De la polémica hasta las armas

El fin de la crítica

¿Para qué sirve el pensamiento crítico?  Para demarcar una realidad y obligarla a retratarse a ella misma.  La crítica se hace desde el mismo lugar del hecho criticado, solo que lo delimita y lo obliga a manifestarse como parte de una circunstancia y no el todo de la misma.  Pero la crítica tiene una debilidad intrínseca: necesita que el hecho criticado se ponga a la altura de ella ya que ella misma no puede ser otra cosa que una mirada desde afuera que busca develar al mundo criticado, hasta el punto y de acuerdo a la profundidad de la misma, de reconstruirlo en pedazos y hacer ver su verdadera naturaleza (lo concreto en sus múltiples determinaciones como decía Marx).  Estamos entonces ante un procedimiento polémico que no busca ni empate ni consenso sino simplemente manifestar posiciones ante el hecho y esperar que ese mismo hecho produzca su respuesta para delinear el camino subsiguiente del procedimiento crítico. Por ello no en vano del pensamiento crítico han surgido extraordinarias y maravillosas obras del pensamiento humano, pero es también una costumbre libertaria del pensamiento que no se olvida jamás de su papel fundamental como la necesidad de encontrar nuevos horizontes para ella misma.

Estemos conscientes entonces de que la actividad crítica necesita de un ambiente particular para no morir, para no perder su sentido o en el peor de los casos desaparecer aplastada entre todas las maldades humanas posibles. Y el ambiente primario, no encontrándonos bajo el horror del despotismo, es que ella se despliegue, produzca o profundice el debate imprescindible y luego reciba la respuesta de la víctima de la crítica y allí veremos.   ¿Qué viene pasando, cosa que por cierto se percibe con mucho mas ahínco con la desaparición oficial y física de Chávez?   Que el hecho critico sencillamente ya no es contestado, es simplemente obviado y en algunos casos silenciado.  Estamos entrando desde ese punto de vista dentro de una tierra insípida donde existen infinidad de problemas sociales y productivos que vienen desencadenando verdaderas confrontaciones locales entre el aparato de gobierno y el pueblo en lucha y que luego son denunciados por la crítica tradicional de la palabra escrita, vista y oída, pero que no obtienen la más mínima respuesta oficial.   El aparato de mando oficial simplemente obvia la realidad en sus dimensiones conflictivas y se convierte a sí mismo en una palabrería hueca, propagandística como nunca, politiquera (su única discusión es con su par tan o más vaciado de la oposición) que en varios casos deja ver su arrogancia con toda prestancia como es la inauguración de una institución de “altos estudios Hugo Chávez” cuyo papel entre otros es direccionar y “dasanarquizar” la crítica en palabras del mismo Nicolás (eso no lo lograron ni los faraones de Egipto, pregúntele al profeta Moisés.  Mucho más difícil que lo logre nuestro nuevo presidente).

Muere entonces el sentido, despliegue y terreno fértil de la actividad crítica y autocrítica, bastante difícil y criminalizada bajo los tiempos de Chávez pero sin duda viva y llena de sentido.  ¿Cuál es el siguiente paso entonces en esta “dialéctica de la crítica”?  No estamos sugiriendo ningún otro estilo o estrategia en particular al pensamiento crítico como tal, muchos menos a la simple denuncia a los agentes del poder constituido.   El siguiente paso no es intelectual propio del sujeto que sistematiza la crítica, por el contrario hay que verlo en la realidad y en el choque de clases como tal.   Es importante detectar de qué manera la actividad crítica como práctica de lucha se desliza hacia un nuevo escenario político y colectivo dándole vida a su evolución conflictiva y dialéctica, esa necesidad negarse para buscar allí su propia reafirmación.

