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**** El fracaso de la cumbre de Hong Kong de la OMC revela el retorno del Sistema Internacional a una condición de primitivismo generadora de incertidumbre en las relaciones entre los pueblos.

Para fines de la pasada semana, la Cumbre de la OMC en curso en Hong Kong, que continua buscando la normalización de un mercado global, se encontraba paralizada en medio de protestas callejeras. Había una prueba más de la imposibilidad de imponerle a los más la voluntad arbitraria de los menos. Se convenía que no basta el poder de coacción acumulado, cuando los pueblos en conjunto, y los individuos en particular, toman conciencia de la pérdida de su condición humana como consecuencia del acatamiento dócil de la resolución de los poderosos. Y en este caso, de manera insólita, la inmovilización la generaba Honduras, el pequeño país centroamericano, aparentemente tan sumiso a los mandatos del Imperio. La cuestión del comercio de las bananas, vital para Tegucigalpa, no es negociable sí se desea subsistir como pueblo. No era un acto audaz del gobierno de ese Estado, incapaz de reaccionar localmente frente al chantaje económico y militar ejercido por Washington que controla estratégicamente y económicamente la subregión mesoamericana. Era una acción calculada, realizada dentro de un proceso constituyente entre actores que han tomado conciencia de tener una unidad de propósitos, en un ambiente globalizado, en el cual en estos momentos, no hay ningún ente individual, ni alianza estable, que lo controle.
Lo que este hecho valida, es la inoperancia de dos tentativas de ordenamiento mundial, intentadas después del derrumbe del orden bipolar: el gobierno del sistema internacional por una aristocracia de naciones (el G8), que actuarían entre ellas dentro de una estrategia ganar-ganar; y, el establecimiento de un nuevo modelo imperial, desterritorializado, sin limites espaciales ni temporales, sostén de un mercado globalizado, que instauraría un orden mundial en el que se instalarían y convivirían todos los poderes y todas las relaciones de poder. El primer intento se frustró, por un conjunto de circunstancias, entre las cuales la desconfianza mutua entre los miembros de la aristocracia no es la menor. La segunda, básicamente por la incapacidad de ese Imperio de resolver los conflictos entre los poderes presentes para mantener la convivencia. En ambos casos, el derecho internacional, y las organizaciones supranacionales que lo formulan y administran, habían venido siendo aceleradamente desplazadas por el uso del poder puro. Ha sido un cuadro que revirtió políticamente el sistema internacional a una condición primitiva en la cual, solo el balance de poder, con alianzas y conflictos que responden únicamente a los intereses privativos momentáneos de los actores, permite un precario nivel de coexistencia. En esas condiciones, el nivel de desorden, y por lo tanto, de incertidumbre, será máximo hasta cuando se logre imponer nuevas normas de convivencia. Un hecho al parecer sólo posible en el marco de acomodos supranacionales regionales que definan estructuras de poder estables, con capacidades para negociar acuerdos permanentes.


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Alberto Müller Rojas


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