El peligroso tropezón de Rafael Ramirez

En un artículo de su autoría, recientemente publicado bajo el titulo Chávez nos lo dijo (aporrea 15/05/2017), el ex ministro y ex presidente de Pdvsa Rafael Ramírez, visiblemente preocupado por las difíciles circunstancias que atraviesa el país, realiza una reflexión en la que señala la presencia de sectores que, por el carácter de las acciones que llevan a cabo en el seno de PDVSA, atentan contra la permanencia de la Revolución Bolivariana. Tales señalamientos revisten una gravedad que no se puede ni debe pasar por alto. Especialmente por las implicaciones que tienen en momentos en las que se hace vital la mayor suma y cohesión de fuerzas sociales frente al recrudecimiento de la hostilidad externa capitaneada por la Casa Blanca, y ante el desafío que significa la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente en circunstancias de seria adversidad.

El ex ministro comienza su trabajo afirmando: "La situación actual de asedio y violencia contra nuestro Pueblo y las instituciones del Estado Venezolano, revisten una gravedad y una intencionalidad que pareciera estar siendo subestimada por algunos sectores".

Luego de adentrase en la descripción de los aspectos que caracterizan la dinámica de confrontación en la coyuntura política actual, que comienza, por lo demás, con la afirmación de una especie de conclusión aleccionadora que le lleva a decir: "subestimamos la situación que el Comandante nos alertaba" (conclusión a la que arriba luego de 4 años de duro batallar del Gobierno revolucionario contra la contraofensiva Imperialista que hoy arrecia); en la que pone de relieve, muy sugerentemente, el carácter inflamable de la impunidad alimentada por la nulidad del Ministerio Publico frente a los instigadores de la violencia y la agresión contra el país (los Borges, los Guevaras y toda esa jauría de hampones), el compañero Rafael Ramírez sostiene:

"Mientras estos hechos tan graves suceden y la amenaza se concreta, pareciera que hay sectores que subestiman esta situación y se dan el lujo, o se toman la licencia, para desarticular los mecanismos de defensa de la revolución. Debo alertar, y lo digo responsablemente, que he observado con preocupación la afectación y el daño político que se está haciendo a instituciones e instancias de la revolución, espacios del Poder Popular, por problemas grupales u otros intereses subalternos".

Para ilustrar concretamente la gravedad de lo que esto supone, más adelante señala: "El proceso de despolitización y desmovilización de PDVSA por ejemplo, es muy peligroso y preocupante"; agregando de seguidas: "No se puede desmantelar el ideario popular y revolucionario en PDVSA, hemos llegado al absurdo de una cacería de brujas y un desplazamiento de líderes naturales dentro de la propia empresa, que se ganaron su prestigio y su autoridad por su desempeño en la derrota del Sabotaje Petrolero y compromiso radical con las orientaciones y disposiciones del Comandante Chávez, incluso se ha llegado al absurdo de borrar y eliminar fotos como si eso cambiara la historia". Dicho esto, inmediatamente asevera: "Debemos recordar que desde el inicio de este proceso de desestabilización económica y política, se enfilaron las baterías de la agresión contra la empresa, sus trabajadores, su moral. El mismo fascista que hoy llama a incendiar al país y derrocar al gobierno, enfiló toda su basura contra nosotros, acusando que PDVSA, la Roja Rojita, era una especie de cueva de ladrones. Nos insultaron y la falta de respuesta oportuna o el silencio permitió que esa matriz horadara la moral y desmovilizara a nuestros trabajadores". Y pasa de seguida a una exhortación categórica: "Hay que reimpulsar el socialismo y el compromiso con la revolución, no solo para marchar, sino para no ser indiferentes".

Luego de valorar, a la luz de los hechos, tales planteamientos, resulta forzoso preguntarnos: ¿A qué proceso se refiere Rafael Ramírez? ¿Será al que se desarrolla en PDVSA desde hace 2 años (léase bien ¡2 años!), signado por una inédita intervención democrática de la gran mayoría de sus trabajadores? Si es el caso: ¿Habla en interés de las estructuras gerenciales que quedaron a su salida y que hoy se ven puestas en cuestión por el análisis colectivo, o en interés de los trabajadores y trabajadoras que, a lo largo de esos 2 años, vienen participando de ese análisis colectivo dirigido a la transformación de la industria? ¿Estará al tanto que ese proceso ha sido convocado por el camarada Presidente Nicolás Maduro y que hoy se le denomina Golpe de Timón? ¿Habrá consultado Ramírez la opinión de algunos de los cientos de trabajadores elegidos democráticamente como voceros, en los marcos de ese Golpe de Timón, para constatar los efectos de la despolitización que denuncia?

