Del Estado Capitalista al Estado Socialista

El aparato ideológico del capitalismo ha insistido hasta la saciedad que el socialismo es una utopía. Lo ha dicho tan insistentemente que mucha gente, que se  dice de izquierda, se lo cree y lucha por la construcción de un socialismo que ellos mismos tiene por imposible. Así, cualquier ejercito tiene sus horas contadas y la derrota garantizada. No deja de sorprendernos que todavía exista gente que vea con frustración y desesperanza la pérdida de tantos proyectos “revolucionarios” cuyas banderas se centraron, inicialmente, en el socialismo. Y por ello, no resulta extraño que cueste tanto trabajo recoger los platos rotos de estos proyectos “revolucionarios”, a fin de re-impulsar la esperanza de vida:  esto es, socialismo. Si no fuera por las crisis propias del capitalismo la tarea de construcción del socialismo sería imposible; como alguna vez, lo fue el capitalismo en tiempos del absolutismo feudal.

El capitalismo mina la moral de la clase trabajadora (mina sus esperanzas de liberación) para hacer de sus cadenas ideológicas la única opción posible. Pero, no es menos cierto que la verdadera razón de tanta frustración y sangre es que la izquierda no cuenta con una teoría revolucionaria que de respuesta a la pregunta ¿Cómo construir el socialismo? Y esto, en virtud de que nuestro socialismo científico requiere de la existencia del socialismo para señalar cómo se hace el socialismo. Este hecho nos deja desarmados y sin orientación (como clase trabajadora) frente al capitalismo, actuando por ensayo y error.

De allí la necesidad de examinar con mayor profundidad la naturaleza del capitalismo, para encontrar en su estudio la guía que nos permita encontrar el camino a la construcción del socialismo. Y así dejar atrás, tanto idealismo con sus profundas y dolorosas secuelas en la moral y el cuerpo de la clase trabajadora.

Examinando las relaciones básicas del modo de producción capitalista encontramos que su base es el irrespeto que tiene el capitalista hacia el trabajador, en el proceso productivo.  Irrespeto que se expresa y tiene su origen en un no reconocimiento (de la propiedad) del plus- valor (o riqueza) en cabeza del trabajador que la crea; para lograr así su apropiación por el capitalista. Esa apropiación, también se expresa en la necesaria desvalorización que hace el capitalista del trabajador, frente a su creación; quitando todo contenido ideológico al valor que crea y le pertenece. Y esto no puede ser de otra manera, dado que una valorización del trabajador (un reconocimiento del valor que crea;así como, su carácter de productor de ese valor) le impediría al capitalista apropiarse de lo que el trabajador produce de más. Ya no cabría el subterfugio (ideológico) según el cual: el capitalista al poner las máquinas, la materia prima y el pago de sueldos, se hace acreedor de todo el valor (o riqueza) que se crea de más. Hecho que ya se ha demostrado no es cierto; pues se sabe que las máquinas y las materias primas por sí solas no producen más riqueza. Requieren para la producción de riqueza del ser humano (del trabajador); que por otra parte, si cobrara (como salario) todo lo que produce, no entregaría nada de más (no entregaría plus valor) al capitalista para incrementar su riqueza.

Como se ha señalado, al capitalista no poder respetar y ni valorizar al trabajador (a la clase trabajadora)  no le queda otra salida que mentirle y UTILIZAR su fuerza y su mente cual máquina, sin importarle (o tratando de ignorar) su condición humana. Irrespeto, desvalorización y utilización del trabajador (y de la clase trabajadora) por el capitalista son la trilogía que conforman las relaciones básicas sobre el cual emerge todo el modo de producción capitalista.

Por otra parte, estas relaciones básicas del capitalismo permiten definir, bajo una perspectiva materialista dialéctica, las bases del modo de producción socialista. Si la base de las relaciones capitalista es el irrespeto al trabajador en el plano económico entonces la base del socialismo debe ser el respeto al trabajador. Tanto el respeto que se debe el propio trabajador, como el que él le debe a los otros. Esta relación fundamental le garantiza al propio trabajador, que tanto él mismo como los otros seres humanos (trabajadores) lo reconozcan como productor de riqueza; y como dueño de ese plus valor: de esa riqueza. Este principio estructura la base para la conformación de una sociedad de trabajadores; eliminando, con ello, la posibilidad de que los capitalistas sigan viviendo del trabajo de los trabajadores, y obligándolos a convertirse en trabajadores (en productores). Este primer principio supone la valorización del propio trabajador (en nuestro carácter económico) y del otro (trabajador), en cuento ser humano, y en cuanto propietario de su plus valor (riqueza). Ya no es necesario desvalorizar al otro; por cuanto, no existe la necesidad de apropiarse del trabajo del otro. Todos producen, aportan y se benefician en sociedad. De aquí que en el socialismo todos sean trabajadores; porque, solo el trabajador (consciente) puede reconocer y valorizar al trabajador (consciente).

