Entrevistando imaginariamente a Marx sobre lo tratado en: El capítulo XIII de “El Capital” (IV)

¿Cuál es la diferencia que existe entre la máquina como elemento creador de valor y como elemento creador de producto?

En cuanto maquinaria, el medio de trabajo cobra un modo material de existencia que implica el reemplazo de la fuerza humana por las fuerzas naturales, y de la rutina de origen empírico por la aplicación consciente de las ciencias naturales. En la manufactura, la organización del proceso social de trabajo es puramente subjetiva, combinación de obreros parciales y en el sistema de las máquinas, la gran industria posee un organismo de producción totalmente objetivo al cual el obrero encuentra como condición de producción material, preexistente a él y acabada. En la cooperación simple, e incluso en la que se ha vuelto específica debido a la división del trabajo, el desplazamiento del trabajador aislado por el obrero socializado sigue siendo más o menos casual. La maquinaria, con algunas excepciones que habremos de citar más adelante, sólo funciona en manos del trabajo directamente socializado o colectivo. El carácter cooperativo del proceso de trabajo, pues, se convierte ahora en una necesidad técnica dictada por la naturaleza misma del medio de trabajo.

Las fuerzas productivas que surgen de la cooperación y de la división del trabajo, como hemos visto, no le cuestan nada al capital. Son fuerzas naturales del trabajo social. Nada cuestan, tampoco, las fuerzas naturales como el vapor, el agua, etc., incorporadas a procesos productivos. Pero así como el hombre necesita pulmones para respirar, necesita también una "hechura de mano humana" para consumir productivamente las fuerzas naturales. Para explotar la fuerza del agua se requiere una rueda hidráulica; para aprovechar la elasticidad del vapor, una máquina de vapor. Con la ciencia ocurre lo mismo que con las fuerzas de la naturaleza. Una vez descubierta, la ley que rige la desviación de la aguja magnética en el campo de acción de una corriente eléctrica, o la ley acerca de la magnetización del hierro en torno al cual circula una corriente eléctrica, no cuestan un centavo. Pero para explotar estas leyes en beneficio de la telegrafía, etc., se requiere un aparato muy costoso y complejo. Como ya hemos visto, la máquina no desplaza a la herramienta. Ésta, de instrumento minúsculo del organismo humano, crece en volumen y cantidad hasta convertirse en herramienta de un mecanismo creado por el hombre. En vez de hacer que el obrero trabaje con su herramienta, el capital lo hace trabajar ahora con una máquina que maneja ella misma sus herramientas. Por eso, si a primera vista es evidente que la gran industria, mediante la incorporación de gigantescas fuerzas naturales y de las ciencias de la naturaleza al proceso de producción, no puede menos que acrecentar extraordinariamente la productividad del trabajo, en modo alguno resulta tan evidente, por otra parte, que esa fuerza productiva acrecentada no se obtenga gracias a un gasto mayor de trabajo. La maquinaria, al igual que cualquier otra parte componente del capital constante, no crea ningún valor, sino que transfiere su propio valor al producto para cuya fabricación ella sirve. En la medida en que tiene valor y en que, por ende, lo transfiere al producto, la maquinaria constituye una parte componente del valor de éste. En lugar de abaratarlo, lo encarece en proporción a su propio valor. Y es obvio que la máquina y la maquinaria desarrollada, sistemáticamente el medio de trabajo característico de la gran industria, contienen incomparablemente más valor que los medios de trabajo empleados en la industria artesanal y en la manufacturera.

