La política y el político

La política es persuasión, es convencimiento, es seducción. La política tiene que ver con lo público por eso es asunto que concierne a todos. El que se dedica a la política tiene que considerar los intereses del conjunto, y en consecuencia tiene que tratar de llegar a todos y cada uno de los sectores integrantes de la sociedad donde hace política. Y la manera de llegar a los demás es con la palabra. El político no llega a otros con sus manos, con sus abrazos, con sus besos, con las cosas que da, sino con su palabra, con su discurso, con su verbo. Llega para convencer, para persuadir, para emocionar, para seducir. Llega con argumentos seductores, contentivos de la doctrina política en la cual milita, y contentivos también del proyecto de país por él defendido. Con estos recursos discursivos el político busca sumar adherentes para su organización política, pues así, sumando y sumando voluntades, convenciendo a más y más personas acerca de las bondades de su organización partidaria, es como, en un sistema democrático, se obtiene la mayoría popular, se ganan las elecciones y se accede al gobierno. De manera entonces que el político debe manejar muy bien el arte de la oratoria, sus alegatos deben ser convincentes, su palabra debe ser elegante, para que así fascine a su interlocutor y lo estimule a dar un paso adelante y se sume a su organización partidaria. Su palabra, arma principal, debe entonces fluir con facilidad en cualquier escenario público.

Se trata de convencer no de vencer, descartando entonces el uso de la fuerza o cualquier tipo de triquiñuelas y argucias. Los buenos discursos convencen porque están llenos de sólidos argumentos. Son argumentos respaldados con datos con ideas, con teorías. No son argumentos falaces, improvisados, plenos de muletillas y lugares comunes. Son argumentos rigurosos, soportados además por la calidad moral de su autor. Esto supone entonces que el político deba reunir condiciones para ejercer la política. Entre otras condiciones está que el político debe estudiar y leer mucho, tal como lo hacía el presidente Hugo Chávez y muchos políticos venezolanos. Recordemos entre otros a Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Leonardo Luis Pineda, Jóvito Villalba, Luis Beltrán Prieto Figueroa. Cuando alguno de estos se paraba en una tribuna frente a una multitud lo que salía de su boca era un portento de discurso que como tal entusiasmaba a los presentes. El estudio, repetimos, es así actividad cotidiana del político porque el estudio guía la acción, orienta la práctica, dirige hacia buen puerto las ejecutorias. Cuando el político no estudia su accionar es ciego y cae en el pragmatismo, en la improvisación. Su práctica no tiene rumbo preciso y por tal razón carece de cualidades para guiar a nadie.

Un discurso extraordinario fue el pronunciado por Hugo Chávez el día 3 de junio del año 2004 cuando convocó a la Batalla de Santa Inés, horas después de haberse iniciado el proceso comicial con miras a revocar su mandato. Las palabras del presidente fueron tan bien hilvanadas esa vez que lograron cambiar en esa media hora de disertación el estado de ánimo de sus partidarios. Una población apesadumbrada, creyéndose derrotada, salió de allí, concluida la alocución de su líder, convencida de su victoria. Y así ocurrió. Chávez demostró en esa oportunidad la buena enjundia política de la que estaba revestido. Ante el reto que se avecinaba, el presidente se preparó minuciosamente. No improvisó ninguna de sus palabras. Todo fue previamente estudiado, calculado, previsto. Conocía el desánimo que embargaba a sus seguidores y sabía muy bien lo que estaba en juego. Se aquilató entonces con absoluta responsabilidad y por eso logró cambiar con su aleccionadora arenga el cuadro de la situación.

Los resultados de ese referéndum demostraron una vez más la fuerza poderosa de la palabra en los labios de un buen político, el impacto que puede producir un estupendo discurso en el ánimo de la población. Pero esas enseñanzas de Hugo Chávez no fueron replicadas por la dirigencia del PSUV, una vez fallecido el Arañero de Sabaneta. Ahora lo que oímos de parte de estos son meras diatribas, retórica callejera, invectivas grotescas, alocuciones insulsas. Igual pasa con los miembros de la MUD, cuyas arengas son de igual o peor tono. De ningún lado se escucha una discursividad aleccionadora, pedagógica, educativa. Es que la política en nuestro país ha caído en el estercolero y de allí las reacciones violentas que a cada rato ocurren cuando se encuentran los seguidores de uno u otro bando. Y es que no se puede esperar otro desempeño de los seguidores cuando sus dirigentes invitan a cada rato al exterminio del otro, a su liquidación, a la guerra a muerte. Como vemos, en la Venezuela de ahorita no contamos con buenos políticos, ni en el PSUV ni en la MUD. Lo que sí tenemos son políticos que quieren vencer lanzando a sus partidarios a una confrontación bélica, vencer pero sin convencer; vencer como vence un ejército a otro, como vence un boxeador a su contrincante. De allí los pobrísimos discursos que colman la escena política venezolana en los días que corren. En sus intervenciones, tales políticos, de uno y otro lado, recurren entonces al insulto, al lenguaje procaz, a la descalificación del adversario, al chisme, a la diatriba. Tal carencia explica en buena medida este tremedal, esta tragedia nacional, esta trastada en la que nos encontramos hoy los venezolanos, un país cuyos dirigentes no entusiasman puesto que ellos mismos perdieron el rumbo, el norte, la dirección. De todo esto, una enseñanza a aprender por nuestra parte es que no debemos dejar que el escenario político nacional sea copado por dos exclusivas corrientes partidarias. El país requiere de otras opciones políticas, más allá de las dos predominantes ahora en nuestro país, pues así como están las cosas se nota un empobrecimiento de la política en Venezuela. Para cambiar este cuadro y enriquecer la política deben surgir nuevas propuestas partidarias con voluntad de poder que logren otra vez entusiasmar a los venezolanos, que logren esperanzarlos respecto al futuro de nuestro país, que logren convertir en verdad ese precepto constitucional según el cual nuestro sistema político se sustenta en la participación protagónica del pueblo venezolano, entendiendo por pueblo a toda la población del país. Pueblo somos todos los habitantes de Venezuela, por lo cual requerimos en Miraflores un gobierno incluyente, que no tenga preferencias particulares, que no incline la balanza para favorecer a los suyos, que, por el contrario satisfaga los requerimientos de los distintos sectores socioeconómicos integrantes de nuestra nación. Hablamos en consecuencia de un gobierno justo, democrático, respetuoso de la disidencia y abierto también al protagonismo popular.



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Sigfrido Lanz Delgado


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