asesinar a soldados rendidos y en estado de cautiverio, cobrándose la derrota que antes en Ligny le había propinado el emperador.

 Wellington: general inglés y generalísimo del ejército español. En varias oportunidades derrotó a fuerzas francesas. Fue jefe del ejército de ocupación en Francia (1815-1818), apoyó a Luis XVIII. Luego fue comandante en jefe del ejército británico (1827-1828) y primer ministro (1828-1830).

 “Mierda” significa: Waterloo.



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Freddy Yépez


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