Las respuestas interesan sobremanera, porque si algo reviste especial importancia en coyunturas como la actual son los hechos y la experiencia concreta. Y en este sentido, si algo ha dejado claro la experiencia de la Nueva PDVSA es que los procesos que se desarrollan en uno u otro sentido, es decir, el gerencial propiamente dicho y el que apalancan los trabajadores como clase, no siempre, por no decir casi nunca, han compatibilizado dentro de la concreción de una misma perspectiva política, a saber: la concreción de la democracia participativa y protagónica en el mundo de las relaciones sociales de producción. Ejemplos respecto a esto sobran. La cuestión ahora, el gran desafío al que se han visto abocados los trabajadores y trabajadoras petroleros, consiste en conseguir las formulas que permitan que ambos factores, Gestión y Clase, compatibilicen en un mismo movimiento conjunto dirigido a la elevación de las capacidades del trabajo humano en todos los sentidos. Pero esta cuestión, harto difícil, por demás, es imposible de alcanzar si se opta por ignorar la experiencia social precedente. Explotar esa experiencia, sacar de ellas las más grandes lecciones y enseñanzas, por crudas que puedan llegar a ser, ha sido, y es, un aspecto medular para el éxito de ese experimento revolucionario denominado Golpe de Timón en PDVSA.

Al sostener Rafael Ramírez el criterio arriba citado – independientemente de que lo haga en nombre del legado del Comandante Chávez, de sus 12 años como ministro y de su "pleno conocimiento de la empresa y sus trabajadores" –, incurre, en el mejor de los casos, en una sorprendente muestra de ignorancia, seguramente provocada por la distancia desde la que intenta evaluar el fenómeno (desde hace varios años, Ramírez es el representante de Venezuela ante la ONU en Washington) y por las nuevas tareas que signan su día a día en el foro internacional. Distancia que no estrechan las versiones parciales ni los criterios interesados.

Todo esto, sin embargo, no hace más que llevarnos a considerar otras cuestiones, directamente relacionadas con la posición del ex ministro, que no podemos ni debemos escamotear.

Una de ellas tiene que ver con el hecho de que, desde que salió de PDVSA para asumir las funciones que, muy decorosamente, ejerce en el seno de la ONU, Rafael Ramírez ha publicado 5 artículos de opinión, todos en el curso de este año 2017 (entre marzo y mayo). Sin embargo, en ninguno ha hecho referencia, ni mucho menos se conoce un análisis especifico, relacionado con el inédito proceso de intervención de miles de trabajadores petroleros, primero, en la definición de las bases y contenido del Plan Estratégico Socialista de PDVSA 2016 -2026 (conocido por sus siglas como el PES) y, posteriormente (desde comienzos de 2017), en la transformación de PDVSA bajo el llamado al Golpe de Timón, que ha llevado a la revisión del Código de Ética y los Estatutos de la Empresa. Todo ello, a lo largo de un trayecto no exento de complejidades y contradicciones, en el curso del cual, incluso, se están sentando las bases de nuevas formas de organización para que los trabajadores intervengan en la dirección del proceso de Gestión de la industria petrolera: los llamados Consejos de Trabajadores y Trabajadoras (CTT). Nuevas formas de organización, respecto a las cuales, el Presidente Nicolás Maduro ha definido (en el acto de juramentación de la nueva Junta Directiva de PDVSA) como "una nueva base de poder de los trabajadores".

Como se ha dicho, el Presidente Nicolás Maduro ha sido, desde el primer momento, el principal impulsor de este proceso en PDVSA. Y no es exagerado decir que, más allá de los tropiezos, de los flujos y reflujos, en su devenir se ha venido gestando una nueva forma de Democracia, afirmada desde la perspectiva del mundo del trabajo, dotada de un contenido de clase que la hace más revolucionaria y consecuente que cualquiera otra. Pero, más allá de esto, este inédito proceso es un ejemplo vivo y aleccionador de ejercicio de Poder Constituyente en el mundo del trabajo, al cual ha convocado Maduro para encarar y resolver lo profundos problemas estructurales que aún afectan el desempeño económico y productivo de la principal industria del país.

Cabe preguntar: ¿Dónde cabe aquí la acusación de un proceso de despolitización y desmovilización, peligroso y preocupante, en PDVSA?

