Entrevistando imaginariamente a Marx sobre lo tratado en: El capítulo XIII de “El Capital” (VI)

¿Qué tratamiento le da el capitalista a la educación de los niños?

Friedrich Engels, en su "Situación de la clase obrera de Inglaterra", y otros autores han expuesto tan exhaustivamente la degradación moral causada por la explotación capitalista de las mujeres y los niños, que me limitaré aquí a recordarla. Pero la devastación intelectual, producida artificialmente al transformar a personas que no han alcanzado la madurez en simples máquinas de fabricar plusvalor, devastación ésta que debe distinguirse netamente de esa ignorancia natural que deja en barbecho la mente sin echar a perder su capacidad de desarrollar su natural fecundidad, obligó finalmente al propio parlamento inglés a convertir la enseñanza elemental en condición legal para el uso "productivo" de chicos menores de 14 años, en todas las industrias sometidas a la ley fabril. El espíritu de la producción capitalista resplandece con toda claridad en la desaliñada redacción de las llamadas cláusulas educacionales de las leyes fabriles; en la carencia de un aparato administrativo debido a lo cual esa enseñanza obligatoria se vuelve en gran parte ficticia; en la resistencia de los fabricantes incluso contra esta ley de enseñanza y en sus triquiñuelas y subterfugios para infringirla. "Al único al que caben los reproches es al legislador, porque aprobó una ley engañosa que, bajo la apariencia de velar por la educación de los niños [...], no contiene una sola disposición que asegure el cumplimiento del objetivo pretextado. No preceptúa nada, salvo que los niños [...], durante cierta cantidad de horas diarias" (tres) "deben estar encerrados entre las cuatro paredes de un lugar denominado escuela, y que el patrón del niño debe recibir semanalmente, a tal efecto, un certificado de una persona que firma en calidad de maestro o maestra de escuela". Antes que se promulgara la ley fabril revisada de 1844, no era raro que los maestros o maestras firmaran con una cruz los certificados de escolaridad, ya que ni siquiera sabían escribir su nombre. "Al visitar una Escuela que expedía tales certificados, me impresionó tanto la ignorancia del maestro que le pregunté: <<Disculpe, señor, ¿pero usted sabe leer?>> Su respuesta fue: <<Y bueno, un poco>>. A modo de justificación agregó. <<De todas maneras, estoy al frente de mis discípulos>>." Durante los debates previos a la aprobación de la ley de 1844, los inspectores fabriles denunciaron el estado bochornoso de los lugares que se intitulaban escuelas, y cuyos certificados ellos tenían que admitir como plenamente válidos desde el punto de vista legal. Todo lo que consiguieron fue que desde 1844 "los números en el certificado escolar tuvieran que ser llenados de puño y letra del maestro, quien debía, además, firmar él mismo con nombre y apellido”. Sir John Kincaid, inspector fabril de Escocia, nos cuenta de experiencias oficiales similares: "La primera escuela que visitamos estaba a cargo de una señora Ann Killin. Al solicitarle que deletreara su nombre, cometió de inmediato un error, ya que empezó con la letra c, pero enseguida corrigió y dijo que comenzaba con k. Sin embargo, al mirar su firma en los libros de asistencia escolar observé que lo escribía de distintas maneras, mientras que su escritura no dejaba duda alguna en cuanto a su incapacidad de enseñar. Reconoció, incluso, que no sabía llevar el registro... En una segunda escuela descubrí que el salón de clase tenía 15 pies de largo por 10 pies de ancho, y en ese espacio conté 75 niños que decían algo en una jerigonza ininteligible". "Sin embargo, no es sólo en tales covachas lamentables donde los chicos reciben sus certificados de escolaridad pero ninguna enseñanza, ya que en muchas escuelas donde hay un maestro competente los esfuerzos de éste, ante el revoltijo de niños de todas las edades (de 3 años para arriba), fracasan casi por entero. Su ingreso, mezquino en el mejor de los casos, depende totalmente de la cantidad de peniques que recibe por hacinar en un cuarto el mayor número posible de niños. Añádase a esto el  mísero mobiliario escolar, la falta de libros y de otros materiales didácticos y el efecto deprimente que ejerce sobre los pobres chicos una atmósfera viciada y fétida. He visitado muchas de esas escuelas, en las que vi multitud de niños que no hacían absolutamente nada, esto es lo que queda certificado como escolaridad, y éstos son los niños que en las estadísticas oficiales figuran como educados". En Escocia, los fabricantes procuran excluir de sus establecimientos a los menores obligados a asistir a la escuela. "Esto basta para demostrar el repudio de los fabricantes contra las cláusulas educacionales". Características horribles y grotescas alcanza este fenómeno en las fábricas de estampar calicó, etc., sujetas a una ley fabril especial. Según las disposiciones de la ley "todo niño, antes de comenzar a trabajar en una de esas fábricas, tiene que haber asistido a la escuela por lo menos 30 días, y no menos de 150 horas durante los 6 meses inmediatamente precedentes al primer día de labor. Durante el transcurso de su trabajo en la fábrica tiene igualmente que asistir a la escuela por espacio de 30 días, y 150 horas durante cada período sucesivo de 6 meses... La asistencia a la escuela ha de efectuarse entre las 8 de la mañana y las 6 de la tarde. Ninguna asistencia de menos de 2 1/2 horas o de más de 5 horas en el mismo día podrá contarse como parte de las 150 horas. En circunstancias ordinarias los niños concurren a la escuela de mañana y de tarde por 30 días, durante 5 horas diarias, y una vez transcurridos los 30 días, cuando ha sido alcanzado el total legal de 150 horas cuando, para decirlo con sus palabras, han dado todo el libro, vuelven a la fábrica de estampados y pasan en ella otros 6 meses, hasta que se vence un nuevo plazo de asistencia a la escuela, y entonces permanecen de nuevo en ésta hasta que se da otra vez todo el libro... Muchísimos adolescentes que asisten a la escuela durante las 150 horas preceptuadas, cuando regresan de su estadía de 6 meses en la fábrica están igual que cuando empezaron... Han perdido, naturalmente, todo lo que habían ganado en su anterior período de asistencia escolar. En otras fábricas de estampar calicó la asistencia a la escuela se supedita enteramente a las exigencias del trabajo en la fábrica. Durante cada período de 6 meses se llena el número de horas requeridas mediante cupos de 3 a 5 horas por vez, dispersos acaso a lo largo de 6 meses. Un día, por ejemplo, se va a la escuela de 8 a 11 de la mañana, otro día de 1 a 4 de la tarde, y después que el chico ha faltado durante unos cuantos días, vuelve de repente de 3 a 6 de la tarde; luego concurre 3 ó 4 días seguidos, o una semana, desaparece entonces por 3 semanas o un mes entero y retorna algunos días perdidos, a cualquier hora, casualmente cuando ocurre que su patrón no lo necesita; y de este modo el niño, por así decirlo, es empujado de la escuela a la fábrica, de la fábrica a la escuela, hasta que se completa la suma de las 150 horas". Mediante la incorporación masiva de niños y mujeres al personal obrero combinado, la maquinaria quiebra, finalmente, la resistencia que en la manufactura ofrecía aún el obrero varón al despotismo del capital.

