La culpa no es de Wiston II

La culpa no es de Winston (parte I)


Insito, no culpemos de la desgracia estético repugnante en que se ha convertido gran parte de la pantalla de Tves a Wiston, él cumple su papel histórico de idiota con corbata, víctima y casi último eslabón de la industria del espectáculo, del show colorido del discurso hegemónico que usa la pantalla televisiva como una más de sus infinitas, sutiles, y múltiples herramientas de dominación cultural en aras de un final consumo concreto, sistemático y eficaz. El último eslabón somos nosot(a)s.


Pero antes de llegar a esta aseveración, pensemos primero, ¿qué es lo que nos asombra? ¿Qué es lo que tanto resquemor ha causado en las redes virtuales de un sector poblacional del chavismo? ¿Cuál y desde dónde es la crítica? ¿es muy diferente el contenido refrito de Venevisión en Tves, al ruido autoritario, perseguidor y sapo de Zurda Conducta? ¿haremos entonces sólo una crítica de los medios desde los contenidos fácilmentejuzgables en un racionamiento feminista, socialista, chavista, y etcéteras? ¿o empezaríamos a poner aquí los punticos sobre las ies? A sabiendas, por ejemplo, de que la principal televisora del estado funciona como puerta de una guerra de perseguidores de verdades absolutas y empoderadas en las instituciones policiales de inteligencia de estado; donde sus voceros, -otros idiotas pero no de corbata, sino de puro circo de la política del asco-, niños del poder, -el pendejo poder la pantalla-, anden armando la matriz comunicacional que los personeros de gobierno no se atreven a decir públicamente, contra todo aquel que les suene medio alza’o, medio peligroso, medio rebelado?, es decir, todo aquel que piensa que esta vaina se la llevó quién la trajo y denuncia desde su más digna rabia las cada vez más recurrentes y horribles expresiones de un proceso político quebrado, cuyos autores -por demás cínicos- se alejan a kilómetros de una Comandancia popular y revolucionaria.


Entonces la vaina no es sólo un problema de contenidos, sino de las profundas formas, de los entramados del poder que existen tras esas pantallas; que no, no son de “todos los venezolanos”, por más que el discurso a punta de fórceps que se quiere estandarizar diga unas cien veces socialismo por bloque de programación. Empezando porque no existe participación alguna, ni desde la función de usuarios, de la población organizada para tal fin. Eso de los comités de usuarios es letra muerta, los sabemos. Entonces, qué fábula nos hace creer que los contenidos reflejados en las pantallas serán correspondientes a un proceso político revolucionario que quisimos hacer desde el gobierno con Chávez y terminamos, en gran parte -aún queda una ingenuidad abismal- asumiendo como práctica concreta de vida, con o sin gobierno, y sin como que mejor, en el afianzamiento de las relaciones solidarias, productivas, formativas; todas preñadoras de una sociedad distinta.


Será que cometimos el error de creer que como muchos fuimos trabajadores desde las plantas donde se producen esta programaciónn, realmente teníamos la potestad de generar contenidos comunicacionalescontrahegemónicos, testimoniantes de las vivencias maravillosas de un pueblo en proceso emancipatorio. Creo que eso lo vivimos, fue posible en algún momento; pero en la medida en que se fueron afianzando los mecanismos de verticalidad, de tiradera de línea, de censura, desde el Minci, esas iniciativas se fueron al abismo, y terminamos siendo unos funcionarios públicos alternativos, una especie de cajeros de banco irreverentes. Este campo de batalla es sólo una expresión de lo que ha sido a lo interno la asfixia de todo entusiasmo fuera de orden, de toda creatividad o buena voluntad medianamente libre. Por algo en los canales de televisión del estado hay más personal administrativo que realizadores o investigadores, por algo no hay consejos editoriales conjuntos. Todo viene desde arriba y para allá vamos, ¿el problemas es el raiting?, pongámosle novelas; ¿el problema es mantener la moral de una población que se ahorca con su propio bolsillo?, usemos y abusemos de la palabra de Chávez; por detrás, sigamos haciendo negocios. Así funcionan las empresas, así de poco participativo y revolucionario, así de sucio.


En este país existieron canales-escuelas, que terminaron siendo centros de formación de productores que luego serían empleados públicos, una generación de personas realmente brillantes que terminaron metidos en un embudo, y que venden su mano de obra, su saber, al mejor postor, público o privado –la lógica es la misma-, y el privado suele pagar mejor y a tiempo. Cazadores de proyectos, vampiros del financiamiento del estado, creativos hasta que el pan sobre la mesa prela y toca entonces reproducir la mediocridad que la línea determina; y cuando hablamos de mediocridad hablamos entonces sí de la forma y de los contenidos, de la estética y la ética.
Pero por otro lado, en este país también existieron, siguen existiendo, experiencias alternativas de comunicación, fuera del gobierno. Por esto decía en otro artículo, palabras más palabras menos, que finalmente la culpa era nuestra. Nuestrica en la amplia gama de ejemplos de corrupción interna, dependencia con el estado, reproducción de estructuras verticales de producción, reproducción de discursos de la dominación, voluntarismo entusiasta y falta de disciplina. Todo eso junto, revuelto y diluido en las prácticas comunicacionales que intentaron ser autónomas y terminaron esperando que algún alcalde, algún gobernador o contacto de adentro, bajara el recurso, para terminar haciéndole publicidad al gobierno, y con lo que quede, entonces realizar la programación que imaginaron, que debatieron o que surgió de alguna experiencia vivida y de sentido socialmente útil.


Lo más legítimo que hemos hecho, y que por la casi inquebrantable rebeldía interna que llevamos, es colocar las cámaras para la denuncia, las muchísimas denuncias de los trabajadores, de los campesinos, de los pobladores de las ciudades, de los privados de libertad, de ese pueblo que afuera de las oficinas ministeriales sigue dando batalla contra el enemigo de siempre. Y hemos creados redes virtuales de comunión y solidaridad que a más de uno le han salvado la vida y que casi siempre responden desde la impotencia del que poco o nada puede hacer ante el hecho, pero se libera en por lo menos decirlo por algún medio de consumo público.


Andamos en estas…sigue existiendo un Conatel, que como una caja de Pandora, nadie sabe a ciencia cierta cómo es que ejecuta, cómo es que toma decisiones en cuanto a tal o cual violación de la ley, una ley muy bien redactada pero que si la gente no se apropia de ella no servirá de nada. Sigue existiendo un especto radiolectricoen su mayoría en manos de las empresas de comunicación privada. Sigue existiendo un silencio casi resignado, que por una parte, como realizadores o productores, se arrecha –con toda la razón- por unos contenidos mediocres y alienantes; pero que les cuesta dar la pelea en las causas profundas de esta situación, en las propias responsabilidades y los procesos prospectivos de la construcción de una fuerza comunicacional realmente popular. Y por otra parte, el silencio de millones de espectadores que llegarán a sus casas y seguirán viendo –ahora sin distinción- la misma basura cultural, con o sin Sebin, en la gama de opciones de los canales nacionales. El problema entonces no es apagar el aparatito infernal, sino pensar qué estamos haciendo nosotros para terminar de salir del entrampamiento, del embudo, de la parálisis acomodada, para enfrentar también desde esta trinchera, con las más intensas maneras de nuestra creatividad y nuestra voluntad, una batalla real, fuera y dentro de las pantallas.



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Aquarela Padilla

Venezolana. Escritora, productora audiovisual y guionista. Feminista. Formación en literatura, televisión y documental. Experiencia en gestión cultural, investigación y comunicación.

 aquareladelsol@gmail.com

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