La Sublime Madre: honor a quien honor se merece

La expresión más elevada de la fuerza de una mujer se halla en su papel de madre. Cada niño que nace le debe su existencia a la madre. Por lo tanto, todos deben estar extremadamente agradecidos a sus madres.  Una madre es como la tierra. Para concebir hijos, los padres se conducen como si sembraran una semilla [1].

La madre nutre al niño en el vientre y atraviesa todos los sufrimientos para proteger al niño. No hay amor más grande en el mundo que el amor maternal.

La madre es el arquetipo principal del carácter de sus hijos. Por eso la madre es una persona tan santificada en todo el mundo. En la India, una madre se equipara a Dios: Dios no podía estar en todas partes, de modo que creo a las madres. Es un hecho histórico, que el carácter de los líderes más sobresalientes se configuró bajo la influencia de sus madres. La mujer, en su rol de madre, representa la concreción de la caridad de Dios. Ella posee una aptitud natural hacia el esfuerzo espiritual, por el hecho de estar dotada de fortaleza, mansedumbre y humildad. La mujer es inteligente y alerta. Posee un innato sentido del honor y de la lealtad a la virtud [2].

La maternidad es la más alta recompensa para una mujer; mecer la cuna, su más santificado acto. Las madres son las forjadoras de la fortuna o la desgracia de una nación, de la forma y la fibra del alma. Estas fibras se robustecen gracias a las lecciones que ellas deberían impartir: el temor al pecado y el afecto por la virtud. Ambos se basan en la fe en Dios, en cuanto a motivador interno de todo.

Si desean saber cuan avanzada es una nación, estudien a sus madres. Si quieren absorber la gloria de la cultura, observen a las madres meciendo la cuna, alimentando, apoyando, enseñando y acariciando a los bebes. Según sean las madres así será el progreso de la nación; como sean las madres, será la dulzura de la cultura.

Arnold Toynbee, el famoso historiador británico, nos habla sobre la maternidad en la historia del mundo: “La madre es irremplazable en el ambiente del hogar, como la educadora de sus hijos en sus primeros años de vida, durante los cuales se forma el carácter y el temperamento de un niño”.

Sigue diciendo Toynbee, parte de la personalidad de un niño es determinada por los genes. El carácter, sin embargo, se forma gracias a una interacción entre los caracteres hereditarios de una persona y su respuesta frente a sus ambientes, y parece haberse establecido que, aunque el carácter puede ser modificado en todas las etapas de la vida, el desarrollo decisivo se produce durante los primeros cinco años, etapa formativa en la cual el más importante de los agentes ambientales es la influencia educativa de la madre. Aquellos que han carecido del amor maternal conservan profundas cicatrices, en su carácter, por toda la vida [3].

Veamos el ejemplo de una madre campesina en la India [4]. En el pasado, las madres solían desempeñar un papel importante en el moldeado de sus hijos. Por ejemplo, está el caso de Eeshvar Chandra Vidyasagar, nativo de Calcuta. Le hizo justicia a su nombre convirtiéndose en un gran erudito (Vidhyasagar significa Océano de Conocimiento). Él pertenecía a una familia muy pobre. Su madre lo crió a costa de privarse ella misma de alimento. La joven madre, una mujer sabia y virtuosa, crió a sus hijos con amor, tiernos cuidados y disciplina. Prosiguiendo sus estudios en las circunstancias más adversas, completó sus educación y encontró un trabajo de 50 rupias por mes. Con el correr del tiempo, ascendió a una posición eminente a fuerza de trabajo duro.

Un día se acerco a su madre y le dijo: “madre, he alcanzado una posición eminente gracias a tu bendición y guía. Ahora puedo cumplir cualquiera de tus deseos”. La madre dijo: “aún no, hijo mío. Tengo tres deseos pero te los diré a su debido tiempo”. Al haber obtenido una posición aún más alta, después de un tiempo, Eeshvar Chandra volvió a hacerle la misma petición a su madre. Ella dijo: “Nuestro pueblo es pobre y no tiene una escuela. Por favor, establece una escuela aquí, de modo que los niños no tengan que ir a otra parte para recibir educación. Esa escuela será un ornamento para mí”. El hijo cumplió su deseo.

Más adelante, la madre reveló su segundo deseo. Quiso que Eeshvar Chandra estableciera un pequeño hospital en el pueblo para servir a los aldeanos. Ella dijo que ése sería el segundo ornamento que quería de su hijo. Él estableció un hospital como su madre deseaba. En los años siguientes, Vidyasagar ascendió a posiciones aún más eminentes, pero siguió siendo tan humilde y libre de vanidad como siempre. Le preguntó a su madre cuál era su tercer deseo. Ella contestó, el tercer ornamento que deseo es tu conducta. Siempre habrá de ser digna de mi nombre. Nunca te dejes tentar por el dinero.

Qué excelsa madre debe haber sido: No es de extrañar que su hijo se haya convertido en Ishwar Chandra Vidyasagar: el gigante del renacimiento indio durante el siglo XIX.  

 Ishwar Chandra Vidyasagar, que significa “Océano del Saber”, fue entre los líderes y reformadores sociales del siglo XIX, el primero de los pioneros del renacimiento indio. Fue un filósofo, académico, educador, escritor, traductor, impresor, editor, empresario, reformador y filántropo.  Se consideraba que poseía “el genio y la sabiduría de los antiguos sabios, la energía de un inglés y el corazón de un bengalí”. Libró batallas para conseguir la modernización de la educación, y por sobre todo, practicó los Valores Humanos. Su carácter hablaba más elocuentemente  que las palabras de los predicadores.

 [1] Sathya Sai Baba, en conferencia de los Cursos de Verano de 1993 (26 de mayo)

[2] Sathya Sai Baba, en Discursos

[3] Toynbee, Arnold e Ikeda, Daisaku, Chose Life, Oxford University Press, Nueva Dehli, 1987

[4] Benoy, Ghosh, Ishwar Chandra Vidyasagar, en la serie Constructores de la India Moderna, Publicaciones del gobierno de la India.

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José Agapito Ramírez


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