Cabe observar ahora, en primer lugar, que la maquinaria siempre ingresa totalmente al proceso de trabajo, y sólo parcialmente al proceso de valorización. Nunca agrega más valor que el que pierde, término medio, por desgaste. Existe, pues, una gran diferencia entre el valor de la máquina y la parte de valor transferida periódicamente por ella al producto. Existe una gran diferencia entre la máquina como elemento creador de valor y como elemento creador de producto. Cuanto mayor sea el período durante el cual la misma maquinaria presta servicios reiteradamente en el mismo proceso de trabajo, tanto mayor será aquella diferencia. Es cierto que, como hemos visto, todo medio de trabajo o instrumento de producción verdadero ingresa siempre totalmente en el proceso de trabajo y sólo de un modo parcial, proporcionalmente a su desgaste diario medio, en el proceso de valorización. Pero esa diferencia entre uso y desgaste es mucho mayor en el caso de la maquinaria que en el de la herramienta, porque la primera, construida con material más duradero, tiene una vida más prolongada, porque su empleo, regulado rigurosamente por leyes científicas, posibilita una economía mayor en el desgaste de sus componentes y de sus medios de consumo, y en último lugar porque su campo de producción es incomparablemente mayor que el de la herramienta. Si deducimos de ambas, de la maquinaria y la herramienta, sus costos diarios medios, o sea el componente de valor que agregan al producto por el desgaste diario medio y el consumo de materiales auxiliares como aceite, carbón, etc., tenemos que dichas diferencias operan gratis, exactamente igual que como lo hacen las fuerzas naturales, existentes sin intervención del trabajo humano. Y así, cuanto mayor sea el ámbito de acción productivo de la maquinaria en comparación con el de la herramienta, tanto mayor será la cantidad de su servicio gratuito si se la compara con el que presta la herramienta. No es sino con el advenimiento de la gran industria que el hombre aprende a hacer que opere en gran escala y gratuitamente, al igual que una fuerza natural, el producto de su trabajo pretérito, ya objetivado.

Al examinar la cooperación y la manufactura llegamos al resultado de que ciertas condiciones generales de producción, como edificios, etc., se economizaban gracias al empleo colectivo y por ende, en comparación con las dispersas condiciones de producción de trabajadores aislados, no encarecían tanto el producto. En el caso de la maquinaria no es sólo el cuerpo de una máquina de trabajo el que es consumido colectivamente por sus muchas herramientas, sino que lo es la misma máquina motriz, junto a una parte del mecanismo de trasmisión, por las muchas máquinas de trabajo.

Si la diferencia entre el valor de la maquinaria y la parte de valor transferida a su producto diario está dada, el grado en que esa parte de valor encarezca el producto dependerá, en primer término, del volumen del producto, de su superficie, por así decirlo. El señor Baynes, de Blackburn, en una conferencia publicada en 1858, calcula que "cada caballo de fuerza mecánica real impulsa 450 husos de hiladoras alternativas automáticas y sus accesorios, o 200 husos de telares continuos o 15 telares para 40 paños de 40 pulgadas con sus accesorios para levantar la urdimbre, carmenar, etc". Los costos diarios de un caballo de fuerza de vapor y el desgaste de la maquinaria puesta en movimiento por él se distribuirán en el primer caso entre el producto diario de 450 husos de mule, en el segundo entre el de 200 husos de telares y en el tercero entre el de 15 telares mecánicos, de modo que a cada onza de hilo o cada vara de tela sólo se le transferirá una parte ínfima de valor. Otro tanto ocurrirá, en el ejemplo de más arriba, con el martinete de vapor. Como su desgaste diario, su consumo cotidiano de carbón, etc., se distribuyen entre las imponentes masas de hierro que machaca cada día, sólo agrega a cada quintal de hierro una mínima parte de valor, que sería muy considerable, en cambio, si el ciclópeo instrumento se utilizara para clavar pequeños clavos.

Si está dado el campo de acción de la máquina de trabajo, y por tanto el número de sus herramientas, o, si se trata de fuerza, la intensidad de ésta, la masa de productos dependerá de la velocidad con que aquélla funcione; por ende, de la velocidad con que gire el huso o del número de golpes que el martinete aseste por minuto. No pocos de esos martillos colosales dan 70 golpes por minuto, y la máquina de forjar patentada por Ryder, que emplea, para forjar husos, martillos de vapor de dimensiones menores, 700 golpes.

Una vez dada la proporción en que la maquinaria transfiere valor al producto, la magnitud de esa parte de valor dependerá de la magnitud de valor de la maquinaria misma. Cuanto menos trabajo contenga, tanto menos valor agregará al producto. Cuanto menos valor transfiera, será tanto más productiva y su servicio se aproximará tanto más al que prestan las fuerzas naturales. Ahora bien, la producción de maquinaria por maquinaria reduce el valor de la misma, proporcionalmente a su extensión y eficacia.

Un análisis comparado entre los precios de las mercancías artesanalmente producidas o por medio de manufacturas y los precios de las mismas mercancías fabricadas por las máquinas, se llega al resultado de que en el caso del producto de estas últimas el componente de valor debido al medio de trabajo aumenta relativamente, pero en términos absolutos decrece. Esto es, decrece su magnitud absoluta, pero aumenta su magnitud en proporción al valor total del producto, por ejemplo de una libra de hilado.