Resulta, cuando menos, incongruente respaldar de palabra la convocatoria de Maduro a una Asamblea Nacional Constituyente y, al mismo tiempo, subestimar o, directamente desconocer la irrefutable prueba de vocación democrática expresada por él en el llamado a un proceso en el que el poder constituyente de la clase trabajadora se pone de manifiesto en función de la transformación de una empresa estratégica.

"La mejor estrategia es la verdad", solía decir el Comandante Fidel Castro y, no pocas veces, bajo esa premisa, resaltó el "valor de reconocer nuestros propios errores". Tal vez no hemos asimilado en su justa profundidad la significación, histórica y política, de estas palabras del gran revolucionario cubano.

El ex ministro Ramírez expresa: "Debemos recordar que desde el inicio de este proceso de desestabilización económica y política, se enfilaron las baterías de la agresión contra la empresa, sus trabajadores, su moral. El mismo fascista que hoy llama a incendiar al país y derrocar al gobierno, enfiló toda su basura contra nosotros, acusando que PDVSA, la Roja Rojita, era una especie de cueva de ladrones. Nos insultaron y la falta de respuesta oportuna o el silencio permitió que esa matriz horadara la moral y desmovilizara a nuestros trabajadores".

Estas palabras, afianzan nuestra convicción respecto a la propaganda contrarrevolucionaria: la fuerza de ella no reside solo, ni fundamentalmente, en su técnica y en los poderosos medios de divulgación que emplea para instalarla habilidosamente en el imaginario colectivo y socavar las bases sociales de apoyo de la Revolución; reside, también, y de manera clave, en las condiciones que le crea la nefasta práctica política (instalada en nombre de la Revolución) que lleva ocultar los graves problemas que aquejan a nuestras instituciones y empresas Publicas (hechos de corrupción, desidia administrativa, atropellos laborales, practicas despóticas, etc., etc.), y que tiene como una de sus consecuencias más visibles, la supresión del debate político de tales hechos por parte de los trabajadores, amén de la condena de aquellos que se han atrevido a denunciarlos. Nada afecta, ni ha afectado más la moral de los trabajadores y las trabajadoras, como la aplicación de esa nefasta practica. ¿Acaso es mentira que lo propio ha venido sucediendo en PDVSA?

Son esas condiciones las que, de un modo o de otro, vienen sirviendo de base para que la propaganda derechista consiga terreno fértil para capitalizar el descreimiento, la decepción y el escepticismo, entre esa masa de trabajadores que se encuentran afectados anímicamente y reducidos a la impotencia frente a muchos graves problemas dentro de la industria. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿conocerá nuestro ex ministro los resultados del diagnostico realizado por los trabajadores respecto a la situación de la industria? ¿Conocerá sus propuestas?

Señalar que en PDVSA está operando un proceso de desmantelamiento del "ideario popular y revolucionario, cacerías de brujas y desplazamiento de líderes naturales dentro de PDVSA que se ganaron su autoridad en la derrota al sabotaje petrolero y el compromiso radical con las orientaciones del Comandante Chávez ", equivale a colocarse, radicalmente, en una posición diametralmente contraria a la que están develando los hechos, a saber: la existencia un estructura de mando y dirección burocratizada, divorciada de la idea de intervención de los trabajadores en la gestión de la empresa y proclive al ocultamiento de graves hechos de corrupción y practicas despóticas que, directa o indirectamente, se ven reflejados, no solo en el estado financiero y operativo de la industria, sino en el estado de ánimo y de opinión de no pocos trabajadores y trabajadoras.

Negar esto es desconocer las razones que llevaron a Maduro a apalancar la transformación de PDVSA, "poniendo a la clase obrera con su capacidad de trabajo al frente", y que le han llevado a decir, durante la juramentación de la actual junta directiva de PDVSA: "No creo en quienes no creen en la clase obrera; ¿en quién creer entonces? ¿En la burguesía? ¿En la meritocracia? ¿En la gerontocracia? (…) los trabajadores tienen que convertirse en la clase dominante".

