Del partido de fútbol a la sangrienta guerra

"El fin general que debería mover el auténtico "juego" Político es el bien público, el bien de lo que es de todos [tanto en su dimensión material como espiritual]"… "En esta versión ideal de la Política, los políticos intentarían ganar elecciones y encargarse del gobierno como un medio para poner en práctica su modo de entender la mejor manera de enriquecer y preservar el bien público". Esto escribía en un un artículo titulado "Somos los espectadores, pero también somos la pelota, de un macabro partido de fútbol" que publiqué el pasado mes de febrero (https://www.aporrea.org/actualidad/a223251.html). En ese artículo examiné el fracaso del proyecto Político del actual Gobierno chavista y la gradual degeneración de la acción Política que ha sufrido dicho Gobierno. Pero también discutí la condición claramente anti-Política (en el sentido ideal de la palabra "Política" explicado al comienzo) de la oposición con la que dicho Gobierno tuvo que enfrentarse desde el comienzo.

Como lo indica el título de dicho artículo, usé la metáfora de un partido de fútbol para caracterizar lo que consideraba ser la situación política de Venezuela para aquel momento. En síntesis, intentaba caricaturizar la actitud política de muchos de nosotros como la de fanáticos espectadores de un juego de fútbol librado entre, por una parte, el Gobierno actual y sus protagonistas, y, por la otra, la cara visible de la oposición a dicho gobierno, representada, en buena medida, por la MUD. Los dos "equipos" tienen un único fin: ganarle el partido al otro equipo; es decir, más allá de la metáfora, los unos, mantener el poder, y los otros, arrebatar ese poder. A los "equipos" no les importa el bien público. Pero lo más triste es que nosotros, los espectadores, en medio de nuestra pasión, sólo estábamos interesados en que ganara uno de los dos "equipos". No nos dábamos cuenta de que éramos la pelota que aquellos inescrupulosos jugadores pateaban incesantemente con toda su fuerza.

Ahora, dos meses después de iniciadas las manifestaciones que han dejado tras de sí una lamentable estela de muertos, la devastación de valiosos bienes públicos y la aceleración de la destrucción de nuestro ya maltrecho tejido socio-cultural, la metáfora ha cambiado de forma: Ya no es un partido de fútbol, ahora es una guerra librada por los que antes eran "equipos" de fútbol. Y ahora, siguiendo la metáfora de la guerra, nosotros —la mayor parte de la población y nuestro bien público— somos algo bastante peor que una pateada pelota: ahora somos la "carne de cañón" y los escudos usados por cada bando…

Realmente aun no estamos en una guerra civil propiamente dicha, pero estamos inmersos en una situación de violento conflicto urbano que se asemeja a una guerra de baja intensidad: Un bando, la oposición dirigida por la MUD, ataca mediáticamente usando la figura de "manifestación pacífica" (figura ésta que efectivamente es llevada a cabo y creída por muchos de sus seguidores), la cual sirve de "caballo de Troya" para que grupos violentos asesinen a personas y destruyan bienes públicos. Por su parte, el Gobierno, como haría cualquier otro gobierno, intenta frenarlos mediante los piquetes de contención y dispersión de los órganos de seguridad. Sin embargo, en este caso, esos cuerpos policiales y militares con frecuencia cometen atropellos innecesarios, los cuales, en algunos casos, han culminado en el asesinato de manifestantes. A esto se le añade la aparición ocasional en escena de grupos violentos afectos al Gobierno.

Al reconocer la exageración de la metáfora de la guerra, decía que aun no estamos en una guerra propiamente dicha; pero la posibilidad de un conflicto bélico de proporciones mayores no está lejos. En efecto, hay dos serias amenazas que, en la medida en que el actual conflicto continúe, se acercan peligrosamente: Una es la posibilidad de una invasión extranjera llevada a cabo o promovida por el Gobierno de Estados Unidos y sus "aliados". Cualquiera que haya estudiado con una cierta dosis de actitud crítica la historia mundial correspondiente al siglo pasado y a lo que va del presente se debe dar cuenta de la inminencia de este peligro. La otra amenaza es la de una guerra civil propiamente dicha en la que se enfrenten facciones armadas. Ambas amenazas son horrorosas. Basta con asomarse a la actual situación de Siria para percatarse de ello. ¿Queremos llegar a uno de estos extremos?