Si la producción de una máquina cuesta tanto trabajo como el que ahorra su empleo, es obvio que sólo se habrá operado un desplazamiento de trabajo, y por tanto que no se habrá reducido la suma total del trabajo requerido para la producción de una mercancía ni aumentado la fuerza productiva del trabajo. La diferencia, empero, entre el trabajo que cuesta y el trabajo que economiza, o sea el grado de su productividad, evidentemente no depende de la diferencia que existe entre su propio valor y el valor de la herramienta a la que sustituye. La diferencia subsiste mientras los costos de trabajo de la máquina, y por consiguiente la parte de valor agregada por ella al producto, sean inferiores al valor que agregaría el obrero valiéndose de su herramienta. La productividad de la máquina, pues, se mide por el grado en que sustituye trabajo humano. Según el señor Baynes se requieren 2 1/2 obreros para los 450 husos de mule, mientras que con su maquinaria accesoria, movidos por un caballo de vapor, y con cada huso de hiladora alternativa automática 2 1/2 obreros producirán, en una jornada laboral de 10 horas, 13 onzas de hilado (hebra de número intermedio), o sea 365 5/8 libras por semana. Para transformarse en hilado, pues, aproximadamente 366 libras de algodón (a efectos de simplificar prescindimos del desperdicio) absorben apenas 150 horas de trabajo o 15 jornadas laborales de diez horas, mientras que con la rueca, si el hilandero manual produjera 13 onzas de hilado en 60 horas, la misma cantidad de algodón absorbería 2.700 jornadas laborales de 10 horas o sea 27.000 horas de trabajo. Donde la impresión a máquina desplaza al viejo método del estampado a mano del calicó, una sola máquina, asistida por un hombre o un muchacho, estampa en una hora tanto calicó de cuatro colores como antes 200 hombres. Antes de que Eli Whitney, en 1793, inventara la desmotadora de algodón, separar 1 libra de algodón de las semillas insumía, término medio, una jornada laboral. Merced a ese invento una negra pudo desmotar 100 libras de algodón por día, y desde entonces la eficacia de dicha desmotadora ha aumentado considerablemente. Una libra de fibra de algodón, producida antes a 50 centavos de dólar, más tarde se vendía, con un beneficio mayor, esto es, incluyendo más trabajo impago, a 10 centavos de dólar. En la India, para desmotar se emplea un instrumento semimecánico, la churka, con la que un hombre y una mujer limpian por día 28 libras. Con la ckurka inventada hace unos años por el doctor Forbes, 1 hombre y un muchacho producen 250 libras por día; allí donde se emplean bueyes, vapor o agua en calidad de fuerza motriz, basta con unos pocos muchachos y chicas como peones que suministran material a la máquina. Dieciséis de estas máquinas, movidas por bueyes, ejecutan en un día la tarea media que antes, en el mismo lapso, efectuaban 750 personas.

Como señaláramos en otro lugar, el arado de vapor efectúa en una hora, a un costo de 3 peniques o sea 1/4 de chelín, tanto trabajo como antes 66 hombres a un costo de 15 chelines por hora. Volvemos sobre este ejemplo para refutar una idea equivocada. Los 15 chelines en modo alguno son la expresión del trabajo añadido en una hora por los 66 hombres. Si la proporción entre el plustrabajo y el trabajo necesario es de 100 % , esos 66 obreros producen por hora un valor de 30 chelines, aunque en el equivalente para sí mismos, es decir en el salario de 15 chelines, no estén representadas más que 33 horas. Si suponemos, pues, que una máquina cuesta tanto como el salario anual de 150 obreros desplazados por ella, digamos 3.000 libras, en modo alguno esas 3.000 libras serán la expresión dineraria del trabajo suministrado por los 150 obreros y agregado al objeto de trabajo, sino únicamente de aquella parte de su trabajo anual que para ellos mismos se representa en salario. En cambio, el valor dinerario de la máquina, las 3.000 libras, expresa todo el trabajo gastado durante la producción de la misma, sea cual fuere la proporción en que ese trabajo genere salario para el obrero y plusvalor para el capitalista. De ahí que aun si la máquina costara tanto como la fuerza de trabajo que remplaza, el trabajo objetivado en ella siempre sería menor que el trabajo vivo al que sustituyera.


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Nicolás Urdaneta Núñez


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