Por otra parte, cuando el trabajador se apropia de su plus valor (de su riqueza) está en condiciones de aportarla a la sociedad; como el resto de los trabajadores. Esto a fin de lograr una condición de vida excelente e igual a la de todos los otros trabajadores. Solo una sociedad de trabajadores se puede garantizar a sí mismos esa calidad de vida con la suma de sus aportes a la sociedad. Aporte que hacen los trabajadores independientemente del tipo de trabajo físico o intelectual, de dirección o de ejecución que realicen para la sociedad.

Finalmente, de estas dos relaciones básicas del socialismo emerge una tercera relación: el trabaja colaborativo, como una manifestación de unidad de la clase trabajadora que se reconoce y valoriza a sí misma, en cuento productora y dueña de esa riqueza. Y es ese trabajo colaborativo el que aumenta exponencialmente el aporte de cada trabajador y de la clase trabajadora a la sociedad de trabajadores: todos aportando para el beneficio de todos. Frente a la práctica capitalista de utilizar al otro (al trabajador) para el beneficio individual; la práctica socialista propone colaborar con el otro para beneficio de todos. Será a partir de estas tres relaciones básicas, hecha ideología, de las que emergerá la economía, la política y el Estado socialista: serán de ellas, de donde emergerá el modo de producción socialista. Cuando, la relaciones que determinen nuestra relaciones familiares, vecinales y laborales (así como: nuestra relaciones económicas, políticas, sociales y emocionales) se basen en el respeto del trabajador (así mismo y al otro), en la valorización (así mismo y al otro) y en el trabajo colaborativo entonces estaremos en una sociedad socialista.   

De allí que el Estado Capitalista nazca y se desarrolle con las dolencias propias de su naturaleza económica. De aquí también la razón de que sus gobiernos privilegien el respeto a los intereses de las burguesías nacionales (e internacionales) y el irrespeto a las clases trabajadora y campesina. La ideología capitalista empuja a hacernos creer que los únicos capaces de organizar la producción de la riqueza en la sociedad son la burguesía (nacional e internacional) y la pequeña burguesía, con sus relaciones económicas básicas de irrespeto, desvalorización y utilización; y por ello su Estado no reconoce otro amo, y no ve otra forma de procurarse riquezas y mercancías para él y sus ciudadanos, que los intereses de la burguesía.

Esta es la razón por la que la educación, la salud, la vivienda, la seguridad, la justicia y los servicio de la clase trabajadora compitan en forma desigual y en desventaja con la acumulación (y apropiación) de la burguesía nacional (y burguesía internacional) por los recursos del Estado y el territorio. Pero, esa competencia de por sí desleal, a favor de la burguesía, se expresa en las relaciones económicas, políticas, sociales, y administrativas de quienes conforman el gobierno; con prácticas culturales y organizativas basada igualmente en el irrespeto, la desvalorización y la utilización del otro. Es esa cultura y esas prácticas la que les permite obtener a los altos cargos del gobierno réditos políticos y económicos (auto servicios) que se traducen en una calidad de vida superior a la del resto de sus antiguos congéneres trabajadores.

El tira y encoge en la lucha de clase entre la clase trabajadora y la burguesía (nacional e internacional) definen el terreno en el que trabaja el gobierno de los Estados capitalistas para lograr su legitimidad y gobernabilidad. En ese terreno se establecen los “equilibrios” políticos de y entre los distintos intereses de clase en pugna en los aspectos económicos, políticos y sociales presentes en el Estado. Y sobre esa pugna se configuran y procuran los margen de gobernabilidad necesario para que esos gobiernos , Funcionarios y Políticos puedan seguir dirigiendo el Estado Capitalista. Es cierto, en algunos momentos el saldo político general permite que se produzca cierta displicencia por parte de los gobiernos capitalista respecto a los intereses de la clase trabajadora, en cualquiera de las tres áreas descritas (económica, político o social); pero esto, con el fin ex-profeso de mantener la gobernabilidad y/o legitimidad misma del gobierno y/o del Estado Capitalista. Aunque, siempre los beneficios generales y finales (el saldo político general) del gobierno y del Estado capitalista sea para la burguesía nacional; o aún peor, para la burguesía internacional a contrapelo de los intereses de las clases trabajadora y burguesa nacionales.