¿Qué efectos ejercen las máquinas sobre la duración de la jornada de trabajo?

Si bien las máquinas son el medio más poderoso de acrecentar la productividad del trabajo, esto es, de reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía, en cuanto agentes del capital en las industrias de las que primero se apoderan, se convierten en el medio más  poderoso de prolongar la jornada de trabajo más allá de todo límite natural. Generan, por una parte, nuevas condiciones que permiten al capital dar rienda suelta a esa tendencia constante que le es propia, y por otra, nuevos motivos que acicatean su hambre rabiosa de trabajo ajeno.

En primer término en la maquinaria adquieren autonomía, con respecto al obrero, el movimiento y la actividad operativa del medio de trabajo. Se vuelve éste, en sí y para sí, un perpetuum mobile industrial, que seguiría produciendo ininterrumpidamente si no tropezara con ciertas barreras naturales en sus auxiliares humanos: debilidad física y voluntad propia. Como capital y en cuanto tal, el autómata crea en el capitalista conciencia y voluntad pues está animado por la tendencia a constreñir a la mínima resistencia las barreras naturales humanas, renuentes pero elásticas. Esta resistencia, además, se ve reducida por la aparente facilidad del trabajo en la máquina y el hecho de que el elemento femenino e infantil es más dócil y manejable.

