Antes de la invasión

40.000 A.C.

No hay devenir sin raíces. Los más antiguos pobladores de lo que luego
será llamado América arriban en consecutivas oleadas por el estrecho
de Bering y por el Pacífico y encuentran una nueva tierra frente a
ellos. Echan a andar y no paran hasta que otro océano los detiene.
Media circunferencia terrestre hacia el Sur, hacia lo que luego se
llamará la Patagonia. No sólo recorren del extremo Norte al extremo
Sur del continente: lo pueblan de manera estable. La investigación
arqueológica encuentra su material genético diseminado a lo largo y lo
ancho de Nuestra América.

De Bering a la Patagonia:

Así, la herencia de los amurianos o caucasoides, arribados a América
desde Siberia hacia el año 40.000 antes de Cristo, deja su rastro en
América del Norte y América Central, en el macizo amazónico y en los
sirionós de Bolivia. La oleada de plánido-pámpidos, integrada por
caucasoides mongoloides, se extiende desde el estrecho de Bering y se
divide en dos ramas, una que puebla Norte América y otra Centro
América, pasando por Bolivia hasta poblar la actual Argentina y las
costas del Atlántico Sur. Los carpentarios transponen Bering, se
extienden por la Costa del Pacífico de América del Norte y habitan
luego los Andes hasta lo que es hoy Bolivia. Y pueblos de Mongolia
cruzan también el estrecho de Bering para permanecer en América del
Norte y dar origen a los esquimales. También arriban abisinios
negroides, guerreros que navegan por Indonesia, Australia, Nueva
Zelandia y las islas cercanas, y bordean las costas americanas del
Pacífico hasta Centro América. Así como originarios de Indonesia
llegan hasta Nueva Zelandia, pasan por el Japón, llegan hasta
California y originan la llamada cultura Valdivia en el Ecuador. Y los
llamados ándidos llegan igualmente por el estrecho de Bering, cruzan
Norte América y se establecen en Perú. No se encierran en nichos
parroquiales ni languidecen en incomunicadas aldeas. El continente es
su ámbito: todo un hemisferio terrestre su hogar.

Las grandes civilizaciones

Tampoco tienen los nuevos pobladores vocaciones ínfimas.
Dondequiera que establecen asentamientos estables, unifican
territorios bajo una cultura y unas relaciones de intercambio comunes.
Los mayas cubren con una misma civilización lo que hoy es parte de
México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador y Belice. Los
aztecas imperan sobre lo que actualmente es México, desde lo que ahora
constituye el Sur de Estados Unidos hasta la península del Yucatán.
Los incas sujetan a dominación común lo que hoy es Ecuador, Perú,
Bolivia y el Norte de Chile. Las etnias caribes establecen una
comunidad cultural que se extiende entre los dos trópicos: desde el
río Xingu, al sur del Amazonas, hasta la Florida. El perímetro que
cubrieron estas grandes civilizaciones de la antigüedad es casi
invariablemente superior al de las unidades políticas que terminaron
constituyéndose sobre sus ruinas. Asimismo, las civilizaciones
americanas generan cuerpos demográficos equiparables a los de Europa,
cuando no más populosos. Para la época de la Conquista, América era
más poblada que el Viejo Continente. Tenochtitlan y la capital de los
incas tenían cada una más población que Madrid o París. En México
vivían quince millones de habitantes para la llegada de Hernán Cortés;
un siglo después apenas contaba con millón y medio. Estos colosales
cuerpos territoriales y demográficos establecen y mantienen entre
ellos redes estables de intercambios comerciales, crean asombrosas
ciudades, poéticas mitologías precisos calendarios, complejas
observaciones astronómicas, elaborados sistemas matemáticos e
inventan el cero.

Igualitarios y estratificados

Pero no sólo logran imponerse sobre las vastedades americanas las
sociedades jerarquizadas de la pirámide y del códice. También lo
hicieron las comunidades de la palabra y la igualdad. Así como al
Oeste de las cumbres andinas los aborígenes instituyeron
civilizaciones estratificadas, en la vertiente atlántica y caribeña
crearon sociedades igualitarias y libertarias cuyo dilatado ámbito no
tuvo nada que envidiarle a los de los vastos imperios andinos y
centroamericanos. Las de los caribes y los arawaks eran sociedades en
las cuales no se habían desarrollado sistemas de estratificación ni
clases sociales.

El cataclismo

La invasión europea cae sobre este mundo como un cataclismo. En poco
más de un siglo la violencia de los conquistadores y sobre todo el
contagio de sus epidemias causan la muerte a más del 90% de los
pobladores originarios: unos 55 millones de víctimas. Las huestes de
Cortés ocupan Tenochtitlan marchando sobre una alfombra de aztecas
muertos de viruela. Con el asesinato de los pobladores viene el de sus
culturas. Sus ídolos son fundidos o destruidos; sus códices
quemados, sus religiones proscritas, sus relaciones familiares
ilegitimadas, sus lenguas originarias prohibidas o marginadas, sus
tierras usurpadas. Los asentados de manera fija y estable en
sociedades agrícolas sedentarias y jerarquizadas, debieron aceptar la
esclavitud o la servidumbre. Los nómadas recolectores, cazadores y
agricultores itinerantes, como los caribes, resistieron durante
centurias hasta el exterminio.

Perturbación global

La devastación invasora revistió magnitud planetaria. Los
indígenas masacrados dejaron de cultivar 56 millones de hectáreas.
que fueron ocupadas de nuevo por selvas o malezas, y ello frenó un
proceso de calentamiento global en curso. Como señalan Bauska y
Francey, “La gran mortandad de los pueblos indígenas de América
resultó en un impacto global causado por el hombre al Sistema
Terráqueo que perduró en los dos siglos anteriores a la Revolución
Industrial” (https://wattsupwiththat.com/2019/02/02/america-colonisation-cooled-earths-climate/).

Sobre Nuestra América se cierne de nuevo la codicia del mundo.
Quienes propician o sueñan invasiones de sus países por fuerzas
extranjeras, llévense esta advertencia.


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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

 brittoluis@gmail.com

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