Del desparpajo al abuso

No importaba si eran blancos, negros, bajitos, flacos, gorditos, profesionales, obreros, estudiantes… Las primeras reacciones fueron de complacencia. Aquellos cuerpos en perfecta convexidad y concavidad eran sinónimo de aventura, de deleite, de goce, de empatía, de sopor, de sensualidad, de sudores. Y más que una empatía era una religión, una militancia, una cofradía, un apertrecharse contra el aburrimiento. “Aquí estamos, aquí estoy, y tú quieres ser como yo”. Y tal vez era cierto que todos queríamos ser así. Es una libertad extraña, que se confunde con la delicia, con el placer de andar en la cuerda floja, con la certeza de saber que si trastabillas, más abajo, antes de llegar al suelo, hay un espacio donde se “vuela”.

Poco a poco se fue acabando la magia y quedó sólo el jadeo, el cansancio. No fue inmediato. El límite se fue rebasando a sabiendas de que, detrás del peligro y debajo de la cuerda floja, la adrenalina aumentaría la taquicardia. De allí en adelante se les empezó a ver en las plazas, en parques, en las calles, en las escaleras, en las casas, en los bulevares… No hay lugar al que no acudan con su desparpajo.

Son los motorizados y motorizadas. Gente como ustedes, gente como nosotros. Gente que vive permanente afinidad con la transgresión, rebasando los límites de la prudencia y del respeto a las normas. De transitar por aceras, parques, bulevares y avenidas, pasaron a circular en contrasentido. Comiendo flechas como locos y locas. Ya no hay forma de cruzar las calles sin arriesgarse, ya no hay forma de estar seguros de que una luz roja es sinónimo de que el peatón puede pasar, ya no hay forma de entender cómo el padre y la madre montan a uno, dos y hasta tres niños en una moto.

En las autopistas son temidos por dos cosas: porque algunos usan las motos para atracar y porque ante cualquier descuido se les puede matar. Una buena parte, que parece la mayoría, de los que andan en dos ruedas, irrespetan las reglas, sean civiles, militares, policías, mujeres u hombres. ¿Cuándo se empezará a poner orden a esto? ¿Qué hace falta para que las calles, parques y avenidas sean devueltos a la gente? Hace falta la misma voluntad política que le devolvió a los caraqueños y caraqueñas las aceras y los espacios públicos que estaban en manos de los buhoneros.

Los motorizados se han convertido en un problema de orden público. Tienen la convicción de que no deben acatar las normas, las reglas de tránsito. Ponen en peligro la vida del prójimo y la de ellos. Y es una actitud que se va agudizando, agravando. Un grupo humano que nos parecía “hermosamente solidario” un día se convirtió en un grupo de abusadores. ¿Qué tiene que pasar para enseñarles que andar en dos ruedas no los hace distintos?


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@mercedeschacin


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Mercedes Chacín


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