Las alcabalas

Hace poco vi a José Gregorio Correa por televisión en reunión com Nicolás, “el ciudadano secretario” del antiguo Congreso de la República, viejo militante de el Copei de entonces, explicarle a Maduro el tema de las alcabalas. Le dijo que entre San Cristóbal y Apure había 33 alcabalas. Lo mismo que hay entre Apure y Barinas, o que, entre Mérida y Maracaibo, bueno no, allí debe haber como 50. Ni siquiera hay que ir tan lejos. En Carabobo debe haber como 25, y es el estado más pequeño del país. No quiero imaginar cuántas hay en Bolívar que es como un tercio de la nación. Correa lo mandó a investigar. No le dijo la cantidad de dólares o productos que debe dejar cualquier transportista para pasar por el más desagradable de los trances.

Antes de escribir este artículo, hice una encuesta por teléfono a 20 personas, con una sola pregunta: qué opina usted de las alcabalas. Aunque no extrañan las respuestas, en verdad impresionan mucho. Desde “son unos malditos”, pasando por “hijos de puta” hasta “deberían matarlos a todos” fueron las respuestas. La única expresión decente, se la escuché a un vecino que manifestó su alegría por haberlas eliminado, “porque ya de verlos me causan repulsión”. Y de paso no es cierto que las eliminaron.

Las alcabalas han existido siempre. Los Chácharos de Gómez tenían alcabalas entre estados. Y se esparcieron a mediado de los sesenta cuando las guerrillas jugaron un episodio importante en la historia del país. Pero las guerrillas desaparecieron y las alcabalas no. De hecho, se reforzaron. Las vimos en la Cuarta República como un instrumento de sometimiento. Y ahora las vemos en la Quinta como las mayores concentraciones del abuso y la perversión. Con el agravante de que ahora son todas las policías y de paso la Guardia Nacional. Las redes sociales están llenas de videos del abuso policial y militar. Groseros, mal educados, maltratadores, vejadores.

En ningún país moderno y decente existen las alcabalas. Ni siquiera en Colombia que es un narcoestado, hay alcabalas (ellos le llaman Retén) esparcidas por cada cuadra como si el ciudadano no tuviera derecho a circular libremente o fuera un vulgar delincuente. Es uno de los peores estigmas del país, y en realidad termina pareciendo que es una política de Estado.

Lo peor de todo es que las alcabalas no han servido para nada, más allá de dejar pasar contrabando por unos cuantos dólares, incluso con elementos tan terriblemente peligrosos como el tema de las armas de alto calibre, porque hasta ahora nadie ha dicho cómo hizo la banda del Coqui para pasar las armas que pasaron, por las narices de todo el mundo. Cómo pasa una ametralladora .50 desde Colombia -de dónde se supone que salió- hasta Caracas, a través de mil y pico de kilómetros. Es obvio que hubo complicidad. Por cuantas alcabalas debió pasar y nadie vio nada. Es decir, cuál es la finalidad de las alcabalas. Ninguna, más allá de desgraciarle la vida a las personas, pues tienen la impresionante capacidad de cambiarle su conducta, su forma de ver la vida, su condición anímica y hasta sus deseos de vivir. Y por supuesto, el funcionario termina causándole repulsión, ganas de vomitar, desagrado, rechazo. Es la razón por la que también encuentra en las redes, infinidades de videos de ciudadanos que ya perdieron el miedo y se enfrentan a los funcionarios en malos términos. Porque todo el mundo está hastiado de las alcabalas. Es más, me atrevería a postar que si a algún candidato a gobernador o alcalde, promete la eliminación total de las alcabalas en su territorio, ganaría de calle, puede que hasta con una ventaja de 50%, porque la gente ya no sabe qué hacer para no ver una alcabala, a unos policías, groseros, mal educados, despóticos, decirle a uno de la manera más humillante y delictiva “vamos a hacerlo fácil y rápido, o me das cinco dólares, o te paro en la orilla y te reviso el carro y te quito los papeles y te tengo aquí por horas, tú decides”. Así tratado, como si uno fuera un delincuente de poca monta, cuya única salida es dejarse extorsionar por un funcionario que está allí para administrar justicia.

Hace poco me contaba un amigo médico que debió complementar sus ingresos como empleado de dos hospitales en Caracas con la venta de queso los fines de semana que no tuviera guardia. “Llamé a mi tío que como sabes vive en Barinas y me dijo que me hacía el contacto para yo comprar queso y traer para Caracas. Me podrás creer que de Barinas a Caracas contamos 48 alcabalas de la guardia y la PNB. No hubo una sola en la que recibieras un trato decente y respetuoso. Entre todas dejé 30 kilos de queso, o sea, mi ganancia. En una, un poquito más acá de Barinas, tuve que acercarme con el tipo hasta la estructura y creo que no tenía menos de cien kilos de queso en el piso de la alcabala. En otra, uno de esos hijos de puta me retuvo como tres horas porque le comenté -de la manera más sana- que ya llevaba como 40 alcabalas. Se empeñó en que para dejarme ir debía entregarle 20 dólares. Se los hubiera dado porque estaba desesperado por llegar a Caracas hermano. Ya al final. Como sabía que no podía hacer nada conmigo, me dejó ir. Cuando agarré la autopista allí en La Encrucijada de Cagua, venía llorando de la impotencia, la arrechera, el tiempo perdido. Vendí lo que me quedaba de queso y eso fue todo. Allí se terminó mi negocio. No volví más”.

Historias como esas, las conozco por cientos. Entre Valencia y Flor Amarillo hay tres, cuando no son PNB, son de Carabobo y cuando no, municipales. “Ah, pero este certificado médico está vencido”, dicho grosera y maleducadamente. De inmediato saca un paquete del bolsillo y te ofrece uno por diez dólares. Y si no se lo compras, pues no te mueves de allí.

Y creo que el gobierno aún no entiende que en el fondo eso lo perjudica, porque todo el mundo piensa que es una política de Estado. Y porque además que la alcabala que se encuentra, ninguna está para administrar justicia o contribuir a la construcción de una nación, sino para desgraciarle la vida al ciudadano. ▪

Caminito de hormigas...

Hugo hubiera cumplido ayer 67 años de edad. Seguí todo su proceso desde el golpe de Estado aquel 4 de febrero. Fui el segundo periodista en llegar a Miraflores. Acababan de llevarse herido al capitán Ronald Blanco La Cruz al hospital Militar de Caracas. Había casquillos de balas, cristales rotos, carros destruidos y mucha sangre en el edifico administrativo. Estaba yo en Miraflores cuando lo ví por tv decir “Por Ahora”. Desde allí, hasta su muerte, 23 años después, pude ver el crecimiento interno del hombre más avanzado de la política venezolana de los últimos cien años. Le faltaba poco para ser un estadista. Le faltó mucho para construir una nación. Aún lo lloro como si fuera ayer. Sobretodo por la falta que nos hace para indicarnos el camino.


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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

 rafaelolmos101@gmail.com      @aureliano2327

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