La extraña crueldad de los conquistadores

“¿Cómo averiguar lo que de cierto hay en las afirmaciones de Fray Bartolomé de las Casas sobre la extraña crueldad de los conquistadores, o la defensa que de ellos hace Fernández de Oviedo? La toga y la espada desde entonces no se han entendido. Unos acusan a los otros de crueles, éstos a su vez los cubren de improperios. López de Gomara compara a las tropas de Cortés con las hordas de Atila. Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista, pública su Historia de la Conquista para rebatir al clérigo. Motolinía clama contra los conquistadores. Oviedo lo rebate. Hasta nosotros la leyenda trae una imagen doblemente confusa, donde lo mismo aparece la bizarría que la crueldad, el odio que el amor, la creación que la destrucción, la gallardía que la miseria”.

No son tantos, afortunadamente, como para impedir su pesquisa. Todos cabrían en un cine de barrio y sobrarían sillas. ¡Cuánto estruendo, sin embargo, arman estos mil Viajeros de Indias! A muchos los conocemos aunque sea a través del nombre. Allí tenemos a Nicolás Pérez de Mestre y a Francisco de los Cobos (Secretario de Ampíes). Sabemos que Esteban Mateos y Virgilio García perseguían y herraban indios en los tiempos del fundador de Coro. Y que Juan Cuaresma fue de los primeros fundadores de la ciudad con su mujer Francisca Samaniego.

Son seres que todavía están vivos y palpitantes en la esencia de la nacionalidad.
Esos Fernán Gallegos, Esteban Martín y Pedro de Limpias son generadores de la burguesía de la Venezuela actual. De las fogosas descargas de hombres como Juan de la Fuente, Virgilio García y Lope de Aceros desciende nuestro pueblo. Sean mujeres como Ana Pacheco, la honorable mujer de Juan de Villegas, sea por intermedio de Catalina de Miranda, la concubina de Carvajal y de García de Paredes. En aquellos años el semen de los conquistadores cayó sobre las indias, las negras, las españolas, sin importar que fueran caquetías, Jirajaras, negras esclavas, hidalgas o aventureras. La sangre caliente no hizo distinción al elegir sobre quién debía caer la responsabilidad de echar a andar un mundo.

Nombres como los de Sancho Briceño y Juan de Villegas van a incidir sobre el Libertador y sobre toda Venezuela a lo largo de las generaciones que se interponen desde aquel 1530 hasta nuestros días. Un Alonso Vásquez de Acuña, no es solamente el tesorero de Alfinger, ni el ilustre antecesor de una familia caraqueña. De haber tenido dos hijos apenas, el número de sus descendientes sería superior a cincuenta mil personas en la actualidad.

Mario Briceño Iragorry dice que del matrimonio de su ilustre abuelo con la hija de Juan de Cuaresma de Melo, “saldría una prole abrahámica, llamada a enredarse de mil modos en la Historia de la naciente Provincia”. “Cuando se examine el discurso que en la historia ha formado para el grito rebelde, aparecerá la prole del conquistador con voces tan sonoras como las voces de Simón Bolívar, de Cristóbal Mendoza, de Antonio Nicolás Briceño, de Mariano Montilla”. Como también sacará voces en los miles de Briceño anónimos, en los que han perdido desde hace tiempo el gentilicio, en los que ni siquiera sospechan que en su sangre palpite el héroe de Arévalo. La simiente de Don Sancho cayó sobre las indias cuicas, sobre las negras, como seguirá cayendo a través de los siglos por todos los ámbitos de América. Los héroes no procrean hijos ilustres solamente.

En Juan de Melo, Gerónimo de la Peña, Antonio Coll, Gonzalo de los Ríos y demás compañeros de Alfinger, surgen ramas de aristocracia y de pueblo autentico. Del sastre Luis León descienden numerosas familias de Coro y de Venezuela. Un alemán de apellido Ritz castellaniza su nombre. Así se originan gran parte de los Ruiz de Venezuela.

Todo tiene un comienzo. Para nosotros ese comienzo está en aquellos compañeros de Ampíes, Alfinger, Federman y Bastidas. No importa que las 3/4 partes de ellos hayan dejado sus huesos en los caminos del llano o en los pasos del páramo. También dejaron en el vientre de las indias de Coro, de Barquisimeto, del lago y de la montaña, la simiente de sus estructuras. Ellos seguirán viviendo eternamente entre los indios blancos que se llevaron sus madres a las selvas.

Antes de abocarnos al estudio de nuestros personajes será necesario responder a una
pregunta: ¿Cómo es posible que de aquel minúsculo número de expedicionarios de la Conquista proceda el 75% de la población venezolana, si en Venezuela y en América son dos mil y veinticinco mil hombres, respectivamente? ¿No eran acaso 300.000 los indígenas de Venezuela y 14 millones los del Continente? De haber aportado alguna tara hereditaria es obvio que ella se habría disuelto sin significación dentro de una numerosa masa de personas normales (si es que aceptamos la igualdad biológica del indio con el europeo en sus medios nativos).

En tal caso, nos sentiríamos inclinados a suponer que la actual población del Nuevo Mundo más tiene de indios que de españoles. ¿Qué puede significar para un país de 14 millones un aporte migratorio de 25.000 personas, o sea, el número de expedicionarios que pasaron a América entre 1492 y 1570?