Desde el primer momento, ha señalado que el propósito estratégico de este movimiento es "arrancar una nueva etapa de la revolución, de altísima producción, de altísima productividad, de altísima eficiencia en el servicio y en el producto; pero también de cero tolerancia con la burocracia, con la corrupción y con la traición, que son el cáncer que debemos sanar". Ha dicho cero tolerancia con la burocracia, con la corrupción y con la traición, porque callarlo es un suicidio político que se expresaría en una irreversible descomposición moral de las bases sociales de apoyo de la Revolución en el seno del proletariado petrolero venezolano, en un momento crucial de nuestra historia; y no solo ha dicho, sino que está impulsando las acciones correspondientes, las cuales, en las primeras de cambio, han hecho saltar más de una liebre despavorida. En aras de la justicia política, deberían hacerse público los nombres de esos que, en nombre de Chávez y birlando la confianza pública, han horadado la confianza del pueblo venezolano que ha vertido su sangre para preservar esa gran colina conquistada, en el 2003, que es la Nueva PDVSA.

En definitivas cuentas, el problema de fondo que está planteado no es si se está desmantelando el ideario popular y revolucionario, o si hay cacerías de brujas y desplazamiento de líderes naturales dentro de PDVSA; el problema de fondo es si lo que está ocurriendo dentro de la industria petrolera redunda en mayor moral militante, mayor capacidad organizativa y mayor disposición combativa del proletariado petrolero. Hacia allá deben dirigirse todos los esfuerzos, incluso, la crítica consecuentemente militante. Consideramos que hacia allá ha apuntado la dirección que expresa Nicolás Maduro. Lo mismo no puede decirse de los planteamientos de Ramírez. No es tiempo de recular ni de vivir de leyendas, dice en una sus canciones el cantor del pueblo.

Tal es, el peligroso tropezón del ex ministro Rafael Ramírez: lanzar un juicio de valor negativo sobre un proceso, publica y abiertamente convocado por el Presidente Maduro, sin haber ofrecido previamente, siquiera, un análisis concienzudo que sirviera para ilustrar mejor su punto de vista, apelando, en lugar de esto, a su sola trayectoria personal como Ministro de Chávez durante 12 años y no a los hechos concretos que protagonizan no pocos trabajadores petroleros; todo ello, en los límites de las graves y peligrosas circunstancias que vive el país. Pero este tropezón (que en el ex ministro aspiramos sea solo eso) sirve para poner de relieve un rasgo muy característico en las concepciones de cierta izquierda, muy dada a "criticar" implacablemente a Maduro: su ajenidad con el desarrollo de los trabajadores como clase revolucionaria: hablan en nombre de los trabajadores, denuncian las tropelías de Maduro contra la democracia, al mismo tiempo que el imperialismo apunta a la cabeza de este, pero es incapaz de destacar las nuevas formas de democracia y de organización que forjan los trabajadores a través de derroteros contradictorios y complejos, en pos de alcanzar la unificación que le permita intervenir, como clase, en la lucha por la dirección económica del país.

Definitivamente, el Socialismo no puede ni debe ser un cortejo de gerentes bien trajeados (en lugar del saco y corbata, con la camisa "roja rojita"), al margen de lo que siente y piensan los hombres y mujeres que, con sus capacidades, determinan la marcha de todos los mecanismos del proceso de trabajo en su conjunto dentro de la industria. El Socialismo debe ser el mundo del trabajo hecho poder; y aun cuando esta perspectiva luzca lejana, no puede dejar de reconocerse que hacia ella ha apuntado Nicolás Maduro, cuando ha dicho "los trabajadores petroleros tienen que convertirse en la clase dominante". Pero esta es una tarea que no le concierne exclusivamente a él, ni a la nueva Junta directiva de PDVSA (aun cuando esta debe contribuir efectivamente a ello): es la tarea de todo trabajador medianamente consciente de su papel en esta hora crucial de lucha contra el capitalismo y por el Socialismo.

Tal vez en las palabras de Rafael Ramírez se refleje el temor por las consecuencias que las medidas de transformación en PDVSA puedan acarrear en la marcha operativa de la misma, sin embargo, tal indisposición carece de fundamentos, ante todo, porque, como sostienen no pocos voceros de trabajadores dentro del proceso de Golpe de Timón, "las consecuencias están a la vista y no han sido los trabajadores petroleros los responsables directos de ello, ni de la gestión de la empresa". En realidad, se trata de viejos "miedos" expresados en la frase los trabajadores no están preparados para dirigir la industria, que ha sido utilizada muchas veces para confinarlos a los limites de tareas meramente "corporativas", en no pocos casos, incluso, en desmedro de sus capacidades profesionales, reduciendo su participación a actividades absolutamente mediatizadas por las autoridades gerenciales, sin debate real sobre los problemas de la producción y la organización del trabajo. Es esto lo que está en cuestión hoy. Obviamente, no al margen de los gravísimos peligros que pesan sobre la Revolución y la Patria.

