Los halcones también sueñan



Condoleezza Rice tuvo un ruidoso sueño la madrugada del Domingo de Resurrección. Aunque los escépticos lo duden, los halcones también sueñan, sobre todo las halconas (eso de halcónhembra es puro machismo avícola). Pues bien, Condoleezza tuvo un sueño acústico. El sábado de gloria había dicho a The Washington Post que Estados Unidos no quería ser enemigo de Venezuela. Esta inesperada declaración provocó un eco de retorno desde una lejana plaza suramericana hasta la plácida alcoba de la secretaria de Estado de EEUU. Entredormida, Condoleezza no atinaba a precisar si soñaba estruendosamente o si sufría una alucinación auditiva.

Despertó con la pereza que dejan los sueños imprecisos, los índices atapuzados en los oídos, como quien busca atrapar un eco con la yema de los dedos. Así. Así.

Condoleezza marcó el teléfono y llamó al analista de sueños del Pentágono, especie tecnotrónica y postmoderna de aquel José bíblico, leedor de sueños, a quien la mujer de Putifar cobró bien caro el no dejarse seducir. Duro el José. El especialista oyó atentamente a la secre de Estado y decidió perseguir el eco de su sueño con unos sofisticados aparatos. Le llamaba la atención que en el sueño de Condoleezza no hubiera colores ni imágenes sino ruido, mucho ruido. A lo mejor así sueñan las halconas. Con gesto un tanto rendido, el analista onírico le informó a la dura funcionaria que sólo podía determinar que el eco de retorno rebotaba de Venezuela. Le metió unos datos a la computadora y agregó: “Aquí está: Venezuela. Caracas.

Altamira. Plaza Francia. Cacerolas a millón. Condoleezza traidora”.

Condoleeza Rice, la dura, se sintió un Jimmy Carter cualquiera, el blandengue. Recordó que el ex presidente de Estados Unidos fue caceroleado en el este caraqueño y estuvo a punto de ser agredido. El Departamento de Estado permaneció atento al incidente, por si las cosas pasaban a mayores y se veía obligado a rescatar y evacuar al bueno de Jimmy. Aquella horda de gente elegante que lo caceroleaba era la misma que había solicitado su presencia en Venezuela como observador. ¿Por qué se volteó?
Vaya usted a saber. “Así es la gente en el trópico, no importa su clase social”, sentenció Condoleezza. En ese instante recordó, como en un fogonazo, sus declaraciones al Washington Post . Aquel ruido onírico provenía de las maldiciones que la “sociedad civil” caraqueña profería contra ella desde la patria de Hugo Chávez, el zambo zumbao que la tenía hasta la coronilla.

Condoleezza entendió que si se le ocurría visitar Venezuela, la esperaba el mismo estruendoso recibimiento con que fue echado de un restaurant el ex presidente Carter.

La misma gente que la exaltó como heroína y jefa de la oposición venezolana cuando acusó a Chávez de fuerza del mal, ahora le anunciaba un cacerolazo por sus declaraciones filocomunistas, ese guiño al autócrata, esa carantoña al tirano, esa depravada picada de ojo al régimen, como bien diría el binguero Ortega. Un rictus de desprecio congestionó su rostro. “El subdesarrollo tropical, así se vista de seda, no tiene remedio”, magulló. El tecnócrata de sueños del Pentágono, que no oyó bien, preguntó:
“¿cómo?”. Condoleezza lo cortó: “nada, necio”. Le aburría esa manifestación acústica del subdesarrollo que es el cacerolazo moscardón y zumbón.

No tuvo que venir a Caracas. De visita en Miami, el estruendoso sueño casi se le da en su propia tierra, entre barras, hamburguesas y estrellas. Un grupo le salió al paso con las perolas en ristre. Su secretaria le informó que eran venezolanos denominados curiosamente escuálidos que hacían la dura y sacrificada resistencia en Florida. A su paso, al ser planchado por la lóbrega mirada de Condoleezza, el grupo se paralizó y no se atrevió a sonar las palanganas; quedó congelado con las manos en alto. La fastidiada Rice le susurró al gobernador Jeb Bush, quien la recibía ignorando con arrogancia y desprecio a los resistentes venemayameros: “Jeb, los chavistas, a los que les tiré el anzuelo de que no queremos ser enemigos de Venezuela para que bajaran la guardia, no me creyeron ni una coma. Y éstos, ¿cómo se dice?, ajá, estos es-cuá-li-dos, se la comieron completa. No tienen remedio. Así seguirán hasta, ¿cómo se dice..?
-Hasta el 2021.


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

 earlejh@hotmail.com

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