El paso que se constata tiende más bien a ser una confirmación de la tendencia inexorable a una agudización del conflicto de clase que en este caso se expresa a través de la ventana de la palabra.  Viene sucediendo en cada rincón del país que por un lado “la asamblea del pueblo”, es decir, el lugar más inmediato de manifestación del decir colectivo, ya no esconde su disconformidad y la rabia aumentada frente a su polo más inmediato de confrontación que es la burocracia.  Los viejos miedos aunque aún presentes empiezan a disiparse y la asamblea tiende a convertirse en un verdadero lugar de insubordinación de multitudes.   Todavía los dineros inorgánicos que los pagamos con una inflación desatada (mecanismo jamás admitido) alguna capacidad tienen de callar y corromper individuos.  Es el aplauso tonto que reciben los gobernantes cada vez que anuncian el traslado de determinada cantidad de millones ante una reunión de obedientes militantes que fueron allí para eso; postración de la cual no sale gran parte del movimiento popular.   Pero este ciclo del silencio por dinero ya se acaba, se alza la asamblea, retoma su condición política y de clase, y poco a poco la crítica imposible de fluir en el debate llano y abierto pasa a convertirse en acción directa y denuncia utilizando todavía los mecanismos que el estado de derecho permite formalmente.   Es la crítica de la insubordinación a unos poderes que definitivamente ni administran ni socializan, no sirven a ninguna otra revolución que no sea la que ellos mismos propagandizan.

Casos como la denuncia a la contaminación de las salinas de Araya efectuada a paso a paso por los trabajadores en función de hacer ver la podredumbre de las gerencias de una cosa llamada “PDVSA industrial”, o con mucha más virulencia el alzamiento de los trabajadores de “Aceites Diana” frente a la imposición de gerentes salidos directico de la corrupción privada y oficial, la confrontación del campesinado y el INTI en Lara y pare de contar, nos dan a ver un salto de la crítica hacia la acción y la utilización de la denuncia legalizada como último mecanismo pacífico posible. Se acabaron los foros de debate, los artículos y declaraciones como mecanismo reales de presión, el poder obvia y calla, cuando mucho acusa.   La crítica por ahora se juega en el mismo estado de derecho que nos toca reconocer por ahora y paralelamente a la acción directa, en función de forzar la mesa de negociación.  Esta es la crítica del insubordinado y el salto dialéctico que vivimos dentro de ella misma.

Ahora bien, ¿será posible aguantar las cosas hasta allí?   Demasiadas cosas están en juego, lo que sí es cierto que visto hasta desde un punto de vista “nacionalista” la única salida que tiene este país es el de la revolución social, estando completamente superada la etapa de “revolución democrática” que garantizamos en menos de un año en el año 99 con la constituyente.  No hay otra salida al desfalco de recursos, el saqueo de la tierra y la completa improductividad, a lo cual nos tiene sometidos el “estado petrolero y corporativo” que una verdadera revolución social. Si el gobierno-estado toma conciencia de ello entenderá que esta fase dura de la crítica que empieza a nacer tiene que ser respondida positivamente de poder a poder.  Su arrogancia parece decirnos que será todo lo contrario y no queda mucho tiempo para rectificar.  De hecho, la situación nos anuncia un desgaste por medio de la cual la gran burguesía en cualquier momento puede acabar con esta historia, contando con la complicidad de inmensas franjas más que descompuestas del chavismo gobernante, que ya son sus socios de negocio.   El contexto de “estanflación” (inflación y decrecimiento) es el detonante justificatorio y la ira colectiva el escenario.   

La crítica por tanto tiene toda la razón de endurecerse sin piedad ni complicidades estúpidas o ilusorias en una paz condicionada a la respuesta. ¿Y si no?... No hay otra, antes de que “Ellos”, los “hijos de puta” en lenguaje de Pancho Villa, quieran finiquitar esta historia que ya pasa de los veinte años de crisis revolucionaria, a sangre y fuego, utilizando hasta el magnicidio como vía de provocación de la guerra bajo su control, nacerá entre el “Nosotros” la última crítica posible que el “la crítica de las armas”, la crítica efectiva del pueblo insubordinado y armado.  

Cuando la palabra del buen y productivo debate le matan su propio terreno, cuando ni siquiera la palabra formal y legal es respondida con respeto y de forma progresiva, y además todo el contexto económico-político tiende a realzar la “razón burguesa” como salida a los “caos” que tanto les gusta, no hay otra compañeros.



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Roland Denis

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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