Por otra parte, la expresión de las prácticas de gobierno capitalistas pasan a su administración pública (capitalista) para ejecutar sus órdenes bajo las mismas relaciones básicas del capitalismo (irrespeto, desvalorización y la utilización del otro). Hecho que se expresa en la cultura y las prácticas de trabajo  interna de la organización Administrativa. Llevando su cultura, sus prácticas de trabajo y sus relaciones capitalista a la relación entre el Estado y los ciudadanos.

De aquí que la capacidad institucional de la administración pública capitalista esté determinada por una Cultura Funcionarial y una organización que: por una parte, no reconoce a la clase trabajadora como centro de sus intereses; y por la otra, coquetee con los privilegios de la burguesía y fortalezca sus intereses. En ese sentido, la cultura funcionarial que determina la capacidad de la administración pública, y que traduce en acciones las orientaciones del gobierno, se expresa mediante acciones diferenciadas y discriminatorias de acuerdo a la clase social de que se trate. Acciones que se presenta ideológicamente homogeneizadas y ocultas en la palabra ciudadanos. Pero, que privilegian los intereses de la burguesía nacional e internacional frente a los intereses de la clase trabajadora y campesina.

Desde sus inicios el Estado capitalista (a través de su gobierno y administración pública) arrastran su propia naturaleza: su propias relaciones básicas de irrespeto, desvalorización y la utilización del otro en todos los campo (económico, social, político y administrativo) de la sociedad. Por ello lo que de acuerdo a los intereses de la burguesía nacional o internacional se califica de eficiente o ineficiente, eficaz o ineficaz son las políticas dirigidas a beneficiarlas y a garantizar su dominación.

Pero por otra lado, esta definición de eficiencia y eficacia capitalista es la razón de que los gobiernos y la administraciones públicas capitalistas del mundo presentan crisis cíclicas para mantener la gobernabilidad y legitimidad de los gobierno y el Estado capitalista frente a la clase trabajadora y campesina. Y esto, porque el gran número de trabajadores y necesidades de la clase trabajadora, que conforman el grueso de la sociedad, cuenta al momento de definir la estabilidad (gobernabilidad y legitimidad) de esos gobiernos porque son la mayoría.

Por su parte, el Estado socialista (a través de su gobierno y administración pública) rompen con el Estado capitalista cuando sus líderes en el gobierno (su vanguardia política) reconocen y privilegian los intereses de la clase trabajadora en los distintos aspectos económico, político, social y emocional del Estado; desarrollan relaciones basadas en el respeto, la valorización y el trabajo colaborativo dentro del gobierno, dentro de la administración pública y en la relación entre el Estado y los ciudadanos (como miembros de distintas clase sociales). En el Estado socialista se toma como positivo el saldo político general (y definitivo) que privilegia los intereses de la clase trabajadora; como saldo positivo del gobierno.

Complementaria y necesariamente, un Estado es socialista cuando su gobierno estimula y predica con el ejemplo prácticas de trabajo (de respeto, valorización y trabajo colaborativo) en los Funcionarios (altos, medios y bajos) que los lleven a reconocerse como parte integrantes de la clase trabajadora. Orientándolos a servirla con excelencia. Convirtiendo los intereses de la clase trabajadora y las relaciones básicas de respeto, valorización y trabajo colaborativo entre Funcionarios públicos de cualquier nivel jerárquico en la base de la cultura funcionarial socialista. Solo un trabajador puede servir con dignidad a otro trabajador.

Sin embargo, el Estado socialista, también supone romper con una vieja creencia capitalista y es aquella que reza que la burguesía es la única que puede organizar el trabajo y producir riquezas para la sociedad. Consigna que solo se puede romper cuando la clase trabajadora (que en el Estado capitalista sirve y se organiza para burguesía) lo haga para ella misma. Recordemos, el Estado es un un servidor que siempre responderá en última instancia a quien dirija el proceso productivo y la creación de riqueza: servirá a quien le garanticen su subsistencia y la de sus ciudadanos. Viviremos y venceremos, que viva el socialismo Carajo

 



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Néstor Aponte


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