La productividad de la maquinaria se halla, como hemos visto, en razón inversa a la magnitud del componente de valor transferido por ella al producto. Cuanto más prolongado sea el período en que funciona, tanto mayor será  la masa de productos entre la que se distribuirá  el valor añadido por ella, y tanto menor la parte de valor que agregue a cada mercancía. No obstante, es evidente que el período vital activo de la maquinaria está determinado por la extensión de la jornada laboral o duración del proceso cotidiano de trabajo, multiplicada por el número de días en que el mismo se repite.

Entre el desgaste de las máquinas y el tiempo durante el cual se las usa no existe, en modo alguno, una correspondencia matemáticamente exacta. E incluso si lo supusiéramos, una máquina que preste servicios durante 16 horas diarias a lo largo de 7 1/2 años, abarcará  un período de producción igual, y no agregará  más valor al producto total, que la misma máquina en el caso de funcionar sólo 8 horas diarias por espacio de 15 años. Pero en el primer caso el valor de la máquina se habría reproducido con el doble de rapidez que en el segundo, y el capitalista, por medio de la misma, habría engullido tanto plustrabajo en 7 1/2 años como en el otro caso en 15.

El desgaste material de la máquina es de dos tipos. Uno deriva de que se la use, como ocurre con las piezas dinerarias, que se desgastan por la circulación; el otro de que no se la use, tal como la espada inactiva, que se herrumbra en la vaina. Se trata, aquí, de su consumo por los elementos. El desgaste del primer tipo está más o menos en razón directa al uso de la máquina; el otro desgaste, hasta cierto punto, se halla en razón inversa a dicho uso.

Pero además del desgaste material, la máquina experimenta un desgaste moral, por así  llamarlo. Pierde valor de cambio en la medida en que se puede reproducir máquinas del mismo modelo a menor precio o aparecen, a su  lado, máquinas mejores que compiten con ella. En ambos casos su valor, por flamante y vigorosa que sea todavía, ya no estará  determinado por el tiempo de trabajo efectivamente objetivado en ella, sino por el necesario para su propia reproducción o para la reproducción de las máquinas perfeccionadas. Por ende, se ha desvalorizado en mayor o menor medida. Cuanto más breve sea el período en que se reproduce su valor total, tanto menor será  el riesgo de desgaste moral, y cuanto más prolongada sea la jornada laboral tanto más breve será  dicho período. Al introducirse la maquinaria en un ramo cualquiera de la producción, surgen uno tras otro métodos nuevos para reproducirla de manera más barata y son perfeccionamientos que no afectan sólo partes o aparatos aislados, sino toda la construcción de la máquina. De ahí que sea en el primer período de vida de la máquina cuando ese motivo particular de prolongación de la jornada laboral opera de la manera más intensa.

Bajo condiciones inalteradas en los demás aspectos, y dada una duración determinada de la jornada laboral, la explotación de un número doble de obreros requiere, asimismo, tanto la duplicación de la parte del capital constante invertida en maquinaria y edificios como la adelantada en materia prima, materiales auxiliares, etc. Al prolongar la jornada laboral se amplía la escala de la producción, mientras que se mantiene inalterada la parte del capital invertida en maquinaria y edificios. No sólo, pues, se acrecienta el plusvalor, sino que disminuyen las inversiones necesarias para la obtención del mismo. No cabe duda de que esto ocurre también, en mayor o menor grado, en toda prolongación de la jornada laboral, pero en este caso su importancia es más decisiva, porque la parte del capital transformada en medio de trabajo tiene, en general, una importancia mayor. El desarrollo de la industria fundada en la maquinaria, en efecto, fija una parte siempre creciente del capital bajo una forma en la que, por una parte, el mismo es constantemente valorizable, y por otra parte pierde valor de uso y valor de cambio no bien se interrumpe su contacto con el trabajo vivo. "Cuando un trabajador agrícola", le explica el señor Ashworth, magnate inglés del algodón, al profesor Nassau William Senior, "abandona su pala, vuelve inútil durante ese período un capital de 18 peniques. Cuando uno de nuestros hombres" (esto es, uno de los obreros fabriles) "deja la fábrica, vuelve inútil un capital que ha costado 100.000 libras esterlinas. Figúrese usted! volver "inútil", aunque más no sea más que por un instante, un capital que ha costado 100.000 libras esterlinas.  Es una atrocidad, realmente, que uno de nuestros hombres abandone la fábrica jamás! La escala creciente de la maquinaria hace que la prolongación siempre creciente de la jornada laboral sea, como advierte Senior, adoctrinado por Ashworth, "deseable".

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Nicolás Urdaneta Núñez


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