Progreso y Modernidad

La  razón y la libertad son consideradas los principios “fundacionales” de la sociedad moderna, el progreso ha sido su oferta más idealizada e inalcanzable. A partir de él se han edificado los más diversos tipos de sociedad. Las mismas, se han fraguado a partir de un imaginario que tiene su sustentación en la afirmación de la existencia de sociedades superiores; por lo que, aquellas que no hubiesen alcanzado niveles de crecimiento económico similares a éstas, serían sociedades primitivas y salvajes. De allí proviene esa oprobiosa clasificación de culturas superiores e inferiores, de pueblos cultos y pueblos ignorantes. Produciéndose -de tal manera- una falsa dualidad entre sociedad moderna y sociedad salvaje, la cual desdice el carácter libertario, de igualdad y justicia que se le atribuye a dicha modernidad.

 Modernidad que ha hecho del mercado, un mecanismo a partir del cual se conforma la estructura productiva capitalista; que tiene en el Estado y sus instituciones, un instrumento que sirve para garantizar el funcionamiento de la sociedad y por ende de dicho sistema capitalista; y, que ha encontrado en el Derecho su basamento jurídico.

 Modernidad que, a lo largo de su proceso histórico y en su afán de dominarlo todo, ha permitido que el uso excesivo de la tecnología haya conducido a la destrucción de la “subjetividad humana”, determinando que la racionalidad formal o instrumental se sobreponga a la racionalidad sustancial, orientada a fines éticos, para decirlo en términos de Weber.

 Modernidad que, como hemos dicho en anteriores publicaciones, en nada se corresponde con la realidad social, económica, política y cultural existente en nuestras sociedades y que, durante todo este tiempo, ha servido para satisfacer necesidades del capitalismo internacional.

 Pues bien, el “progreso”, como categoría sociohistórica, es un invento que no tuvo otra intención que hacernos creer en la posibilidad de alcanzar la modernidad capitalista, colocándonos un espejo en el cual mirarnos y contemplar su proceso de estructuración. Conduciendo a que, aquellas sociedades sujetas a dicha modernización, en función de alcanzar el progreso, sustituyeran sus valores y tradiciones culturales ancestrales y más sentidas, se haya producido –incluso- profundas manifestaciones de desarraigo, con la consabida pérdida de identidad y sentido de pertenencia; condenándolas, de tal manera, a la dependencia cultural en su más amplio sentido.

 Conocida es la afirmación de que “una política eficaz es siempre un arte de lo posible. Pero no es menos verdad que, a menudo, lo posible sólo pueda alcanzarse yendo más allá, para alcanzar lo imposible”. Y bien podríamos preguntarnos, al igual que lo hizo el Libertador Simón Bolívar en 1810: ¿es qué 500 años no bastan para haber alcanzado el progreso, en los términos planteados por la modernidad capitalista?

 Sobre todo, si se tiene presente que para el capitalismo el progreso no es más que una progresión, a través de la cual se quiere hacer resaltar las diferencias existentes entre los diversos tipos de sociedad, que tiene su base de sustentación fundamental en la racionalidad científico técnica, que hace del crecimiento económico su razón de ser, su valor supremo. El progreso capitalista desecha al ser humano, como el sujeto fundamental de la sociedad; “excluye la discusión del producto de la acción medio-fin como valor de uso”, sobre todo en su versión neoclásica, neoliberal; el mercado se convierte en “el ambiente de la racionalidad medio-fin,… desde Adam Smith se llama a esta autoconstitución del mercado ´la mano invisible´, la cual lleva al orden del mercado”.

 Pues bien, a partir de la totalización del mercado, de la “totalización del circuito medio-fin” y de la exclusión del ser humano como sujeto fundamental de la sociedad moderna, el progreso capitalista neoliberal muestra su verdadero rostro: su irracionalidad y la negación de la libertad.  

npinedaprada@gmail.com

Profesor ULA



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Nelson Pineda Prada


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