¡Cómo envidio a los caraqueños!

Venezuela está constituida por dos paises: Caracas, y el resto. Tan cruda e indignante realidad la veo y siento dede aquí, Ciudad Guayana, donde vivo. Son dos mundos nada parecidos. Las diferencias entre allá y aquí son abismales. Por ser tan notorios esos contrastes, que favorecen a quienes habitan en la capital, no me produce ningún rubor reconocer que envidio a los caraqueños. Tienen de sobra lo que por estos lados falta. Y tienen, sobre todo ahora, un estupendo rector de la ciudad, en cuya gestión la capital ha sido recuperada y cambiado su rostro, ha embellecido, se ha engalanado, para satisfacción de sus habitantes, a los que ahora más bien les falta tiempo para disfrutar de sus acogedores espacios y de los eventos de todo tipo que se presentan a diario en Santiago de León.

Disfrutan los caraqueños de numerosos museos, boulevares, parques, plazas, salas de cine y teatro; representaciones teatrales, festivales de música, de cine; presentaciones de ballet, danza, agrupaciones corales; la fiesta del cuatro, del joropo, del arpa; conciertos sinfónicos; conferencias y foros sobre temas variados; concursos de ensayos, cuentos, poesía; bautizos de libros y revistas; infinitas oportunidades para asistir a cursos, talleres, seminarios, conversatorios, mítines; exposiciones de libros, pinturas, esculturas. También tienen a su disposición mercados municipales bien abastecidos así como supermercados abarrotados de mercancías para satisfacer el gusto de sus clientes. En verdad, son privilegiados los caraqueños. Por ser así la situación es que muchos venezolanos de otros lugares de este "segundo país" venezolano, migran hacia la capital, se van contentos a sabiendas de que un porvenir con mejores y mayores oportunidades les aguarda. Allá conseguirán lo que por estos lados ni en sueño se les presentará. Y no porque la naturaleza o el destino celestial lo impida sino porque quienes tienen los recursos y poder para brindarnos esos encantos del buen vivir, en estos otros lares de la geografía nacional, no les pasan por las neuronas tales preocupaciones, su testa no les da para pensar y darse cuenta que gobernar es crear las condiciones para garantizar a los ciudadanos la mayor suma de felicidad posible.

De manera que para nosotros, los habitantes de este sector de este lamentable otro país, Ciudad Guayana, solo penas y sufrimientos es lo que se nos impone. Cierto. Sufrimos por tener que transitar calles y avenidas destruidas, sin semáforos ni señales de orientación, abarrotadas de cráteres, pletóricas de basura, cementerios de animales muertos; sufrimos por la deplorable situación de las pocas plazas de la ciudad, que el actual burgomaestre abandonó desde el primer día de su gestión, se las entregó a los indigentes y borrachos. No hablamos de boulevares porque no tenemos ninguno, ni siquiera los tenemos a las orillas de esos dos grandes ríos que cruzan y bordean la ciudad. Tales ríos son, eso sí, los vertederos de las aguas servidas expulsadas por las cloacas de nuestra urbe. Tampoco tenemos a nuestra disposición aceras por donde caminar. La nuestra es una ciudad sin aceras, pues fue construida para vehículos. Por supuesto que ni hablar de eventos literarios, de concursos de poesía, de ensayos; de bautizos de libros o revistas; de encuentros de intelectuales, de filósofos; de conciertos, de obras de teatro, de exposiciones plásticas, de jornadas de cine, de la feria del libro, de la fiesta del cuatro, de la bandola, del violín, del arpa. Nada, nada, de estas actividades nada de nada. Un desierto es lo que se puede notar aquí respecto a tales exquisiteces. Para este señor que nos gobierna, su gestión se reduce a tapar unos huecos de la calle tal del barrio tal o asfaltar la calle tal del más periférico barrio de la ciudad. Tal es su gran obra. Sin duda, es la peor época por la que ha pasado la capital del Municipio Caroní. ¿Exagero? Visite cualquier persona de otra parte del país este lugar y verá el estado de abandono de Ciudad Guayana. Una urbe arruinada es lo que verá, muy rica, eso sí, en basura, en huecos, en suciesas, en desorden. Ahora, en este mes decembrino, muestra tal burgomaestre el desdén suyo hacia los ciudadanos, muestra su desidia para con la ciudad. Ningún adornito avideño, ninguna lucecita titilante, ningún pesebre, ningún arbolito, ningún aguinaldo, ninguna gaita. Ni en la Plaza Bolívar de la ciudad, situada al lado de su despacho, ha colocado el señor alcalde nada que nos recuerde la época decembrina. Suponemos que el susodicho debe estar por ahí, debajo de alguna mata de mango, atragantándose de bebidas alcohólicas, jugando bolas criollas, parrandeando, o disfrutando la acogedora vivienda adquirida durante su mandato, situada en una de las mejores y más costosas urbanizaciones de la ciudad.

Por supuesto, dado los gustos y preferencias del innombrable, lo que si abundan por estos lados de Venezuela son las licorerías, además de las ventas de lotería, los vendedores de cachivaches, los bachaqueros, los buhoneros, las perreras, las ventas de comidad chatarra, las colas para comprar cualquier cosa, los toros coleados en las numerosas mangas que han proliferado en la ciudad estos últimos años, las montañas de basura a lo largo de todas las calles y avenidas, los atracos, los asesinatos, vehículos y más vehículos. ¡Y pensar que aún debemos aguantar dos años más con este carcamán gobernándonos! ¿Qué hacer entonces ante esta tragedia? ¿Hay alguna salida para nuestra pena? ¿Es qué nuestra aflicción no tiene remedio? Propongo una opción, misma que tiene que ver con Caracas, mejor dicho, con un buen hijo de la ciudad capital, con el compatriota Jorge Rodríguez. Por favor, ciudadano alcalde del Municipio Libertador, véngase para acá. Postúlese como candidato para gobernar Ciudad Guayana y conducirla entonces por mejores senderos, hacia mejores destinos. Sálvenos de tanta barbarie, acuda en nuestra ayuda, venga a socorrernos. Sáquenos de este infierno, líbérenos de este mal, amen.

 

 



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Sigfrido Lanz Delgado


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