Para reimpulsar el socialismo y el compromiso con la revolución, y no solo para marchar, sino para no ser indiferentes"- tal como sostiene Ramírez - es indispensable, vital, que los trabajadores vinculen concretamente esa tarea con su proceso efectivo de trabajo y con la elevación de su papel como clase en la gestión de las acciones dirigidas a superar los problemas de la empresa, de manera de intervenir, consciente y organizadamente, en la dirección de la misma, cambiando todo lo que haya que cambiar (y si se trata de burócratas anquilosados mejor), en beneficio del único dueño de PDVSA: el Pueblo venezolano. ¿Acaso eso se alcanzó en el periodo que va del 2003 al 2013?

Para empezar a comprenderlo, hay que acercarse a las ideas que no pocos trabajadores proyectan y meditar concienzudamente en torno a ellas, tal vez alcancemos a ver, por esa vía, que no hay una simple negación de lo que se ha alcanzado hasta ahora, sino el impulso de una transformación permanente de estructuras que aun no dejan de ser las que fundó el gran capital en función de sus intereses. No pocos trabajadores se han visto retratados en estas palabras, dichas por uno de ellos: "no basta con tener una Industria petrolera nacional, soberana, apalancada en una política petrolera independiente, al servicio del desarrollo nacional y del bienestar del pueblo; hace falta que los trabajadores garanticemos eso con nuestra participación protagónica en la gestión de la misma".

Significación Internacional.

No podemos concluir estas líneas sin hacer referencia a la significación internacional del proceso de transformación que se desarrolla dentro de PDVSA. Su importancia dejar ver la magnitud del tropezón de Ramírez, no solo a la luz de sus funciones internacionales, sino de sus propias palabras respecto a la importancia internacional de la Revolución Bolivariana.

En este sentido, nuestro actual embajador ante la ONU ha sostenido: "La República Bolivariana de Venezuela es crucial para la posibilidad de desarrollo independiente y soberano de los pueblos de América Latina y El Caribe. Nuestro país ha sido y es una pieza clave en el esquema de dominación norteamericana de nuestra región. No solo tiene que ver con el hecho de poseer las reservas de petróleo más grande del planeta, además de otros recursos naturales estratégicos y abundantes, sino, y por sobre todo esto, por la conciencia que irradia nuestro proceso al resto de nuestros países hermanos: la posibilidad de hacer una revolución popular, Bolivariana, Socialista, justo en lo que la potencia económica militar más grande y agresiva del mundo considera su "patio trasero" o área vital de seguridad estratégica, y en el momento que el capitalismo mundial y globalizado había decretado el fin de la historia y de las ideologías, es decir la "pax" de los sepulcros para nuestros pueblos" (La Línea Roja, 08/05/2017).

Palabras sin desperdicio. De ellas se desprende la relevancia de un factor que desnuda, sin atenuantes, el carácter reaccionario, estrechamente nacional reformista y cobarde de esa llamada izquierda democrática, muy moralista, pura y, a su decir, chavista que, haciendo gala de la crítica, cuestiona y condena al gobierno Bolivariano, entre otras cosas, porque no es revolucionario, ni socialista, sino entreguista, pero es incapaz de apreciar el papel histórico objetivo del proceso Bolivariano en los marcos de un mundo envuelto en la vorágine de la crisis capitalista. No pueden ni quieren ver que, más allá – y a pesar de - las múltiples contradicciones y falencias que afectan a la Revolución venezolana, la derecha mundial necesita destruirla, porque la prolongación de la dinámica de confrontación de clases y de perspectivas de clases que su desarrollo comporta, en el marco de acelerado agravamiento de la crisis capitalista internacional, la convierten en un foco de agitación política internacional susceptible de influir en la desesperación social que crece en los centros del capitalismo mundial (EEUU, Europa, Japón) y en nuestra región, y de alimentar respuestas distintas a las que el capital necesita imponer para resolver su crisis, tales como el fascismo y la guerra.

