A Eduardo Galeano… o escribir para qué?

Infinitas son las palabras con la que una podría homenajear a un hombre que dedicó su vida a escribir nuestra historia. “Nuestra historia”, por ahí podría empezar el despliegue de un corazón que desde la reflexión del escritor y la sociedad, dice de un amor incalculado, un amor que hemos tejido en el olor de los libros, en el escalofrío de sabernos parte de un horror inmenso, sobrevivientes. Un amor que hoy nos suena con la mayor ternura, con la mayor esperanza en el centro de “algo” que nos une a muchos y muchas, en el costado más dulce de nuestra existencia común. Con algo de esas líneas con que se hilan los pies a la tierra desnuda, con algo de ese fuego con que tostamos la sangre, con algo de esa incansable caminata del pueblo, se abrió hacia adentro de nuestros cuerpos la memoria narrada de las manos de un escritor, de un duende nacido al sur del continente. Contigo y por ti brindamos hoy.

¿Es que acaso no fue suficiente acudir a las bibliotecas para encontrar los códigos clasificados por época y territorio para entender el lugar que nos habita? ¿Es que acaso los maestros no hicieron su parte para explicarnos desde niños la historia de los vencidos? Eduardo escribió de una historia que no aparecería de otra forma jamás en los libros, el rostro oculto de una sociedad descompuesta, que asesina para callar la disidencia, que encarcela, mata y persigue a la diferencia, que borra, aliena y convence para pisar la memoria del dolor, que traería a la rabia, que traería a la razón de lucha, que traería la construcción y cada una de las victorias sencillas, cotidianas y transversales que nos han permitido seguir llamándonos a nosotros mismos pueblos del mundo. En las escuelas del capital no nos enseñarían esa historia nuestra que Eduardo supo vivir y narrar como una dulzura sólo posible en los hombres que aman ciertas causas, en los que son capaces de entender el gesto de la belleza colectiva como algo por lo cual vale la pena dedicarse a una de los oficios más antiguos de la humanidad…contar historias.

El mejor homenaje no es el de la tristeza, tampoco el de los protocolos del reconocimiento cuantitativo de la producción escritural, la de los premios de la literatura formal. Estamos seguros que las escuelas de letras no te rendirán homenaje, quizá algunos ministerios de cultura, quizá algunos intelectuales politicamentecorrectos; nosotros lo haremos en las plazas y en la cotidianidad de nuestros más profundos amores, cuando te leamos entre sábanas con nuestros hijos, compartido en la cena con los mejores amigos, filtrado entre los cuadernos de estudio de los jóvenes militantes, filtrado en las palabras que hacemos colectivas en asambleas.  Pero quizá el mejor homenaje sería la necesidad de cautivar el espacio donde los escritores se miren en un campo donde valga la pena desdoblarse lo suficiente con la palabra prestada para contar la historia de los “nuestros”. Quizá el mejor homenaje sería un abrazo extendido y una boca parlante abierta hacia la comprensión de lo necesario, de lo que es justo contar sobre las profundas raíces de nuestras luchas. Una palabra que recobre la esperanza y sirva de puente para entendernos, para reconocer los avances y retrocesos de nuestras luchas sin el gastado discurso de los partidos, sin el miedo a la censura de nuestros más eróticos deseos de libertad y rebeldía. Un verdadero homenaje sería darle las gracias a un hombre que abrió rutas para los que crecimos entres sus hermosas y duras palabras que hicieron de nuestras realidades una historia contada para valorar el sentido que puede tener el oficio de los escritores para la construcción de un mundo otro.

Narrar el mundo que soñamos es quizá el primer paso para construirlo. Darle a la idea el sonido que necesita para resonar en nuestros pechos la imagen de una sociedad más justa. Atrevernos a declarar desde la poesía el clamor de la justicia, e incluso los pasos para hacerla posible. Por algo necesitamos las canciones para calmar el llanto de los niños, como necesitamos las palabras dulces para enamorar, y los himnos para alzar banderas, y los cuentos para extender manos hacia los demás.

Hemos postergado la idea de ejercer una belleza lúcida como política de los muchos y muchas, hemos postergado la importancia de un cuento bien narrado en los oídos de las querencias, hemos dejado a los otros, a los “vencedores” contar nuestra historia, y con ello nos han  desdibujado hasta volvernos un masa, un número, un fuerza de papel desapegada de la armonía, aferrada al disfrute individualizado de una estética sin carne.

 Por eso los juicios emanados del deseo persecutorio de los poderes contra los escritores, asumidos por algunos como defensa de “lo popular” contra “los burgués”, esos deseos no declarados, a veces sí, de ir quemando libros y academias, voluntades e ideas, como acosados por el fantasma de la racionalidad burguesa, académica, posmo. Son finalmente los juicios de quien no cree en el sentido multiplicador de la belleza entendida como búsqueda, como vitalización de la existencia, colectivizada y vuelta fuerza, vuelta nombramiento y declaración de “mundo”, de “otro mundo”. Hay quienes pretenden medir los niveles de compromiso de “los escritores” por las horas de trabajo voluntario, por la tersura de sus manos sin heridas, porque para ellos “el hombre” es en un mismo término superficial, manos sin alma, como lo ha sido también para el sistema de dominación que pretenden destruir.

Hemos sido tantas veces vencidos como tantas veces hemos tenido la fuerza para levantarnos. Nos ha comido la rabia, nos ha crecido el derecho a nombrarnos, nos ha cautivado la mirada de los primeros y las primeras, los fueguitos nos hicieron valientes, vulnerables, tercos. De eso nos hablaste, esa reflexión dejaste plantada sobre nuestras cabezas. El ejercicio de escribir también es una forma de sobrevivir, de aliviar la carga de la conciencia, y por eso a veces l(a)s escritores se guardan, se quedan en un silencio amplio que les permite armar por dentro las palabras que necesitan para reconfigurar el mundo, el suyo-nuestro, para entender la poca decencia que tiene la crueldad para declararse victoriosa en nuestros territorios, en nuestras geografías del alma.

Gracias por enamorar Eduardo, por hablarnos desde la herida para la dignidad. Seguimos estando en la batalla, acá “nuestra historia”…también con el corazón.

 

Aquarela del Sol Padilla



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Aquarela del Sol Padilla

Venezolana. Escritora, productora audiovisual y guionista. Feminista. Formación en literatura, televisión y documental. Experiencia en gestión cultural, investigación y comunicación.

 aquareladelsol@gmail.com

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