El principio del fin de una política inmoral

A juicio del prestigioso intelectual venezolano Luis Brito “la
apertura hacia Cuba es una desesperada medida de Estados Unidos para
recuperar presencia en un tablero internacional que se le escapa de
las manos”.

Brito fundamenta su criterio en elementos tan concretos como la
creación de la Zona de Libre Comercio Asia-Pacífico, que incluye las
economías de los países que representan más de la mitad del comercio
mundial; la fundación del Banco Asiático de Inversiones en
Infraestructura, virtual contrapeso del Fondo Monetario Internacional,
y la decisión china de invertir 40.000 millones de dólares en “La Ruta
de la Seda”, colosal red de puertos, trenes, ductos de energía y
tecnología que conectarán Rusia, Irán, Turquía, el Océano Índico, y
ciudades europeas, en desmedro de la “Alianza del Pacífico” que
Washington anima con el propósito de bloquear a los gobiernos
progresistas de América de Asia.

A estos colosales desarrollos, que apuntan a romper el bloqueo del
dólar como divisa preponderante y a sustituirla por el yuan, se agrega
el canal interoceánico que se construye por Nicaragua, que dará acceso
irrestricto e ilimitado a este cúmulo de intereses asiáticos al Caribe
y a Cuba, razón por la cual proseguir la política de bloqueo por parte
de Estados Unidos a la isla equivaldría a auto bloquearse.
Es revelador, sin embargo, que el Presidente Obama no haya atribuido
el fracaso de su política hacia Cuba al escaso contenido ético y moral
de la política exterior estadounidense aplicada a las relaciones con
sus cercanos vecinos. El mandatario reconoció que, al normalizar las
relaciones con Cuba, Estados Unidos busca poner fin a “una política
anticuada que por décadas no ha podido promover satisfactoriamente
nuestros intereses”.

Esto equivale a una confesión en boca del Presidente de que tantas
ilegalidades y vilezas que la superpotencia ha llevado a cabo contra
Cuba han respondido siempre a la proyección de intereses propios de
Estados Unidos y no a la promoción de la democracia, los derechos
humanos, la lucha contra el terrorismo o cualquier otra parábola para
justificar la intromisión en los asuntos internos de la isla violando
principios esenciales de la Carta de las Naciones Unidas.
El bloqueo a Cuba, eufemísticamente calificado de embargo, se ha
aplicado durante más de medio siglo no solo como castigo
injustificable contra un país soberano sino también a empresas
estadounidense de comercio exterior, y ha tenido alcance global
aprovechando el importante lugar que ocupa Estados Unidos en la
economía mundial.

La prohibición de los viajes de sus ciudadanos a
Cuba; la persistencia de la ocupación por Estados Unidos de la porción
del territorio cubano que ocupa la ilegal Base Naval de Guantánamo; la
promoción o la tolerancia de cientos de actos de terrorismo contra la
isla que han dejado miles de víctimas; la vigencia de la Ley de Ajuste
Cubano destinada a promover la emigración ilícita de cubanos hacia
Estados Unidos con fines propagandísticos y de robar talentos a la
isla que ha provocado tantas víctimas fatales; la absurda inclusión de
Cuba en un listado de países promotores del terrorismo para perjudicar
los nexos de Cuba con terceros países; la campaña hostil en los medios
de prensa corporativos estadounidenses y globales, y tantos otros
abusos contra el pueblo cubano durante medio siglo, constituyen actos
hostiles contra el pueblo cubano que aún forman parte oficialmente de
sus políticas vigentes y que obviamente tendrían que ser levantados
sin demora.

El ofrecimiento de Estados Unidos de restablecer las relaciones que
por estos días se discute en La Habana está llamado a abrir el camino
a un futuro de paz entre los dos países vecinos que ambos pueblos
desean vivamente, aunque no todos lo auguran.
Los muchos estadounidenses que, jubilosos, han estado llegando a Cuba
o enviando mensajes de felicitación a los cubanos luego de los
anuncios presidenciales simultáneos de diciembre 17 de 2014, insisten
en un peligro del que los cubanos deben cuidarse.

“Beware of the Corporate America”, advierten a sus vecinos cubanos,
temerosos de que la voracidad de la “América corporativa” caiga sobre
las conquistas sociales de la revolución cubana en la nueva situación
que ellos avizoran sin advertir que la revolución cubana no se va a
enfrentar al capitalismo como algo novedoso porque la isla ha
mantenido relaciones cordiales con empresarios de prácticamente todos
los países capitalistas del mundo, excepto con los de Estados Unidos,
sin admitir jamás injerencias en los asuntos internos del país. Y no
hay motivo para pensar que los capitalistas estadounidenses sean
peores ni mejores que los demás.


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Manuel Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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