Creo que cada día resulta más claro que, si nos preocupa nuestro bien público, esos bandos que actualmente se encuentran en pugna deben ser apartados del territorio político. Pienso que, mediante el mismo acto de rechazar y desplazar esos bandos hacia la periferia del campo político, podemos abrir un espacio donde puedan aparecer nuevos actores que se comprometan con el bien público. Debemos ser nosotros, las víctimas de esa guerra, la mayor parte de los habitantes de Venezuela, los que definamos unas reglas de juego y un pacto político. Los bandos que actualmente luchan por el poder deben ser forzados a aceptar esas reglas del juego y ese pacto, puesto que ellos ya han demostrado que no lo harían de manera espontánea. Por esa razón, las proposiciones referentes a tal pacto deben provenir de nosotros, los afectados, los que queremos independizarnos del juego macabro que se libra entre esas facciones. Asimismo debe provenir de nosotros la presión para que lo acepten. Claro está, entre "nosotros" (las víctimas de la lucha por poder entre los bandos enfrentados) no hay una uniformidad de visiones sobre lo que ocurre o sobre cuestiones de tipo ideológico; pero, por el bien de lo que todos básicamente apreciamos, debemos llegar a un acuerdo. Como punto inicial de ese acuerdo, propongo que, por nuestra parte, como ciudadanos que queremos la paz y el enriquecimiento de nuestro bien público en toda su dimensión, dejemos de apoyar los dos bandos que actualmente se disputan el poder y manifestemos públicamente nuestro distanciamiento y repudio de tales bandos. Las manifestaciones pueden ser muy variadas, pero debe garantizarse su condición pacifica. El pacto que propondríamos a los bandos actualmente enfrentados debe ser lo más justo posible, pero sin perder de vista la difícil situación actual. En ese sentido, con fines ilustrativos, ofrezco a continuación el esquema de un ejemplo de lo que podría ser un posible pacto:

1) Los dirigentes de la oposición detienen su ofensiva.

2) El Presidente de la República retira su iniciativa de llamar a una Asamblea Constituyente.

3) El Consejo Nacional Electoral se aboca a realizar las elecciones que tiene pendientes a la brevedad posible. No creo que haga falta esperar hasta el mes de diciembre de este año.

4) Tanto el Ejecutivo, la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral hacen todo lo que esté en sus manos para normalizar la situación de la Asamblea Nacional.

5) Se acuerda la renuncia simultánea del Presidente de la República y de todos los miembros de la Asamblea Nacional para el primer trimestre del año 2018, con el consecuente e inmediato llamado a unas elecciones de Presidente y Asamblea Nacional.

6) La Asamblea Nacional debe preparar los cambios legislativos necesarios para permitir la participación amplia de nuevos candidatos y opciones políticas diferentes de las asociadas a los dos polos actuales.

7) La Asamblea Nacional debe preparar los cambios legislativos necesarios para intentar garantizar el que los funcionarios que dirijan los otros tres poderes públicos sean connotados ciudadanos reconocidos por su honestidad, imparcialidad y preparación integral. Asimismo, deben crearse mecanismos legales para controlar su actuación de manera que siempre sea justa e imparcial.

8) Se contrata un grupo de reconocidos jueces internacionales cuya probidad sea cristalina (por ejemplo, yo propondría al Juez Baltasar Garzón de España) que examinen y rindan un informe público sobre todos los casos que la oposición considera como "presos políticos". Tal informe deberá ser seriamente tomado en cuenta por todos aquellos funcionarios, comenzando por el Presidente de la República, que tengan en sus manos la liberación de aquellos presos que realmente sean presos políticos —no políticos presos debido a acciones delictivas.

9) Se acuerda, de antemano, que si los funcionarios públicos o políticos perdedores de las elecciones son imputados por el nuevo Gobierno se seguirá un procedimiento parecido al señalado en 8)

Como dije, el esquema anterior resume los términos de un posible pacto. Puede haber variadas proposiciones, pero lo importante es que nosotros, los afectados, la inmensa mayoría de los venezolanos, retiremos de nuestra arena política los dos bandos politequeros que luchan por el poder y que muestran claramente que están dispuestos a sacrificar vidas y bienes públicos de todo tipo con tal de alcanzar o mantener el poder.



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