Elogio de la cuaima

Las mujeres son de culpa. Una vez preguntaron a un torero si sentía miedo. Haciendo uso de la raíz poética del toreo, respondió:

—Los toreros somos de miedo.

Así las mujeres. Son de culpa. Por todo, es decir, por fallar en los mil minuciosos deberes a que se las cree obligadas.

Puedo escribir un tratado sobre la cuaima sin recurrir a referencias bibliográficas. Me basta con la experiencia vivida. De ella pretendo hablar aquí.

Entendemos en Venezuela por cuaima una mujer como Jantipa, la de Sócrates, cuya fama de cuaima nos llega a través de las eras. En otras lenguas hay palabras para mencionarla: mégère en francés, shrew en inglés, usada por Shakespeare para su Taming of the Shrew que algunos han traducido al español como La doma de la bravía. En su versión de la misma historia el Infante Juan Manuel habla del «mancebo que casó con mujer fuerte e brava». Bravía, mujer fuerte e brava no dan la idea. No hay expresión equivalente en español, salvo la cuaima de Venezuela.

Desde el punto de vista provinciano masculino la cuaima es un personaje inquietante, que no duerme, que no te desampara, que te persigue, te atormenta, es contradictoria, no habla claro, no entiendes por qué está enfurecida casi todo el tiempo, no descansa y solo se desactiva mientras dura la telenovela, en la que aprende nuevos recursos, etc. En la representación masculina «mujer que no jode es hombre», etc.

Todo eso es cierto, pero tal vez es cierto que comprender es perdonar un poco. Pero soy más radical: no se trata de perdonar porque no hay nada que perdonar y sí mucho que averiguar, resolver y compartir, de modos tal vez demasiado radicales como para resolverlos solo en una o dos generaciones. Lo dejaremos planteado con la esperanza de que esta botella lanzada al mar de las revoluciones que vivimos llegue a algún puerto en que pueda ser retomada.

La mujer contemporánea, como la de siempre, está jodida. El hombre también, pero la mujer tiene su propia y diversa esfera de infortunios de la virtud y hasta del libertinaje. Nacer mujer es caer en una trampa de la que no te salva ni el caballero andante, que ya es mucho decir, pues, como se sabe, el caballero andante lo puede todo menos proteger a la mujer de sus determinaciones sociales. Simone de Beauvoir ha revelado que no se nace mujer, sino que se deviene mujer. Pero la determinación biológica te ubica en un espacio social que te determina muchas cosas, así te rebeles y te hagas transexual, ponle. Al nacer hembra se esperan muchas cosas de ti. Enumeraré algunas nada más.

Se espera que seas bella, hacendosa, virgen, madre, hija, fiel, apasionada, «darse al amor con frenético ardor», pudorosa, indiferente al placer, buena cocinera, elegante, discreta, ama de casa, profesional impecable, no joder, hacer que la vida fluya sin tropiezos y sin que se sepa que fue por ella, sensible, sentimental, obediente, firme, religiosa, no debe decir nada de modo directo, respetuosa de la superioridad del hombre, resignada a su inferioridad. Casi nada. La llamada emancipación femenina la ha dotado de una doble condición: profesional y ama de casa, la llamada doble jornada. Vaya emancipación. Es decir, la mujer es un ser superior que tiene el deber de lucir inferior.

Ante estas presiones es fácil figurarse la etiología de la cuaima. Como no puede decir las cosas directamente entonces tiene que recurrir a fórmulas oblicuas que no siempre cumplen su objetivo. Arma un escándalo porque la ropa vino mal planchada de la lavandería y en realidad quiere significar que el lavamanos está tapado y hay que llamar un fontanero. Como nadie la comprende, entonces se enfurece.

Sus placeres son prácticamente inalcanzables, pues dependen de estar buenísima, llevar la ropa estricta, la dormilona costosa, encima están prohibidos porque son pecado y debe simular que no le interesan. Debe amanecer enamorada y ruborosa aunque la haya pasado bomba. Como dice Chabuca Granda: «Tanto amor y avergonzada». No puede caerle al tipo y decirle mira, chamo, que bueno estás, vamos a darle. No, solo algunas jovencitas comienzan transitar ese camino, paradójicamente con timidez. Lo «normal» es simular que no le interesa el tipo y los tipos somos tan brutos que con frecuencia no nos damos cuenta y los que te caen son muchas veces los que menos te interesan. Nueva fuente de estrés.

Encima sabe que más pronto que el hombre debe cumplir sus ciclos vitales de pareja y reproducción, pues el hombre madura mientras la mujer envejece. Ambos se deterioran igualito, pero la cultura es indulgente con el hombre, como lo ha sido con Sean Connery. Greta Garbo tuvo que esconderse para no dar lástima como tantas divas ajadas luego de una belleza gloriosa que estuvo a punto de partir el mundo en dos pedazos, como Brigitte Bardot. Es más, creo que lo llegó a partir. Buscaré en las enciclopedias. Nueva fuente de estrés, porque el tipo se le puede ir detrás de una zagala de buen ver, como suele suceder, especialmente si se trata de un tipo exitoso en la vida.

Las mujeres son como los pobres en más de un sentido. Tienen que fajarse a vivir en las circunstancias más adversas, lo que los obliga a desarrollar una inteligencia superior, pero los dominantes insisten en que son ignorantes e idiotas, «las mujeres son animales de cabellos largos e ideas cortas», dijo el famoso misógino.

De modo que con tanto estrés es más bien un milagro que no todas las mujeres sean cuaimas.

¿Qué hacer?

La pregunta leninista tiene aristas complejas y exige caminos tortuosos y difíciles de entender incluso por las mujeres, porque las primeras convencidas de la naturalidad y conveniencia de su situación sartreana son precisamente las cuaimas.

Se trata de someter a una crítica implacable y constante a todo este contexto, por parte de todos, parejas, hijos, maridos, esposas, madres, vecinos. Es necesario un esfuerzo de parte de la víctima de la cuaima, que generalmente no es solo víctima sino beneficiario de la situación de superexplotación en que se halla la cuaima. El hombre tiene más libertad para jugar, para experimentar, para innovar, para holgazanear, para inventar la rueda. La mujer se encuentra en la situación estricta de usar la rueda que él inventa. Por eso hay más artistas y más científicos, más exploradores y más aventureros.

La mujer lo tiene todo en contra con la estricta prohibición de defenderse. Una mujer que se defiende es la que precisamente llaman cuaima, sea cual sea el camino que tome.

Pero como el problema es común a todos, la solución debe ser común a todos. Mañana por la mañana cuando vayas a armar la primera reyerta piensa en todo esto. Y cuando tu cuaima te la arme, piensa en todo esto. Vamos a conversarlo, vale la pena.


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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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