“Sobre el Complejo de Doña Florinda”

¡No te juntes con esta Chusma! Es la frase que identifica a uno de los personajes de un famoso enlatado mexicano que ha acompañado intermitentemente a nuestros niños por más de tres décadas.
Pero, más allá de evocar anécdotas pueriles, de lo que se trata es de señalar el hecho puntual de la injusticia absurda que subyace en la expresión con la que se inicia este texto. En efecto, cuán crueles resultan estas palabras repetidas tantas y tantas veces por esa mujer macilenta, mal vestida y con infaltables rollos en el cabello, como lo es Doña Florinda, quien descarga a cada instante toda su furia propinándole violentas cachetadas a uno de sus vecinos: un hombre humilde, famélico y desempleado empedernido (Don Ramón). Cuán absurdo resulta el desprecio dirigido por esta fémina hacia su igual. A fin de cuentas ¿quién es ella para vilipendiar al otro? Si ambos son incuestionablemente pobres, viven en la misma vecindad compartiendo análogas aventuras y desventuras.
Pero allende la anécdota televisiva, lo realmente preocupante es ver como eso que podríamos llamar el “Complejo Doña Florinda” se repite día a día en un país como el nuestro, en el que un gran porcentaje de nuestros compatriotas, que viven en condiciones desfavorables, son tratados con menosprecio por otros miembros, que al igual que ellos, habitan en esta hermosa pero compleja vecindad como lo es nuestra querida República Bolivariana de Venezuela. Sí, resulta ilógico y hasta risible oír a “gente como uno” vociferando apelativos tan insultantes y procaces como: tierrúos, cholúos, hordas, lumpen, monos, en fin, chusmas.
Ahora bien, si es inaceptable que una persona poseedora de un óptimo nivel de vida desprecie a otro por tener menos recursos, resulta casi ridículo que un pobre llame a otro pobre. Es lo que en criollo se explicaría a través del refrán popular: “Cachicamo diciéndole a morrocoy conchúo”.
Así pues, y para culminar estas breves y sencillas reflexiones, se plantean la urgencia de hacer un llamado a la unidad, a la comprensión, a la hermandad y a la solidaridad. Independientemente de nuestro status, raza, credo, profesiones o ideología política, todos somos vecinos, no –sólo de nuestra preciada patria, sino de un mundo que clama por el cese de la injusticia y del desequilibrio. Un mundo cuya única garantía de vida reside en el respeto y el amor.



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