De ahí que, en momentos en el que las implicaciones de la agudización de la lucha de clases en Venezuela se extienden a escala planetaria y más necesario se hace irradiar la conciencia de la necesidad de nuestro proceso al resto de nuestros países hermanos, planteando, por ejemplo, la necesidad de la unificación de los pueblos oprimidos y las clases explotadas en torno a un programa antiimperialista y anticapitalista que nos permita enfrentar la embestida de la burguesía imperialista y de las oligarquías en la región, precisamente, cuando la bestia del fascismo lleva adelante su danza de muerte y destrucción en Venezuela, y más evidente se hace para los revolucionarios socialistas que "la Patria es América" y que no es posible una Patria socialista en un solo país aislado de nuestro continente, entonces, desde el país sobre el que pesa una grave condena de muerte, Venezuela, en nombre de una supuesta verdadera izquierda, o chavismo verdadero, como también gustan llamarse estos despojos del movimiento de masas, se nos dice que hay que salir de Maduro por dictador, que la Constituyente es inconstitucional porque sigue roto el hilo constitucional, que la revolución agotó todas sus posibilidades de transformación, que la solución frente a la polarización de las fuerzas sociales es crear una verdadera izquierda con las masas despolarizadas, es decir, alentar la división en beneficio del capital imperialista; todo esto, en el momento mismo en el que las clases oprimidas por las burguesías de Europa, Norteamérica y Latinoamérica aguzan sus sentidos buscando perspectivas ante la desesperación que las azota, al mismo tiempo que sobre ellas se descarga la feroz campaña reaccionaria que les pinta la existencia de una tiranía asesina en Venezuela que las naciones democráticas deben extirpar.

En medio de esta abarcadora y compleja dinámica aparece la significación internacional del proceso que experimentan los trabajadores petroleros venezolanos, como expresión concreta de una clase que atraviesa un proceso de maduración, ideológica, política y organizativa, directamente ligado a su decisivo papel en la complicada cuestión de la ruptura de las cadenas que atan la producción – y la economía en su conjunto - a las estructuras de la putrefacta sociedad burguesa, que se resiste a ceder su lugar a una sociedad organizada en función del bienestar del pueblo y no de la ganancia capitalista, como ha sido hasta ahora.

Desde este punto de vista, creemos que no se puede señalar, como en efecto hace nuestro ex ministro Ramírez, que "hemos pretendido hacer una revolución socialista con el sistema capitalista prácticamente intacto" y, al mismo tiempo, omitir que la transición de una forma social a otra pasa por el proceso de transformación en el que se encuentra inmerso el proletariado de una empresa profundamente ligada con la economía capitalista mundial (PDVSA), precisamente en momentos de agudización de la crisis de esa economía y con el proletariado del resto del mundo, especialmente el de los países centrales, sufriendo sus devastadores efectos (desempleo, depauperación creciente, drástica reducción de derechos, etc., etc.).

La contracara de este sinuoso desarrollo está en la situación que atraviesa el proletariado estadounidense, el más poderoso del mundo desde el punto de vista de su peso en la economía mundial. Agobiado y desesperado por los devastadores efectos de la crisis que carcome los cimientos de la economía estadounidense (epicentro de la economía mundial por lo demás), importantes sectores de esa clase social mordieron el anzuelo que, envuelto en un lenguaje ultranacionalista y "antisistema", les tendió el actual presidente de ese Estado Imperialista, para conquistar la posición que hoy lo coloca en condiciones de llevar a cabo su verdadero programa: recuperar la antigua hegemonía mundial de EEUU con la guerra como único lenguaje valido. El día de su asunción (20/01/17) el presidente de ese país, entre otras cosas, dijo a la clase trabadora que con él "el poder volvía a las clases trabajadoras para hacer una América grande y prospera".

Mientras eso sucedía allá, acá, en Venezuela, el Presidente Nicolás Maduro no prometía el poder a la clase trabajadora, sencillamente les exhortaba a edificar, con sus propias fuerzas e inteligencia, un nuevo modo de dirigir su destino desde el corazón de la economía del país, y para bien de todo el pueblo. En la lucha por ese tránsito histórico, no pocos se juegan la vida en esta hora de amenazas y agresión. ¿No tendrá derecho a conocer esta experiencia la clase trabajadora de nuestro continente, de EEUU a Argentina?

Tal como Rafael Ramírez ha dicho, con la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente "entramos a una zona de riesgo, donde todo está en juego", ante lo cual, "confía en que se imponga la cohesión y claridad de las fuerzas Bolivarianas".

Solo podemos agregar a estas palabras una cuestión: No basta con confiar en que se imponga la cohesión y la claridad de las fuerzas Bolivarianas: necesario es, por encima de todo, trabajar y luchar consecuentemente para que ello sea así.

fmarin2005@yahoo.com



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