Si los Viajeros de Indias hubiesen venido al Nuevo Mundo en calidad de inmigrantes, quizás tendría validez ese argumento. Pero no sucedió de esa manera. Los Viajeros de Indias no fueron inmigrantes sino conquistadores. Por eso no hay que creer que su proporción ínfima se mantenga equivalente con el correr del tiempo. Si cuando llegan son el 1 por mil, ciento cincuenta años más tarde son el 12,24% de la población de América. El indio, por el contrario, ha descendido de un 100% a un 80,85% en 1650, a un 25,10% para la época de la Independencia de América.

Junto con el descenso del indio se observa el incremento del blanco y de sus mezclas. Gonzalo Fernández de Oviedo afirma que solamente en Nicaragua en la época de Pedrarias (1514-1530) fueron ejecutados dos millones de indios.
Según el Padre Las Casas, los españoles mataron en el Perú más de 4 millones en diez años.

El mismo informante dice que, de los tres millones que tenía La Española en 1502, no encontró doce años más tarde un número superior al de doscientos. Carlos Salas escribe que los españoles mataron, entre las Antillas y Tierra Firme, diez millones de seres.

Las enfermedades del Viejo Mundo —la viruela, el sarampión, la escarlatina, la difteria, la influenza, la tuberculosis y el cólera— fueron particularmente mortíferas para los indios. Según dice Rosenblat, causaron más estragos que las armas europeas. En 1576, una epidemia llamada el Matlazahualt mató las dos terceras partes de la población del virreinato de México. En 1779 las viruelas mataron 9.000 personas en la capital de aquel país. Según Las Casas, en la región de Paria, para la época del Descubrimiento, había una población de dos millones. La despoblación tremenda que se observa más tarde, se debe a esta enfermedad.

Aunque las leyes de Indias prohibían esclavizar a los aborígenes que se sometiesen a la Corona, cuando escaseaban los insurrectos, se echaba mano a los otros para venderlos como esclavos en Orán y Trípoli.

En 1504 se declararon esclavos a los caribes “por el pecado de sodomía y de idolatría y de comer hombres”. Como es de suponer, no tardaron los conquistadores en encontrarlos plagados de esos defectos. De esta forma se despoblaron las Antillas y toda la costa de Tierra firme.

La mita era una ley bárbara, según la describe Humboldt, que consistía en trasladar al varón indio lejos de su familia a trabajar en minas o donde faltasen brazos para beneficiar la tierra. Todavía se practicaba en el Perú en 1804. La mayoría muere, sea por hambre, nostalgia o cambio de clima. En 1678, Melchor de Liñán refiere cómo se mueren los indios que son trasladados de la sierra al llano.

Con la introducción del negro, se empeoran sus condiciones al ser desalojados de los sitios de trabajo. Desposeído e impedido de ser esclavo, la situación del indio es miserable. En la noche del 28 de agosto de 1784, una helada destruyó México la cosecha de maíz; por esta causa murieron 300.000 personas en todo el reino de la Nueva España.

No permanecieron impasibles los aborígenes ante ese estado de cosas. En Venezuela, y en todas las regiones ocupadas por los Caribes, combatieron hasta desaparecer. La mayor parte de la población prefirió la muerte o la emigración, antes que someterse al régimen de encomiendas.

En otros países como México y Perú, cada cierto tiempo se producían levantamientos destinados a restaurar a los descendientes de los aztecas y de los incas. Cada insurrección se acompañaba de matanzas, deportaciones en masa de los hombres y raptos de las mujeres.
Esta es una de las causas fundamentales de la despoblación indígena. El Viajero de Indias se igualaba con el indio a punta de tizona, hambre, viruela y encomiendas.

Esto se ve claramente en el censo de 1650. Para cuatrocientas negras que había en Nuestra América para la fecha (incluyendo viejas y niñas) los devaneos de sus propietarios les habían fecundado el vientre 269.000 veces.

El conquistador, al igual que su descendiente, fue el macho omnímodo. Como un padrote de cría, emprende la tarea de poblar un nuevo mundo, con la negra a su derecha y la india a la izquierda. Andrés Eloy Blanco plasmó la escena en estas bellas estrofas de su Canto a España:
…y el mundo, estupefacto, verá la maravilla de una raza que tiene por pedestal tres quillas…
Como tímidos espectadores, se asoman a la escena la mujer castellana, el negro bozal y el marido burlado.

Por esto, el Viajero de Indias es el padre del hombre americano. Como dice el poeta: “El abuelo en las Evas indianas multiplicó su vida”.

En 1570 la raíz troncular de la población venezolana está echada sobre esos mil hombres, que a lo sumo se encuentran en las entonces llamadas Caracas, Cumaná, Margarita, Barquisimeto, Mérida y Maracaibo.

En lo sucesivo los Viajeros de Indias dejarían las armas para ser los pobladores de un mundo que comenzaba a andar. De ellos desciende en mayor o menor grado la casi totalidad de la población venezolana. En ellos posiblemente esté la clave de muchos de nuestros problemas morales y sociales.

¡TúausenciaComandante! Después de Tú dolorosa partida la Nave está acéfala, sin rumbo, a la deriva y hace agua por todas partes. Tú amado pueblo está impaciente esperando que vuelvas pronto de la misa. ¡Comandante!!!

¡Gringos Go Home! ¡Libertad para los cuatro antiterroristas cubanos héroes de la Humanidad!

¡BolívarYChávezViviránPorSiempreEnNuestrosCorazones!
¡Viviremos y Venceremos!


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Manuel Taibo


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